El
rol de la escuela como generadora de públicos lectores en el campo humanístico,
y particularmente en el literario, ha ido extraviando su identidad dentro de
este mundo globalizado, competitivo y consumista, atravesado, además, por los
vertiginosos avances de la nueva tecnología digital.
El libro que, desde siglos, se ha considerado el vehículo más seguro y preciso
de transmisión cultural ha cedido su espacio a estas nuevas formas de
conocimiento que aún no se han afianzado plenamente desde el punto de vista
pedagógico y didáctico dentro de la institución escolar.
A pesar de los avatares históricos, políticos y sociales, por los que ha
atravesado siempre nuestro país, la escuela no ha dejado de cumplir con su
compromiso social principal: Formar ciudadanos autónomos, reflexivos,
productores de nuevas realidades sociales.
La escritora Beatriz Sarlo, en su libro “Escenas de la vida cotidiana, nos
dice “Donde hay escuela, hay público lector” y cuando la escuela retrocede
por ausencia de estímulos en los alumnos, por escasez de recursos materiales o,
lo que es peor, por falta de políticas educativas, se pone en riesgo una masa
significativa de lectores.
Por otra parte es lamentable observar como ese diálogo constructivo, que
afianza el contacto físico en el proceso enseñanza-aprendizaje y contribuye a
generar y compartir nuevos saberes, con frecuencia es reemplazado por la cultura
audiovisual.
Es así como, asfixiada por un marco contextual que tiene por protagonistas una
economía de Mercado, la globalización y las nuevas tecnologías, la escuela
hace lo posible, con la ayuda desinteresada de sus actores docentes, por
articular las diferentes culturas que hoy conviven en ella.
Con la Posmodernidad se inicia “la crisis del deseo insatisfecho”, la falta
de estímulos para encontrar una meta, un camino lleno de posibilidades. Muchos
de nuestros adolescentes parecen insertos en una encrucijada, cuya trama se hace
más cerrada en la medida que los problemas familiares, sociales y económicos
se agudizan. Todo lo multimedia se convierte en un escape, en una salida para
canalizar sus incertidumbres e insatisfacciones.
Sin embargo, y sin dejar de lado los beneficios que Internet ha traído y sigue
trayendo a nuestra sociedad, considero que el acceso de los niños y jóvenes a
este medio debe ser supervisado por sus padres o docentes. Es decir por aquellos
sujetos que resguardan su integridad y no por “aquellos otros” que sólo ven
en ellos magníficos consumidores.
Muchos adolescentes de clase media dedican gran parte de su tiempo, inclusive
desatendiendo las tareas extraescolares, a la pasión que le provocan estos
juegos de la red. Lamentablemente la mayoría de los videos games que los atraen
tienen un alto contenido de violencia que convierten, a muchos de estos
ciberespacios, en lugares de uso exclusivo para ellos, ya que sólo se escuchan
sus gritos e insultos, dirigidos de máquina a máquina.
La temática de estos juegos ya sea bélica o deportiva hace que su público sea
prácticamente masculino.
Uno de los riesgos por los que atraviesan estos niños es confundir lo real y lo
virtual hasta tal punto que distorsionar la realidad.
El escritor Giovanni Sartori, en su libro “Homo Video, La sociedad
telegirigida”, afirma que “El hommo sapiens ha sido remplazado por el
homo-video”, en el ámbito educativo se podría decir que el
adolescente-lector ha sido desplazado por el adolescente-video.
Es importante tener en cuenta que esta transformación se ha producido a nivel
mundial, debido al aporte de los medios de comunicación masiva.
No obstante, como todo invento relativamente reciente, es necesario
familiarizarse con él. El manejo de un ordenador y, más aún si está
conectado a la red, necesita de la adquisición de ciertas competencias previas:
la lectura veloz, la comprensión lectora, la capacidad de abstracción, la
rapidez y certeza del cálculo matemático. De lo contrario cada vez que se
caiga el sistema de una computadora, se caerá junto con él, toda la “sabiduría”
del que lo maneja.
Retomando la idea central del artículo, es una realidad tangible que las clases
de lectura, los talleres, el contacto y manejo de una biblioteca escolar se va
perdiendo, ya sea por falta de recursos económicos, por falta de interés de
los alumnos o por la ausencia de muchos padres a la hora de tomar contacto con
la escuela para ver qué está pasando con la falta de respuesta de sus hijos.
Sin embargo, a pesar de todos estos obstáculos, es necesaria no abdicar en la
lucha de establecer nuevas políticas educativas. Y, en el área de Lengua,
buscar propuestas alternativas que incorporen nuevos relatos y estéticas
audiovisuales a la literatura, siempre que sirvan para enriquecerla. Tratar de
recuperar los valores perdidos y de incorporar otros emergentes.
Construir un nuevo proyecto, en una organización escolar es responsabilidad de
todos sus miembros. Reconozco, como docente, que somos nosotros, los educadores,
los primeros en “abrir el juego”, lanzando nuevas propuestas e incorporando
prácticas comunicativas que tiendan al “acercamiento físico” en el proceso
enseñanza-aprendizaje; pero el esfuerzo de estos actores y sus iniciativas
deben ser respaldados institucionalmente.
Por otra parte, la familia, como agente activo dentro del campo educativo, no
puede quedar al margen.
Educar es participar, construir con “el otro”, de modo que todos los actores
de la comunidad educativa, desde la organización escolar en la que llevan
adelante sus prácticas concretas, puedan realizar acuerdos básicos para
elaborar y desarrollar un proyecto, donde todos se sientan representados y al
mismo tiempo partícipes del cambio.
El mundo globalizado y consumista tiende a la homogeneidad de los sujetos, a
rotularlos por lo que tienen en común. Es deber de la escuela reflotar los
valores identitarios, las raíces que nos particularizan a través de la
Historia, la Literatura y el Arte nacional. De sus aulas deben egresar
ciudadanos orgullosos de su soberanía y conscientes de que de ellos depende el
engrandecimiento de la patria.