El poder de la palabra

 

● Su trascendencia en el devenir histórico

 

La palabra es un don constitutivo del ser humano que le permite, por un lado, conocerse a sí mismo, autoafirmarse desde la construcción de su propio ser y, por otro, generar espacios de encuentro con los demás para constituirse socialmente en la interacción recíproca basada en el respeto y la comprensión.

La palabra es generadora de vida, de conocimiento y, con ella, se interactúa, se construye y se crece.

 

“La palabra explicita la conciencia que viene de la acción y, hecha pregunta, horada el espesor macizo de la situación, rompe el embrujo de la pasividad frente a la opresión.”[1]

 

Movilizadora de la historia de la humanidad, la palabra ha sido fundamento de las religiones, accionar de los pueblos y esperanza de los hombres.

Mientras  su significación sobreviva a la vorágine de la era tecnológica y digital, seguirán existiendo peldaños para continuar subiendo, puentes para estrechar lazos de interacción humana y voces para seguir escuchándonos.

 

“Y la palabra generadora generará entonces no sólo las otras palabras,  otras frases, sino la capacidad de decirse y de contar la vida, de pensar y escribir el mundo... Aprendiendo a decir su palabra el hombre ha penetrado la trama misma del proceso histórico.”[2]

 

Para ejemplificar este fragmento tan elocuente de Martín Barbero, citaré a continuación frases de figuras destacadas, que justamente perduraron más allá de su tiempo por el poder de su palabra y la eficacia de su acción.

 

En épocas de la emancipación de los pueblos americanos, Pedro Murillo, mestizo de ideas revolucionarias, expresa antes de morir en su lucha por la liberación:

 

“La tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar”.[3]

 

Esta frase permaneció latente en el espíritu de los suyos y, a pesar de las adversidades que consecuentemente soportaron, estuvo presente en ellos hasta lograr la emancipación definitiva.

 

Simón Bolívar, otro de los grandes de la independencia en América Latina,  dice:

 

“Deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y su riqueza que por su libertad y su gloria...”[4]

 

Sus palabras tienen eco, poco tiempo después, en las expresiones del cubano José Martí:

 

  “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra [...]   El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo.   [5]

 

Este poder de las ideas que se constituyen en palabras y movilizan las estructuras de cualquier sociedad, tiene gran trascendencia en el ámbito educativo.

 

“La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela del otro...”[6]

 

Las bases de la Ilustración conciben  la idea de que educar para la libertad, debe partir de la emancipación personal del hombre. Y sobre ellas se sustentan los diversos proyectos de educación popular para la liberación americana.

 

“La ignorancia, el desconocimiento de la escritura...fueron con el tiempo reconocidos como causa de la derrota... La escuela será una reivindicación constante en las luchas campesinas de este siglo, a veces tan importante como la tierra o el pago de salarios.”[7]

 

 

● El valor estratégico de la palabra en el aula

 

El valor de la palabra, como estrategia educativa, es primordial en el aula y fuera de ella, ya que propicia la construcción de espacios para la interacción de los actores que forman parte de la organización escolar.

Como recurso didáctico es generadora de ideas y las ideas producen cambios no sólo en el devenir de los grandes relatos de la humanidad, sino en el transcurso cotidiano de la historia personal de cada uno de nosotros, en relación con nuestro ser individual y con la sociedad a la que pertenecemos.

Su valor estratégico no se opone al de la imagen, por el contrario son complementarios. Se produce entre ambas  una suerte de retroalimentación: las palabras evocan imágenes y las imágenes se traducen en palabras La diferencia entre ambas se produce cuando cada una deja de comunicar algo en forma independiente y pasa a formar parte de un vehículo mayor que las contiene: El libro para la palabra, la pantalla para la imagen.

La interacción entre la trama de un texto y el lector es mucho más comprometida y dinámica que la establecida entre una secuencia de imágenes y el espectador.

De un libro se desprenden múltiples interpretaciones, hasta tal punto que deja de pertenecer a un autor y se convierte en producto de una interacción permanente entre el escritor y cada uno de sus lectores.

La imagen, inserta en un mundo sensitivo, transmite toda la gama de sensaciones  y movimientos que busca en el espectador un efecto ya premeditado.

Lo impredecible no forma parte de este imaginario. Existe, por lo general,  una manipulación medial,  donde el espectador asume una actitud más pasiva, de consumidor atrapado en una urdimbre de efectos sensoriales, que lo dirigen hacia un propósito previamente buscado por el emisor.

“La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis”[8]

 

Si bien la cultura presenta un concepto amplio y complejo que se diversifica día a día, el educador debe contemporizar y mediar en cada momento del proceso de enseñanza-aprendizaje. Seleccionar y trabajar con textos o hipertextos, con imágenes o videos son acciones que dependen,  en gran medida,  de los recursos con que  cuente  cada establecimiento; pero sólo resultarán  efectivas si no se pierde de vista el objetivo principal de toda organización escolar: Contribuir a la construcción de un sujeto cuyo perfil responda  a las necesidades del medio en el que se va a desarrollar.

 

Cuando las palabras se ocultan tras los muros del silencio.

 

Con la crisis del deseo insatisfecho, con la ausencia de ideales y utopías, las palabras parecen ocultarse tras los muros del silencio y se desdibujan, se debilitan frente al poder subyugante de los medios.

La escuela inserta en esta posmodernidad argentina que tiene como contexto la desocupación, la pobreza, la inseguridad, el desaliento, no está exenta de ser sitiada por los muros del silencio.

Silencios negativos que dentro del aula saltan a la vista, se respiran en el aire, se reflejan en los rostros, en los gestos y las posturas corporales. Son silencios que nos hablan de indiferencia, de insatisfacción, de desigualdad, de abandono y de violencia.

Forman parte del contexto en el que se mueven muchos de nuestros adolescentes y también de la episteme de esta época, atraída por el sugestivo poder de los medios de esta era digital y, contradictoriamente, atrapada en la red de la pobreza y la marginación.

 

Derribar muros y construir puentes

 

La escuela, como espacio de construcción social tiene el compromiso de librar a sus actores de este aislamiento, derribar los muros del distanciamiento y la indiferencia.

Mediar pedagógicamente es crear alternativas que posibiliten el diálogo cotidiano y fortalezcan  el proceso de enseñanza-aprendizaje.

La comunicación en el acto educativo parte del conocimientos de sí mismo para llegar a comprender a los demás, a los hechos y a los procesos. Sólo si se tiene en claro hacia dónde se apunta y con qué fin se hace,  cobrará sentido y permanencia el proceso educativo.

Por eso la escuela tiene que tener presente que educar para la comunicación, es educar para la tolerancia, para el respeto y,  para el cambio. Sólo, en este contexto, el silencio se constituye en un elemento positivo y valioso porque abre la puerta a la comprensión, a la reflexión y  a la recreación de nuevos significados.

Democracia, equidad, justicia, tolerancia y armonía con uno mismo y su entorno deben ser palabras claves para la construcción de un futuro más viable para todos.

 

 

Susana B. González

 

 

 

 



[1] Martín-Barbero,J. La educación desde la comunicación, Norma, Bs.As. 2001

[2] Ídem. p. 42

[3] Luna, F, La independencia argentina y americana, La Nación, Bs.As. 2003, p.96

[4] Cartas de Jamaica, citadas por  Argumedo, A. Los silencios y las voces en América Latina, EPN, Bs.As. 2001

[5] Martí, J. Nuestra América, cit por Argumedo Op.cit. p.46 y48

[6] Kant, E. frase citada por Argumedo, A. Op. Cit. p. 20

 

[7] Flores, Galindo, Buscando un Inca identidad y utopía en los Andes, cit por Argumedo, Op.cit. p.321

[8]  Eco, U, Apocalípticos  e integrados ate la cultura de masa. Editorial Lumen, Barcelona, 1965.