El receptor y su participación como público literario
en la construcción de nuevas sociedades.
Introducción
Con el surgimiento de los medios de información y las
nuevas capacidades tecnológicas-materiales que se han conquistado en América
Latina a lo largo del siglo .XX, los medios de difusión masiva se convirtieron
en el Primer Poder de estos países. Como consecuencia, este creciente auge ha
creado progresivamente una sociedad mediática que ha producido una nueva
atmósfera cultural-colectiva. De esta forma los grandes procesos económicos,
políticos, educativos y culturales que se desarrollan actualmente, no se pueden
consolidar sin la presencia de lo mediático.
Esta realidad implica la ejecución de estudios cada
vez más profundos para comprender dicho fenómeno.
Es necesario realizar investigaciones que atiendan
rigurosamente la complejidad de estas sociedades en vía de mediatización.
Sin embargo, no obstante dicha necesidad, la tradición
de estudios de los procesos de comunicación, de acuerdo con las tendencias
pragmáticas y mercantilistas, caracterizadoras del modelo positivista, se ha
impulsado hacia estudios marcadamente tecnológicos, pragmáticos y eficientes de
la información y ha descuidado el análisis elemental de los procesos de
democratización, y el empleo de las nuevas tecnologías en beneficio del
desarrollo social.
Como consecuencia de esto, se produjo un
postergamiento en los estudios de las formas de recepción y de los procesos de
socialización de los medios de comunicación colectivos.
Es necesario, por consiguiente, reflexionar y
valorizar el rol activo del receptor en la construcción de sociedades más
humanas, participativas y democráticas.
Este lector, llamado también por algunos
investigadores, público o destinatario, es analizado por la crítica literaria
desde diferentes perspectivas que describiré a continuación e ilustraré, en
algunas ocasiones, con ejemplos de obras de la Literatura.
Primera Parte
El complejo abordaje de los estudios
de la recepción
Existen dos perspectivas o puntos de vista desde donde
se abordan los estudios sobre la recepción:
a) Aquél que la entiende como un proceso en sí mismo
y, según las investigaciones tradicionales, la idea de comunicación vista como
linealidad, debe ser estudiada conforme al orden: emisor -mensaje- receptor.
b) Aquél que entiende la recepción como momento de
producción de sentidos en la cultura. Es decir que la imagen del receptor no es
sólo vista como reproductora de mensajes sino también como productora de
saberes y que habla y se define desde la complejidad de las tramas culturales.
Ambas perspectivas se corresponden con dos momentos
diferentes de los estudios de la comunicación en los que obviamente el receptor
está inserto.
Primer momento. La idea del receptor dentro del modelo
lassweliano.
Durante mucho
tiempo en América Latina, pensar en comunicación fue pensar casi
indefectiblemente en el modelo positivista (emisor -mensaje- receptor de
Lasswell), entronizado finalmente de la mano del estructural-funcionalismo
norteamericano, que a lo largo del tiempo se fue transformando en La
comunicación.
En la década del sesenta, se crea la Alianza para el
Progreso que promueve reformas tecnológicas combinando medidas políticas y
económicas con medidas educativas. La Universidad de Standford, junto con la
UNESCO, se asumen como herramientas culturales y, a partir de las ideas de
comunicación, ancladas en la instrumentalidad y eficacia, elaboran la teoría
del difusionismo. Esta teoría se describe como la acción de los medios masivos
de comunicación orientada a modificar conductas.
Las narrativas de la comunicación se van a ir armando
en dos etapas fundamentales: La primera, alrededor de los setenta en la que la
semiótica estructuralista es vertida dentro de la epistemología psicológica-conductista
y se articula con la investigación ideológica; la segunda, a principios de los
ochenta, construida sobre la base del modelo informacional con profundas marcas
positivista.
En la primera etapa, la ideologista, el objetivo está
centrado en descubrir y denunciar los múltiples caminos a través de los cuales
la ideología dominante penetra en el mensaje y produce determinados efectos.
A mediados de los setenta, junto con los repliegues de
los movimientos sociales en Latinoamérica, la crisis de la izquierda y los
golpes de Estados militares en todo el Cono Sur, surge el llamado paradigma
cientificista de análisis de la comunicación que otra vez tiene su base en el
modelo lasswelliano. Asimilando comunicación a transmisión de información
mensurable, calculable y objetable, la teoría matemática-cibernética
proporciona los conceptos y las operaciones metodológicas necesarias.
El modelo informacional entra entonces a adueñarse del
campo abonado como estaba por el funcionalismo, que sobrevivió en la propuesta
estructuralista.
En las dos miradas de análisis se propone la
existencia de un circuito donde se define la comunicación como un proceso
lineal donde un emisor a través de un mensaje provoca un efecto en un receptor.
Pero este receptor se presenta como un receptáculo vacío, estático y pasivo que
sólo reproduce los mensajes.
Segundo momento. La ruptura
Simultáneamente, entre la década del setenta y del
ochenta, comienzan a insinuarse ciertas rupturas con la idea de la comunicación
pensada desde el funcionalismo.
María Cristina Mata señala los trabajos de tres
autores, Jesús Martín Barbero, Armand Mattelart y Héctor Schmucler, en los que
hay una intención de problematizar, de plantear rupturas en la comunicación
como objeto científico. En ellos se propone además cambiar el lugar desde donde
preguntar la comunicación, configurar nuevos espacios teóricos, pensar nuevas
lógicas de articulación de los saberes e inscribir la comunicación en la
cultura.
Ø
En 1980 Jesús Martín Barbero escribe un artículo, Retos a la comunicación en
América Latina, publicado luego en su libro Procesos de Comunicación y Matrices de Cultura. Itinerario para salir de la razón dualista.
En este trabajo Barbero reflexiona sobre la comunicación y señala con
contundencia lo persistente de "la teoría negada - el funcionalismo- y la
esquizofrenia que alimenta." Dice que esta teoría es uno de los aspectos
claves de la dependencia pero que "la
dependencia no consiste en asumir teorías producidas "fuera", lo
dependiente es la concepción misma de la ciencia, del trabajo científico y su
concepción en la sociedad. Como en otros campos, también aquí lo grave es que
sean exógenos no los productos sino las estructuras de producción."[1]
Y agrega que la ruptura con el funcionalismo en la investigación crítica en
América Latina ha sido más "afectiva
que efectiva"
Ø
Armand Mattelart plantea dos
cuestiones para tener en cuenta a la hora de
pensar la comunicación:
1º. La idea de asumir una actitud
genealógica, es decir preguntarse por los orígenes de la comunicación y por las
prácticas y sentidos que la han ido configurando.
"Necesitamos un acercamiento
histórico a los medios de comunicación."[2]
2º. La necesidad de construir una
teoría crítica de la comunicación que no debe ser atemporal, ni universal, que
no debe ser vista como un modelo explicativo sino como un modelo de pensar
situado. Y este "pensar situado" implica que no debe quedar encerrado
en los esquemas con que, desde la teoría funcional se miraba la comunicación,
sino que debe ser libre, abierta.
"Las nuevas redes de
comunicación nacerán de manera liberada solamente si acompañan redes de
organización sociales."
Ø
Héctor Schmucler escribe un artículo llamado "Un proyecto de comunica-
ción/cultura" en la revista Comunicación
y Cultura y en él critica la "estrechez"
del modelo científico funcionalista.
En su análisis tiene en cuenta la coyuntura histórica y afirma que el
conocimiento es un proceso de construcción.
Él piensa en un proyecto de comunicación /cultura como en un nuevo
espacio teórico, una nueva manera de entender y estimular las prácticas
sociales e individuales.
"La comunicación no es todo,
pero debe ser hablada desde todas partes, debe dejar de ser un objeto
constitutivo para pasar a ser un objeto a lograr. Desde la Cultura, desde ese
mundo de símbolos que los seres humanos elaboran con sus actos materiales y
espirituales, la comunicación tendrá sentido transferible a la vida
cotidiana."[3]
Desde estas primeras rupturas con unos saberes sobre
la comunicación centrados en metáforas orgánicas, en lo mecánico, en la
linealidad, en el modelo emisor -mensaje
- receptor propuesto por el funcioonalismo norteamericano, comienzan a aparecer,
a mediados de la década del ochenta, ciertos planteos teóricos y políticos que
inscriben los procesos de recepción en la Cultura como urdimbre de
significaciones.
En estos años, dentro del enorme movimiento acaecido
en las ciencias, que afectan los modos de percepción de lo social, surgen las
llamadas teorías de la recepción. Entre estas teorías que se nutren de
distintas vertientes teóricas se encuentran: Modelos de los efectos, Corriente
de Usos y Gratificaciones, Estudios Culturales Ingleses, Pensamiento
Gramsciano, Estética de la recepción. Hacia esta última está encausada la
segunda parte de este trabajo.
Segunda Parte
Los públicos literarios
La existencia de lectores es un hecho social,
caracterizado por relaciones específicas entre ellos, las obras literarias y un
campo cultural donde se imparten o imponen las destrezas y disposiciones
necesarias para la percepción de la lectura.
La relación literaria es una relación triádica
(autor-obra-lector) cuyas formas son diferentes en el curso de la historia y
crean sistemas de producción y reproducción de textos y de su propio público. E
inversamente un tipo de lectura y de lector, cuando se estabiliza en una
sociedad, es parte de las fuerzas que están presentes en la producción de las
obras literarias. Por lo tanto si la producción literaria tiene como objetos no sólo obras sino también
lectores, el lector no es sólo un producto sino además una presencia ideológica
y económicamente activa.
El hecho de que el destinatario lea, arroja
consecuencias sobre la producción y sobre el tipo de texto.
Ejemplo de ello es La gran repercusión que tuvo en las
calles de la Inglaterra victoriana,
la narrativa policial, hábilmente manejada por Sir Arthur Conan Doyle. "A tal punto fue el éxito que los
lectores no le permitieron al autor que, premeditadamente o no, matara a su
célebre personaje Sherlock Holmes. La fuerte demanda de ese público, ávido de
seguir leyendo las historias de este famoso detective y los constantes reclamos
de los editores hicieron que el autor tuviese que resucitar al entrañable
protagonista de su serie de novelas."[4]
Durante años el destinatario de la literatura sólo
escuchaba, con la alfabetización, se establece la relación directa entre las
obras y el lector.
Antes de mediados del siglo XlX, en que la industria
editorial lo difunde, el libro no resultaba un objeto de fácil circulación de
modo que su acceso imponía un tipo de lectura y una tensión peculiar de placer.
Las memorias y autobiografías de los siglos XVlll y
XlX están llenas de anécdotas y aventuras y proporcionan a la lectura un
deleite y una atracción hasta ese momento desconocidos.
Tal es el caso de "Recuerdos
de Provincia" publicado en 1850 que relata, en veinticuatro capítulos,
anécdotas e historias sobresalientes en la vida de Domingo Faustino Sarmiento.
"Tejía mi madre doce varas por semana, que era el corte de hábito
de un fraile, recibía seis pesos el sábado, no sin trasnochar un poco para
llenar las canillas de hilo que debía desocupar al día siguiente."[5]
El placer que surge del acto de la lectura es también
un dato social dice Collins, de ahí que la necesidad social de la literatura y
la necesidad literaria de un público lector se empleen mutuamente.
A partir del siglo XVlll, la producción literaria
aumenta como así también varía la forma de escribir los textos.
La relación de esta nueva literatura y los nuevos
públicos trae aparejado otros procesos sociales como la alfabetización femenina
o el auge de las bibliotecas circulantes.
Auerbach en su ensayo La cour et la ville[6] nos
habla de una relación ideológica entre
público literario y texto. En la medida en que los escritores y el público
pertenecen al mismo medio y su "habitus"
se ha conformado según regulaciones y prácticas semejantes, las destrezas para
manejar los objetos literarios se suponen de la misma naturaleza que aquellas
empleadas en su producción. Esta suposición es una matriz donde el público y el
escritor piensan sus respectivos lugares, se miran unos a otros y se consideran
mutuamente. Nadie desciende a ninguna parte y a nadie es preciso enseñarle más
de lo que quizás ya sabe para que enfrente exitosamente y con placer un texto.
Me parece propicio citar las palabras de Beatriz Sarlo
en relación con su análisis sobre las novelas regionales en su obra "La novela semanal".
"Escrito a medida de sus lectores, el discurso de estas narraciones
proporcionaba a la vez la ilusión de la literatura y la facilidad de un sistema
basado en un elenco reducido de principios estéticos, que una frecuentación de
los textos permitía captar de manera rápida. Gustaban porque estaban
construidas para gustar."[7]
Estas narraciones llegaban al público en entregas
semanales a través de kioscos y vendedores ambulantes.
Pero esta comunidad de códigos que es la condición
ideológica a través de las cuales se viven entonces las relaciones literarias,
registra, en ocasiones, ciertos ajustes o concesiones en los textos por parte
de los autores, en función de las necesidades de los nuevos públicos.
"Me di cuenta, escribe Corneille, que lo que
había pasado por milagroso en los siglos
pasados, podía parecer horrible al nuestro, y que esta elocuente y curiosa
descripción del modo en que ese desdichado príncipe (Edipo) se revienta los
ojos causaría repulsión a la delicadeza de nuestras damas... y traté de
remediar esos desórdenes."
Q.D.Leavis señala otro nivel de esta relación: la
relación lingüística. Para Leavis una
de las claves es tener una lingüística
común. Ello genera una relación interna-externa en la que no sólo el lenguaje,
sino también el mundo ideológico como mundo discursivo, proporciona las bases
de un reconocimiento mutuo. En la medida en que el público lector y el escritor
no se consideran separados por un abismo cultural o del lenguaje, comparten un
conjunto de formas lingüísticas, normas de comportamiento y regulación de
gustos. De ese modo el vocabulario, los modismos y otros giros seleccionados
por el autor son comprendidos por su público lector. Son presupuestos
lingüísticos traducidos en presupuestos ideológicos que garantizan la comunicación
literaria entre el autor y su público.
Tal es el caso de las Novelas de Caballería que se
extendieron por toda Europa en el siglo XV y su público estaba muy
familiarizado con las tramas como con el tipo de vocabulario y frases
estereotipadas que las caracterizaban.
"La Caballería es una institución de carácter religioso: el caballero es admitido en la Orden, después de haber velado sus armas, es
armado solemnemente caballero y jura poner todas sus fuerzas al servicio de
Dios, de la mujer y de los débiles.
La literatura caballeresca se multiplica prodigiosamente por toda
Europa. Cada caballero andante es jefe de una dinastía. Sus hijos, nietos,
sobrinos son héroes de nuevas aventuras nacidas en nuevos libros, a cuál más
inverosímil y absurdo, pero que responden a los públicos de la época y cierran
su ciclo con Don Quijote de la Mancha.[8]
Cervantes, en el prólogo de su libro dice que está
escrito para terminar con el gusto de los "caballerescos
libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más."[9]
Sin embargo no hay que caer en esta simetría aparente
entre el autor y el lector porque la seguridad de estos lazos de relación
lingüística e ideológica se quiebra tan pronto como se quiebra la homogeneidad
de ese público.
No existe una relación plena entre "toda la
literatura" y "todo el público", sino que ese vínculo se
establece entre un texto y una franja socio-cultural de lectores.
Si tomamos en cuenta estas relaciones ideológicas y lingüísticas de las que nos hablan Auerbach y Q.D. Leavis para
analizar comparativamente y, desde una perspectiva diacrónica, el efecto que producen las "Redondillas" de Sor Juana Inés de
la Cruz, por un lado, en el lector de su época y, por otro, en el lector
actual, comprobamos que realmente su poema adquiere mayor fuerza significativa
y mayor valoración estética cuanto más se aleja de la época en la que fue
producido y por consiguiente del público-lector
para el que fue dirigido.
Hombres necios, que acusáis si con ansia
sin igual
a la mujer sin razón,
solicitáis su desdén,
sin ver que sois la ocasión ¿por qué
queréis que obren bien
de lo mismo que culpáis:
si las incitáis al mal?
Comenta Alfonso Reyes que "en su época la rodeó el aplauso, pero también la hostilidad;
pues, de uno u otro modo, todos querían reducirla a su tamaño."
Por otra parte, también la comparación entre el Fausto de Goethe y el Fausto de Estanislao del Campo nos
permite ver cómo la comunidad de códigos varía frente a un mismo tema pero con
diferentes públicos.
El Fausto de Goethe, claro exponente del romanticismo
alemán en sus diferentes facetas, representa la concepción del mundo y el modo
de pensar del poeta. Situó a Fausto entre Dios y el demonio y exhibió su
destino entre estas dos fuerzas primordiales en torno al hombre. De sólida
fundamentación estética, este extenso poema dramático resulta ser la obra más
encumbrante del eximio escritor alemán.
"Mesistófeles. - No soy yo de los grandes; pero si unido a mí
quieres abrirte paso en la vida, de muy buen grado me avendré a ser tuyo desde
ahora. Tu compañero soy yo, y si te agrada, seré tu criado, tu escudero."[10]
El poema gauchesco de Estanislao del Campo centra su
argumento en la ópera de Charles Gounod,
que a su vez estaba inspirada en la obra de Goethe.
En contraposición al Fausto alemán, esta obra,
destinada a un público diferente, y con otra intención, está cargada de burla,
crítica y humor y sus protagonistas transitan por un mundo donde las creencias
y supersticiones se confunden con la realidad. El lenguaje gauchesco, empleado por el autor, posee la frescura e ingenuidad de las poesías
popu-
lares.
"Aquí estoy a su mandao,
cuenta
con un servidor."
Le dijo
el Diablo al dotor
que
estaba medio asonsao.[11]
En relación con los públicos, Weinrich dice: "Será
necesario estudiar al público que lee una obra literaria no sólo desde el punto
de vista empírico, sino también de
describir, con los métodos de la
interpretación literaria, el rol
cumplido en la obra misma: Toda obra literaria lleva en sí la imagen de su
lector, que se convierte si se nos permite la expresión, en un personaje de la
obra."[12]
Weinrich confecciona un programa para analizar las experiencias típicas
de un grupo de lectores con los métodos empíricos de la sociología literaria.
Y en él establece dos puntos fundamentales que presentan
metodologías y objetos diferentes:
Ø
La sociología del público que tiene como objeto a la
lectura, en el sentido exterior del término y sus condiciones: dispositivos y
requisitos, listas de autores conocidos, la memoria del público y la
conformación de una selección actual de la literatura basada en la memoria
colectiva a la que se accede por encuestas de carácter cuantitativo y
métodos estadísticos.
Ø
El registro del lector en el texto literario, su
representación lingüística e ideológica, las condiciones formales y culturales
que Sartre denominó "pacto de generosidad" entre autor y lector.
En relación con ese pacto Sartre dice " El escritor recurre a la libertad del
lector para que ella colabore con la
producción de la obra"[13]
El libro, como objeto, no puede por sí mismo culminar el movimiento que lo
convierte en estético; es portador de la condición de su esteticidad; pero sólo
por intermediación del lector esta esteticidad puede objetivarse.
Un texto literario es significativamente bello en
tanto y en cuanto exista un público lector con un grado de sensibilidad
estética y capacidad interpretativa que le permita valorarlo como tal.
Nos dice Gustavo A. Bécquer en una de sus Rimas:[14]
lV
No
digáis que agotado su tesoro,
De
asuntos falta, enmudeció la lira:
Podrá no haber poetas pero siempre
Habrá
poesía.
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
Las fuentes de la vida,
Y
en el mar o en el cielo haya un abismo
Que al cálculo resista;
Mientras la
humanidad siempre avanzando
No sepa a do camina;
Mientras haya un
misterio para el hombre,
¡Habrá poesía!
En la siguiente rima, define la poesía
personificándola:
V
Yo, en
fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume
misterioso
del que es vaso el poeta.
El poeta es el vaso que contiene la esencia mientras
que el destinatario es quien tiene el privilegio de captar y gozar o no de ese
contenido.
La obra literaria proporciona indicaciones para su
propia lectura que Weinrich denomina "señales". Estas instrucciones
actúan como flechas que indican el camino a seguir; de modo que la utilización,
por parte del lector, de estas señales aseguran u obstaculizan la realización
del sentido.
En el cuento D.
Q. de Rubén Darío, existe un sistema
de señales, a partir del título, que presuponen a un lector capacitado social y
culturalmente para decodificarlo y trabajar el contenido semántico
estructurado.
En este relato,
Darío recrea al personaje de Cervantes y, con la presencia de un narrador testigo en
primera persona, tiende a lograr la
credibilidad en el lector.
El desarrollo cronológico y lineal del cuento esconde,
tras de sí, otro que insinúa la vuelta
al presente y en América, de un personaje literario que se supone vivió en La
Mancha hace más de trescientos años.
Con los primeros datos "Tendría
como unos cincuenta años, mas también
podría haber tenido
trescientos", el autor va otorgándole al lector las señales que le permiten
progresivamente ir armando la figura del protagonista.
Más adelante otras pautas configuran la personalidad
propia del Quijote de La Mancha. "Su
mirada triste parecía penetrar hasta lo hondo de nuestras almas y decirnos
cosas de siglos; sonreía melancólicamente..." " Los otros le hacen
burlas. Dicen que debajo del uniforme usa una coraza vieja."[15]
E incluso para dar mayor testimonio del parecido, Darío cita un fragmento textual de Don
Quijote, en el que Cervantes lo describe: "Frisaba la edad de nuestro
hidalgo por los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto
de rostro..."
El cuento presenta un final abierto, donde Rubén Darío con una oración aseverativa
y una pregunta retórica: "Era el
abanderado.¿Cómo lo llamaban?", compromete al lector para que revele
el nombre del protagonista.
D.Q. es un cuento que exige la presencia de un lector
preparado con las destrezas culturales necesarias para realizar una lectura
estética y poder interpretar y valorar, como dice Weinrich, su significación
literaria.
La semiótica y, especialmente, los trabajos de Eco
proponen una sistematización de las diversas imágenes del lector, partiendo de
la comprobación de que el caso de simetría absoluta entre el autor y el lector
no puede funcionar como supuestos teóricos de un análisis del lector implicado
en el texto o fuera de él.
Eco nos dice "Un
texto, tal como aparece en su superficie lingüística, representa una cadena de
artificios expresivos que el destinatario debe actualizar."[16]
En este sentido el lector se postula como operador (no
necesariamente empírico) capaz de captar el sentido del texto. Ese texto que
está incompleto y plagado de "espacios
en blanco", como los llama Eco, necesita, por consiguiente, de un
lector con la destreza o competencia suficiente para abordarlo.
De ahí surgen los conceptos de Autor Modelo y Lector Modelo
que, independientemente del escritor real y el lector empírico, se presentan
como estrategias discursivas.
Por otra parte, el autor, para organizar sus
estrategias textuales, debe referirse a una serie de competencias que den
contenido a las expresiones que utiliza y debe presuponer que ese conjunto de
competencias son compartidas por ese Lector
Modelo capaz de cooperar en la actualización del texto de la manera
prevista por él y de moverse interpretativamente de la misma manera que él se mueve
generativamente.
Eco manifiesta que en algunas situaciones, sobre todo
si se hace referencia a novelas históricas, el marco de referencia del escritor
puede no coincidir con el del lector y, en ese caso, propone que el autor debe
fijar de antemano qué información es pertinente dar y cuál dejar que el lector
infiera.
Señala como ejemplo, su propia experiencia al escribir
El nombre de la rosa. Eco, gran estudioso del medioevo, decide ubicar la
acción de la novela en la Edad Media y esto lo enfrenta a esa dificultad
mencionada: ¿Qué información dar a su lector y cómo hacerlo para que pueda comprender la historia?
La complicación se acentúa porque el narrador que elige,
Adso, es un personaje de la época, quien se dirige a personajes contemporáneos
suyos y por lo tanto no puede brindar directamente, al público literario,
información alguna.
Por consiguiente
el autor decide construir un marco referencial a través de una figura retórica denominada la
preterición y así evitar caer en explicaciones redundantes o
interruptoras de la acción.
“El estilo narrativo de Adso se basa en una figura del
pensamiento llamada preterición(...),se declara que no se quiere hablar
de algo que todos conocen muy bien y al hacer esa declaración ya se está
hablando de ello. Aproximadamente así procede Adso cuando alude a personas y
acontecimientos que da por conocidos y , sin embargo, explica.”16
El texto,
a su vez, construye a su destinatario y esa construcción presupone la
actualización del lector real.
En Lector in fabula, Eco propone entender el
texto como una construcción compartida entre escritor y lector, como fruto de
la “cooperación” entre ambos.
No obstante comenta que hay textos más cooperativos
que otros. En general, los más cooperativos son textos que prevén una
determinada competencia en su lector y se ajustan lo más posible a ese cálculo.
Eco los llama “textos cerrados”, porque orientan la lectura en un sentido. Tal
es el caso de las obras didácticos, que tienen la función de enseñar y , por lo
tanto , despliegan una serie de recursos, tanto lingüísticos como paratextuales
para facilitar la comprensión. Ejemplo de ello son las fábulas y apólogos.
Los “textos abiertos”, por el contrario, admiten una
cierta diversidad de interpretaciones y por ende exigen una mayor participación
del lector más experimentado.
En la literatura de Tlön, donde los libros filosóficos
huyen de lo universal, Borges dice "un
libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto." [17]
Junto a la insistencia en desarrollar preocupaciones
estéticas y filosóficas, los textos borgianos exhiben de mil modos la
desconfianza ante cualquier certeza. En ellos circula permanentemente la conjetura, bajo la forma
de la hipótesis, de la atenuación, de la duda que lleva a la participación
permanente del lector, a la construcción de un Lector Modelo capaz de desentrañar las hipótesis, suposiciones, o
enigmas más complejos como así también ampliar el espacio de las conjeturas.
Un recurso constantemente repetitivo que apuntala de
modo engañoso la invención es el repertorio de citas y referencias que remeda
la erudición y remite a nuevas
invenciones: al libro inexistente, al autor supuesto, a la cita falsa.
Más allá de referencias teóricas o filosóficas,
convierte la cita en una de las ironías de la intertextualidad, una de cuyas
más significativas interpretaciones sería "Pierre Menard, autor del Quijote". Allí se sostiene que el
sentido del texto está en el lector. "El sentido de los libros está delante de ellos, no detrás; están en
nosotros."
Borges nos habla de una fusión de identidades entre el
autor y el lector. En el Aleph nos dice "Todo
lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los
interlocutores comparten."[18]
Remitiéndonos nuevamente a las citas, encontramos
ejemplos en que la cita es anunciada en el contexto que lo incluye por indicios
que van apuntalando la relación con el texto anterior. Tal es el caso en la Biografía de Isidoro Tadeo Cruz, cuando
al final del texto, se cita en estilo indirecto un pasaje de Martín Fierro: "gritó que no iba a consentir el delito
de que se matase a un valiente."[19]
De este modo la
cita se incorpora al discurso como un signo de complejidad para el lector avisado.
En este cuento, la realidad representada, aunque de
procedencia literaria (Martín Fierro), es concreta y física. Borges la registra
fidedignamente de manera fotográfica o de crónica. La inclusión de datos
históricos confiere mayor verosimilitud al relato. "El seis de febrero de 1829, los montoneros que hostigados ya por Lavalle, marchaban desde
el Sur..."
Sin embargo, si bien los hechos de ficción pueden ser
leídos directamente, suponen la presencia de un lector activo, adiestrado en el
manejo de valores simbólicos o genéricos.
El cuento revela el destino de un hombre en un momento
decisivo de su vida, que sólo es considerado en el instante esencial que la
cifra y la simboliza.
"Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo
hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el
uniforme ya le estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro
gregario; comprendió que el otro era él."
Un hecho individual adquiere así valor de verdad sustancial, de arquetipo.
De este modo el relato conjuga lo
fantástico-metafísico y lo real.
Dentro de la Escuela de Constanza, cabe destacar los
trabajos de Iser y de Jauss. Este movimiento cuestiona los paradigmas
estructurales por considerarlos ahistóricos y afirma que un texto sólo puede
ser comprendido como un hecho social.
Desde estos autores los modos de producción literaria
no sólo tienen que ver con los textos sino también con los modos de leer esos
textos.
El destinatario de un texto puede aparecer desdoblado
en un destinatario interno que Iser llama lector
implícito y lo define de la siguiente forma "Resume todas las predisposiciones
necesarias para que la obra literaria ejerza su efecto, predisposiciones supuestas no en la realidad empírica
exterior sino en el texto mismo. En consecuencia el lector implícito, como concepto, está firmemente implantado en la
estructura del texto; es una
construcción y no debe ser identificado con ningún lector real[20]"; y un lector explícito, colocado fuera del texto cuyo habitus puede coincidir o no con el destinatario interno.
La distancia entre el destinatario interno y el
externo es una variable que no puede definirse a priori, sino frente a cada
situación histórica y cada texto en particular. Cuando esta distancia tiende a
ampliarse, la lectura del texto obviamente resulta más difícil.
En ensayos posteriores, Jauss nos habla de dos
horizontes: El horizonte de expectativas literaria y el horizonte de
expectativa social.
El primero se define como código primario y corresponde
a la estructura formal e ideológica de la obra, el segundo es el código
secundario producto (a la vez que productor) de la experiencia del lector.
La lectura es el proceso por el cual ambos horizontes
se relacionan y, a través de esta relación, es posible la comprensión del
texto, la construcción, por parte del lector, de su sentido.
La recepción del texto, para Jauss, es una experiencia
estética y a la vez social. La noción de doble horizonte permite diferenciar el
efecto y la recepción de una obra. El efecto depende del texto, es su producto;
y la recepción se origina en la actividad del destinatario. La experiencia
estética es la articulación de ambos.
"El efecto
de una obra, dice Jauss, y su
recepción se articulan en un diálogo entre un sujeto presente y un discurso pasado."[21]
Si para ilustrar esta teoría de Jauss, tomamos a modo
de ejemplo la novela histórica “Amalia” de José Mármol, podemos señalar
que el primer horizonte formal e ideológico de la obra tiene como efecto:
Criticar y denunciar los abusos de un régimen político (el rosismo) a través de
una trama novelesca, donde los personajes reales se entremezclan con los ficticios.
Mientras que el segundo horizonte, que está en
relación estrecha con la experiencia literaria del lector, alude a la
repercusión que ese efecto tiene en el público según la interpretación
que éste le haya dado.
Necesariamente
la construcción del sentido del mensaje se corresponde con la época a la que pertenece el receptor.
El efecto que la obra produjo, al poco tiempo de ser
publicada en 1851, determinó dos públicos antagónicos:
“Amalia fue publicada en forma de folletín por “La
Semana” de Montevideo, ante la curiosidad angustiada de quienes en esas
aventuras episódicas veían sus propias dolorosas experiencias de desterrados, y
las persecuciones de que habían sido objeto durante la “época de Terror”.[22]
Por otra parte la publicación de la novela y la
permanente identificación del “yo” del autor con el “yo” del relator produjo un
incidente entre Mármol y Lucio V. Mansilla. Éste último, autor de “Una
excursión a los indios ranqueles”, como sobrino de Juan Manuel de Rosas, retó a
duelo al senador José Mármol el 22 de junio de 1856, según sus propias palabras
“por haber injuriado a su familia en la novela Amalia.”[23]
Amalia, para el lector de hoy, se ofrece como la primera novela argentina,
pero su permanencia no está asegurada por ese hecho cronológico, sino porque “ en
sus páginas vemos el impulso y la sensibilidad de un verdadero escritor, que
consustanciado con la atmósfera romántica de su tiempo, deja entrar en ella,
por un camino de fidelidad hacia sus vivencias, momentos de crudo y vital
realismo.”[24]
Además por
haber sido publicada en forma de folletín, destinada a lectores de diarios y
periódicos, Mármol emplea nuevas técnicas y procedimientos conformes con la
realidad de su época para mantener vivo el interés del público lector en cada
entrega. Y lo notable es que estos recursos aún siguen vigentes a la hora de
abordar una nueva lectura.
El
rosismo, por otro lado, se constituye en un tema que, a partir de Amalia,
repercute hasta nuestros días. Así lo señala Jorge Luis Borges en estos versos
de Fervor de Buenos Aires en los que Rosas de un plano histórico pasa a
un plano metafísico.
“No sé si
Rosas
fue un
ávido puñal como nuestros abuelos
decían
creo que
fue como tú y yo.”[25]
Comprender
una obra significa por lo tanto la captación de los presupuestos que la
originaron y, en consecuencia, la reconstrucción de su horizonte interno.
La literatura y el lector: Un nuevo enfoque de la
crítica literaria.
La crítica
literaria contemporánea deja, paulatinamente, de ver la obra literaria como un
producto histórico y al lector como un agente pasivo y enfoca su atención en la
relación existente entre el texto y el lector.
Valery, un
sociólogo existencialista, dice que el público literario está presente en el
acto creador porque la obra nace –sea o no consciente de ello el autor- para
complacer el gusto ya formado y preexistentes de sus lectores y para formar
lectores con nuevos gustos.
En
relación con este tema Jean-Paul Sartre expresa que “si bien delante de nuestra obra
somos siempre esenciales porque construimos su finalidad, porque conocemos su
desarrollo, porque abolimos las sorpresas” también es verdad que “la
creación no puede encontrar su conclusión más que en la lectura, ya que el
artista debe confiar a otro el cuidado de terminar lo que él ha
comenzado” y “La operación de escribir supone la de leer como su
correlativo dialéctico.”[26]
De esta
premisa, también parte Arthur Nisin, un crítico existencialista al iqual que
Valery, para establecer las relaciones entre la literatura y el lector.
“Mientras
la obra permanezca en el libro, el hecho estético no será tal, no se
totalizará, ni la creación habrá cumplido su destino. Una obra literaria sólo
completa cabalmente su existencia bajo la mirada de un lector que recorre en
sentido inverso el camino de creación. El
proceso no lo remata el autor, sino el receptor.
El
hecho literario queda consumado si hay lectura. El artista debe confiar a otro
el cuidado de terminar lo que el ha comenzado. “[27]
Sobre la
base de esta interpretación del fenómeno estético literario, Nisin elabora un
modo diferente de comprensión de la literatura que abre nuevas y sugerentes
vías a la crítica, a través de las cuales , tanto el lector como el crítico
dejan su pasividad para asumir, en
cierta medida, el carácter de colaboradores del artista. Este nuevo enfoque en
el estudio de la relación lilteratura-lector parte de la premisa de que “la noción de arte es inseparable
de la experiencia de las obras, siendo la obras de arte un objeto que permanece
virtual hasta que una mirada la actualiza.[28]
Tomando en
cuenta este precepto, Nisin opone la estética a la historia pues “la historia,
donde se sitúan las obras de arte, es lo contrario de la historia de los
historiadores y la obra sólo entabla diálogo con la conciencia estética
viviente y ninguna puede interceptarlo.”[29]
La
historia de la literatura, particularmente, suele olvidar que las obras
literarias existen y son sólo “presente” y presencia”, que entablan un diálogo
directo, individual e intransferible con el lector de cada época. La historia
podrá enmarcarla dentro de un contexto, señalar ciertos referentes pero sólo
abordándola se llega a un conocimiento cabal de la misma, se captan las
vibraciones directas que emanan del texto.
“Sólo
cuando el lector se allegue a él, dice Nisin, el texto totaliza su existencia.”
Y cada
sensibilidad descubrirá aspectos inéditos, otras vías para alcanzar la
“facticidad” del hecho estético que comporta.
La obra
literaria es presente. No hay referencia temporal ni para el texto ni para el
hombre. La obra , al no existir sino como presente, entabla con los lectores un
diálogo a través de los siglos, diverso cada vez, pero no menos auténticos en
cada caso. Siglos diferentes admiran la misma obra desde perspectivas
distintas, valorizan en ella aspectos también diferentes. Tal vez obras
consideradas de menos jerarquía en épocas de su autor, son revalorizadas en
épocas futuras o viceversa.
La
historia tiene un sentido irreversible que no anula , empero el valor del texto
literario, sino que lo somete a nuevos juicios que lo consagran o lo
desechan. Un nuevo contexto temporal
puede descubrirle reflejos hasta el momento desconocidos en él.
La estética del lector
La
capacidad de comprensión del lector con respecto a una obra determinada depende
no sólo de su cultura y erudición, sino de su mayor o menor afinidad
temperamental con el autor de la misma. “Los sentimientos que mejor
comprendemos son aquellos análogos a los que nosotros mismos
experimentamos. “ dice José Clemente.[30]
De los
tres procesos anímicos fundamentales distinguidos por la psicología elemental:
representación, sentimiento y volición, el más importante, en este caso, es el
segundo, porque el sentimiento se corresponde directamente con el concepto de
valoración. De su justa valoración, resulta la calidad emotiva de los
sentimientos, de la calidad de su expresión literaria, su valoración estética.
En la
valoración, como en el conocimiento, la intuición, dice Clemente, juega un
papel preponderante. El conocimiento se adquiere por intuición intelectual y la
valoración por la intuición emotiva. Esta última capta inicialmente los valores
afines a los sentimientos del receptor.
La
relación primera entre el lector y las cualidades estéticas de una obra está en
relación directa con su mayor o menor afinidad hacia ellas. Logrado este punto
de apoyo, la intuición evoluciona sobre sí misma hasta adquirir la sensibilidad
que le permita la adherencia de los matices estéticos no afines.
Tanto la
lectura de una obra literaria (belleza creada), como la contemplación de un
paisaje (belleza natural), contienen valores que al proyectarse en el receptor
hacen resurgir sentimientos estéticos que aguardan su oportunidad liberadora.
El público
lector goza con el verso que lo emociona, sonríe con la comedia que lo
divierte. Reconoce su propia emotividad en el objeto, sin advertir si pone en
él su emoción (proyección sentimental) o la saca del mismo (introyección
sentimental).
Un ejemplo
del primer caso sería la nostalgia que despierta en el lector, la lectura de
unos versos y sin pensarlo los envuelve con su propia emotividad.
LXXXV
“Bajo ese
almendro florido,
todo cargado
de flor
-recordé- yo
he maldecido
mi juventud
sin amor.
Hoy, en
mitad de la vida,
me he pardo
a meditar...
¡Juventud nunca vivida,
quien
te volviera a soñar!”
Antonio Machado[31]
(fragmento)
Otras
veces, si tomamos en cuenta el segundo caso, la esencia poética que atesora el
poema destila un halo de emoción que atraviesa la sensibilidad del lector bien
entendido.
“Puedo escribir los versos
más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo.
Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma, como
al pasto el rocío.”
Pablo Neruda. (fragmento poético)[32]
Sentimiento
y cultura apuntan hacia un mismo logro: la formación del concepto de belleza en
el receptor tanto natural como creada, que, si bien parte de la intuición,
necesita de un largo entrenamiento para hacer de ese receptor un ser de
sensibilidad exquisita capaz de captar y valorar plenamente la obra de arte.
Cada
lector tiene una sensibilidad particular, personal, que lo hace distinto de otros,
de ahí que algunos críticos hablen de
“estilos de lectores” de “múltiples interpretaciones de una obra literaria”.
Así como
cada autor estampa su sello en el idioma, el lector debe hacer lo propio para
valorarlo. El lenguaje dinámico del autor se transforma en estático cuando es
detenido dentro de la forma literaria, cuando es circunscrito al texto. Para
que esa obra literaria recobre su dinamismos debe ser re-pensada por el lector.
La inspiración (espontaneidad creadora ) como la comprensión (espontaneidad
re-creadora) resulta ser por consiguiente un proceso siempre dinámico.
El
lenguaje, como resonancia humana, trasunta la forma emotiva del que lo expresa
y suelta subjetivo u objetivo según el temperamento del que lo manifieste. El
introvertido se atenderá a sí mismo, aflorará sus íntimas esencias; el
extrovertido girará alrededor de la realidad que describa en ese momento, será
más espectador que protagonista.
El
temperamento subjetivo origina un lenguaje introspectivo, pasional, se describe
a sí mismo. Con él se identifican los poetas del Romanticismo.
Mi amor
Era mi vida
el lóbrego vacío;
era mi
corazón la estéril nada;
pero me viste tú,
dulce amor mío,
y creóme un
universo tu mirada.
Rafael Pombo[33] (fragmento)
El
temperamento objetivo utiliza un lenguaje que evita deformaciones, que busca
descripciones directas. Los escritores que comúnmente lo emplean pertenecen al
Realismo.
“Pero los segundos , los minutos se sucedían y
la muerte asimismo no llegaba...
Un
chorro de sangre y de excremento saltó, le ensució la cara y la ropa y fue a
salpicar el cadáver de su hija mientras él, boqueando, rodaba por el suelo.
“Sin rumbo” (fragmento)34
Naturalmente
un lector entrenado en “el arte de leer” sabe captar la subjetividad de un
lenguaje pasional introspectivo frente a las descripciones minuciosas, detallas
y a veces excesivamente desgarradoras de la realidad que el autor quiere
mostrar.
Conclusión
Es
realmente importante reflexionar y valorar el papel del receptor en esta
práctica social que es la comunicación y tener en cuenta que, por el carácter
diferido de la comunicación escrita, emisor y receptor no siempre comparten la
misma situación comunicativa.
El
escritor por lo tanto, debe imaginar a su lector para destinarle el texto y el
lector, a su vez, imaginar la intencionalidad de autor a partir de las señales
que le brinda el texto. Ambos construyen un interlocutor virtual, que guía
tanto el proceso de composición como el de comprensión.
Los textos
por su parte pueden ser mas cerrados o abiertos, según el margen de
interpretación que dejen al lector: a mayor libertad interpretativa, mas
abierto será el texto y su “lector modelo” dependerá menos de un cálculo
estratégico previo.
Finalmente
quiero destacar que la lectura es un acto concreto y social por el cual cobra
vida la obra literaria (aludiendo a este género en particular).
Sentimiento
y sensibilidad son dos características que siempre deben acompañar al lector en
el momento de abordar un texto literario. El sentimiento es un factor interno
que está en relación directa con su afinidad y su temperamento; mientras que la
sensibilidad se relaciona con su valoración estética.
Una obra
literaria es producto no sólo de la inspiración de su autor sino también de la
valoración de sus múltiples y sucesivos lectores. Y, por consiguiente, si estos
lectores hacen a la literatura, es importante evitar que ésta se extinga, es
necesario despertar o mantener vivo el interés por ella sobretodo en las
jóvenes generaciones.
Altamirano, Carlos y Sarlo, Beatriz, Literatura/Sociedad,
Buenos Aires, Edicial, 1993
Saintout, Florencia, Los estudios de recepción en
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Schmucler, Héctor, La investigación: Un proyecto de
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Nisin, Arthur, La literatura y el lector,
Buenos Aires. Nova, 1962.
Clemente, José, Estética del lector, Buenos
Aires. El ateneo, 1964
Índice
Introducción
Primera Parte
. El complejo abordaje de los estudios de la recepción.
.Primer momento: La idea del receptor dentro del modelo lasswelliano.
.Segundo momento: La ruptura.
Segunda Parte
.Los públicos literarios
.Literatura y el
lector: Un nuevo enfoque de la Critica Literaria.
.La estética del lector
Conclusión
.
[1] Martín Barbero,
Jesús, Procesos de comunicación y
matrices de cultura. Itinerario para salir de la razón dualista, México,
FELAFACS,G.G., 1987
[2] Mattelart,Armand, Hacia una teoría critica de la comunicación,
en Memorias de la semana internacional de la Comunicación, U Javeriana, Bogotá,
1980
[3] Schmucler, Héctor, Un proyecto de comunicación/cultura,
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[4] Conan Doyle, Arthur, La reaparición de Sherlock Holmes, Nota
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[5] Sarmiento, Domingo
Faustino, Recuerdos de Provincia, Bs. As., Eudeba, 1963
[6] Auerbach, Erich, Da Montaigne a Proust, Milan, Garzanti,
1970 (Incluye, ente otros ensayos La cour
et la ville.)
[7] Sarlo, Beatriz, El imperio de los sentimientos, Bs. As.,
Catálogos, 1985
[8] Díaz-Plaja,
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Española, Bs. As., Ciordia, 1955
[9] Cervantes, Miguel de,
Don Quijote de La Mancha, Bs. As.,
Centro Editor de América Latina1978
[10] von
Goethe, Johann, Fausto, Bs. As., Centro
Editor de América Latina, 1978
[11] del Campo,
Estanislao, Fausto, Bs. As.Grabo,
1943
[12] Weinrich, Harald, Fur eine Literaturgeschichte des Lesen,
Pagliano Ungari,1972
[13] Sartre, Jean Paul, ¿Qué es la literatura?, Bs. As., Losada,
1950
[14] Bécquer, Gustavo, Rimas y leyendas, Bs. As., Centro Editor
de América Latina, 1978
[15]
Darío Rubén, D.Q. en Cuentos fantásticos, Madrid, Alianza, 1976
[16] Eco, Umberto, Lector in fabula, Milan, Bompiani, 1979
16 Eco,
Umberto, Lector in fabula, Milan, Bompiani, 1979
[17] Borges, Jorge Luis, Cuentos, Bs.As., Centro Editor de
América Latina, 1981
[18] Borges, Jorge Luis, Cuentos, Bs.As., Centro Editor de
América Latina, 1981
[19] Borges, Jorge Luis,
El Aleph, Bs.As.-Barcelona, Emecé, 1969
[20] Iser, Wolfang, The
Act of Reding; a Theory of Aesthetic, Response, Londres, Routledge, 1978
[21] Jauss, Hans, Pour une esthetique de la recepcion,
Paris, Gallimard, 1978
[22] Mármol, José, Amalia, Estudio Preliminar de Alfredo
Veiravé, Bs.As. Kapeluz,1960
[23] Idem
[24] Idem
[25] Borges, Jorge Luis, Obras Completas, Bs.As. Emecé,
1974
[26] Nisin, Arthur, La literatura y el lector, Bs.As.
NOVA, 1962
[27] Idem
[28] Idem
[29] Idem
[30] Clemente, José, Estética del lector, Bs.As., El
Ateneo, 1964
[31] Machado, Antonio, Poesías Completas, Madrid,
Espasa-Calpe, 1985
[32] Neruda,Pablo , Veinte poemas de amor, Madrid,
Alianza, 1995
[33] Poesía latinoamericana del siglo XIX, Bs.As. Centro Editor de
América Latina, 1979
34 Cambaceres,
Eugenio, Sin rumbo, Bs.As. ,Huemul,1966