S.O.S. ENCUBIERTA
Por Susana B. González
N
adie se atrevió esa noche a salir de su camarote. La tormenta no amainaba y las olas no cesaban de bañar con su inmaculada espuma la cubierta de la nave.En la cabina de mando, el capitán, Alexis Power, se mantenía en su puesto. Sus manos asían con firmeza el imponente timón. Jamás había perdido un barco en su larga trayectoria de marino, ni tampoco había tenido que desviarlo de su destino final.
El Reina Elizabeth era una embarcación más bien pequeña, pero con las comodidades necesarias para que los viajes resultasen placenteros.
En el nivel superior, se hallaban los camarotes de primera clase, el salón comedor y las salas de juego y esparcimiento. En el nivel inferior, estaban los compartimentos de segunda, destinados para la servidumbre y la tripulación, a excepción del capitán y el primer oficial, cuyos aposentos se hallaban en primera.
El Reina Elizabeth surcaba semanalmente las agitadas aguas del Canal, sin embargo, esta vez, el viaje salía de su rutina habitual. Uno de los pasajeros, Sir Lawrence Williams, había alquilado la nave con el fin de trasladar sólo a sus huéspedes hasta la antigua ciudad de Lez.
Sir Williams era un anciano de rostro pálido y enjuto, con su barba prolijamente recortada que afilaba su mentón. Sus ojos eran tan claros y vidriosos que daban la impresión de no tener vida.
Desde hacía años una cruel enfermedad lo había dejado postrado en una silla de ruedas; pero, a pesar de ello, su espíritu inquieto y su holgada posición económica lo motivaban para estar siempre activo.
A principio de ese año, lo habían nombrado Director del Museo Antropológico de Lez, único en el mundo por reunir la mayor colección de piezas antiguas de Medio Oriente. Con motivo de su designación y para enriquecer, aún más, el patrimonio cultural que allí se albergaba, había adquirido, en una subasta, una extraña y antiquísima pieza del antiguo Egipto: El Chacal de Anubis. Era una pieza de marfil que representaba la cabeza de un mastín con incrustaciones de diamantes en los ojos. Según los entendidos, formaba parte de los tesoros encontrados en la tumba de Ranses III, el faraón. Pero lo más intrigante para Sir Williams era una especie de inscripción que tenía en su base.
Había pagado una fortuna por la estatuilla y por eso no podía dejar ningún cabo suelto que empañara aquel merecido homenaje, que toda la ciudad de Lez le rendiría después de haber donado la pieza. Cada uno de sus invitados tenía una misión que cumplir y él se encargaría de que así fuese.
El anciano vivía recluido en un castillo cercano a los acantilados. Si bien contaba con el personal necesario para mantener su morada en condiciones, sólo se sentía acompañado por su fiel mayordomo, Peter Straus.
En realidad, para Sir Williams, Straus era más que un valet, era su asistente y su consejero. Hacía más de veinte años que se encontraban juntos y Peter resultaba ser como una especie de eslabón entre el inválido y el resto del mundo.
El leal mayordomo era un hombre delgado y circunspecto, de andar pausado pero seguro. Siempre estaba atento a las necesidades de Sir Williams y sólo parecía vivir para complacerlo. Un mes atrás había enviado las invitaciones a todas aquellas personas que su patrón había juzgado conveniente que estuvieran presentes en la ceremonia.
-Si no me necesita ya, Sir Williams –murmuró Peter-, me retiraré a mi cuarto.
-¡Ni lo pienses! Con esta tormenta no podrás llegar a tu camarote –exclamó el anciano-. Es mejor que te quedes conmigo.
-Como usted lo disponga –acató el mayordomo.
Después de un rato en que ambos permanecieron en silencio, Peter comentó:
-¿Cree que ha sido oportuno dejar la estatuilla en la bodega?
-Sí, no lo dudes –afirmó el inválido-. Confundida con el resto de la carga, pasará inadvertida.
La conversación fue interrumpida por un marinero.
-Traigo un mensaje del capitán. La tormenta se ha aplacado bastante, de modo que los pasajeros pueden pasar al salón comedor.
La cena fue servida sin inconvenientes. Todos estaban presentes y ocuparon sus respectivos lugares, a excepción de la doctora Leblond, la ilustre historiadora, quien se había disculpado por encontrarse indispuesta.
Después del café, algunos se dirigieron al salón de juegos y otros se acomodaron en los sillones del bar.
El doctor John Reig, abogado de profesión, era un joven apuesto de algo más de treinta años. Estaba encargado de confeccionar un nuevo testamento para Sir Williams, siempre y cuando el anterior fuese anulado en su presencia. Había aceptado el trabajo con gusto. Navegar por el Canal, hospedarse en un castillo y poder admirar una pieza arqueológica de tanto valor lo alejaban de lo rutinario y eso realmente lo fascinaba
-¿No le gustó el pescado? Señorita... –le preguntó a la joven que se había sentado junto a él.
-Laine, me llamo Susan Laine –se apresuró a contestar ella-. Sí me gustó, pero en realidad el problema no estuvo en la comida sino en mi estómago.
-¿Y ahora se siente mejor? –la interrumpió Reig.
-¡Oh, sí! El té caliente me reconfortó, gracias -y prosiguió luego-. Lo que ocurre es que no estoy acostumbrada a navegar y menos con tormentas.
-Según me ha comentado el primer oficial, no son frecuentes los temporales en esta época del año –observó Reig.
-¿Tal vez sea una premonición por lo que pueda ocurrir más tarde? –interrumpió una voz grave de mujer.
Albaí Hassam era quien había pronunciado esas palabras. Una semana atrás había sido invitada por Sir Williams para que descifrase la inscripción hallada en la estatuilla. Era considerada una prestigiosa arqueóloga, aunque, según ella, prefería ser reconocida como egiptóloga, especializada en mitología y leyenda sobre tumbas faraónicas.
Su aspecto físico se asemejaba más al de una pitonisa que al de una científica. Vestía una túnica verde esmeralda que hacía juego con una vincha del mismo color que cubría su frente. En su tez blanca, resaltaba el carmesí de sus labios. Los ojos, perfectamente delineados, agudizaban su mirada y la hacían más intrigante.
Después de aquel comentario insinuante, encendió un cigarrillo y se marchó del lugar.
John Reig no estaba dispuesto a permitir que ese ameno diálogo, recién entablado con Susan, fuese truncado de esa manera; así que reanudó la conversación con naturalidad.
-¿Es usted reportera, no es cierto?
-Sí, fui contratada por Sir Williams para cubrir la ceremonia de entrega en el Museo. Y además para hacer un comentario sobre la valiosa pieza –contestó entusiasmada.
-A propósito de ella –añadió John-. ¿Usted ya la ha visto?
-Ni yo ni nadie –respondió Susan-. Sir Williams ha manifestado que solamente saldrá a la luz en el Museo y a la hora convenida.
-Disculpe que aún no me haya presentado –observó él-. Mi nombre es John Reig y soy el abogado de...
-Ya sé quién es usted, doctor Reig –interrumpió la muchacha-. Recuerde que debo hacerle honor a mi profesión.
Mientras la pareja continuaba dialogando animosamente, una densa corona de humo flotaba sobre la mesa de juego. Cuatro hombres se enfrentaban en una partida de póquer.
-Creo que hoy no es mi día de suerte –dijo Ton Lee Williams, después de haber perdido tres manos seguidas-; así que me retiro.
Es bueno saber perder también, Ton -apuntó el doctor Edwards.
-El juego no es todo para mí –manifestó el sobrino de Sir Williams malhumorado-. Hay otras cosas que me interesan además.
-Quisiera saber cuáles son –interrumpió el anciano-; porque dudo que estés en este viaje por otra razón que no sea sacar provecho de cualquier ocasión propicia que se te presente.
-Me gustaría recordarte, querido tío, que si estoy aquí, fue porque tú me invitaste –señaló el joven irónicamente.
-Sí, ya lo sé; pero procura que no me arrepienta de ello –contestó Sir Williams con aspereza.
-Por favor, Sir Lawrence, no me gustaría que a estas horas de la noche, esta agradable velada se viera empañada por una discusión que terminaría afectando su salud –acotó el doctor Edwards.
-Tienes razón, Alan, mejor me retiro a descansar –respondió el anciano y agregó enseguida-. Peter, llévame a mi camarote.
El doctor Alan Edwards tendría unos cincuenta años, de complexión robusta y movimientos ágiles. Siempre estaba dispuesto a controlar a su paciente favorito. Hacía diez años que lo atendía. Y, en ocasiones, cuando la salud del anciano se resquebrajaba, Alan se pasaba semanas alojado en el castillo procurando restablecerla.
Nunca lo había expresado verbalmente, pero siempre albergaba la esperanza de que aquel viejo acaudalado se acordara de él antes de cerrar sus ojos definitivamente.
El viento había cesado y, por consiguiente, el mar comenzó a recobrar la calma. Entre los oscuros nubarrones, la luna se atrevía a asomar tímidamente su rostro. La cubierta aún estaba mojada y lustrosa pero el aire fresco y húmedo invitaba a caminar por ella. Eso era lo que pensaban Susan y Mike, su compañero de tareas y fotógrafo de la revista a la cual ella pertenecía.
Susan Laine era una joven de unos veintisiete años, en su tez trigueña resaltaban unos grandes y expresivos ojos azules. Tenía todas las características de una buena reportera: inquieta, persuasiva, ambiciosa pero también la sensibilidad de una artista. Su mirada inquisidora se abría paso continuamente en busca de la mejor noticia o reportaje y,por otra parte, sus mano interpretaban maravillosamente diferentes melodías en el piano.
Mike Belucio, italiano de nacimiento, llevaba unos años como fotógrafo de la prestigiosa revista Science & Art. Sin duda su trabajo reflejaba un talento innato. Era responsable y capaz, pero también poseía un humor muy particular que lo hacía apreciable para unos y odioso para otros.
-¿Qué piensas de este viaje, compañero? –preguntó Susan.
-No lo sé... Hay algo que me inquieta –titubeó el fotógrafo
-¿Qué te inquieta? –repitió ella- ¿Acaso has escuchado el comentario de la extravagante Albai Hassam?
-No, no es eso... –prosiguió Mike-. Es sólo que no me gusta comprometerme con un trabajo del que no tengo mayor información. Convina conmigo que apenas hemos tenido trato con Sir Williams, no poseemos ninguna información sobre la estatuilla y ni siquiera sabemos dónde está...
-Escucha Mike, toma en cuenta que esta historia, por sus características, es diferente del resto y, justamente por ello, debes considerar la repercusión que va a tener en Occidente –se apresuró a contestar la joven con el propósito de calmarlo-, además medita en lo que significará para nuestras respectivas carreras.
-Tal vez... –murmuró Mike no muy convencido-. Pero ahora es mejor que vayamos a descansar. La noche se ha puesto fría.
Acostada en su cama, Susan pensaba sobre todo lo acontecido ese día... Aún no entendía qué podía inquietarle a su compañero. Si realmente ésa era una experiencia apasionante.
Era consciente que Sir Williams no la había contratado directamente a ella, sino que había solicitado los servicios de la revista más cotizada del momento. Pero lo más importante era la oportunidad que esta nota le brindaba a su carrera. Quizás encabezaría la portada de la próxima edición.
Absorta en aquellos pensamientos, se había olvidado de aquel apuesto abogado que había cautivado su atención toda la velada, y pronto se durmió.
La doctora Lucrecia Leblond era una mujer que había dedicado la mayor parte de su vida a la investigación histórica. Sentía un profundo interés por las civilizaciones antiguas. Su tesis e informes especiales la llevaron a viajar por Grecia, Roma, Egipto y Medio Oriente.
Hacía ya algunos años que estaba radicada en París, pero la invitación de Sir Williams la motivó a viajar nuevamente. Sin embargo el tiempo no sólo le había arrebatado la lozanía de su juventud, sino también la salud de su cuerpo. La humedad y los cambios bruscos de temperatura le traían dolores articulatorios que no le permitían moverse con naturalidad.
Esa noche se encontraba recostada en su lecho con una fuerte jaqueca y un paño de agua fría sobre su frente.
-¿Se siente mejor, señora? –preguntó discretamente María, su doncella.
-Sí, querida, es mejor que te vayas a descansar -repuso la dama-. Sólo le pido a Dios no arrepentirme de este viaje. Tal vez he sido demasiado ambiciosa...
Con la mirada fija en el cielorraso de su camarote, Sir Williams se dejaba torturar cada vez más por sus pensamientos. ¿Dónde estaría aquel maldito testamento? Sin su anulación, sería imposible redactar uno nuevo. ¡Qué mal había hecho en dejar la mayor parte de su fortuna al miserable de Ton! ¿Por qué se dejó llevar por las súplicas de su moribunda hermana? Si ella tampoco alcanzó a conocerlo realmente... Frívolo, manipulador, jugador tramposo y empedernido, ya no sabía de qué otra forma calificarlo. Si por ese insensato fuese, ya se hubiera quedado en la ruina.
De todas formas, no había que perder la calma, se decía para sí. Con la ayuda de su leal Peter, todo estaba bajo control. Tal vez sólo era cuestión de tiempo y el abogado podría finalmente redactar el nuevo testamento.
Después de realizar una breve pero gratificante caminata por la cubierta, Ton regresaba a su camarote cuando de pronto se encontró con la doncella de la señora Leblond.
- Buenas noches, señorita María –le dijo mirándola provocativamente.
-Buenas noches –le contestó ella y le regaló una sonrisa comprometedora.
María, casi una adolescente, tenía la cabellera rubia y los ojos almendrados. Sus sonrosadas mejillas parecían otorgarle a su rostro cierto candor. Sin embargo el contorneo insinuante de su cuerpo, mientras caminaba, hizo que Ton no dejara de contemplarla hasta que salió del corredor.
Finalmente el joven abrió la puerta de su cuarto y observó que al hacerlo, arrastraba hacia el interior de la habitación, un papel cuidadosamente doblado. Lentamente se inclinó y lo tomó entre sus manos. Antes de leer la nota que contenía, cerró la puerta del camarote.
"El C. de A. se encuentra en la bodega del barco. Aguarda mi señal". Ton, con una sonrisa casi imperceptible, estrujó el papel entre sus dedos y lo arrojó al cesto con buena puntería.
No había amanecido todavía, cuando unos gritos interrumpieron en el silencio de la cubierta.
-¡Capitán Power!... ¡Capitán Power!... ¡Lo requieren en la bodega!
Mientras el primer oficial cubría su puesto, el capitán descendió rápidamente las escaleras de servicio hasta el último nivel. En la bodega, entre cajas y barriles de diferentes tamaños, apareció el cuerpo sin vida de un polizón, junto a él, erguida y vigilante, yacía la estatuilla de Sir Williams. No había rastros de la caja que la transportaba.
Una vez realizadas las primeras pesquisas, el capitán Power ordenó reunir en el salón comedor a todos los pasajeros y tripulantes
Los primeros rayos del sol despuntaban en el horizonte y una rala niebla comenzaba lentamente a disiparse. El olor a café se infiltraba por los rincones del salón principal. Todo el mundo parecía estar presente. Los comentarios se entrecruzaban con las miradas de asombro y de desconcierto De pronto la voz firme del capitán Power se impuso sobre ellos.
-¡Por favor, es preciso que hagan silencio para que podamos entendernos! –y prosiguió luego- Como ya saben, en esta madrugada, se ha cometido un crimen. Un hombre desconocido, un polizón, apareció muerto en la bodega a causa de un fuerte golpe en la cabeza. Hasta el momento, no hemos hallado el arma homicida; aunque en realidad, el único instrumento letal que se ha encontrado junto al occiso, ha sido la estatuilla de Sir Williams.
-¡Mi estatuilla! –gritó el anciano- ¡Pero cómo puede ser! Su embalaje era perfecto y nadie sabía dónde estaba.
-¡Cálmese, Sir Williams! –dijo el capitán. Todo debe tener una explicación y nosotros la hallaremos –al decir esto, miró de soslayo a Taylor, el primer oficial que estaba junto a él.
-Sólo estaré tranquilo cuando la pieza esté en mi poder –aseguró el inválido- ¡Por favor, entréguemela!
-Lo siento mucho, pero tendré que confiscarla mientras se realice la investigación. Por el momento –continuó el capitán-, todos permanecerán aquí mientras se proceda a revisar sus respectivos camarotes, como así también el resto de la nave.
-¡Esto es inaudito! –gritó, acalorada, la doctora Leblond -¡No puede ser que no tengamos un mínimo de privacidad los pasajeros!
-Lamentablemente, doctora –contestó Power, tratando de no perder la calma-, todos son sospechosos hasta que se pruebe lo contrario.
Esa atípica mañana, en el Reina Elizabeth, se consumió entre cafés, cigarrillos y lamentos. Al mediodía, otra vez, la presencia del capitán impuso silencio. Después de contemplar detenidamente a cada pasajero, posó su mirada inquisidora en el rostro de Ton Lee Williams y se dirigió hacia él. Luego extendió su mano y desdobló la hoja de papel hallado en su cuarto.
-¿Le resulta familiar esta nota, señor?
El rostro de Ton perdió el color de sus mejillas y desconcertado ante aquella evidencia, no supo qué contestar.
-Me temo que su silencio lo está comprometiendo aún más -agregó Power.
De pronto el inválido anciano se abrió paso entre los presentes con su silla de ruedas y, bruscamente, arrebató, de la mano del capitán, el papel aún estrujado. Casi sin deternerse a leerlo, se dirigió hacia su sobrino y se lo echó sobre la cara.
-¡Eres un canalla! –intervino furibundo- ¡Querías robarme lo que, en este momento, resulta ser mi tesoro más preciado!
-¡Sir Williams, por favor! –irrumpió Power-. Está interfiriendo con mi labor. Este papel también debe ser retenido como evidencia.
Sin ninguna coartada y con aquella nota comprometedora, Ton no tuvo otra alternativa que la de aceptar ser recluido en su camarote hasta que el capitán dispusiera lo contrario.
Después del almuerzo, los pasajeros se retiraron del salón comedor. Desde la mañana, paulatinamente, la tripulación había regresado a sus tareas habituales; de modo que la calma aparentemente volvía a reinar en el barco. El sol caía de lleno sobre la cubierta e iluminaba a pleno cada sector de la nave. Mientras enfilaba su proa hacia los acantilados, el reina Elizabeth dejaba a su paso una estela blanca, blanquísima.
-Aún no salgo de mi asombro –dijo Susan, apoyada en la baranda de popa e inclinando su torso para contemplar el agua.
-Tal vez no deberíamos haber tomado tan a la ligera las premoniciones de Albai... –murmuró Mike, al mismo tiempo que esbozaba una leve sonrisa.
En otro sector de la cubierta, más cercano a la proa y a los camarotes, John Reig se encontraba cómodamente sentado sosteniéndo un libro entre sus manos. Mientras su mirada parecía extraviarse en el horizonte, el viento no dejaba de revolotear las páginas de la obra.
-¿Disfrutando del paisaje marino, doctor? –interrumpió con su ronca voz Sir Williams.
-¡Ah, sí! Realmente este aire me reconforta –repuso Reig y agregó-. Lo veo de mejor semblante, Lawrence.
-Sin embargo aún sigo preocupado –contestó el anciano.
-Yo creo que la estatuilla no corre ningún riesgo –observó Reig-. El capitán sabe lo que hace.
-Para serle franco, amigo, mi inquietud está puesta en ese testamento extraviado –y prosiguió-. Usted sabe que sería una injusticia que mi fortuna pasara a manos de ese miserable de Ton.
-Sir Williams, legalmente...
-Sí, ya sé lo que me va a decir –interrumpió el inválido-. Pero convenga conmigo que si una persona es culpable de robo o asesinato y termina en la cárcel, pierde todos sus derechos a una herencia.
-Pero aún no se ha probado nada oficialmente respecto de su sobrino –señaló Reig.
-Se probará, verá usted que se probará –afirmaba Sir Williams con la cabeza-. Por eso me he atrevido a confeccionar un borrador para el nuevo testamento y me gustaría que me asesorara, John.
-Ese es mi trabajo y lo haré, pero cuando todo se aclare –repuso el abogado y cerró el libro con firmeza como concluyendo la conversación.
En ese momento, algo distrajo la atención de ambos. Una de las puertas más próximas del corredor se golpeó fuertemente. Era la del camarote del doctor Edwards.
La doctora Leblond descansaba sobre una de las reposeras que se disponían en la cubierta superior. María la acompañaba en silencio con la vista perdida en el mar.
Después de un profundo suspiro, la doctora exclamó:
-Espero que durante el resto del trayecto no sobrevengan más inconvenientes, María.
El tono profundo de su voz hizo que la muchacha recobrara la atención y, nerviosa, gritó sollozando:
-¡Oh sí! ¡Pero nosotras no hemos hecho nada malo, señora! ¡No nos pueden culpar!
La doctora, sorprendida por aquella reacción, tomó a la joven por los hombros y la sacudió para controlarla.
María sintió de pronto que un torrente de vergüenza desbordaba por sus mejillas. ¿Cómo había podido reaccionar así? ¿Estaba loca o los nervios le habían jugado una mala pasada?
Conteniéndose expresó:
-Perdone, señora, no fue mi intención.
La cena fue servida puntualmente a las nueve de la noche. Cada uno de los invitados de Sir Williams ocupó su lugar sin hacer mayores comentarios. La comida resultó sabrosa y el vino, reconfortante. El humor de los comensales pareció cambiar durante la velada.
-¿Hace muchos años que vive en Lez, Sir Williams? –preguntó la doctora Leblond.
-¡Oh sí, más de cuarenta años! –contestó el anciano-. Simpre la consideré una ciudad atrayente para residir, con un pasado fascinante.
-Realmente me siento ansiosa por conocer ese famoso Museo –agregó la dama.
-Y yo profundamente honrado de contar con su presencia, doctora –respondió el inválido.
Al decir esto, un fuerte sacudón casi lo arrojó de su silla, sus gritos se confundieron con el extraño ruido que provino del exterior. La porcelana bailaba sobre el mantel bordado, el humeante café se derramaba por todos sitios y los pasajeros se asían fuertemente de la mesa para no caerse.
-Permítame ayudarlo, Sir Williams –dijo, diligente, Peter mientras hacía equilibrio con sus piernas para mantenerse.
-¡Ten cuidado con mi brazo, torpe! –chilló el anciano.
Gradualmente los sacudones fueron perdiendo su intensidad hasta desaparecer.
Una vez recobrada la calma, el capitán Power expresó:
-Parece que hemos colisionado.
Inmediatamente se dirigió a la cabina de mando sin advertir que era seguido por Susan, Mike y el abogado.
Al llegar al lugar, el espectáculo que observaron los dejó paralizados. El timón estaba sin guía, debajo de él, yacía Taylor, el primer oficial, tendido con los ojos abiertos, fijos en la estatuilla de Sir Williams.
Enseguida el doctor Edwards se hizo presente, se inclinó sobre el cuerpo del oficial y le tomó el pulso.
-Está muerto –pronunció secamente.
-Y, a juzgar por su mirada, muerto de horror –intervino la excéntrica Albai desde el otro ángulo de la cabina.
Por orden del capitán, todos los pasajeros se retiraron a sus respectivos camarotes. Intrigados, desconcertados, aterrados, cualquiera hubiese sido su estado anímico, ninguno pudo exteriorizarlo verbalmente.
Pasada la medianoche, la luna bañaba serenamente con su luz la cubierta, los mozos ya habían levantado el servicio y un silencio sepulcral invadía los corredores y las escaleras.
A excepción de Sir Williams, que estaba acompañado por Peter, los restantes pasajeros se encerraron en sus cuartos y buscaron en la lectura, en el sueño o en sus propios pensamientos, la mejor forma de pasar la noche.
Recostado en su lecho, el anciano Williams meditaba en voz alta, mientras su mayordomo ordenaba pausadamente sus ropas.
-Nunca pensé que algo planeado con tanto cuidado se iba a empañar con la muerte... – y prosiguió, clavando sus ojos vidriosos en los de su interlocutor-. Me preocupa, además, que la estatuilla sea manipulada de esta forma.
El fiel servidor dejó su tarea de lado y se acomodó cerca de su patrón como para entablar un diálogo.
-¿Usted cree que alguien se está sirviendo de ella para cometer estas muertes? –preguntó con mesura.
-¿Y qué otra cosa se puede deducir frente a los hechos ocurridos?
-Disculpe mi ignorancia –expresó el mayordomo-, lo que ocurre es que yo siento..., como decirlo, cierto recelo por aquellas piezas que han sido arrebatadas de esas tumbas milenarias.
-¿Arrebatadas? –interrumpió Sir Williams-. Yo diría recuperadas para el mundo de la ciencia y de la cultura.
-Tal vez, pero... y su presencia junto a los cadáveres. ¿Cómo se justifica?
-¿Peter, puede ser que estés pensando en un poder maléfico? ¡Caramba! Te creía más sensato.
El señor Straus inclinó su cabeza como arrepintiéndose de lo dicho y dejó que el silencio se interpusiera entre ambos.
Afortunadamente la avería que había sufrido la nave no era de cuidado pensaba el capitán mientras la conducía.
El viento comenzaba a soplar de proa y el oleaje se pronunciaba con mayor fuerza.
Power se sentía profundamente acongojado. La muerte de Taylor no dejaba de atormentarlo. ¿Causas naturales o asesinato?
Esa maldita estatua, reflexionaba, lo único que ha ocasionado son desgracias. Si fuera por mí, en este momento, la arrojaría al mar... Tomó con firmeza el timón y, al mismo tiempo, comprendió que debía serenarse y abordar la situación con objetividad y mesura.
Después del desayuno, Power decidió convocar a todo el pasaje del Reina Elizabeth en el salón principal.
-En primer lugar, quiero decirles –comenzó a explicar- que como capitán de la nave, tengo la obligación de velar por la seguridad de todos ustedes y, por esa razón, tomaré los recaudos necesarios para que nadie atraviese ninguna situación de riesgo.
-¿Eso quiere decir que nos va a mantener prisioneros en nuestros respectivos camarotes? –intervino molesto el fotógrafo.
-No señor Belucio. Simplemente solicitaré de mi tripulación un compromiso mayor para garantizar el bienestar en la nave.
-¿Qué le ocurrió realmente al primer oficial, capitán? –preguntó Susan muy interesada por conocer la verdad.
-Aparentemente sufrió un ataque cardiaco y por eso el barco colisionó contra unas rocas –y agregó sin pausa como queriendo cambiar el tema-. De todos modos la embarcación no sufrió mayores daños y estimo que arribaremos a destino en la fecha prevista.
-¿También pudo haber sido envenenado...? Me refiero a Taylor, el primer oficial –interrumpió Albaí como si sintiera un morboso placer por seguir hablando de los muertos.
Después de aquella insinuación, el ritmo cardíaco de los presentes pareció acelerarse. La doctora Leblond apoyó una de sus delgadas manos sobre su pecho y comenzó a respirar con dificultad.
-¿Se siente bien, señora Lucrecia? –interrogó su doncella.
-Sí, María, es sólo una opresión. Me acercaré a la ventana y estaré mejor.
En ese momento, -Sir Williams aprovechó la oportunidad para acercarse al capitán y ansioso le preguntó:
-¿Y qué piensa hacer con mi estatuilla?
-He reflexionado sobre el tema –contestó Power-, y no veo razón para que usted no la conserve.
El rostro del anciano pareció iluminarse, aunque las palabras que el capitán pronunció a continuación, lo apagaron nuevamente.
-También quiero comunicarles –agregó Power mirando a todos los pasajeros- que he tomado la determinación de liberar a Ton de su prisión preventiva.
-¡Eso es inaudito! –chilló el viejo- ¡Usted no puede hacernos eso!
-Sir Williams, permítame decirle –expuso con firmeza el capitán- que las pruebas halladas en contra de su sobrino sólo han sido circunstanciales y, por lo tanto, poco relevantes. Además considero que las rejas que el mar le impone son suficientes por ahora.
Nuevamente la misteriosa y grave voz de Albaí interrumpió la conversación.
-Sir Williams, como usted sabe, mi presencia en este barco obedece a su gentil invitación. Y, según me manifestó su asistente, el motivo de la misma es que yo, con la autoridad que me asiste, traduzca cierta inscripción que la pieza tiene en su base. Mi interrogante es saber si aún quiere que lo haga.
-Sí, por supuesto que lo deseo –contestó menos irritado el anciano-, pero preferiría que dicha tarea la llevase a cabo en el Museo.
Albaí dirigió una mirada elocuente al resto de los presentes y preguntó:
-¿Y ustedes qué opinan?
La inquieta Susan Laine se apresuró a decir entusiasmada:
-Yo encontraría sumamente interesante que lo hisiese ahora.
-Opino lo mismo -acotó la doctora Leblond.
-A mí me gustaría sacarle una foto –agregó Mike.
Aturdido por las respuestas que se sucedían sin tregua, Sir Williams optó por acceder al pedido. El capitán Power apoyó la pieza sobre la mesa principal y todos se dispusieron a su alrededor.
Serenamente la extravagante Albaí tomó la antiquísima reliquia entre sus manos y con sus finos dedos la fue contorneando hasta llegar a su base. Se detuvo unos minutos con la vista atenta en la inscripción y luego sentenció con firmeza: "Mi lugar está entre los muertos."
Todos guardaron silencio, aunque no pudieron ocultar el asombro que causó en cada uno de ellos esas palabras.
-El Chacal es un guardián, un fiel guardián, cuya única misión es proteger a los muertos –señaló Albaí-, aunque también se alimenta de sus carnes.
-Entonces eso quiere decir que ahora está en el lugar equivocado –comentó María con cierta inocencia.
La excéntrica mujer apartó su vista de la estatuilla y observó fijamente a la joven como si quisiera arrebatarle el candor de sus mejillas. María la miró asustada pero Mike interrumpió la escena con su humor particular.
-En cambio, yo creo que, según se presentan los hechos, el Chacal está creando su nueva morada pero flotante.
El comentario del fotógrafo desató nuevos interrogantes e hipótesis que ninguno supo responder.
Después de dos días lluviosos, la tarde se acostaba lentamente sobre un horizonte naranja y copiosas nubes filtraban, de a ratos, los últimos rayos del sol. En el extremo inferior de la cubierta de popa, apoyada sobre la baranda, una pareja contemplaba el espectáculo.
-¡Qué hermoso es el ocaso! ¿No es cierto? –exclamó ella después de suspirar.
-Sí, especialmente si se disfruta de a dos –respondió él.
Un leve rubor coloreó las mejillas de la muchacha e inmediatamente sintió un ligero estremecimiento en todo su cuerpo.
-¿Sientes frío? –preguntó el joven.
-No, estoy bien, gracias –respondió ella.
Ton, en un despliegue de cortesía, se quitó el abrigo y lo puso sobre los hombros de María. Luego la rodeó sutilmente con sus brazos, mientras el sol se hundía definitivamente en el mar.
Desde la cubierta superior, dos mujeres observaban a la pareja y aquel idílico contorno.
-¡Qué romántica escena! –exclamó emocionada Susan- Muy propicia para este momento del día.
-Sí, muy romántica –consintió secamente Albaí, al mismo tiempo que clavaba su mirada en aquellos jóvenes.
Como la fresca brisa alborotaba sus cabellos y humedecía sus ropas, ambas mujeres decidieron regresar a sus respectivos camarotes. Antes de ingresar en el suyo, la inquieta reportera escuchó una voz que la llamaba desde el corredor.
-¡Susan, me disculpas!
-¡Oh, claro! ¿Cómo estás, John?
-Después de tanta lluvia, reconfortado de haber visto ponerse el sol.
-¡La puesta del sol! ¡Qué regalo para nuestros ojos! –exclamó ella.
-A propósito de regalo –acotó él-, me sentiría muy complacido si esta noche nos obsequiaras alguna melodía en el piano. Recuerda que me lo prometiste...
-De acuerdo –aceptó Susan con una sonrisa-. Y creo que si la luna brilla majestuosamente sobre la cubierta, interpretaré la pieza de Beethoven en su honor.
Esa noche todos los pasajeros del Reina Elizabeth disfrutaron de la cena y, aún más, de la velada. Los melodiosos acordes que Susan ejecutaba en el piano restablecieron la armonía y la cordialidad entre los presentes. No obstante, el testarudo inválido no dejaba de mirar con recelo a su sobrino, a pesar de tener él la estatuilla en su poder. Ton, por su parte, actuaba displicente y sin ningún tipo de inhibiciones. Sus encantos naturales habían cautivado el corazón de María y eso contribuía a estimular más su ego.
Después de la conmovedora interpretación del Claro de Luna, John invitó a Susan a dar un paseo bajo el plenilunio.
Sólo Albaí se encontraba alejada de las conversaciones, fumaba con la mirada atenta en los demás. De pronto la llegada del doctor Edwards atrajo su interés. El hombre parecía agitado y nervioso, como si alguien lo estuviera siguiendo. Rápidamente se aproximó a la barra y pidió un whisky para disimular.
Pasada la medianoche, ya algunos se habían retirado. Peter se acercó a Sir Williams e inclinó su cuerpo para escucharlo, luego tomó la silla de ruedas y comenzó a dirigirla hacia la salida.
De repente unos gritos irrumpieron en medio del salón. Provenían del exterior, específicamente de la cubierta inferior de popa. Los gritos eran de Susan.
Todos los presentes acudieron de inmediato al lugar. El primero en llegar, esta vez, fue el doctor Edwards. Un espectáculo más desagradable que el anterior se ofrecía a la vista de los concurrentes. Debajo de una escalera, el cuerpo de María yacía cubierto de sangre y, junto a él, la fatídica pieza, el Chacal de Anubis, se erguía expectante. Susan, con las manos sobre su rostro, apoyaba su cabeza en el hombro de Reig.
El médico examinó el cuerpo y verificó que la muchacha había sido apuñalada unas horas antes. Sin embargo, otra vez, no había rastros del homicida.
Curiosamente el doctor Edwards, mientras examinaba el cadáver, notó que la víctima tenía una mano cerrada, con cuidado separó sus dedos, y dos piedras brillantes rodaron ante la vista de todos.
-¡Los ojos del Chacal! –exclamó Sir Williams- ¡Era una maldita ladrona!
-¡Cuidado con sus palabras, cruel hombre! –gritó indignada y compungida a la vez, la doctora Leblond- Se está refiriendo a mi pobre doncella. ¡No tiene derecho a hablar así!
-Seguramente alguien la quiso comprometer –señaló Ton a la distancia.
-Por favor, conserven la calma y diríjanse todos al salón principal –ordenó el capitán. Los efectivos de seguridad del barco ya se están haciendo cargo del caso.
Power, en la cabina de mando, aguardaba ansioso el reporte de sus subalternos. La investigación por los camarotes otra vez se había iniciado.
Es increíble que estos hechos lamentables estén ocurriendo en mi barco y yo no pueda aún tener tan sólo una pista, un camino que me conduzca a la verdad. Reflexionaba amargamente, cuando un camarero se presentó en el recinto.
-Disculpe, mi capitán, pero debido a la gravedad de los acontecimientos sucedidos, no quisiera dejar de comentarle un episodio que presencié hace unas horas.
-Explíquese, por favor.
-Verá usted –comentó el hombre-. Yo regresaba de la cocina cuando sentí que una puerta se cerraba en el corredor principal. Sigilosamente me acerqué y advertí que pertenecía al camarote de Sir Williams y la persona que giraba el picaporte, lo hacía con mucho cuidado...
Al terminar su exposición, el camarero se marchó y Power permaneció por unos minutos cavilando. Al cabo de un rato, salió de la cabina resuelto a desenmascarar al sospechoso.
La presencia del oficial acalló los comentarios. El desconcierto y la desesperación eran unánimes.
-Señores, si bien aún no se han terminado de revisar los camarotes y el resto de la nave, con el propósito de encontrar alguna evidencia –dijo-, tengo el testimonio de un tripulante, quien ha sorprendido a uno de ustedes en una situación muy comprometedora.
Ninguno de los presentes apartó su vista del capitán y, por lo tanto, Power prosiguió dirigiendo su mirada hacia la persona involucrada.
-¿Podría decirme qué hacía en la habitación de Sir Williams después de cenar, doctor Edwards?
El médico dirigió desconcertado su mirada hacia el inválido y, tratando de justificarse, respondió.
-Yo... yo sólo quería controlar si tenía la medicación suficiente para el resto del viaje, Lawrence.
-Y para eso tenías que introducirte en mi cuarto sin mi permiso -interrumpió furioso el anciano-. ¿O acaso tú se lo diste, Peter?
-No, señor de ningún modo –se apresuró a contestar el mayordomo.
Me temo doctor Edwards –acotó el capitán- que el traslado de la estatuilla del camarote de Sir Williams al lugar del crimen, lo compromete seriamente. Además, como usted sabe, la pieza ha sido despojada de los diamantes que tenía en sus ojos.
Acorralado y temeroso, el doctor Alan Edwards confesó:
-Está bien, les diré la verdad. Pero desde ya me declaro inocente del asesinato de María y del traslado de la estatuilla. Mis motivos fueron otros.
-¿Cuáles? –preguntó Power.
-Días atrás, por casualidad, me enteré, a través de una conversación que Sir Williams mantuvo con su abogado, que había elaborado un borrador para su nuevo testamento. Y yo sentí sumo interés por saber si me encontraba en él.
-¡Manipulador! ¡Interesado! –gritó el anciano-. A esa razón obedecían tus desvelos por mi salud. Ya verás que...
La voz de Sir Williams fue interrumpida por la presencia del segundo oficial.
-Capitán, hemos encontrado el arma homicida –y seguidamente la mostró-. Es este cuchillo que conserva aún restos de sangre.
-¿Dónde lo hallaron? –preguntó Power.
-En el camarote de Ton Lee Williams, debajo de su cama para ser preciso.
Aún el joven no había reaccionado plenamente de esa acusación, cuando gritó desesperado.
-¡Es una trampa! ¡Una mala jugada que me están haciendo!
Dos marineros lo tomaron por los brazos, mientras Ton pugnaba por liberarse. El capitán nuevamente ordenó su reclusión.
A medianoche la nave comenzó a internarse por un estrecho brazo del Canal. El Reina Elizabeth se deslizaba cautelosamente, ya que debía sortear grandes masas de piedra.
Todos los pasajeros permanecían en sus camarotes atentos a los extraños sonidos que la embarcación producía al friccionares contra las rocas.
Por primera vez, Susan sentía que el frío invadía su cuarto. Se arropó y se quedó quieta, muy quieta. El asesinato de María la había impresionado terriblemente. ¡Qué pena! Y pensar que el paseo con John había sido tan encantador. ¿Pero... y esas muertes por qué habrían ocurrido? ¿Sería que alguien o algo pretendía que no llegasen a buen puerto? En ese momento, la imagen del Chacal se presentó ante sus ojos y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
De pronto su corazón comenzó a latir con mayor fuerza. Unos pasos se aproximaban hacia su camarote. Se incorporó para escuchar mejor. Se habían detenido frente a su puerta. ¡Alguien estaba afuera! ¡Quizás había llegado su hora! Un grito se ahogó en su boca. El corazón parecía que iba a estallarle en su pecho. Finalmente su voz irrumpió en el silencio de la noche.
-¿Quién está allí? ¡Responda quién está allí!
Después de unos segundos, los pasos reanudaron su marcha. Ella suspiró profundamente.
Una tenue luz iluminaba el corredor principal. Ton, acostado en su cama, trataba de encontrarle un sentido a lo que le estaba ocurriendo. ¡Maldito inválido! ¡Aún cree que yo tengo el testamento! Pero no se saldrá con la suya. Sus reflexiones se vieron interrumpidas por un golpe seco que se sintió detrás de su puerta. Se incorporó rápidamente y observó que por un resquicio le pasaban un papel. Después de leer la nota que contenía, reflexionó unos instantes. "Te espero donde muere el sol", decía. Ya sabía de quién era esa letra, decidido, giró el picaporte de la puerta y la abrió cuidadosamente. En el suelo yacía, con la frente partida, un marinero. Con cautela, arrastró el cuerpo al interior del camarote y se dirigió hacia el lugar del encuentro.
Esta vez la luna había abandonado la cubierta y oscuros nubarrones presagiaban tormenta. En el extremo sur de la nave, iluminada por los destellos de algunos relámpagos, una silueta se recortaba sobre el barandal.
A la mañana siguiente, los rostros de los pasajeros no parecían los mismos de la noche anterior. El cansancio y el temor se reflejaban en todos ellos. El desayuno fue servido con puntualidad pero, a excepción del café, nadie ingirió otro alimento.
El capitán Power compartió la mesa con el fin de transmitir serenidad. Pero, a decir verdad, ninguno se sentía tranquilo en la nave. Las investigaciones, realizadas hasta el momento, dejaban mucho que desear. Y la misma opinión tenían de la seguridad que el capitán, junto a su tripulación, les había ofrecido.
-Dado que la lluvia se ha hecho nuevamente presente en este viaje, les propongo que se queden en el salón principal –sostuvo Power-. Participen de algún juego de mesa, conversen entre ustedes o escuchen música si prefieren la soledad. En fin, busquen la forma de estar a gusto sin dispersarse.
-Es ridículo que usted crea, capitán, que yo pueda compartir una mesa de póquer o una amena plática con el abnegado doctor Edwards –acotó el anciano con ironía.
En el nivel inferior de la nave un marinero se aprestaba a entrar en servicio. Su misión era reemplazar la guardia dispuesta en el camarote de Ton Lee Williams. Mientras ascendía las escaleras, un sacudón lo derribó al piso. Aturdido, logró levantarse y regresó a su litera para recuperar sus fuerzas.
La embarcación parecía haber encallado. El capitán se dirigió a la cabina de mando y la tripulación comenzó a hacer las maniobras pertinentes para poder reanudar la marcha. De pronto uno de ellos gritó por el altavoz:
-¡Hay un cuerpo en el mar!
Dos potentes reflectores iluminaron el agua. La figura de Lee Williams flotaba entre un manojo de algas. Toda la concurrencia se agolpó en la baranda. ¿Muerte accidental o asesinato?
Por la tarde, la tormenta se había alejado y casi todos los pasajeros se hallaban en sus respectivos camarotes.
Mike Belucio, recostado sobre su cama, sostenía su cámara y pensaba que aún no había tenido ocasión de sacar una buena fotografía a la estatuilla. Tal vez tendría que esperar un nuevo asesinato para que la pieza se hallara presente.
El camarote de John Reig tenía un confortable sillón y, al atardecer, bajo la tenue luz de una lámpara, el abogado se encontraba sentado. En varias oportunidades, John había creído hallar a un culpable y un motivo para el crimen. Pero, después de cada muerte, todas sus intrigas se desvanecían en su mente.
Ton Lee Williams, el principal sospechoso, estaba muerto. ¿Quién sería entonces la mente asesina que estaba verdaderamente interesada en terminar con la vida de todos ellos.
Abstraído en sus maquinaciones, no advirtió que del cuarto contiguo, se escucharon unos quejidos amargos. Pero, al instante un ruido, que sonaba como a desorden de libros o carpetas, despertó su atención. No cabía la menor duda, provenía del cuarto de Sir Williams. Se acercó a la pared lindera y volvió a escuchar el extraño sonido. Sin pensarlo más, salió de su habitación y golpeó el camarote de su vecino.
-¿Sir Williams, se encuentra bien? –volvió a interrogar- ¿Peter, está usted allí?
Al no obtener respuesta, abrió la puerta. El anciano yacía tieso en su lecho con una almohada sobre su cara. Estaba muerto, muerto por asfixia.
Aunque impresionado, John sintió curiosidad por saber qué había producido esos ruidos. Echó un vistazo a su alrededor pero todo, aparentemente, estaba en orden: la silla de ruedas, la estatuilla del Chacal sobre la cómoda, un retrato frente al vestidor.
De pronto y, sin pensarlo, sus pasos se dirigieron hacia el armario, contuvo la respiración por unos segundos y lo abrió de golpe. Un montón de carpetas y papeles se le vinieron encima. Sin duda, alguien había estado allí.
Inmediatamente pasó a dar a viso de lo ocurrido.
La noche ya había caído sobre el mar. El Reina Elizabeth finalmente había reanudado su marcha. El arribo al puerto de Lez estaba previsto para el amanecer del próximo día.
Los pasajeros estaban sentados alrededor de la mesa, meditando quién sería la siguiente víctima. Nadie había emitido opinión sobre la muerte de Sir Williams, sin embargo todos sabían que el motivo de sus respectivos viajes había sido destruido.
El único que parecía asumir una actitud reflexiva frente a los hechos vividos era John Reig. Había algo que estaba pasando por alto, se decía, y no sabía qué era.
El capitán Power se dirigió a él y le preguntó:
-¿Puede saberse el motivo de su preocupación, John?
-Estoy pensando en la última escena que presencié –contestó-. Los ruidos, desde mi cuarto, se sucedieron casi ininterrumpidamente. Al advertir que provenían del cuarto de Sir Williams, acudí al instante. Nadie tuvo tiempo de salir y, sin embargo, cuando ingresé, sólo estaba el anciano tendido en su lecho y la habitación ordenada: la estatuilla, la silla de ruedas, el retra... No alcanzó a pronunciar la última palabra, cuando una duda lo asaltó súbitamente.
-¡Enseguida regreso! –exclamó y se levantó de golpe-. Tengo que cerciorarme de algo.
El capitán Power se aprestó para seguirlo. Una vez en el camarote de Sir Williams, John comprobó lo que estaba imaginando. Frente al vestidor, no era un retrato lo que colgaba de la pared sino un espejo. De manera que el rostro del asesino se había reflejado en él, argumentó Reig.
Luego comenzó a dar vueltas por la habitación con los ojos cerrados, mientras se ordenaba a sí mismo una y otra vez:
-¡Recuerda, John ¡ ¡Recuerda quién era!
De pronto pareció que su entendimiento se abría a la luz de la verdad. Detuvo su marcha, miró fijamente al capitán y gritó:
-¡Susan!
Al regresar al salón, la escena resultó por demás elocuente. Cada uno de los pasajeros estaba paralizado en su asiento. Pero la joven reportera se hallaba de pie con una navaja sobre su cuello. Había sido tomada como rehén de una peligrosa mujer, Albaí Hassam.
-Es mejor que no me provoque, capitán –dijo esta última con tono amenazador- Otra muerte más no me costaría nada.
Por unos momentos, todos permanecieron quietos y en silencio. Hasta que un fogonazo de luz encegueció los ojos gatunos de la despiadada mujer. Sin perder un segundo, Susan se escapó de sus redes y Reig le quitó fácilmente la navaja.
Mike Belucio la había sorprendido con una foto desde el otro lado de la ventana del salón, desde allí, expresó con sarcasmo:
-¿Y su sonrisa, Albaí? ¿Dónde ha dejado su desafiante sonrisa?
El capitán se acercó a la temible homicida y le comunicó su arresto. Ella, en un arranque de furia, lo empujó y corrió hacia la puerta; pero, al llegar allí, comenzó instintivamente a retroceder. Una mujer la apuntaba de frente con un arma.
-Si mi marido se muere, yo te mataré, bruja –le dijo presa de rencor.
El capitán Power reconoció a la muchacha, era una camarera, esposa del cabo Olson, quien había sido víctima del brutal golpe en la cabeza mientras custodiaba el camarote de Ton Lee Williams.
-Señora, deme su arma –le ordenó Power-. Sabe que ese no es el procedimiento.
-No me importa. Yo la mataré –repitió la mujer enceguecida.
En medio de ese clima de tensión, un hombre irrumpió en llantos.
-¡No la mate! –suplicó- ¡Por favor, es mi hija! ¡Tenga piedad!
Los espectadores quedaron atónitos ante tal confesión. Nada menos que el confiable Peter Straus había pronunciado esas palabras.
La aturdida mujer bajó el arma y se la entregó al capitán.
-Creo, señor Straus, que todos nosotros nos merecemos una explicación –expresó Power.
Compungido y desfalleciente, Peter se desplomó sobre un sillón y, como si ya hubiese perdido todas sus fuerzas, comenzó a narrar su historia.
Hacía muchos años que venía soportando las desmesuras y los atropellos de aquel inválido. Pero todos sus sufrimientos tenían una razón: Procurar el bienestar de su pequeña Débora.
Un día descubrió dónde el anciano guardaba su testamento, aquél, en el que dejaba la mayor parte de la fortuna a su sobrino, y astutamente lo sustrajo y lo guardó.
El siguiente paso fue conseguir que su hija se casara con Ton y así asegurar la herencia. El propósito no fue difícil de lograr porque la sensualidad de Débora cautivó al joven desde un principio.
Pero el golpe de gracia sobrevino con la concreción de ese mentado viaje que Sir Williams había planeado movido por su propia vanidad.
Por su parte, el anciano también había elaborado un plan: Hacer creer que su sobrino era el ladrón de la estatuilla y, de ese modo, poder desheredarlo. Para ello había contratado a un hombre que se infiltró entre los pasajeros del Reina Elizabeth. El polizón estaba a cargo de trasladar el Chacal de Anubis de la bodega al camarote de Ton.
Lamentablemente Sir Williams no se imaginaba que su plan iba a ser saboteado nada menos que por Peter, su incondicional mayordomo.
Con la muerte del anciano y la prisión de por vida de Ton, al ser culpado de asesinato, el padre y la hija gozarían, legalmente, de una cuantiosa fortuna al recuperar el supuesto testamento extraviado.
Lo inesperado para Peter fue la sucesión de muertes. Él sólo deseaba una: la de Sir Williams. Las otras fueron ocasionadas por el odio, los celos y la ambición incontrolable de una asesina que no tuvo límites al pretender alcanzar su meta.
-¡Es increíble! –exclamó Susan, mientras divisaba, desde la baranda de proa, el famoso puerto de Lez- vine contratada para cubrir una noticia cultural y científica y me llevo otra de carácter policial.
-¿Te quedarás mucho tiempo es esta ciudad? –le preguntó John, que estaba a su lado.
-Aún no lo sé. Parece un lugar interesante –y mirando de soslayo al abogado, lo interrogó con picardía-. ¿Te gustaría quedarte conmigo?
.