Anónimo
LA HISTORIA DE TEIG OKANE
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Había una vez un mozo ya crecido, en el condado de Leitrim, hijo de un rico granjero, que poseía además fuerza y vivacidad. Su padre tenía muchísimo dinero y nunca lo escatimó con su hijo. Como consecuencia, cuando el muchacho creció mostró más inclinación por la diversión que por el trabajo, y, no teniendo ningún otro hijo, su padre le quería tanto que le consentía hacer sencillamente todo lo que le daba en gana.
Era el chico extravagante y vividor, y desperdigaba las monedas de oro como cualquier otra persona podía desperdigar harina. Rara vez se le podía encontrar en casa, pero si había alguna feria, carrera o fiesta en diez millas a la redonda, podíais sin sombra de duda encontrarle allí. Y rara era la noche también que pasaba en casa de su padre, y que no estuviera rondando por ahí. Se decía de él lo que hace mucho tiempo de Shawn Bwee en la vieja lengua:
"Grádh gach cailin i mbrollach a léine", es decir, que "tenía el amor de cada mujer prendido al pecho de su camisa", pues muchos eran los besos que dio y le fueron dados, ya que era un mozo arrogante y guapo, y no había muchacha en toda la comarca que no se enamorara de él con sólo poner sus ojos sobre ella. Fue por esto que alguien hizo esta romanza que corría sin cesar de boca en boca:
Ni h-iongantas mór é a bheith mar atá
ag leanambaint a gcómhnuidhe dárnán na gráineóige
Anuass anioss nna chodladhsalá.
(Mirad al pícaro, por besos está rondando,
No hay en ello maravilla, pues cosa es de todos los días:
Es como un viejo erizo, que la noche pasa errando.
De aquí para allá, y a dormir irá con la luz del día.)
Con el tiempo se fue haciendo más caprichoso e ingobernable. Al final ya no era posible verle en la casa de su padre ni de noche ni de día, pues siempre andaba en disipación o en su kailee* de un sitio a otro y de una a otra casa, de modo que los ancianos solían sacudir sus cabezas y decirse unos a otros: "No es difícil prever lo que sucederá con su tierra cuando el anciano padre muera; su hijo la devastará en un año, si es que le dura tanto tiempo".
Estaba siempre apostando, jugando a los naipes y bebiendo, pero su padre, como digo, nunca se preocupó por los malos hábitos de su hijo, y jamás le castigó. Pero un día sucedió que alguien dio la noticia al padre de que su hijo había deshonrado gravemente a una muchacha de la vecindad, y esto sí le enfadó; tanto fue así que le llamó a su presencia y, con tranquilidad y sensatez, le dijo:
"Hijo, tú sabes cuánto te he querido siempre, y nunca hasta ahora te he impedido hacer lo que quiera que fuese; siempre has dispuesto de cuanto dinero deseaste, y yo siempre he esperado dejarte la casa, la tierra y todo lo que tuviese cuando mi hora de partir llegue; pero he oído un relato sobre ti hoy que me ha disgustado mucho. No puedo decirte lo afligido que me he sentido cuando tal cosa me contaban, y quiero decirte sin rodeos que, a menos que te cases con esa muchacha, legaré esta casa, tierra y todo al hijo de mi hermano. Nunca podría dejarlos a nadie que hiciese de ello tan mal uso como tú haces, engañando a mujeres y seduciendo a muchachas. Decide pues, ahora, si vas a casar a la chica y recibir todas mis propiedades para compartirlas con ella, o, por el contrario, rehúsas casarte y, con ello, toda la herencia que estaba destinada a ti. Comunícame por la mañana cuál de las dos cosas has elegido".
"¡Hey! ¡Por Dios, padre!, no debes hablarme así, tan buen hijo como soy. ¿Quién te ha dicho que no me iba a casar con la muchacha?", replicó el hijo.
Pero el padre se marchó, y el mozo sabía muy bien que cumpliría su palabra sin falta; su mente se llenó de inquietud, porque aunque su padre era una persona bondadosa y serena, nunca se había echado atrás ante una palabra dada, y no había en todo el país brazo tan difícil de torcer como el suyo.
El muchacho no sabía bien qué hacer. En realidad, él estaba enamorado de la chica y tenía en mente casarse con ella un día u otro, pero por el momento habría preferido permanecer más tiempo como estaba, y continuar sus viejas correrías, bebiendo, divirtiéndose y jugando a los naipes. Además se sentía herido y enojado por haberle ordenado su padre que se casara y amenazado en caso de que no lo hiciese.
"¿No es mi padre un tonto de remate?", se decía. "Yo estaba en verdad dispuesto, y hasta ansiaba casarme con Mary; pero ahora que me ha amenazado, me dan más deseos todavía de continuar por un tiempo soltero".
Su mente estaba tan excitada que no podía acabar de decidir qué haría. Salió de la casa y paseó en la noche con el fin de enfriar su sangre hirviente, y así caminó hasta llegar a la carretera. Encendió una pipa, y como la noche era agradable, siguió y siguió caminando hasta que su paso rápido le hizo olvidar sus turbaciones. La noche era luminosa y la luna estaba en cuarto creciente. No soplaba ni la más ligera brisa y el aire, calmado, era suave. Continuó caminando durante casi tres horas, cuando de pronto recordó lo tarde que era y pensó que era hora de volver.
"¡Caray! Creo que me he olvidado de mí mismo", se dijo; "deben ser cerca de las doce ya".
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando oyó delante de él el sonido de muchas voces y el ruido de pisadas sobre la carretera.
"No sé quién puede estar fuera a estas horas de la noche, y en tan solitario camino", se dijo.
Permaneció escuchando y oyó las voces de mucha gente que hablaban entre sí, pero no podía entender lo que estaban diciendo.
"¡Oh! ¡Caramba!", exclamó. "Me temo que..., no es irlandés, ni tampoco inglés lo que hablan, ¡y no puede haber franceses por aquí!"
Avanzó un par de yardas más y entonces, bajo la luz de la luna, vio con cierta claridad una banda de gente menuda que se dirigía hacia él y llevaban algo de gran tamaño con ellos.
"¡Oh, diablos! ¡No puedo creer que estoy viendo a la buena gente con mis propios ojos!"
Cada pelo de su cabeza se erizó, y un estremecimiento poderoso se apoderó de sus huesos, porque veía que se estaban aproximando a gran velocidad.
Miró otra vez a aquellos seres y percibió que su número era de unos veinte, y que ninguno de esos hombrecitos sobrepasaba la altura de unos tres pies, o tres pies y medio, y que algunos de ellos eran grises y parecían muy ancianos. Volvió a mirar, pero no pudo distinguir qué era aquel gran peso que transportaban, hasta que al fin llegaron hasta él y allí permanecieron todos de pie a su alrededor. Entonces arrojaron la pesada carga a la carretera, y así vio que se trataba de un cadáver.
El joven se tornó más frío que la muerte, y sintió que de pronto hasta la última gota de su sangre se detenía en sus venas, cuando un anciano hombrecito se acercó a él y le dijo: "¿No es una suerte que te hayamos encontrado, Teig OKane?"
El pobre Teig no podía articular una sola palabra, ni siquiera podía despegar sus labios, en caso de haber encontrado alguna que llevar a ellos; de modo que no respondió.
"Teig OKane", volvió a decir el hombrecito gris, "¿no iba siendo ya hora de que nos encontraras?"
Teig no podía responderle. "Teig OKane", dijo de nuevo, "¿no es una suerte y no era tiempo ya de que nos encontrásemos?"
Pero Teig permanecía mudo, pues tenía miedo de dar una respuesta, y sentía la lengua como si estuviese pegada a la bóveda de su boca.
El hombrecillo gris se volvió hacia sus compañeros, con un brillo de júbilo en sus ojillos.
"Y ahora", les dijo, "Teig OKane se ha quedado mudo; podemos hacer con él lo que queramos. Teig, Teig", exclamó, "estás llevando una vida deshonrosa y podemos hacer de ti un esclavo ahora sin que tú puedas hacer nada por impedirlo, pues es inútil tratar de ir contra nosotros. Levanta ese cadáver".
Teig estaba tan asustado que sólo fue capaz de pronunciar una palabra: "No". Atemorizado como estaba, se mostraba tan terco y obstinado como siempre.
"Teig OKane no quiere levantar el cadáver", murmuró el extraño hombrecillo con una risilla maliciosa, y después, con una vocecilla tan áspera como el repicar de una campanilla agrietada, repitió: "Teig OKane no quiere levantar el cadáver, ¡hacédselo levantar!", y antes de terminar de decir esto todos se congregaron en torno al pobre Teig, riendo y charlando los unos con los otros.
Teig intentó escapar entonces, pero ellos le siguieron y uno de ellos estiró su pierna delante de él mientras corría, haciéndole así rodar sobre un pequeño promontorio que había en la carretera. Antes de que pudiera levantarse, los duendes le cogieron, unos por las manos y otros por los pies, y allí, con el rostro contra el suelo, le sostuvieron con tal fuerza que no pudo realizar el más leve movimiento. Seis o siete de ellos levantaron entonces el cuerpo yerto y lo desplazaron hasta donde estaba Teig, colocándoselo sobre la espalda. El pecho del cadáver se apretaba pesadamente contra la espalda y los hombros de Teig, y los brazos le caían alrededor de su cuello. Entonces, los duendes, apartáronse de él un par de yardas, dejando que se levantase. Así lo hizo el joven, espumeando por la boca y maldiciendo. Dio una sacudida, en un intento de desembarazarse del cuerpo, pero su miedo y asombro fueron enormes cuando sintió que los dos brazos se le aferraban herméticamente en torno y que las dos piernas estaban firmemente apretadas contra sus muslos y que, por más fuerza que emplease en su intento, no podía desprenderse de su abrazo; del mismo modo que un caballo no puede deshacerse de su silla. Su temor creció entonces terriblemente y pensó que estaba perdido.
"¡Condenado para siempre!", se lamentaba; "es la mala vida que llevo lo que ha hecho a la buena gente utilizar su poder sobre mí. Pero prometo a Dios y María, Pedro y Pablo, Patricio y Brígida, que enmendaré mi camino desde ahora y para siempre si salgo de este horrible peligro, y además me casaré con la chica".
El hombrecito gris se acercó a él y le dijo: "Bien, Teig. No has levantado el cuerpo cuando te pedí que lo hicieras, y ves que hemos tenido que obligarte a hacerlo. ¡Quizás si ahora te pido que lo entierres tampoco lo harás hasta que te lo hagamos enterrar nosotros!"
"Cualquier cosa en este mundo que yo pueda hacer por vos", replicó Teig, "será hecha", porque de pronto adquirió sensatez; claro que si no hubiera sido por el gran miedo que tenía, jamás habría dejado salir de su boca tan corteses palabras.
El hombrecillo volvió a emitir una especie de risa. "Te estás volviendo sereno ahora, Teig", dijo. "Más tarde te liberaremos, pero antes has de hacer todo cuanto te diga. Escúchame ahora, Teig OKane, porque si no me obedeces en todo lo que te voy a decir, te arrepentirás. Debes llevar el cuerpo que cargas sobre tu espalda a Teampoll-Démus; allí lo llevarás a la iglesia y excavarás una sepultura en el mismo centro de la iglesia; has de levantar las losas y volver a ponerlas y dejarás el lugar igual que estaba cuando entraste, de manera que nadie pueda apreciar el más mínimo cambio en él. Pero eso no es todo. Es posible que no te sea permitido enterrar el cuerpo en la iglesia; a lo peor otro cuerpo ocupa aquel lecho y, si fuera así, es poco probable que lo comparta con éste. Si no consigues enterrarlo en Teampoll-Démus, debes llevarlo a Carrick-fhad-vic-Orus, y enterrarlo allí en el cementerio de la iglesia, y si no puedes hacerlo allí, llévalo a Teampoll-Ronan, y si en dicho cementerio tampoco fuese posible, ve a Imlogue-Fada, y si tampoco pudieses enterrarlo allí, tendrás que llevarlo a Kill-Breedya, donde podrás enterrarlo sin más demora. No puedo decirte en cuál de sus iglesias se te permitirá hacerlo, pero sé que en una de ellas obtendrás licencia para enterrarlo. Si llevas a cabo este trabajo correctamente, te estaremos agradecidos y tú ya no tendrás motivo para preocuparte; pero si te muestras torpe o perezoso, créeme que te será pedida una satisfacción por ello".
Cuando el hombrecillo gris hubo terminado de hablar, sus camaradas aplaudieron alborozadamente. "¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra!", gritaron todos al unísono; "andando, andando, tienes todavía ocho horas hasta que empiece a romper el día y si no has enterrado a este hombre antes de que el sol asome, estarás perdido". Con puños y pies le empujaron a lo largo de la carretera, obligándole a caminar y a caminar a buen paso, sin concederle descanso.
No hubo camino mojado, pensaría él más tarde, ni intrincada senda, ni torcida vereda en toda la región, que no anduviese aquella noche. La noche se tornaba a veces muy oscura y de vez en cuando una nube se interponía entre la luna y él impidiéndole ver nada en absoluto, con lo cual sufría frecuentes caídas. Muchas veces resultó herido en ellas; otras escapó ileso, pero siempre era obligado a incorporarse al momento y recuperar apresuradamente su marcha. Algunas veces los rayos de luna abrían la noche con luminosidad, y entonces el joven miraba hacia atrás y veía con claridad a los pequeños seres siguiéndole los pasos. Y les oía charlar entre sí, con grandes gritos y voces, cual bandada de gaviotas, y por su alma podía jurar que jamás entendió ni una sola palabra de cuanto decían.
tenía ni idea de cuánto había caminado, cuando al fin uno de ellos le gritó: "Detente ahí". El se paró y todos volvieron a congregarse a su alrededor.
"¿Ves aquellos árboles ajados por allí?", habló el viejo duendecillo de nuevo. "Teampoll-Démus está entre esos árboles, y debes ir tú allí por tu propio pie, porque nosotros no podemos ir contigo ni seguirte. Debemos permanecer aquí. Adelante sin miedo".
Teig miró desde su posición y vio una tapia alta que estaba semiderruida por algunas zonas y una vieja iglesia gris al otro lado; alrededor de ella había como una docena de viejos árboles resecos diseminados por aquí y por allá. No había hoja ni ramita alguna en ninguno de ellos, pero sus desnudas ramificaciones se extendían torcidas por el aire como los brazos de un hombre cuando amenaza. No tenía elección sin embargo el joven, estaba obligado a seguir adelante. Estaba a unas doscientas yardas de la iglesia, y hacia allí caminó, sin mirar una sola vez atrás, hasta llegar a la verja del patio eclesiástico. La vieja puerta de rejas estaba caída en el suelo, y no tuvo dificultad para entrar. Se volvió entonces para mirar si alguno de los hombrecillos le estaba siguiendo, pero otra nube pasó sobre la luna y la noche se hizo tan tenebrosa que no pudo ver nada. Entró en el patio y ascendió por el viejo sendero de hierba que conducía a la iglesia. Cuando hubo llegado a la puerta encontró que estaba cerrada. Era una puerta grande y fuerte, y no sabía qué hacer. Por fin, sacó su cuchillo con dificultad y lo introdujo entre la madera para ver si estaba podrida por el cierre. Pero no lo estaba.
"Ahora", dijo para sí, "no hay nada más que hacer, la puerta está cerrada y yo no puedo abrirla".
Antes de que estas palabras adquirieran completo sentido en su mente, una voz le dijo al oído: "Busca la llave encima de la puerta, o en el muro".
"¿Quién es?", dijo él, y el sudor brotó de su frente; "¿quién me ha hablado?"
"¡Soy yo, el cadáver, quien te ha hablado!", dijo la voz.
"¿Puedes hablar?", dijo Teig.
"De vez en cuando", contestó quedamente el cadáver.
Teig buscó la llave, y la encontró encima del muro. Estaba demasiado asustado como para decir algo más, pero abrió la puerta de par en par, y tan rápidamente como pudo se dirigió hacia el interior con el cadáver sobre su espalda. Estaba tan oscuro como un pozo profundo y el pobre Teig comenzó a temblar y tiritar.
"Enciende la vela", dijo el cadáver.
Teig metió su mano en el bolsillo y del modo que pudo extrajo de él un trozo de pedernal y otro de acero. Sacó una chispa y comenzó a prender lentamente un pequeño harapo que también llevaba en un bolsillo. Frotó y frotó hasta que logró una llama y miró a su entorno. La iglesia era muy antigua y una parte del muro estaba desmoronada. Las ventanas estaban rotas o agrietadas, la madera de los bancos carcomida. Había seis o siete viejos candelabros. Teig encontró el resto de una vieja vela y la encendió. Miraba todavía a su alrededor, a aquel horrible lugar en el que se encontraba, cuando el cadáver susurró de nuevo en su oído: "Entiérrame ahora, entiérrame ahora; hay una laya, excava en el suelo". Teig miró desde donde estaba y vio una laya que yacía bajo el altar. La tomó, introdujo la pala bajo una losa en el centro de la nave e, inclinando todo su peso sobre el mango, la levantó. Cuando la primera losa estuvo fuera, no fue muy difícil levantar las contiguas, y así, retiró tres o cuatro losas de su sitio. La tierra que había debajo de ellas era blanda y fácil de extraer, pero no había sacado más de tres o cuatro paletadas, cuando sintió que el hierro tocaba algo más blando, como la carne. Quitó otras tres o cuatro paletadas de alrededor y entonces vio que había otro cuerpo enterrado en el mismo lugar.
"Me temo que nunca se me permitirá enterrar los dos cuerpos en el mismo agujero", dijo Teig con el pensamiento. "Tú, cadáver que estás ahí en mi espalda", preguntó: "¿Estarías satisfecho si te entierro aquí dentro?" Pero el cadáver no respondió nada.
"Eso es una buena señal", se dijo Teig a sí mismo. "A lo mejor se ha quedado para siempre silencioso", y clavó la laya en la tierra de nuevo. Posiblemente hirió al otro cuerpo que ahí yacía, pues el muerto se irguió sobre su tumba y gritó con un tono lastimero y espantoso. "¡Oooouuug! ¡Oooouuug! ¡Oooouuug! ¡Veeetee! ¡Veeetee! ¡Veeetee! ¡O séras hombre mueertoo; síii, mueertoo, mueertoo!" Y volvió a su yaciente postura en la tumba. Teig diría más tarde que, de todas las cosas asombrosas que vio aquella noche, ésa fue la más horrible para él. El pelo se erizó de nuevo en su cabeza como las púas de un puerco espín; un sudor frío fluía por su rostro y comenzaron a temblarle hasta los huesos, hasta que sintió que iba a desplomarse.
Pero al cabo de un rato comenzó a tranquilizarse, cuando vio que el segundo cadáver seguía yaciendo silenciosamente en su sitio. Volvió a echar la tierra sobre él, y colocó las lápidas cuidadosamente tal como antes estaban.
"Ya no creo que vuelva a levantarse", dijo.
Entonces se alejó un poco en dirección a la puerta, siguiendo la línea central de la nave, y de nuevo comenzó a izar las lápidas en busca de un nuevo lecho para el cadáver que portaba. Levantó tres o cuatro y las puso a un lado, y luego excavó la tierra. No había cavado mucho rato cuando dejó al descubierto el cuerpo de una anciana sin un solo hilo sobre ella aparte de su camisa. Esta parecía más viva que el anterior cadáver, pues apenas había el muchacho quitado algo de la tierra que la cubría, cuando ella se sentó y comenzó a gritar: "¡Oouug!, ¡tú, payaso!, ¡eh, tú, payaso! ¿Dónde has estado que no tienes lecho?"
El pobre Teig retrocedió, y ella, al no obtener respuesta alguna, cerró tranquilamente sus ojos, perdió su vigor, y su tronco volvió lenta y serenamente a su antigua posición entre la tierra. Teig hizo con ella como había hecho con el hombre: volvió a echar la tierra y colocó las losas que la cubrían.
Comenzó a cavar una vez más cerca de la puerta, pero no había extraído ni dos paletadas cuando distinguió la mano de un hombre junto a la herramienta.
"Por mi alma que es inútil que vaya más lejos", se dijo a sí mismo; "¿de qué me serviría?" Y una vez más volvió a reponer la tierra en su sitio, y lo mismo hizo cuidadosamente con las lápidas.
Entonces abandonó la iglesia, con el corazón al límite de su resistencia, cerró la puerta y pasó la llave, dejándola donde la había encontrado. Se sentó sobre un túmulo que estaba cerca de la puerta y se puso a pensar. Estaba envuelto en dudas acerca de qué debía hacer. Apoyó la cara sobre sus manos y lloró de fatiga y de dolor, pues estaba completamente seguro en aquel momento de que jamás regresaría a casa vivo. Intentó nuevamente deshacerse de aquellas manos aferradas en torno a su cuello, pero estaban tan firmes que parecían cadenas, y cuanto más intentaba soltarlas más firmemente se agarraban. Iba a sentarse de nuevo, cuando los fríos y hórridos labios del hombre muerto le hablaron: "Carrick-fhad-vic-Orus", y recordó el mandato de la buena gente de que llevara el cadáver a aquel lugar, si no le era posible enterrarlo donde ahora se encontraban.
El joven se levantó y miró a su alrededor. "No conozco el camino", musitó.
Tan pronto como hubo pronunciado estas palabras, el cadáver extendió de golpe su mano izquierda, que tan herméticamente aferrada había estado en torno a su cuello hasta hacía un instante, y señaló con ella el camino que debía seguir. Teig empezó a andar en la dirección hacia donde se extendían aquellos dedos, y atravesó el umbral del cementerio parroquial, dejando éste atrás. Pronto se encontró en un camino pedregoso y lleno de baches; allí se detuvo de nuevo sin saber hacia dónde doblar. El cadáver estiró su huesuda mano por segunda vez y señaló en dirección a otro camino, no aquél por el que se había aproximado a la vieja iglesia. Teig siguió ese camino, y cuando aparecía alguna otra senda o vereda que cruzaba su camino, el cadáver siempre alargaba la mano indicando con su dedo índice por dónde debía continuar.
Muchas fueron las encrucijadas que dejó atrás y muchos los intrincados senderos que batió, hasta que por fin divisó un viejo cementerio al lado de la carretera, pero no había iglesia alguna, ni capilla, ni edificio de ningún tipo junto a él. El cadáver le apretó con fuerza y se detuvo.
"Entiérrame, entiérrame en el cementerio", dijo la voz.
Teig se encaminó hacia aquel desolado lugar, y estaba a unas veinte yardas de él cuando, al levantar sus ojos, vio cientos y cientos de fantasmas --hombres, mujeres y niños-- sentados encima de la tapia circundante, de pie dentro del recinto o corriendo en todas direcciones, señalándole con sus espectrales manos, mientras que podía ver cómo sus bocas se abrían y cerraban como si estuvieran hablando, aunque no pudo oír ninguna palabra, ni sonido alguno procedente de ellos.
Presa del miedo, no pudo dar un paso más, quedándose clavado donde estaba, y en aquel mismo instante los fantasmas cesaron todo movimiento o gesticulación. Entonces Teig comprendió que estaban tratando de evitar que se aproximara. Se adelantó un par de yardas más, e inmediatamente aquella multitud se abalanzó entera hacia él formando una barrera tan densa que pensó que sería imposible abrirse paso, en caso de que en su mente estuviese intentarlo. Pero no estaba en ella hacerlo. Volvió deshecho y abatido sobre sus pasos, y cuando se hubo alejado un par de cientos de yardas del cementerio, se detuvo de nuevo porque no sabía cuál era el camino que habría de tomar ahora. Oyó la voz del cadáver en su oído, que le dijo: "Teampoll-Ronan", y la escuálida mano se extendió otra vez señalando la dirección.
Tan cansado como estaba tenía que seguir caminando, y el camino ni era corto ni fácil. La noche estaba más oscura que nunca, y la marcha era penosa. Muchas fueron las caídas y muchas las marcas que éstas dejaban en el cuerpo. Al fin pudo ver Teampoll-Ronan a lo lejos, irguiéndose en medio del cementerio. Mientras dirigía sus pasos hacia allí, pensó que esta vez no había peligro, pues no vio fantasmas ni ningún otro horror en el muro, y que ahora no tendría ya más dificultad para liberarse al fin de su carga. Encaminóse impaciente hacia la puerta, pero cuando se disponía a entrar, tropezó en el umbral y cayó. Antes de que se hubiese recuperado del todo, algo que él no podía ver le asió por el cuello, por las manos y por los pies, sacudiéndole, magullándole y asfixiándole hasta dejarle casi muerto; después, aquella misma fuerza le empujó hasta una distancia de cien yardas de aquel lugar, y allí le arrojó a una vieja acequia, con el cadáver todavía sujeto a él.
Dolido y magullado, se levantó al fin, temiendo acercarse otra vez al lugar, porque no había visto nada ni nadie que le atrapara y llevara tan lejos del cementerio.
"Tú, cadáver que estás sobre mi espalda", balbuceó, "¿debo tratar de volver al cementerio?" Pero el cadáver no respondió. "Eso es señal de que no deseas que lo intente de nuevo", se dijo Teig.
En gran duda se encontraba ahora sobre qué habría de hacer, cuando el cadáver le habló al oído: "Imlogue-Fada".
"¡Condenación!", rugió Teig, "¿debo llevarte allí? Si sigues haciéndome caminar de esta manera, te digo que voy a caer muerto bajo tu cuerpo".
Continuó, pese a todo, marchando en la dirección que el cadáver le mostraba con su mano. No podría decir cuánto tiempo había estado caminando cuando el muerto volvió a apretarle por detrás, exclamando: "¡Allí!"
Teig miró detenidamente y vio los restos de una tapia tan derruida que, desde luego, ya no era una tapia. Se alzaba en un gran campo abierto, algo apartado de la carretera, y quitando tres o cuatro piedras grandes que había en las esquinas y que más parecían rocas que lápidas no había nada allí que indicase que aquello era un cementerio.
"¿Es esto Imlogue-Fada?", preguntó Teig. "¿He de enterrarte aquí?"
"Sí", dijo la voz.
"Pero no veo tumba ni lápida alguna, sólo ese montón de piedras", replicó abatido Teig.
El cadáver no respondió, pero estiró su descarnada mano para mostrar a Teig la dirección en que debía ir. El joven la siguió, aunque estaba tremendamente atemorizado, pues recordaba lo que le había sucedido en el lugar anterior. Siguió andando, "con el alma en la boca", como más tarde él mismo contaría; pero cuando llegó a unas quince o veinte yardas del pequeño recinto cuadrado, el resplandor de un rayo, con destellos amarillos y rojos y líneas azuladas entre ellos, irrumpió en aquel escenario, extendiéndose automáticamente por todo el derruido muro, deslizándose giratoriamente cual golondrina surcando las nubes, y cuanto más miraba Teig más rápidamente giraba, hasta que al fin acabó convirtiéndose en un círculo de llamas que rodeaba el viejo cementerio, imposible de atravesar sin ser consumido por el fuego. Jamás había visto Teig desde el día en que nació, ni volvería nunca más a ver, visión tan maravillosa y espléndida como aquélla. Las llamas amarillas, blancas y rojas ardían alrededor, desprendiendo chispas azules que saltaban al aire, y lo que al principio no era más que una estrecha y delgada línea fue aumentando lentamente hasta convertirse en una amplia cortina de fuego, que seguía ascendiendo, extendiéndose y lanzando cada vez más chispas, hasta que llegó a un punto en que no había color en la tierra que no pudiera verse en aquel fuego, y nunca brilló relámpago ni ardió llama con tanto resplandor y luminosidad como aquéllos.
Teig estaba maravillado; medio muerto de fatiga, no tenía valor alguno para acercarse al muro. Una especie de neblina envolvió sus ojos, obligándole a sentarse sobre una gran piedra para recuperarse. No podía ver nada más que la luz, ni podía oír nada aparte del zumbido que ésta emitía al girar en torno a la explanada con su fulmínea velocidad.
Mientras trataba de descansar en la piedra, la voz susurró una vez más en su oído: "Kill-Breedya", y esta vez el muerto apretó tan fuerte que el muchacho lanzó un grito horrible.
Se levantó otra vez, exhausto, mareado y temblando, y siguió adelante por donde se le indicaba. Soplaba un viento frío y el camino era malo, y pesada la carga que transportaba sobre sus espaldas; la noche era oscura, estaba rendido, y si hubiese tenido que andar mucho más lejos todavía, habría sin duda caído muerto bajo su lúgubre carga.
Por fin el cadáver alargó su mano y le dijo: "Entiérrame allí". "Este es el último lugar", dijo Teig con el pensamiento; "y el hombrecillo gris dijo que en algún sitio de los de aquí me sería permitido enterrarte; aquí ha de ser aceptado, no puede ser de otro modo".
La primera de las líneas del halo del día anunciaba tenuemente su aparición por el este, y las nubes comenzaban a tomar su primer tinte de fuego, pero estaba más oscuro que nunca, pues la luna se había puesto y ya no había estrellas.
"¡Apresúrate, apresúrate!", dijo el cadáver, y Teig aceleraba su paso cuanto podía, encaminándose hacia el cementerio, que era un pequeño recinto sobre una colina desnuda, con sólo unas pocas tumbas en él. Decididamente, atravesó el umbral hacia el interior, y nada le tocó, y nada vio ni oyó. Se dirigió al centro del lugar y allí permaneció unos instantes de pie, mirando a su alrededor en busca de una laya o una pala con que excavar la tumba. Mientras revisaba el lugar en su búsqueda, vio de pronto algo que le dejó sobrecogido: una tumba recién cavada justo delante de él. Se acercó y miró abajo, y allí, en el fondo, vio un ataúd negro. Se metió en el agujero, levantó la tapa y encontró (como ya había sospechado) que estaba vacío. Salió de nuevo del hoyo y casi no se había incorporado del todo cuando el cadáver, que había estado sujeto a él durante más de ocho horas, relajó sus manos de golpe de en torno al cuello del joven, al tiempo que soltaba también sus piernas dejando libres las de aquél, y con un ruido sordo se desplomó dentro del ataúd abierto.
Teig cayó de rodillas al borde de la tumba y dio gracias a Dios. Entonces, sin perder más tiempo, aseguró la tapa del ataúd contra la caja, y comenzó a arrojar tierra por encima con sus dos manos, y cuando la fosa estuvo llena y dura Teig pateó y pisoteó la superficie hasta que quedó bien firme, y entonces abandonó aquel lugar.
El sol ascendía tras las colinas cuando terminó su trabajo, y lo primero que hizo fue regresar a la carretera y buscar una casa donde poder descansar. Al fin halló una posada, se acostó en una cama y durmió hasta la noche. Entonces se levantó y comió un poco y cayó de nuevo dormido hasta el día siguiente. Cuando despertó por la mañana, alquiló un caballo y partió hacia su casa. Se encontraba a más de veintiséis millas de su casa y había andado todo ese camino con el cuerpo muerto a su espalda en una noche.
Todo el mundo en el pueblo pensaba que se había marchado de su tierra, y tuvieron una gran alegría cuando le vieron regresar. Todos comenzaron a preguntarle dónde había estado, pero él no se lo contó a nadie excepto a su padre.
Desde aquel día fue un hombre distinto. Nunca más bebió demasiado ni malgastó su dinero a las cartas, y sobre todo nunca más anduvo fuera hasta muy tarde, solo, en las noches oscuras.
No habían pasado quince días desde aquella noche cuando se casó con Mary, la muchacha a quien amaba, y hubo gran regocijo en aquella boda, y desde entonces fue un hombre feliz; ojalá fuésemos todos tan felices como él lo fue.
* Visión nocturna.