Poesías 
Ricardo Plaul



MUJER DE SARAJEVO

Gime la muerte
en las campanas sin badajo.
Me agota este dolor
que destruye tus entrañas
Mujer de Sarajevo.

¡Un ángel negro habita
en los ojos de tus hijos!
Extraña indiferencia
acompaña tu grito.
Sospechosa indiferencia
de las manos que construyen
el horror.

En tus calles la noche
embaldosó las almas,
los sicarios del hambre
vigilan tus pasos.
Las palabras se apagaron
y un sudor frío
serpentea en la boca del miedo.
¡Tan lejos y tan cerca!
Arde mi corazón
en tus heridas.
¿Acaso alguien llorará contigo?

Violaron tu cuerpo,
cercenaron tus sueños,
las marioneta obedece
a sus amos
en esta nueva aldea
que entierra ideologías
en la oscuridad global.

¡Que en tu tierra estéril
germinen utopías!
Que mi voz te acompañe,
Madre del silencio,
Madre del dolor.


DOMINGO

Ojeroso de nubes
el cielo nos cuenta su tristeza,
y yo te extraño...
cuando la calle
pregona su silencios y
la resaca oscura
de la tarde
humedece mis huesos,
y mi nostalgia
se adormece en tus ojos.
Ven a rescatarme
de tu ausencia,
Mi dolor va emigrando
hacia tu cielo
y tu cielo es mi casa
este domingo.


LAS MUERTES

Cuando la fiebre pintó de amarillo
a Buenos Aires, nació Chacarita
para albergar el único reposo de los pobres.
La guitarra del orillero
supo cantarle al fin de la sonrisa,
en el velorio de un tiempo,
personal y secreto,
que se acabó en el oeste,
cuando los ojos cansados
de alimentar el alma
se abatieron con la peste.
La muerte noble y porteña,
mientras tanto, erigía
recuerdos de mármol en Recoleta.
Florecidos enigmas vigilaban
el silencio incomprensible de los muertos.


JUSTICIA

Nacido en el absurdo
el terror fue sembrado
en las calles de mi pueblo,
y se llevó a mi hermano,
aquél de la sonrisa tierna
y el corazón abierto.
Nacida en el abismo,
la fuerza irracional
se aposentó en mi patria,
y abrió paso a la herida
y al lamento.
Escuchamos todos
los ecos del infierno
y cerramos los ojos
sin ver los capullos
que destrozó el cemento.
El fuego y el acero
persiguieron los sueños,
enterraron las ideas
y a sus dueños.
Ahorremos el perdón y la obediencia,
miseria moral de la conciencia,
sembremos la justicia
sobre la tierra yerma,
la libertad despierta
sobre la ausente imagen
de tus manos abiertas.


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