Educación
Sentimental
(Fragmento)
por
Osvaldo Soriano
Página/12, Domingo 28 de noviembre de 1993
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(...)El
día que nací había un gato esperando al otro lado de la puerta. Mi padre
fumaba en Mar del Plata, en el patio. Mi madre dice que fue un parto difícil, a
las cuatro y veinte de la tarde de un día de verano. El sol rajaba la tierra.
Los jóvenes Borges y Bioy Casares paraban cerca de ahí, en Los Troncos
alucinando las historias de don Isidro Parodi. A Borges lo seguían los gatos.
En una de sus fotos más hermosas está junto a María Kodama, que tiene uno en
brazos; Borges lo acaricia como a un amigo.
A mi un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de
mirada contundente , muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro
Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado
Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas
rendido un Ieón. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos
separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto
piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta
del desagüe. Para sentirme más seguro de mi mismo puse un gato negro al
comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás.
Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos
perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie. Ahora
mismo, una de mis gatas se lava la manos acostada sobre el teclado y tengo que
apartarla con suavidad Para seguir escribiendo. Hace cinco meses que no
prendemos un cigarrillo. Juntos sufrimos el vejamen de la abstinencia y !a vida
limpia. Hace unos meses esta habitación era un quemadero de fragancias
maravillosas. Tabacos de la Argentina, de Cuba y de Holanda, ya no; resignamos
algo de la utilería que compone a los duros: cigarrillos, sombrero,
impermeable, el revolver de juguete. Los fantásticos vampiros de Matheson;
entre los que estaban Laurel y Hardy y el realismo romántico de Chandler,
sobreviven a las modas y las vanguardias porque el lector quiere verse ahí en
sangre de papel. Necesita leer sus miedos. Con eso Stephen King escribe ahora
una obra excesiva e inquietante. En uno de sus libros, un personaje acusa de
plagiario al narrador, le mata el gato y se lo deja frente a la puerta. Es un
momento insoportable en la literatura de terror. Algo cercano a los
escalofriantes efectos de H.P. Lovecraft. Todos los escritores con corazón se
han ganado un gato que los sigue y los protege. Tal vez el de Gibbins, cercado
por el fuego, le haya pedido auxilio en nombre de los gatos inspiradores: el del
Dante, el de Baudelaire, el de Lewis Carrol, el de Borges. Y ahí fue el
director de pobres películas, a purificarse en el incendio y cumplir con el
ritual de todos los demonios.
Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato
para nada personal, no hay manera de privatizarlos. En La noche americana,
Francois Truffaut aconseja a las realizadores de cine no meterse jamás con un
gato en acción. También me lo dijo Hector Olivera a la hora de escribir el guión
de Una sombra ya pronto serás. ¿Cómo hacer para que dos gatos de cine
interpreten disciplinadamente a los que aparecen en la novela? Yo los puse en el
libreto nada más que para aplacar mis miedos. Con una sonrisa; Olivera me dijo
que estaba loco: un gato actor, el negro, tendría que seguir al personaje de
Miguel Angel SoIá, lavarse a su lado comerse una laucha y echarse a dormir. El
otro un colorado, aparece al final, poco después que Pepe Soriano, el Coluccini
de la película, haya tenido una charla con Dios. Olivera decidió que no
hubiera gatos, pero creo que estoy a tiempo de convencerlo de que ponga al menos
una silueta. Cuando hablábamos de eso, todavía Gibbins no se había arrojado
al incendio. Yo creía, Dios me perdone, que Matheson se había muerto de viejo.
Pero no: allí estaba, peleando frente al fuego, apartando maderas en llamas,
abriendo un camino para que su gato pudiera escapar con él. En el revoltijo
alcanzó a salvar una carpeta con su último manuscrito. Es que siempre cuando
uno rescata un manuscrito, hay un gato adentro.
Cuando yo era chico mi gato Pulqui era mono, león, pirata y bandolero. Yo lo
acechaba entre las plantas del jardín y me le tiraba encima con el cuchillo de
madera entre los dientes. Ahora mi hijo combate contra la gata Virgula que le
devuelve los golpes. Son arañazos de mentira, en un revoltijo de sillas
volteadas y malvones floridos. Las suyas, como las mías antes, son fantasías
de selvas y mares, de castillos y mosqueteros. Esos años felices e
irrecuperables en los que uno aprende, si aprende algo, que los gatos nos traen
a domicilio el misterio de la creación. Chandler les atribuía toda la sabiduría
y creía que provocaban la explosión creadora. Un día le pidieron que hablara
de Philip Marlowe y prefirió que fuera Taki la que la hiciera por él. Pretendía
que era la gata quien escribía sus novelas bien entrada la noche: A mí suele
pasarme algo parecido.
Richard Matheson perdió todo; la casa los muebles y los premios, pero alcanzó
a salvar lo esencial: esa mirada que lo sostiene por las noches, cuando la
palabra no viene y la novela no avanza. Esa mirada que nos atornilla al sillón,
ese ronroneo que precede a la llegada del diablo.
Poe, Lovecraft y Matheson asociaron los gatos al horror; en los dibujos animados
Willam Hanna y Joe Barbera le dieron a Tom El papel de víctima y al ratón
Jerry el de la picardía. El gato Félix fue un gran héroe yanqui de los año
treinta, puritano y travieso. El Fritz the Cat, de Ralph Baskhi y Robert Crumb,
sintetizó los eróticos y crueles años de mi juventud; apareciendo en 1968,
Fritz es el primer gato de dibujo que vuelve de Vietnam, se droga, callejea de
un prostíbulo a otro, fuma como un escuerzo, duerme con las mejores chicas,
incluida su hermana, y termina asesinado por una gata vieja a la que había
abandonado en tiempos mejores.
En cambio, Walt Disney detestaba a los gatos. Recién en 1970 se decidió a
crear un personaje que, por supuesto, no le dejó éxito ni . plata. Disney era
uno de esos tipos que nunca se hacen querer por los gatos. Creo que fue Chandler
quien lo dijo. No se si en la biografía del detective Marlowe o en la propia.
Hace unos días, una investigadora que prepara un libro de reportajes a
escritores argentinos nos pidió a sus entrevistados que trazáramos cada uno
una breve autobiografía. ¿Como hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros si no
sabemos quienes somos? Le dije que yo no tengo biografía. Me la van a inventar
los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la
luna.