EL CUARTETO DE ALEJANDRÍA

por Jorge Zavaleta Balarezo


Este año 2000 se cumple la primera década de la desaparición de Lawrence Durrell, quien, comparado con maestros de la literatura como Joyce y Proust, también supo crear, con El cuarteto de Alejandría, mundos tan próximos como lejanos para cualquier lector acostumbrado a sorprenderse con las ficciones que deleitan y dejan huella.

Así es, la tetralogía compuesta por este escritor inglés nacido en la India en 1912, propone, a partir de serenas reflexiones, no exentas de pulcritud y elegancia, una nueva mirada hacia Occidente y desde Occidente. Pero claro que hay más, entre ello, el revisar la novela desde la perspectiva de la misma novela, es decir un cambio tanto en la técnica como en la teoría literarias. Un acto audaz que sería aplaudido por los críticos de la época, los cuales no dudaron en señalar a Durrell como el iniciador, sin duda, de un maduro y nuevo sendero a seguir en el contexto de la fabulación literaria.

 No todo queda allí, por cierto. Falta quizá lo esencial, lo principal que son esos personajes, ricos, inmensos, a los que Durrell supo insuflar vida, llenar de un espíritu, de ideas y actitudes. Así, a través de los cuatro libros que componen la mayúscula creación, que tiene como epicentro Alejandría, la venerable ciudad egipcia, descubrimos a la hermosa, elegante y erótica Justine, como el personaje sadiano, para quien el placer lo es casi todo y en todas sus formas; a Balthazar, el amigo árabe que siempre tiene la idea precisa; a Mountolive, el diplomático británico incapaz de cometer faltas o, peor aún, faltar a la verdad, y a Clea, una elegante y virtuosa dama que se puede mover fácilmente -y de hecho lo hace- entre eso que los sociólogos nos han acostumbrado a llamar “estratos sociales”.  

Así, cada uno de los personajes presta su nombre para titular cada uno de los volúmenes de El cuarteto de Alejandría, una de las obras cumbres y más ambiciosas del siglo que se cierra. Justine es, lo decimos, el placer justo, la equivalencia entre la vida y la muerte con el goce como término medio, como el cambio que se da en una transacción. Durrell -el personaje mismo- así lo comprende y desenfunda la vaina para ofrecernos, con su prosa fina y delicada, como en una contradicción, lo mejor y más exquisito de una mujer igualmente exquisita, madura, a la que uno escucha embelesado durante horas, y se pierde, transtornado, entre los meandros de una belleza infinita.

Balthazar, el nombre del segundo volumen, y del personaje que es tan amigo del narrador-protagonista, como su mejor confidente, es, a un tiempo, filósofo del mundo, un hombre que está por encima de diferencias y mezquindades. Y de sus profundos pensamientos se extraen enseñanzas que van mucho más allá que cualquier sensiblería de ésas que hoy, por ejemplo, podrían  sorprendernos por estar empaquetadas como “lo último de la tecnología”. Porque eso tienen los personajes de Durrell, sus libros y su forma y sutileza literarias: la capacidad de aislarnos de verdad de una coyuntura en la que podemos estar perdidos, sin sentido, y sin darnos cuenta siquiera de ello.

Mountolive, tercer volumen, es un alto en el camino, es volver a revisarlo todo, y ponerle un punto no final, pero sí un período de tregua, entre esas narraciones potentes y discursivas, frescas y humanistas, donde la belleza de la prosa y la inteligencia de las frases recuerdan al mismo Proust de cada volumen de En busca del tiempo perdido e incluso están emparentadas con los cuentos de Moravia, algunos relatos de Nabokov o las fluidas novelas de Ernest Hemingway.

Clea cierra el “cuarteto” y es una despedida quizá definitiva, aunque Durell no lo sugiere así, y lo hace saber en una breve nota al empezar el libro. Clea es un llamado a la defensa del arte y la vida, la pasión por un universo que no nos puede ser arrebatado. Como en la música, como una sinfonía, Lawrence Durrell consiguió aquello que los aspirantes a escritores e incluso los narradores más curtidos buscan toda su vida: el acercamiento a la perfección, el aproximarse con paciencia y destreza, sabiendo que estamos cerca y que esta vez no podemos fallar. Como en la cacería de una presa codiciada que no se nos puede ir de las manos.

Diez años después de su muerte, extrañando su profundo talento creativo, recordamos al gran Lawrence Durrell, también autor de El quinteto de Avignon, esta vez más próximo a Oriente, y de El libro negro y Limones amargos, aparte de sensoriales poemas, y de una relación epistolar de 45 años con otro grande, el norteamericano Henry Miller, con quien se escribía con frecuencia confesándose miedos y esperanzas, y con la certeza de que ambos exploraban, confiados y sorprendidos a la vez, esos eternos y misteriosos caminos de libertad, virtud y pasión que dan sentido a la obra de los escritores que perviven en el tiempo.






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