Pueblo fallecido

(Cuento de Henry Petrie)


 En aquel pueblo que fue, húmedo y montañoso, de alegres mañanas y vuelos nutridos de chocoyos, vivió Esperanza, una mujer de pasado desconocido, que hastiada de la ciudad y siguiendo sus ordenanzas interiores, se apareció con un morral como propiedad universal, sola y sencillamente vestida.
 La vida calma y feliz del pueblo se complicó con los años, las marejadas de grandilocuentes influencias lo convirtieron en un punto vulnerable y comenzó a sufrir de anemia crónica. La mano extraña se apoderó del derecho y contaminó sus venas, desfloró su virginidad y corrompió su ingenuidad. Aquel momento marcó la decadencia y el desgaste; a la sobrevivencia le nacieron afilados colmillos y se adoptó una nueva esclavitud.

 Con la ida del verde espíritu y la llegada de la sequedad a sus fuentes vitales, los corrales desaparecieron y los perros enflaquecieron hasta andar en cascajos de huesos bajo un sol calcinante, hijo del exterminio en masa de los bosques y de la huida de la sombra.
 Esperanza no se resignó al destino impuesto, amó la tierra que la acogió y se entregó por entero al pregón para que cesara la barbarie de la ley galopante de los contrasentidos. Se encontró con almas de hielo que no pararon hasta ver realizadas sus ganancias; apeló también a las almas expectantes y sumisas para detener el avance del infierno, pero sus voces ni brazos fueron suficientes. Esperanza luchó, se desgarró el pellejo, empleó todo lo vigoroso en ella para impedir el desastre, pero desde sus casas, muchos prefirieron encomendarse a la voluntad divina.

 Ella vivió en una pequeña casa a orilla de lo que quedó del río desaparecido, de donde extrajeron oromanos humildes y bondadosas importantes cantidades de pepitas de oro. Desde cuando empezó la sequía eterna y los bosques desaparecieron totalmente, el río se secó y dejaron de llamarlo Oro, para ser reconocido como el camino del pedregal; un río olvidado y desaparecido de la geografía que ya no era más. Lo que existió, realmente, cerca de la casa de Esperanza, fue una pedregosa y árida arteria que débilmente quedó sugiriendo un curso. Ahí vivió por los años que sucedieron al momento del gran desastre, en las márgenes de la aridez.
 El tiempo feo trajo la desolación y la miseria al pueblo que se marchitó en la hambruna, el aburrimiento y el olvido. El pueblo aquel, dominado por la sofocación solar se fue muriendo lenta y dramáticamente. Los ricos, contritos de sus pecados, lamentaron la desagradable noticia en la lejana comodidad de sus centros.
 Los días previos al desenlace final de Esperanza, la pasó en una hamaca roída, viendo pasar las hojas del calendario y sin advertir un ave en el cielo. La vida para entonces, comenzó a hundirse en un túnel oscuro sin fondo. Las callejuelas vacías, sin que un alma de perro reposara sobre sus propios orines.

 Cuando el sol cayó definitivamente sobre el pueblo, se levantó displicentemente de su hamaca y se dirigió casi desvaneciente hacia Clemente, un hombre envejecido por el trajín y el sufrimiento, solitario y marcado por una generación resignada a su designio. Clemente no platicaba con nadie, solía arrimarse a la precaria y única sombra existente, la de un guayabo de hojas mustias. La sequía fue pavorosa, pero más aún el abandono y el olvido.
 Aquel día indeterminado, Esperanza buscó a Clemente porque se sintió angustiada por lo que quedaba de vida, casi rendida a la calamidad. Buscó consuelo en la imagen agotada de Clemente, pero éste sólo alcanzó a mirarla doliente. Para él, el pueblo ya estaba fallecido y la presencia de aquella mujer le supuso un ánima atormentada buscando una puerta de salida.
 Los dos cuerpos bajo la precaria sombra, con sus miradas en el relieve de un pueblo fantasma, sus mentes en blanco, inmovibles y con la leve percepción de un grito pidiendo perdón, y seguidamente, un emperador silencio. El pueblo había dejado de existir.

 Clemente se desplomó primero, dejó caer su cuerpo lentamente, mientras ella dejó escapar su última lágrima para el amigo ido, quizá desde hacía tiempo, ido en su último estornudo sin dejar estragos, desguarnecido ante el desastre. A las horas, o quizá días, meses o años, tal vez un siglo, quién sabe, se supo por la confidencia del viento rastrero, que Esperanza se levantó, finalmente, del punto donde dejó de existir la única sombra, y caminó sin rumbo arrastrando sus despojos. Ella no sintió nada, no pudo gritar ni dirigir una última mirada a la última piedra que daba fe de alguna huella de vida. Las hojas mustias del guayabo se retorcieron en el fuego del declive.
 Aquel esperpento se alejó del pueblo fallecido, abandonó el santuario de la sequía y la miseria, y sin advertir la distancia recorrida llegó a otra desolación, pero un detalle lo diferenció del lugar de donde venía: una florecilla azul. Ella la observó desde su altura en franco descenso, se inclinó sonriente y posó sus labios en el pedazo de tierra donde germinó la semilla.

 Aquella mujer, atrapada por una memorial estática, desde hacía tiempo había fallecido, quizá sin darse cuenta, resistiéndose a un destino inmerecido; su personal empeño de resucitar hizo de su instinto humano el color de una nueva expresión vital.

Henry Petrie/
Nicaragua
Agosto 2000.
Página principal
Plan estratégico
Documentos/Casos
Pizarra d´curso
Arte
Link´Interesantes
Link7

® Derechos reservados
           Diseño de Pág.: SVangu