En aquel pueblo que fue, húmedo y montañoso, de
alegres mañanas y vuelos nutridos de chocoyos, vivió Esperanza,
una mujer de pasado desconocido, que hastiada de la ciudad y siguiendo
sus ordenanzas interiores, se apareció con un morral como propiedad
universal, sola y sencillamente vestida.
La vida calma y feliz del pueblo se complicó con los años,
las marejadas de grandilocuentes influencias lo convirtieron en un punto
vulnerable y comenzó a sufrir de anemia crónica. La mano
extraña se apoderó del derecho y contaminó sus venas,
desfloró su virginidad y corrompió su ingenuidad. Aquel momento
marcó la decadencia y el desgaste; a la sobrevivencia le nacieron
afilados colmillos y se adoptó una nueva esclavitud.
Con la ida del verde espíritu y la llegada de la sequedad
a sus fuentes vitales, los corrales desaparecieron y los perros enflaquecieron
hasta andar en cascajos de huesos bajo un sol calcinante, hijo del exterminio
en masa de los bosques y de la huida de la sombra.
Esperanza no se resignó al destino impuesto, amó
la tierra que la acogió y se entregó por entero al pregón
para que cesara la barbarie de la ley galopante de los contrasentidos.
Se encontró con almas de hielo que no pararon hasta ver realizadas
sus ganancias; apeló también a las almas expectantes y sumisas
para detener el avance del infierno, pero sus voces ni brazos fueron suficientes.
Esperanza luchó, se desgarró el pellejo, empleó todo
lo vigoroso en ella para impedir el desastre, pero desde sus casas, muchos
prefirieron encomendarse a la voluntad divina.
Ella vivió en una pequeña casa a orilla de lo que
quedó del río desaparecido, de donde extrajeron
manos
humildes y bondadosas importantes cantidades de pepitas de oro. Desde cuando
empezó la sequía eterna y los bosques desaparecieron totalmente,
el río se secó y dejaron de llamarlo Oro, para ser reconocido
como el camino del pedregal; un río olvidado y desaparecido de la
geografía que ya no era más. Lo que existió, realmente,
cerca de la casa de Esperanza, fue una pedregosa y árida arteria
que débilmente quedó sugiriendo un curso. Ahí vivió
por los años que sucedieron al momento del gran desastre, en las
márgenes de la aridez.
El tiempo feo trajo la desolación y la miseria al pueblo
que se marchitó en la hambruna, el aburrimiento y el olvido. El
pueblo aquel, dominado por la sofocación solar se fue muriendo lenta
y dramáticamente. Los ricos, contritos de sus pecados, lamentaron
la desagradable noticia en la lejana comodidad de sus centros.
Los días previos al desenlace final de Esperanza, la pasó
en una hamaca roída, viendo pasar las hojas del calendario y sin
advertir un ave en el cielo. La vida para entonces, comenzó a hundirse
en un túnel oscuro sin fondo. Las callejuelas vacías, sin
que un alma de perro reposara sobre sus propios orines.
Cuando el sol cayó definitivamente sobre el pueblo, se
levantó displicentemente de su hamaca y se dirigió casi desvaneciente
hacia Clemente, un hombre envejecido por el trajín y el sufrimiento,
solitario y marcado por una generación resignada a su designio.
Clemente no platicaba con nadie, solía arrimarse a la precaria y
única sombra existente, la de un guayabo de hojas mustias. La sequía
fue pavorosa, pero más aún el abandono y el olvido.
Aquel día indeterminado, Esperanza buscó a Clemente
porque se sintió angustiada por lo que quedaba de vida, casi rendida
a la calamidad. Buscó consuelo en la imagen agotada de Clemente,
pero éste sólo alcanzó a mirarla doliente. Para él,
el pueblo ya estaba fallecido y la presencia de aquella mujer le supuso
un ánima atormentada buscando una puerta de salida.
Los dos cuerpos bajo la precaria sombra, con sus miradas en el
relieve de un pueblo fantasma, sus mentes en blanco, inmovibles y con la
leve percepción de un grito pidiendo perdón, y seguidamente,
un emperador silencio. El pueblo había dejado de existir.
Clemente se desplomó primero, dejó caer su cuerpo
lentamente, mientras ella dejó escapar su última lágrima
para el amigo ido, quizá desde hacía tiempo, ido en su último
estornudo sin dejar estragos, desguarnecido ante el desastre. A las horas,
o quizá días, meses o años, tal vez un siglo, quién
sabe, se supo por la confidencia del viento rastrero, que Esperanza se
levantó, finalmente, del punto donde dejó de existir la única
sombra, y caminó sin rumbo arrastrando sus despojos. Ella no sintió
nada, no pudo gritar ni dirigir una última mirada a la última
piedra que daba fe de alguna huella de vida. Las hojas mustias del guayabo
se retorcieron en el fuego del declive.
Aquel esperpento se alejó del pueblo fallecido, abandonó
el santuario de la sequía y la miseria, y sin advertir la distancia
recorrida llegó a otra desolación, pero un detalle lo diferenció
del lugar de donde venía: una florecilla azul. Ella la observó
desde su altura en franco descenso, se inclinó sonriente y posó
sus labios en el pedazo de tierra donde germinó la semilla.
Aquella mujer, atrapada por una memorial estática, desde hacía tiempo había fallecido, quizá sin darse cuenta, resistiéndose a un destino inmerecido; su personal empeño de resucitar hizo de su instinto humano el color de una nueva expresión vital.
Henry Petrie/
Nicaragua
Agosto 2000.
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