EL ALMA Y LA MEDICINA

De repente noté que llegaba hasta mi oreja izquierda y serpenteaba por los canalillos del oído el chirrido de unas ruedecillas mal engrasadas. Volví la cabeza. Una sillita de transportar pacientes dobló la esquina empujada por un enfermero. Cesó el ruido cuando el enfermero abandonó la silla en el rellano y se fue por otro pasillo, el que yo tenía enfrente de mí. Sin silla que empujar, no supo qué hacer con los brazos. Caminó a grandes zancadas perezosas, balanceando el cuerpo con una lentitud prehistórica. Esta visión provocó en mi cerebro, abotargado por la larga espera, un chisporroteo conceptual: cromañón, neandertal, primate, peludo… Cuando mis ojos dejaron de ver al primate de blusa blanca, mi cerebro se serenó. Llevaba más de dos horas esperando en aquella sala, en realidad un espacio abierto formado por la intersección de varios pasillos. Volví la cabeza hacia la silla de ruedas que el enfermero había abandonado. La silla contenía una anciana de aspecto enfermizo. Me llamaron la atención los tirabuzones que sus zapatillas, negras, con flores bordadas en hilos multicolores. La ancianita estaba envuelta en una bata de lana escocesa, pero sólo se la habían abotonado por arriba y la parte inferior, abierta, dejaba ver un pijama de franela azul pálido. Me vino a la memoria una frase de Asturias —piel sonrosada como de ratón tierno— cuando imaginé sus piernas escuálidas, de piel transparente, surcada de venitas violetas, reventadas. Sus manos descansaban sobre el regazo y todo su cuerpo se escoraba hacia la izquierda. Hacía un esfuerzo sobrehumano para mantener la cabeza derecha. Vi que tenía sus ojos fijos en mí. Unos ojos azules, muy claros. La expresión de aquella mirada me intrigó al principio, pero acabó por asustarme. Comprendí que estaba calculando cuántos años me quedarían a mí para convertirme en un ancianito desahuciado por los facultativos y que un enfermero de andares prehistóricos abandonaría en los pasillos de un enorme complejo hospitalario.

Era uno de los numerosos puentes festivos de mayo, entre dos fiestas religiosas o dos conmemoraciones de carácter patriótico, y el hospital parecía desierto.

Pasó un médico de aspecto altanero y cabello entrecano, sin mirarnos, haciendo sonar un llavero que sujetaba con tres dedos de la mano derecha. Vimos acercarse a una empleada de pechos y nalgas descomunales; empujaba un carricoche repleto de detergentes, espráis desinfectantes, fregonas, y demás productos de limpieza. Creí notar cierto estupor en sus ojos nocturnos al vernos allí, pero no dijo nada.

Miré a la ancianita que, esta vez, me sonrió con una sonrisa cómplice y acogedora.

Entonces me levanté de la butaquita y me acerqué hasta su silla de ruedas:

—Nos han dejado solos, abuela —dije.

—Siempre está uno solo. ¿Tú también te vas, hijo?

Me dio un brinco el corazón. Creí que lo de irse lo había dicho como metáfora de la muerte, pero no. Vio mi susto y explicó:

—¿Por qué no me sacas fuera? Hace siglos que no me da el aire.

Empuñe los dos pomos del manillar, quité el freno y eché a andar empujando a la ancianita. No necesité esforzarme mucho. Las ruedas chirriaban, pero cumplían su cometido de manera airosa sobre aquel suelo sintético. Recorrimos toda la planta sin ver a nadie. Nos metimos en un ascensor pero me descuidé y anduvimos perdidos por los entresuelos.

—Radiología, anatopatología… —la ancianita iba leyendo los letreros, entusiasmada, como si leyera nombres de calles—, biología y análisis clínicos… ¿Dónde estarán las cocinas?

Cuando conseguimos llegar a los jardines estaba empezando a anochecer. No pude alejarme mucho porque las ruedas ahora se estancaban en la gravilla de los senderillos. Me senté en un poyo de piedra y esperé. La ancianita escrutaba el cielo donde se encendían las primeras estrellas.

—¿Qué bonito, eh? —le dije.

—Tengo a una amiga allá arriba —lo dijo sin tristeza.

—¿Falleció? —me atreví a preguntar.

—¡No, que va! ¿No la ves, hijo? Sentada en un cuerno de la luna con las piernas colgando.

Me dio pena y le seguí la corriente:

—¡Ahá! ¿Y no le da vértigo?

—Ella no mira nunca para abajo: dice que es un espectáculo patético.

—¿Y cómo se llama su amiga?

—Mariblanca Tirabuzones. Un torbellino. Capaz de subirse a los trenes en marcha, de brincar sobre los ataudes y hasta de beber güisqui de un trago y a la pata coja

Pasamos un rato en silencio. Todo estaba oscuro y desierto a nuestro alrededor. Se hizo totalmente de noche. Me estremeció un escalofrío o quizás el vuelo de un murciélago.

—¿Nos vamos para adentro?

—Vosotros los jóvenes no tenéis resistencia —suspiró—. Métete si quieres. Pero no digas a nadie dónde estoy.

Antes de irme, me incliné y le cerré la bata para que no cogiera frío.

—Buenas noches, abuela, ¿de verdad quiere quedarse fuera?

No me contestó. Parecía dormida. Miré instintivamente hacia arriba buscando los cuernos de la luna...

Octubre 2002