Por
qué en días como ese nada de eso importa lo más mínimo.
El día en que Esther Carmen Aguado recibió un ramo de rosas sin remitente estaba con los nervios a punto de estallar, los ojos desvanecidos y unas nubes de grisácea tristeza en la comisura de los labios. Tenía los ojos llorosos y la mirada perdida en algún punto nebuloso comprendido entre la máquina de café y la puerta de la habitación 407. En el fondo, no se atrevía a mirar directamente a la habitación donde acababa de perder, en menos de tres horas, a dos de sus pacientes. La habitación, ahora vacía, era el testimonio mudo de su fracaso. Veinticuatro horas sin dormir también le habían afectado, pero la muerte aleteante por los pasillos le había afectado aún más.
El día en que murió Ricardo Pagoleta, a Esther Carmen Aguado le trajo un mensajero un ramo de diecisiete rosas rojas y una solitaria rosa blanca. Había una nota, una nota triste, despiadada que a Esther Carmen le hizo llorar aún más. Se encerró en el lavabo, a secarse los ojos con un tisú que dejó caer, húmedo, arrugado,en la papelera. Aquella nota triste que cayó con un tisú usado a la papelera no estaba firmada.
El día en que Salvador Dalmanú y Porquerisses falleció, su vida se escapó en un suspiro largo, asmático, relleno de mucosidades de sus bronquios maltrechos. Acabó así sus días solo, sin compañía de nadie más que la pobre enfermera de la coleta rubia, que intentó en vano reanimarlo. Cuando llegó el medico de guardia, un hombretón del norte con una amplia y perenne sonrisa en su boca, ya no había nada que hacer. Esther Carmen lloraba en silencio, en un rincón. Dos muertes en menos de tres horas eran demasiadas para ella.
La letra de la nota era pequeña y de trazos gruesos, discontinuos “Gracias por todo”. Y aquellas gracias de un desconocido que trajo un mensajero de casco y chaqueta roja con el emblema de su empresa bien visible en blanco y dorado eran para Esther Carmen una punzada más dolorosa que el vacío que sentía dentro, el vacío de su fracaso.
Eran diecisiete rosas rojas y una sola rosa blanca. Aquel día había sido el cumpleaños de Ricardo Pagoleta, su último cumpleaños. Aquel día Estrella Pagoleta llevó un pastel con dieciocho velas, un pastel que Ricardo no pudo soplar y mucho menos comer. Estrella llegó a tiempo de ver morir a su único hijo. Lloró en silencio sobre el hombro de la pobre enfermera rubia de la coleta, Estrella que era menuda y morena y cuyos ojos brillaban cada vez que veía a su hijo. Nunca brillarían de nuevo de forma similar, de esto estaba seguro Esther Carmen.
También lloró, con lágrimas entrelazadas con tos y mocos verdes y algo de sangre en el tisú, el otro paciente de la habitación 407. Aquel viejo cascarrabias a quien nadie nunca había aguantado en su vida, y que por eso estaba solo ahí, abandonado a su suerte, había llegado a amar hasta la locura aquel pedazo de juventud que una enfermedad respiratoria degenerativa había puesto en su vida.
Esther Carmen Aguado estaba convencida que la muerte de Salvador Dalmanú y Porquerisses estaba directamente relacionada con la de Ricardo Pagoleta. El corazón viejo y gastado, los pulmones grises, apagados por el trasiego de tres paquetes de cigarros sin filtro diarios durante más de cincuenta años, dejaron de funcionar al faltarle aquel impulso vital, aquel muchacho alegre pese a estar condenado.
Y allí, olvidado sobre el mostrador, a la vista del resto de sombras blancas que recorren a toda velocidad los pasillos también blancos, llevando blancas camillas, sabanas, bandejas, reposaba un ramo de diecisiete rosas rojas y una rosa del color de la locura que asola el hospital, del color de la vida que se le escapa a Esther Carmen Aguado sin darse cuenta, se le escapa por los ojos en cada lágrima que vierte, hay vida escapándose a chorro por los sobacos, en el canalillo, en las ingles, sudor frío, helado pese a la calor que siente frente al espejo del lavabo, que le devuelve la mirada de una vieja con coleta rubia que agoniza en silencio, con los ojos lagrimosos y las cuencas azuladas y los párpados hinchados y las arrugas profundas que forman un mapa de muerte, de olvido, de pesadumbre, un rostro que no es el mismo que vio la mañana anterior, al despertarse, en el espejo.
Y es en ese mismo espejo, tras la imagen zurda de una vieja en la que no se reconoce, donde ve el espectro negro, gimoteante, de alas grandes quitinosas, hendidas, hinchadas, de cuencas vacías, de sonrisa oxidada, el espectro hediondo y marchito que ha visitado, en menos de tres horas, a los dos pacientes de la habitación 407.
Al girarse, ya no hay nada. Sólo un lavabo blanco, vacío, triste, y una mujer joven que no se cree tan joven, sin darse cuenta que simplemente está cansada, que le ha afectado en demasía la muerte de sus dos pacientes, que se siente sola y necesita un hombro donde llorar.
Aquel día Estrella Pagoleta llevó un pastel de cumpleaños a su único hijo, a aquel muchacho alto y fuerte corroído por dentro, que hacía menos de un año era la estrella del equipo de baloncesto del instituto y ahora moría lentamente, sorbo a sorbo, pero alegre para que su madre también estuviera alegre, para que aquel brillo en sus grandes ojos pardos no desapareciera abatido por la tristeza de la condena a la que se veía abocado, alegre pese al dolor que le golpeaba, alegre pese a la muerte purulenta, abrasiva que gira a toda velocidad sobre su cabeza, sobre su pecho, la muerte que termina por asesinarlo en los brazos llorosos de su madre, que es menuda, que es morena, que es triste, que le brillan los ojos de lágrimas, y entre los brazos de una enfermera con coleta rubia que está demasiado afectada y cansada como para no llorar también.
A Salvador Dalmanú y Porquerisses casi le dio un ataque al corazón cuando vio entrar a Estrella Pagoleta con un pastel. Nadie lo sabía, nadie se acordaba, pero era su santo. Su santo, fiesta que nunca había celebrado, fiesta que siempre repudiaba indicando que él era ateo, que no creía ni en santos ni en vírgenes ni en copones sagrados, que él sólo celebraba el cumpleaños. Aquel pastel le recordaba su infancia, y el dolor de estar tan solo, tan enfermo, y el dolor de aquel pobre muchacho, que se moría lentamente tan joven, tan sin merecerlo, que debería estar fuera en la calle con sus amigos, que los tenía, y muchos, incluso en algunos instantes llegaron a estar hasta quince personas en la habitación. En cambio, a él no le visita nadie, ya que a nadie tiene. Salvador no está triste por morirse, que ya ha vivido sus años a su manera, algunos buenos, los más malos, pero que aquel chico relleno de vida muriese era injusto, válgame Dios que era injusto.
Y fue en aquella habitación donde el pastel restó olvidado en un rincón, donde se le escapó la vida, todo aquel torrente caudaloso y pletórico de energía juvenil, a un muchacho de sonrisa fácil, de perfil atlético y una enfermedad degenerativa, donde se le fue el brillo de los ojos a una mujer menuda y morena, donde se le rompió en pedazos el corazón y los pulmones a un viejo testarudo y aguafiestas, y donde le cayeron más de mil años encima, uno a uno, a una enfermera de coleta rubia que poco más de una hora después de fallecer el anciano recibiría un ramo de rosas y arrojaría a la papelera una nota sin firmar y un tisú arrugado.
Hay algo que le baila en el cerebro a Esther Carmen, una especie de serpiente malévola y fría que se enrosca lentamente en los recovecos de la mente, en los lugares donde las intuiciones y las ideas se mezclan hasta formar una espesa pasta de textura aceitosa y brillante, y muerde allá dentro, con los colmillos saturados de viscoso veneno. Y entonces se da cuenta.
Está sola, completamente sola en medio de la blancura abyecta y enfermiza de un pasillo de hospital. No hay médicos, no hay enfermeras, no hay camillas ni gente. Y una luz de un blanco tan profundo que roza la obscuridad empieza a filtrarse por las rendijas que deja la puerta de la habitación 407. Esther Carmen sabe que no es real, que no puede ser real, pero es tan intensamente vívido que no puede dudarlo. Y presiente, sabe con la certeza de los fanáticos, con la certeza de un cronómetro suizo, que esta vez está a punto de morir, que se trata de algo realmente maligno, letal, y que ella está ahí sola para afrontarlo, que nadie le ayudará.
Y con un estallido de la luz más rutilante y cegadora a la que los ojos de Esther Carmen se han enfrentado nunca, la puerta de la habitación 407 estalla en millones y millones de minúsculos fragmentos. Se tapa la cara para evitar quedar ciega, se tapa la cara porque tiene miedo de mirar lo que la espera dentro de la habitación y, al mismo tiempo, arde en deseos de mirarlo.
La luz baja de intensidad. Esther Carmen intuye más que ve la presencia ominosa, obscura que se abalanza hacia ella. Es el espectro negro, el espectro hediondo y marchito que antes apenas ha vislumbrado en el espejo. Percibe su aliento putrefacto, relleno de tegumentos rugosos, de pústulas y escaras y sus babas goteantes, los movimientos espasmódicos de las alas quejumbrosas, acabadas en manitas de niño con garras afiladas como sacabuches albaceteños, garras cuchilleras que hurgarán en su carne, que se adentrarán entre sus vísceras como manteca al sol. Para cuando eso ocurra, ella estará muerta.
Instintivamente, se protege con el ramo que reposaba sobre el mostrador, ese ramo de diecisiete rosas rojas y una rosa blanca que no tenía remitente. Y del ramo parecen formarse frente al espectro dos formas difusas, dos presencias traslucidas y borrosas que Esther Carmen reconoce pese a todo su racionalismo, un alta y esbelta, otra más encogida y arrugada. Y la Muerte de garras pervertidas parece retroceder, y alejarse, hasta volver a la habitación. Y las dos sombras se adentran tras la muerte, no sin antes musitar: Gracias por todo.
Y Esther Carmen entiende quien le ha enviado aquellas rosas protectoras, quien ha alejado la muerte de su puerta. Y llora de alegría mientras el mundo vuelve a la vida a su alrededor. El pasillo vuelve a estar abarrotado de luces, de gente, de batas blancas que avanzan a velocidad supersónica frente a sus ojos.
Ella sabe que ha estado a punto de morir, que no ha sido una alucinación, y que sólo gracias a la bondad, a sus lágrimas y a unas rosas está viva.
¾Bonitas rosas. ¾Es el médico de guardia, el hombretón del
norte con la sonrisa maravillosa, perfecta, eterna. ¾Aunque no tan bonitas como su dueña. Daría mi
vida por habértelas regalado yo, pero si quieres lo compenso con una cena un
día de estos.
¾¿Hoy acabas tu turno, no? Yo también. Podríamos tomar algo al salir, antes de irnos a dormir.
¾Por supuesto que sí.
Y mientras el médico cruza el pasillo en dirección a alguna urgencia, Esther Carmen, que sabe de sobras que está casado, que colecciona amantes entre el personal del hospital y que después de una o dos noches si te he visto no me acuerdo, sonríe, ya que no le importa en absoluto.
Por
qué en días como ese nada de eso importa lo más mínimo.
Carles