EL COLOR DE LOS OJOS
Volaba una mosca cerca de la ventana. Era grande como mi dedo pulgar; bueno, como la yema de mi dedo pulgar, si no hubiera salido de la sala corriendo, a pesar del dolor intenso que sentía en la barriga.
Observé a la mosca iluminarse con los rayos de sol que escapaban intermitentemente de las nubes, para luego volver a ser tan negra y repugnante como mis pensamientos.
—Perdona.
Unos ojos azules y vidriosos me sonrieron desde la otra punta de la sala de espera (por otro lado nada espaciosa, con lo que el hecho de apreciar la vidriosidad de esos ojos no viene a demostrar que mi vista sea especialmente buena).
—Perdona —repitió, y me puse nerviosa con tanta disculpa anticipada —¿Has venido antes aquí?
La pregunta brincó en mi cabeza y se vertió luego por la minúscula sala, enfriándome los pies.
—No —respondí, y me sonrió. Era un señor de edad indeterminada, esa edad en la que dices "señor" sin pensarlo, aunque luego te preguntes por qué no "hombre". Apoyó las palmas de las manos en las rodillas inclinándose hacia mí y borró su sonrisa con otra pregunta:
—¿Entonces no debes saber de qué color tiene los ojos la doctora, no?
Miré al suelo y pensé que el tipo se había equivocado de consulta, que necesitaba un psicólogo, no un médico de cabecera. Para evitar que siguiera insistiendo, negué con la cabeza sin levantar la mirada.
––No es que pretenda pedirle una cita, ¿eh? ––dijo con una risa nerviosa que revoloteó por la sala como una paloma––. Es que hace poco llegué a la conclusión de que el color de ojos de los médicos tiene que ver con el diagnóstico.
En ese momento la puerta se abrió y una enfermera de bata blanca (como todas las enfermeras, obviamente, pero en ésta era especialmente destacable, como si toda ella fuera una bata andante) rompió el silencio que compartíamos.
—¿Luisa
Domingo? —preguntó la bata. El señor y yo nos miramos a los ojos y tendimos un
nuevo silencio a la altura de nuestros pechos— ¿Luisa Domingo?
—Yo no soy —me vi obligada a decir. Porque era evidente que sólo podía ser yo, pero se daba el caso que yo no era.
La puerta se cerró de nuevo y el señor sonrió, y con su sonrisa parecía darme la enhorabuena por no llamarme Luisa. Le devolví la sonrisa sin saber muy bien por qué.
––Verás ––retomó su explicación ––según mis cálculos, cuando un médico tiene los ojos claros, existen muchísimas probabilidades de que el diagnóstico sea bueno. Por el contrario, si los ojos son oscuros, las posibilidades de una mala noticia incrementan.
La mosca voló sobre el puente tendido entre mi estupefacción y su sonrisa. Aproveché para montar mis ojos en ella y volver a mirar por la ventana. Había algo en ese hombre (¿hombre? ¿señor?) que me obligaba a creerlo. Pero. ¿cómo podía creer una locura así? También existía la posibilidad de que me estuviera tomando el pelo, pero, por el mismo motivo inquietante que me empujaba a escuchar su teoría, sabía que hablaba muy en serio. Avergonzado incluso. Como el primer niño en clase que descubre quién son los reyes magos y no sabe cómo comunicar la noticia a los demás, pero tampoco puede guardarla dentro, a riesgo de que le estalle el pecho en mil pedazos.
Lo oí toser. Era una tos nerviosa, casi una súplica para que volviera a girarme hacia él. Y me giré.
—Las salas de espera siempre me ponen nervioso —dijo a modo de disculpa. Yo sonreí también del mismo modo, como si los dos nos hubiéramos ofendido de algún modo. La sala estaba cargada de ofensas invisibles y disculpas cuando la bata volvió a estropearlo todo:
—¿Lidia Martínez?
Me levanté como si tuviera un resorte en las rodillas, y con el abrigo entre los brazos me deslicé hacia la puerta tras la cual me esperaban un par de ojos proféticos. Qué tonterías. Ni tan sólo me giré hacia el señor para despedirme. Me dolía la barriga y me sudaban las manos cuando me senté frente a la doctora.
Tenía los ojos verdes.
Anna Costa