Ejercicio de.  Mariblanca.  Febrero 2003, hecho sobre una propuesta de E. J. para el taller

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Estaba yo sentada en un cuerno de la luna balanceando en el espacio mis piernas cruzadas y, por evitar que la brisa lunera me rebullera la falda, me la había ceñido un poco, sujetándola por donde tenía más vuelo, y me había sentado encima de ella. Miré, por mirar, a mi derecha y me vi reflejada en un espejo convexo y, a pesar de la distorsión, me encontré pero que muy satisfecha de mi palmito. Estiré luego un poco el brazo y agarré al paso una estrella fugaz, muy pequeñita, que olía a pitiminí, y me la prendí en el pelo. De refilón, al mirar para abajo, oí que me mencionaba un amigo: tengo una amiga ahí sentada en le cuerno de la luna. Al oír hablar de mí me sentí invitada a participar. ¿De qué va? Ah, ya, de hospitales.

 

Yo pasé por hospitales antes de venirme aquí. Buena gente, sí señor, buena gente por los hospitales. El mejor, mi siquiatra: con su pipa, su bata blanca impecable, con su boli en el bolsillito, con sus gafas de titanio. De lo más legal. Eso sí, ¡mogollón de malpensao!

Yo le dije:

—Tengo una virtud teologal que se llama esperanza, y con su brillo iluminaré la tierra y así...

—Ya —me cortó, como para evitar que dijese tonterías—. Pero hábleme de su padre ¿Se sentía atraída hacía él?

—¿Atraída? —Yo confieso que le miré con ojos de lechuza de puro asombro.

—No se avergüence, Tirabuzones, soy su médico: hable con sinceridad —dijo lleno de repentina euforia.

¡Uff, qué bruto! Me puse hasta colorada. ¿Cómo se le ocurrirá eso tan rebuscado estando mi profesor de mates, el de lengua, el portero, el lampista, mi jefe? En fin, habiendo. ¡Pobre papito mío!

—No, mire —le dije yo— ¿para qué negarlo?, me he sentido atraída por muchos hombres, y es más, nunca he puesto muchas trabas  para frenar mis impulsos, que de lo que andamos escasos es de cariño, y por eso pasa lo que pasa.  Pero por mi papito, nunca. Además murió cuando yo tenía cuatro años. Yo es que vine a verle por lo de iluminar la tierra con la esperanza, que todos me dicen que es de locos.

—No me digas más, Tirabuzones: tenemos la raíz del problema. Está oculto en tu subconsciente. Te desnudaremos de esa especie de refajos que el yo consciente interpone al yo inconsciente. ¡Túmbate en el diván!

¡Sí hombre!, pensé. ¡Anda ya!

—Es que yo sólo quiero quitarme de la esperanza —dije, pero empecé a considerar lo de los refajos porque mi siquiatra me miraba de una manera muy tierna, muy al fondo de los ojos. ¡Ay, dios!, ¡los médicos no deberían mirar así! Lástima, le pudo Hipócrates, pero que le di un subidón: juro.

—No es cosa de siquiatras lo suyo —al no haber trabajado mi subconsciente otra vez me llamaba de usted— lo suyo es de cirujanos.

Me soltó un rollo diciendo que era la esperanza un quiste difícil de estirpar. 

––¿Su señora madre era esperanzada?

––Sí, mi mamá lo era.

 Con  la genética de por medio resultaba que la mía la llevaba  embutida en las entretelas del corazón,  y que ni Freud con ser quien era, conseguiría curarme. Se quitó los lentes de titanio y dio varios golpecitos con ellos sobre el borde de su buró:

—Váyase a ver de mi parte al cirujano Jauralde. Y no haga caso de habladurías malintencionadas: que si bebe, que si se cepilla a todas sus enfermeras, y ha llenado de bastardos la maternidad del hospital donde ejerce funciones de carnicero... pura calumnia de colegas envidiosos. Manos de oro, nervios de acero, ojos de lince y corazón generoso. Y eso sin tener en cuenta que garantiza diez años las costuras y catorce los remiendos.

 

Lo que atañe a la salud no se debe postergar. Pedí cita pretextando peligro de muerte cierta. Me la dieron y acudí. Llegué cuando el cirujano acababa de desestrangularle una hernia a un policía de rostro angelical.

Nada más verme, el profesor Jauralde me pidió que me desnudase en un cuartito nada prometedor:

—No sólo los trapitos —dijo mientras preparaba de espaldas a mi desnudez los instrumentos médicos— quítate también, –––ya estamos con el tuteo pensé––– si puedes, esa segunda piel con que la sociedad nos disfraza y la máscara que os ponéis las mujeres civilizadas para disimular las pasiones que os abrasan o el fuego que os consume...

¡Jesús que cosas!, me quité todo lo que pude.

Y me estuvo examinando: El pulso, las arterias azulitas, el blanco de los ojos, que me miró tan cerquita que a mí me dio la risa... Al final, Inclinó la cabeza y la apoyó en mi pecho, para escuchar se entiende,.

—Nunca había oído una esperanza palpitar tan fuerte. ¿Te duele?

—Me escuece, doctor. Es como si tuviera ardor de estómago en el corazón. A veces me pone de los nervios, la verdad. ¿Es grave?

Me miró con pena como si me estuviera diagnosticando un cáncer galopante.

—Una esperanza de esas dimensiones es una joda...  Un caso clínico.

—¿Y una operación? —me atreví a preguntar

—Si extirpamos la esperanza se derrumban todas las constantes vitales. Los sueños dejan de funcionar y se atrofian las ilusiones. La iglesia y el derecho dicen que moralmente es lícito abortar las esperanzas si está en juego la inmortalidad del alma... pero mi conciencia... —dudaba.

—¿Y un trasplante?

Volvió a mirarme con pena:

—¿Tienes un donante? ¿A que no?

 

Así que me hizo la operación. Ablación de la esperanza a corazón abierto. No describo los detalles por respeto hacia el lector. Pero quedé mal. Muy mal. Arrastro graves secuelas y adolezco de una incurable melancolía postoperatoria: mariposa de alas negras que extiende su sombra sobre la luz de mis ojos. Huyendo de ella vine a instalarme en los cuernos de la luna. ¿Para qué mirar abajo? Quiero ahorrarme el patético espectáculo de millones de hormigas laboriosas que sin echar un vistazo hacía aquí, gastan su  tiempo a la caza de un destino, de decepcionante fin. Y de los moscardones amenazantes con sus motores roncando, y de los millones de abejas uniformadas y a punto. Y las ranas camufladas y al acecho. Y los caracoles que avanzan majestuosos e implacables con sus armas desplegadas. ¡Pobres mariposas!. No tienen ninguna oportunidad. No, no quiero mirar abajo. Pero te invito a que subas, porque yo sigo pensando que con amor y esperanza tiraríamos mejor. Tiraríamos de ir haciendo, no se me interprete mal.