DE ENFERMOS, MÉDICOS Y ENFERMERAS
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Manuel nunca fue hombre de médicos. Las pocas veces que había tenido fiebre lo solucionaba “sudándola”, como él decía. Se tomaba un vaso de leche caliente con miel y un buen chorro de coñac, se metía en la cama con cuatro mantas y se pasaba la noche sudando; por la mañana, los malos bichos ya habían salido por los poros de su piel. Pero esta vez no servían las mantas, ni la leche con miel, ni el coñac. Hacía varios meses que Manuel sentía un tormento en su vientre que, en ocasiones, le obligaban a doblar la espalda hacía delante hasta que el dolor remitía.
No le había dicho nada a Carmen porque sabía lo pesada que se iba a poner, no perdía ocasión para aconsejarle que tenía que hacerse una revisión de vez en cuando; como ella, que se hacía un chequeo cada año y así estaba más tranquila. Pero para qué se iba hacer un chequeo si a él no le pasaba nada, le solía contestar Manuel. Ni su hija Laura, que era enfermera, había conseguido que se hiciera una simple analítica de control.
Como cada mañana Carmen salió a comprar el pan y los bollos para el desayuno. Cuando regresó a casa Manuel aun no se había levantado, estaba tumbado en la cama en posición fetal, y balbuceaba sin parar que el dolor era insoportable. Comprendió enseguida la gravedad de la situación, pues su marido nunca se quejaba de males físicos aunque los tuviera, un dolor de cabeza o la humedad del invierno que mermaba la agilidad de sus rodillas, ella los intuía porque lo conocía bien, pero él nunca los nombraba. El cambio de Manuel no había pasado inadvertido para ella; hacía días que había notado su desgana y apatía. Como siempre, él evitaba hablar del tema, se defendía diciendo que era alérgico a los médicos.
Carmen llamó a su hija que estaba de guardia. Laura mandó una ambulancia para que su padre no pudiera negarse a ir al hospital; en pocos minutos llegaban a urgencias. Todo fue muy rápido; lo entraron directamente a una cortina, el doctor Gálvez lo examinó inmediatamente, le cogieron una vía, le administraron un analgésico y al poco rato estaba en la sala de ecografías.
Manuel era como las plantas silvestres, le gustaba andar por el campo a su aire, paseando o cogiendo lo que le ofrecía la naturaleza: espárragos, setas, caracoles... cada cosa en su momento. Parte de su tiempo lo dedicaba a un pequeño huerto donde cultivaba algunas hortalizas y criaba cuatro gallinas. Ese era su mundo, tranquilo y silencioso; por eso, aquel movimiento de batas blancas a su alrededor le estaba creando un temor que le angustiaba hasta lo más profundo de su ser. Buscó los ojos de su hija para que le proporcionaran un poco de consuelo. Ella, con una sonrisa y pellizcándole suavemente el brazo le dijo:
—Tranquilo papá, que no pasa nada. Ves, esto es por tener una hija enfermera, los he movilizado a todos para ti. Eres un enchufado.
Aquellas palabras que Laura había dicho en broma para tranquilizar a su padre no eran del todo inciertas. Él no había tenido que pasar por la burocracia que gestiona la entrada de urgencias, ni esperar turno en las incómodas sillas de la sala de espera. Los parientes del personal sanitario, tienen un pase invisible que les permite eludir los trámites y pasan directamente a ser visitados. Quizás no sea justo, pero es así como funciona.
—Hay que bajarlo a quirófano enseguida —le dijo el doctor Gálvez a Laura— la cosa es seria. Tiene un tumor en el colon que abarca hasta el asa intestinal. No podemos esperar para preparar y limpiar los intestinos. A ti no puedo engañarte, tú sabes que ocurre en estas cirugías apresuradas, el peligro de infección y fallo de sutura es grande. Vamos hacer lo posible pero la cosa no pinta bien
—Esta bien. Voy a lavarme y entro con vosotros.
—Laura, no. Conoces bien la opinión de los cirujanos sobre este tema. Ni siquiera ellos asisten a las intervenciones de sus familiares. Es mucha la presión cuando el que está sobre la mesa de operaciones es un ser querido. Yo estaré presente, no te preocupes, te tendré informada.
Cuatro horas más tarde el doctor Gálvez entraba en la sala de enfermeras donde Carmen y Laura esperaban noticias. Al ver el semblante del doctor, Laura bajo la mirada y la mantuvo fija en el vaso de café que tenía entre las manos, conocía aquella expresión. Hubo un corto silencio antes de que empezara hablar.
—Le hemos practicado una colostomía.
Carmen miró a su hija sin entender a qué se refería.
—Hemos quitado la parte del colon que estaba dañada —explicó Gálvez dirigiéndose a Carmen— La zona por donde hemos cortado la tiene conectada a un orificio que le hemos hecho en el abdomen; llevará una bolsa de plástico pegada a ese orificio por donde hará sus necesidades. Dentro de un rato lo llevarán a la UVI, estará allí hasta que supere los riesgos del postoperatorio... lo cierto es que no estamos seguros que los pueda vencer. En caso de que los supere... siento decir esto. La metástasis es evidente, no vivirá más de seis meses.
Carmen rompió a llorar. Laura siguió mirando el líquido negro que tenía en las manos en un intento de no derrumbarse como su madre, ahora la iba a necesitar más que nunca y no le serviría de nada si se venía abajo. En su trabajo no le había quedado más remedio que endurecer la piel; a veces deseaba acercarse un poco más a las personas que sufrían a su alrededor, pero se le encogía el corazón de tal manera que regresaba a casa con el dolor en el alma. Así que aprendió la táctica de mirar de lejos aunque tuviera al enfermo o al familiar delante; pero esta vez era su padre el que se estaba muriendo y su madre la que lloraba a su lado.
Gálvez apoyaba su mano sobre el hombro de Carmen, no tenía otra forma de consolarla, las palabras en eso momentos no servían de nada. Laura dejó el vaso de café sobre la mesa y salió de la sala; caminó a paso rápido por el pasillo hasta una puerta donde ponía “farmacia”. Allí dentro, entre estanterías de medicinas, se sentó en el suelo y empezó a llorar. Lloró por su padre al que perdería sin remedio en poco tiempo, y también por el sufrimiento y las lágrimas de su madre. Lloró por ella misma, porque no sabía como afrontar aquello. Lloró y lloró desconsoladamente hasta que se sintió con fuerzas para volver junto a su madre.
Manuel superó con dificultades el postoperatorio. Murió a los seis meses.
Manela
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