Hace miedo

Hace miedo. Día a día el hombre contemporáneo recibe pruebas inequívocas de lo vulnerable de su existencia. Ahora que los antibióticos y la comida sin colesterol nos alargan la vida media, ahora precisamente que vivimos más años y más deprisa, resulta que la azarosa vida del hombre se vuelve totalmente imprevisible. Para colmo, los telediarios nos traen tres veces por día la evidencia de que esta vida es peligrosa. Y no es que nos lo cuenten, sino que podemos verlo con estos ojos que se han de comer los guarros.

Cierro el periódico y llamo un taxi. Al cabo de media hora de frenazos y regates de asustar, me deja en el portal de mi psiquiatra. Subo por la escalera, no sea que se descuelgue el ascensor.

—¡Hombre, cuánto tiempo sin verte! ¿Se te han acabado las pastillas?

—No, es que tengo miedo.

Pasamos a su consulta. Mi psiquiatra es una mujer cuarentona y atractiva, con una bata blanca y el pelo prematuramente gris. Solía yo pasar tiempo atrás largos ratos contándole mis tribulaciones y hablándole mal de todo el mundo. Existe por ello una complicidad chismosa entrambos que me anima a acudir a ella en los peores momentos. Nunca me ha tumbado en el diván, sino que charlamos sentados, siempre separados por su mesa, mientras ella me escucha como mi mejor amigo, toma notas y me enseña test americanos de manchas inauditas.

—¿Qué ves aquí?

—Peligro. Veo peligro en todas partes. Tengo miedo de tener un accidente de automóvil, o de estrellarme en un avión. Miedo de las operaciones retorno, de que me atraquen los chorizos en la calle y encima me rompan las gafas, de que me desvalijen la casa. Tengo miedo de quedarme en el paro, de que me amputen por error un miembro sano en la S.S. Miedo incluso de no tener dinero para pagar sus honorarios.

Ella se remueve en el asiento, pero sonríe como lo haría una madre de primera categoría. Me invita con una mano a seguir contándole.

—Me da miedo, doctora, pensar que puede producirse en Madrid un terremoto como el de Argelia, y no poder salir de entre los escombros a pesar de un bello elenco internacional de bomberos y perros con chaleco. Y también de que me asalte un pavoroso incendio forestal mientras aso chuletas con la familia en la Sierra. Tengo miedo de la guerra nuclear, del invierno nuclear, de la energía nuclear.

Arquea las cejas y renueva su sonrisa. Me arrellano en mi sillón y tomo confianza para detallarle mis más modernos terrores. Mi miedo espantoso a ser víctima de un monstruoso envenenamiento masivo a base de panchitos desnaturalizados. Mi secreto temor a la neumonía asiática y a los extraterrestres de aviesas intenciones. Terror a que un comando islámico durmiente ponga un día el despertador y una explosión me arranque la cabeza y envíe mis vísceras a alguna azotea. A contraer el SIDA en algún hospital, o por correo certificado. Miedo a que un terrorista de Mudos en Acción secuestre mi autobús y pida, a cambio de nuestras vidas, que le permitan la lectura de un manifiesto por televisión; de que entonces mi gobierno, presionado por Bush, elija la intransigencia como estrategia y a mí me pegue el mudo un tiro y me tire por la ventanilla. Tengo miedo de que la aviación norteamericana, en un raid glorioso, bombardee mi urbanización porque haya visto una pareja de afganos en el bloque diez. Pavor, en resumen, de ser objeto de un atentado, o de una réplica, o de una contrarréplica. De comer en un restaurante frecuentado por americanos, policías, vascos, refugiados políticos, secretarios de Comisiones Obreras, mafiosos, etc.

La doctora se levanta, da un paseo por el pequeño cuarto alicatado de títulos y premios. Al pasar por mi espalda siento un cierto temor a ser estrangulado.

—Yo diría —y me dice— que estás atravesando un bache. No parece nada serio, ni tienes realmente razones importantes para vivir atemorizado. Plantéatelo tú mismo, con rigor, cuando llegues a casa.

—Es que tengo miedo de que al volver a casa haya un vampiro en la mecedora.

—Está bien. Te recetaré Lexatin, que en otras ocasiones te ha ido muy bien. Verás como a la tercera pastilla comienzas a ver la vida de otro color.

Mientras empieza a escribir la receta me llega la zozobra. No sé cómo empezar porque voy a truncarle todo su plan, toda su confianza en la farmacopea. ¿Cómo le diría yo a esta mujer que no quiero tomar más pastillas porque tengo miedo de que me acaben de hacer un agujero en el estómago?