EL HOSPITAL DE LA VIDA

 

      Todo el mundo conoce lo inevitable y se prepara, cada una a su manera, para morir. Más en un hospital. Lo curioso fue cuando cerca de mi casa, a menos de doscientos metros, comenzó el destierre para la construcción de uno. Tiraron un grupo de casas bajas y viejas que nada aportaban a la zona sino recuerdos de tiempos pasados y con un par de escavadoras y camiones crearon un agujero inmenso. Las lluvias lo llenaron de agua y todo pareció detenerse. Durante días no fue nadie a visitar el gigantesco socavón. Los niños, por el contrario, encontraron tiempo y el lugar idóneo para lanzarse pedradas y jugar con espadas de madera a conquistar lomas de barro y castillos rodeados de fosos. En uno de esos juegos un niño sufrió un accidente y se partió una pierna. Mientras los mayores corrían a buscar ayuda dejaron al herido con un compañero que temblaba mientras intentaba dar ánimos al que todo su consuelo estaba en gritar. En uno de esos gritos pidió agua o eso entendió el enfermero improvisado. Corrió raudo, solícito y complaciente a buscar lo que fuera. Pero agua, lo que es agua, cómo no fuera la del charco. Total, pensó, no está muy sucia. Recogió lo que pudo en una botella de plástico que los obreros habían abandonado y se la puso en la boca al amigo. Minutos más tarde, cuando los otros llegaron con refuerzos, se toparon de frente con el herido y el enfermero charlando tranquilamente. La pierna se había curado y el dolor desaparecido. Sufrieron mucho por eso los niños. Nadie les creía y los castigaron por mentir y engañar. Se fue la lluvia y la obra continuó días después.

 

      En poco más de un año el edificio estaba en perfecto estado de revista. Los políticos apuran las cosas cuando les interesa, las elecciones estaban cerca y el hospital no era muy grande, por qué no aprovecharse. Se hizo operativo meses después, cuando el personal fue trasladado y ubicado en su lugar correspondiente. Ya desde el principio, los más observadores, notaron que algo pasaba. Poco más tarde los demás. Cualquier médico, enfermera, auxiliar, ordenanza, todos notaban que sus vidas habían mejorado. Personalmente estaban encantados con sus parejas y el que no la tenía era feliz igualmente, en lo laboral iban sobre ruedas, su salud mejoraba cada día y siempre portaban una sonrisa en los labios. Y lo mejor era que los enfermos sanaban, daba igual lo que tuvieran y no importaba mucho el tratamiento. Un par de días en el hospital y se curaban. Los que entraban en coma, salían de él prácticamente sin secuelas, los desahuciados, volvían por su pie a casa. Nadie moría en “El hospital de la vida”. Así le comenzaron a llamar y así lo bautizaron cuando fue una cadena de televisión a realizar un reportaje. Le plantaron delante de la cara una cámara y un micrófono al personal para que explicara, con sinceridad, lo que opinaba sobre el extraño fenómeno.

 

—Está claro que la labor tan importante que realizan los miembros del servicio de ambulancias es un punto clave para la recuperación de los enfermos—dijo el jefe de ambulancias del hospital.

 

—No creo que se pueda dudar—comentaba el jefe médico— nosotros somos realmente los que sanamos a los enfermos, nadie más.

 

—Sin nosotras esto sería una ruina, nada funcionaria correctamente. Los enfermos nos deben la vida—. Soltó la jefa de enfermeras.

 

—Qué quiere que le diga—se encaraba a la cámara uno de los bedeles— aquí, no saben hacer nada. Nosotros, con nuestra amabilidad, con nuestro trabajo bien hecho mantenemos este hospital y sanamos, aunque sea de una forma indirecta, a todos los enfermos.

 

      El reportaje terminó pero no fue emitido por causa del desgraciado accidente. Dos días después de las entrevistas, un rayo entró en el edificio y, aunque disponía de las medidas de seguridad para estos casos, mató a mucha gente. Unos lo llamaron fatalidad otros muerte selectiva, pues, ninguno de los enfermos resultó herido. Sólo enfermeras, médicos y demás empleados perecieron carbonizados.

 

      El lugar volvió a ser repoblado con personal, no fue fácil, nadie se atrevía a trabajar ahí. Costó pero al final se consiguió y cuando hubo la primera muerte fue todo un acontecimiento. El hospital comenzaba a ser normal. La gente sufría y moría, la vida continuaba. La alegría regresó a los rostros de los políticos, de los curas, de los servicios sociales, de las farmacias, de los laboratorios químicos, todos eran ahora felices. Menos los enfermos, claro está. Ellos añoraban tiempos pasados pero sabían que no regresarían. Lo habían leído en las manchas de humedad que engalanaban las paredes de los baños. Manchas que simulaban letras y no sin esfuerzo se podía leer “todavía no estáis preparados”

   

 

MEJUTO