De medicinas, almas y en este plan

 

—Todos estos son unos pringaos. Aquí se las dan de flamencos, con tanta bata blanca y tanta hostia, pero los encuentras en la calle y se cruzan de acera. Se cagan de miedo. Unos pringaos, te lo digo yo.

Las nueve de la mañana. En cualquier momento se abre la puerta y me agarran. Esto que siento no es miedo, qué va a ser miedo, es... natural, son nervios. Es la primera vez, coño Alberto, y la primera vez imagino que siempre impone.

—¿No te parece, tío?

—¿Perdona?

—Digo que si no estás de acuerdo.

—¿Con qué?

—Con que todos los de blanco parece que te están perdonando la vida.

—Sí, seguramente.

Y luego está lo de los errores. Lo que contó Prudencio de aquel compañero al que iban a operar de un furúnculo y le cortaron la pierna. Hay errores a patadas. Es que es normal tenerle respeto al quirófano, qué leches.

—Un día entramos un coleguita y yo a una farmacia. Y sale el membrillo del farmacéutico y nos atiende por ese torno, que parece que estás en el locutorio de la trena. Le paso la receta y me dice que si está raspada la fecha, que si no va a poder darme la medicina. Entonces mi colega le mira directo a los ojos y le dice: “Me he quedado con tu careto. Más te vale darme la cosa”. Y tío, mano de santo. ¡Son unos mierdas!

Por qué coño me habrá tocado a mí el primero. Si al menos hubieran elegido al macarra para abrir boca, pero me ha tenido que tocar a mí, por aquello de que su cirugía es sucia. ¿Qué mierda será sucia? A media mañana seguro que yo estaría más entonado, más hecho a la idea..

—¿Y tú, tronco,  en qué trabajas?

—Soy policía.

—¡Hostias!

—¿Tienes un bolígrafo?

—¿Un bolígrafo?

—Sí. O un rotulador, cualquier cosa que pinte.

—Pues me parece que tengo uno. Espera un momento. ¿Así qué policía? ¡Joder que sorpresa!

 

 

            ¿Por qué me llevarán en la cama al quirófano? Vaya espectáculo por el pasillo. Mira que les he dicho que yo iba andando, pues nada, en la cama, como una reinona. Tengo la boca más seca que un estropajo al sol. ¿Y estas paredes? ¡Naranja! ¡Qué poco serio es este hospital!

—Te voy a poner una vía. No te preocupes que no duele. ¿Ves? ¿Te he hecho daño?

—No.

—¿Cómo? No te he oído.

—¡No!

            Son los ojos negros más bonitos que he visto en mi vida. ¡Qué ojazos tiene esta chica! ¡Y qué bien huele, tan cerquita! Cómo me mira, con qué ternura. ¿Qué estará viendo en mi cara? Sonríe. Qué manos tan suaves. 

—¿Tienes miedo?

—Tengo pánico.

—No, hombre, no. No hay que tener miedo. Esto es un juego de niños.

—Joder, con los niños.

—¿Cómo dices?

—Que hay niños… muy valientes. Pero a mí me da un poco de respeto todo esto.

—Mañana estarás en tu casa a esta hora.

—Preferiría estar en la tuya.

—¿Cómo? ¡Vaya con el miedoso! ¡Con las mujeres eres muy valiente, eh!

            Hostias, creo que la he fastidiado. Ahora es capaz de clavarme una aguja como venganza, o de adulterarme la anestesia, o de chivarse al cirujano. ¿Por qué me dejan en este cuarto que parece la enfermería de un submarino? ¿Cuánto tiempo más me van a tener aquí aparcado, antes de sacarme a la arena? Me estoy quedando helado debajo de esta sábana verde. Seguro que ésta es la antesala del quirófano, y no me meten aún porque están despachando al tipo que me precedió, se les está complicando la faena, el tipo no responde, su corazón se abotarga, describe una línea en la pantalla, un pitido incesante alarma al equipo médico, se miran a los ojos unos a otros por encima de las mascarillas, luego miran la cara del enfermo con incredulidad…

—Buenos días. Soy el doctor Jauralde. ¿Cómo se llama usted?

—Alberto Palop.

—Sí, eso dice este informe. Entonces es usted mi hombre. Ha tenido mala suerte, compañero, soy el peor cirujano de la clínica. ¿Es usted religioso?

—No. No mucho.

—Pero imagino que al menos recordará alguna oración.

—Pues ahora mismo… con los nervios…

—No me irá a decir que viene a operarse así: a pelo. La cirugía, querido amigo, no es una ciencia exacta, conviene aportar un poco de ayuda sobrenatural.

            Ahora sí que estoy seguro de que la enfermera se ha chivado. Esto me pasa por bocazas. Ya me lo decía mi padre: “Nunca cabrees ni al cocinero ni al cirujano”. Ahora que el tipo está leyendo de espaldas a la cama ¿qué pasaría si me levanto y echo a correr? ¿Desnudo? Puedo volver rápidamente a mi habitación, pillar la ropa y darme a la fuga. ¡Aún estás a tiempo, Albertito! ¡Este tipo de va a romper!

—Así que  hoy tenemos una hernia inguinal.

—Sí.

—¿Cómo dice? No le entiendo con ese hilo de voz.

—Sí doctor.

—¡Ay Señor, siempre me toca lo más difícil! ¡Una maldita hernia! ¡Y si aún estuviera sobrio!

—Doctor… tal vez podríamos dejarlo para otra ocasión. La verdad es que ahora mismo ni me molesta.

—No hombre, ya le han afeitado. No querrá pasar otra vez por ese humillante trance dentro de un mes. A ver cómo le han dejado de morondo...

—Yo…

—¡Manela!  ¡Manela, venga rápido!

—¿Sí, doctor?

—¿Qué le parece esto? 

—Nunca había visto nada igual, doctor.

—A éste se ve que le gusta la literatura. ¡Cómo se ha puesto la pierna!: “Hernia en la ingle derecha, según se mira”. ¿Lo ha escrito usted?

—Sí, doctor.

—Es usted precavido, joven. Pero lee demasiados periódicos. ¡Ah, la prensa canallesca!