Una seña

 

 

El portón del garaje se abrió justamente cuando el cielo dejaba de ser negro. Un día de invierno se empezaba a esparcir sobe la pequeña ciudad residencial: se iban apagando farolas y levantando cerramientos metálicos en kioscos y cafeterías. A la salida de la ciudad, antes del cruce con la autopista, el doctor se detuvo a recoger a un hombre que hacía “autoestop”, porque su aspecto no era inquietante y hacía mucho frío. El viajero resultó dirigirse al hospital del estado en la capital de la provincia, al otro lado del valle, donde él mismo trabajaba como especialista de aparato digestivo, por lo que tuvo compañía durante todo el camino, unque por ser muy temprano y porque en la radio estaban dando las noticias, casi no hablaron entre ellos durante el trayecto, con la excepción de algún comentario sobre la belleza de ese trayecto que el doctor hacía cada mañana, con una vista del valle espectacular por la izquierda, y habitualmente libre de retenciones de tráfico.

A la entrada del complejo hospitalario, tras despedirse con buenos deseos para el día, el doctor se dirigió hacia el aparcamiento del personal médico y salió del coche empezando a hojear su agenda.

Había algunas citas para endoscopias a las diez de la mañana, pero antes de eso suficiente tiempo para leer los informes de los pacientes ingresados, tarea grata porque cotidianamente se simultaneaba con un café caliente y aromático, no de la máquina del pasillo, sino de la cafetera buena, la de la sala de enfermeras.

Carmen, la enfermera responsable de esa deliciosa costumbre, comentó el lamentable estado febril de Luis, habitación 115, en postoperatorio tras una intervención de vesícula, que había hecho una severa infección y tenía muy mal aspecto, y el informe escrito confirmaba el negro panorama.

Las endoscopias de aquel día fueron incómodas, pues una de las pacientes tenía glotis irritable, terriblemente nervios, y hubo que regañarla y sedarla y aún así apenas si se veía nada, siendo difícil distinguir el helicobacter pilori de las malas pulgas. Y, a continuación, el programado paseo por la planta, y, como es obligatorio en cualquier médico hospitalario, las irrupciones bruscas y artificialmente amistosas en las habitaciones, el tono optimista inverosímil y el absurdo tuteo camarada y simpático a ancianas agonizantes, ritual que el propio doctor no acababa de comprender pero respetaba escrupulosamente.

Llegado a la habitación de Luis, fácilmente se pudo comprobar en sus ojos lo que se intuyera en los datos del informe, estaba en las últimas, y el doctor se vio obligado a explicárselo a los familiares. Esa parte tampoco era grata pero al menos le permitía ser sincero:

Todos hemos hecho lo que hemos podido, pero ahora ya sí que es el final.

Después el doctor recibió a los enfermos que venían a consulta. Prohibió el alcohol a un par de hombres de transaminasas disparadas, recomendó ranitidina y tranquilidad a mujeres con ardor, y se interesó especialmente por un posible pero extraño glucagonoma que se merecía una visita a la biblioteca.

Llegada la hora de irse a casa, cuando ya se disponía a vestirse de calle, vinieron a buscarle para que confirmara y certificara la muerte de Luis y, sin poderlo evitar, la recibió con cierta sensación de alivio, como si agradeciera la oportunidad de marcharse por aquel día sin dejar asuntos a medio concluir.

 

 

El portón del garaje se abrió y dejó entrar un potente chorro de luz. Ya los días eran más largos. La pequeña cuidad residencial estaba llena de árboles en flor. La gente que esperaba el autobús iba vestida ya con chaquetas ligeras. En el cruce apareció la alta silueta del mismo autoestopista que recogiera anteriormente, en invierno. Su destino era el mismo de nuevo, y ambos celebraron la coincidencia pues se recordaban mutuamente muy bien. Y, a pesar de que seguía siendo amable, el desconocido no invitaba a la conversación, por lo que al doctor le pareció indiscreto preguntarle a qué se debían sus visitas al hospital. Comentaron, eso sí, lo bonito que estaba el valle en primavera, y la necesidad de conducir con cuidado por las cerradas curvas que lo contemplaban.

En primavera el día de trabajo se hacía más llevadero, porque se abrían algunas ventanas y entraba un aire templado y limpio, aromatizado por las flores que crecían en las laderas de la sierra.

La enfermera Carmen estaba de baja maternal, así que nadie ofreció café. El doctor fue a buscarlo a la sala de enfermeras, donde sorprendió un cigarrillo furtivo. 

Día de consultas. Un hombre de unos cincuenta años llegó con el rostro amarillo y flaco, el vientre hinchado. Al ver en el informe los horribles valores de inmunoglobulina y albúmina que confirmaban la cirrosis ya evidente, el doctor no pudo evitar una mirada a los ojos de la esposa acompañante, como tratando de averiguar cuánto había tras ellos de aceptación y cuánto de perdón y cuánto de amor y cuánto de amargura, y, aunque no fuera asunto suyo, se sintió algo triste, especialmente en aquel día de primavera que muy probablemente sería el último para el paciente de la 102, que había llegado dos semanas antes igual de amarillo, igual de barrigón, pero ya vomitando sangre.

La muerte hepática es dulce, porque el cerebro se encharca de amoniaco y el enfermo entra en coma, y se muere dormido. El doctor sólo tuvo que tomar la muñeca y pedir un impreso para certificar la defunción.

Después de eso se fue a casa, esta vez un tanto abatido. Por el camino fue pensando en su hijo mayor, que por el momento resistía sin aficionarse, que se supiera, al botellón.

 

 

El portón del garaje, al levantarse dejó entrar una oleada insultante de calor. Era verano, domingo, y las seis de la tarde. Domingo de guardia: lo peor de esta profesión. A veces en las noches de guardia las cosas estaban tranquilas y había tiempo para leer o estudiar -algunos compañeros incluso dormían en los intervalos entre las interrupciones, pero él no tenía tal facilidad para conciliar el sueño fuera de horarios y de su cama- o para intercambiar con alguien unas cuantas palabras noctámbulas en torno a un café humeante venido de la sala de enfermeras, y entonces al ver fluir el tiempo de esa lenta manera la guardia no resultaba una cosa desagradable, y había ocasiones en las que incluso se disfrutaba. Pero en cualquier momento la calma se veía interrumpida por el timbre desconsiderado del teléfono, la sirena de una ambulancia, el llanto de dolor quebrado de un niño con apendicitis o de un estómago perforado, o, lo que era peor, el de un enfermo en el que no se conseguía ver nada, sólo dolor, y entonces había que comenzar la búsqueda, metódica pero veloz, en medio del sufrimiento, para quedar con la tranquilidad del deber cumplido, del tratamiento adecuado prescrito, y de no haber contribuido con una negligencia a acelerar un final inevitable. Porque el doctor nunca tuvo la sensación de salvar ni de perder vidas; de haber sido así el trabajo habría sido una responsabilidad inaceptable para un ser humano. Siempre supo que la muerte llega cuando le corresponde, y que el papel del médico es el de asegurar que no queden sin cumplir los rituales obligatorios: la lucha contra la bacteria, la costura del agujero, el alivio del dolor, el consuelo distante cuando no hay siquiera alivio.

Aquella tarde y noche transcurrieron con considerable tranquilidad, hasta que a las cinco de la madrugada llegó una estruendosa comitiva: dos unidades móviles aterrizaron en la entrada de urgencias a la velocidad del rayo, con enorme aparato de luz y sirenas, escoltada por un coche de policía en el que viajaban, con rostros descompuestos, tres o cuatro amigos o familiares de los heridos. A los pocos segundos llegó un turismo y en él, llorando o temblando, algunos acompañantes más. La víctimas del terrible accidente pasaron directamente a la unidad de cuidados intensivos, los familiares o amigos se sentaron en la sala de espera y entraban y salía para fumar cigarrillos desesperados en el jardín esperando noticias, y un hombre alto que había llegado con el grupo también paseaba impaciente y desaparecía por momentos. El doctor estuvo casi seguro de reconocer en él a su compañero de algunos viajes por la mañana, mas no llegó a comprobarlo ni a saludarlo, porque en medio de tanta acción no hubo momento de coincidir con él cara a cara.

Los dos heridos murieron esa misma noche, y por fin amaneció. El doctor se encaminó hacia su casa; un lunes maravilloso de vacación se elevaba sobre el valle.

 

 

Aún es de noche cerrada cuando se abre el portón, pero la pequeña ciudad residencial resplandece bajo las bombillas, y en el jardín del doctor un abeto adornado enciende y apaga luces de colores en todas sus ramas. Son días melancólicos, los últimos de diciembre. Hay una densa niebla en el cruce, y una sombra negra oscura y alta surge de la nada mirando fijamente al coche. Se asusta, y al reconocer al viajero que a veces hace autoestop en este cruce siente un alivio que le impulsa a deternerse y abrir la portezuela con una sonrisa especialmente amistosa. Comenta en tono de humor su sobresalto inicial, pregunta para confirmar si el viajero una vez más se dirige al hospital, y se sorprende al saber que no es así. El viajero le asegura que esta vez se queda antes de llegar, pero promete indicar el punto exacto una vez que lleguen a él.

Las luces de la ciudad se deshilachan en el seno de la niebla, y se reflejan en el asfalto mojado. Cuando el coche se adentra en la carretera, niebla y oscuridad forman una peligrosa barrera y es necesario conducir despacio. Hay en el camino algunas islas de alivio en que la niebla empieza a quebrarse y poco a poco puede apreciarse que el cielo va, muy lentamente, tiñéndose de azul por el este, sobre el valle parcialmente nevado.  Cuando están sobre la curva más bonita y más alta, el doctor advierte por el extremo del ojo derecho que su copiloto lo observa muy fijamente, y no puede evitar girar la cabeza hacia él. Con una sonrisa tranquila ese frío rostro le hace una levísima seña elevando la barbilla hacia el lado izquierdo de la carretera, y ya es demasiado tarde para recuperar el control del vehículo.

 

 

Javier