El profundo sueño de Evelia

 

 

 

 

Aquella tarde Evelia no despertaba. Tomaba cada día sus pastillas con rigor militar: blanca, amarilla y blanca, siempre en el mismo orden, a la misma hora. Su rotundo apego a la vida le había llevado a confiar en la opinión médica de un modo entregado, y anotaba todos los  consejos que ellos le daban con su caligrafía grande,  en una agenda pequeñita que con ese fin le regalé en alguna ocasión.

 

Yo  confiaba plenamente en los minuciosos cuidados que ella concedía a su salud, y por eso aquella tarde, al comprobar que ya había dormido tres horas cuando nunca pasaba de una, no supe qué hacer.

 

Pasé mi mano por su espalda:

 

      Abuela, que son las cinco. — Pero ella no se movió.

 

Miré en la agenda, buscando algún cambio en los medicamentos que pudiera haberle producido somnolencia, pero no encontré nada nuevo. Sentada a los pies de su cama, fui pasando las hojas, al tiempo que sondeaba su dilatado sueño. Los medicamentos aparecían escritos con su letra grande, pero cada vez más a menudo, asomaban unos pequeños apuntes que se robaron toda mi atención. Estaban tomados sin prisa, con esmero, con unos trazos inusitadamente pequeños a la edad de mi abuela. Teniendo en cuenta el deterioro irrevocable de su visión, aquellas notas me intrigaron y me encontré examinándolas con interés de espía. “Las piernas, Evelia, son jueces implacables... Solvium gel (Ibuprofeno)”.

 

Contemplé las piernas inertes de mi abuela, tan cerca de mí que pude notar el tacto marchito de su piel, como papel de calcar, las finísimas venas violáceas que bajaban hasta estrellarse en una ramazón  envilecida en los tobillos.

 

En una página en que mi abuela había copiado un remedio a base de jengibre para amortiguar el colesterol, consejo de un herbolario, encontré al final, apretada y firme, la letra pequeña:

 

“Eso rasca, y rasca mucho, y rasca muy bien, pero rasca donde no pica.  Eduardo Galeano.”

 

Me reí, Evelia permaneció dormida, y sentí miedo:

 

      Venga, abuela, dime quién te escribe estas cosas, tu médico?

 

La sacudí ligeramente, y su inmovilidad me estremeció.

 

Temblando llamé a urgencias y me vestí. Me costó creer que era mi abuela la anciana que llevaron en brazos hasta la ambulancia, como una gata desmadejada.

 

En la entrada del hospital una enfermera nos recibió, los auxiliares sanitarios de la ambulancia le entregaron un amago de informe en el que de reojo alcancé a leer: “... probable accidente cardiovascular”. La enfermera se llevó a mi abuela diciéndome que ya me avisarían, un trozo mío se me desprendió y le dio la mano a Evelia, y se perdió con ella tras la puerta que advertía seriamente “No pase”.

 

Habían pasado unos eternos 10 minutos cuando salió un médico por aquella puerta preguntando por los familiares de Evelia Zabala, yo me levanté como un resorte y me planté frente a él. Me ofreció una mano tibia que lamenté tener que soltar enseguida. Bajo su gorro de tela verde asomaban unos cabellos blancos, le pronostiqué unos cuarenta años, y ostentaba una barbilla prominente que me provocó una  confianza antigua.

 

      ¿Cómo está? ¿Ha despertado?

      Bien, ha despertado y está en recuperación, todo está bajo control.

      ¿Qué le pasó, doctor?

      Necesitaba dormir. Le andaba costando últimamente, y le receté un medicamento. Llevaba tomándolo tres días y no hacía efecto. Esto ha sido una reacción.

 

No me atreví a confesar que no estaba al corriente del insomnio de mi abuela, me sentí palidecer de vergüenza. El reconoció la agenda apretada en mi mano.

 

      Ya no lo anota todo, se le olvidan cada vez más cosas. A veces yo se lo apunto.

      ¿Usted es Eduardo Galeano?

 

El soltó una risa transparente que dominó al instante con una destreza asombrosa. Me di cuenta de que había dicho un disparate y  agradecí su indulgencia pero no logré controlar mi ira y se me agolpó roja, en las mejillas.

 

      Puede pasar a verla, está bien pero será bueno que se quede hasta mañana. Le han administrado oxígeno y está un poco turbada.

 

Turbada, esa era la palabra que andaba yo buscando, pensé.

 

Entré en la sala y mi abuela me abrió los ojos como lunas llenas:

 

      Enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre ... y tu eres mi nieta María — recitó.

      Vale, Evelia, ya sé que estás bien — me acerqué a su cama — ... te quiero, abuela.

 

Cuando volví a buscarla por la mañana,  en la mesa auxiliar, junto a la agenda, encontré un libro.

 

      Me dijo el doctor que era para ti.

 

El libro de los abrazos. Eduardo Galeano.

 

Lo abrí.

 

“La luna llama a la mar y la mar al humilde chorrito de agua, que en busca de la mar corre y corre desde donde sea, por muy lejos que sea, y corriendo crece y arremete y no hay montaña que le pare la pechada” .  Los llamares.

 

Encantado de haberla conocido,

Doctor Eduardo Jauralde.

 

      Pasará a las diez — dejó caer mi abuela.

 

 

 

 

La luna.

Febrero 25, 2003.