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EL TAMBORILERO

            Vino una señora vestida como va siempre vestida la gente de afuera, de una manera muy rara. La señora dijo que nos iban a trasladar a otro museo. Por lo que oí, no era la primera vez que lo hacían, pero yo entonces no había nacido o era tan niño de teta que ni me acordaba. Mamá miró a papá y luego preguntó si a mi hermano también lo trasladaban. Era de salud delicada y se le podían enfriar los humores. La señora del vestido raro, (mamá la había llamado señora comisaria), la estuvo tranquilizando: que estaba a un tiro de piedra, que el viaje se haría en buenas condiciones, sin esas incomodidades que acarrean los traslados a países lejanos. Al decirlo, miró el mapa que está colgado de la pared, al lado del cuadro donde papá se pasa la vida sin mirar ni una sola vez para la ventana, siempre vigilándonos a nosotros tres.

            La idea me disgustó porque sabía que me iban a dar guerra con el tema de la higiene y la limpieza. Y así pasó: me lavaron las manos y la cara, me cepillaron los zapatos, sacaron brillo a los botones de mi levita. ¡Quisieron quitarme el sombrero para peinarme!

 

2

            O sea que nos han traído a todos. Un mes vamos a estar aquí invitados. Papá, que se había bajado para el traslado, se ha vuelto a subir al cuadro suyo, colgado cerca de la ventana que da al jardín. Está cabreado porque, como siempre, los señores de Vermeer son los invitados de honor. A nosotros nos han puesto en una pared cerca ya de la salida. Mamá dice que somos comparsas. Está de mal humor ella también, con el orgullo herido.

            Normalmente mientras le da a la labor de agujas que tiene siempre entre manos, mamá balancea con los pies la cuna de mimbre, para que se duerma el pelele de mi hermano. ¿Le habéis visto la cara? Una noche, las ratas le comieron las orejas, le mordisquearon la nariz y los labios. Se quedó hecho un adefesio. Da miedo mirarle. Mamá le ha puesto bien arropadito, de espaldas a la ventana para que no le dé la luz y la gente no se dé cuenta de que tiene la cara comida, cara de leproso.

            Pero es peor el remedio que la enfermedad. La gente es muy curiosa. Y en este museo más que en el otro. Se acercan, pegan la nariz al cuadro, como si quisieran meter la cabeza dentro de la cuna y comprobar que lo que ven dentro es un niño de carne y hueso y no un pelele de trapo. En mí no se fija nadie. Así que he cogido los palillos y me he puesto a tocar el tambor, para llamar la atención. Se supone que la gente viene a vernos ¿no? Pues que me miren a mí también.

            ¡Zas! Mamá me ha arreado un tortazo. Me ha arrancado los palillos de las manos: «¿Eres tonto o quieres despertar a tu hermano? Se pondrá a berrear y seremos el hazmerreír de todos esos idiotas que nos miran como si fuéramos animalitos enjaulados».

            Yo me seco las lágrimas con los puños, me coloco el sombrero que se me había torcido por causa del sopapo. Y me doy cuenta de que, entre el público que se agolpa a nuestro alrededor, dos señoras me miran con lástima. Una más joven, con zapatos negros, de tacón alto, un vestido vaporoso, oscuro. Tiene el pelo muy negro y brillante y unos ojazos así de abiertos, como si acabara de descubrir el mundo. Y otra más mayor, pero que parece más joven que mamá. Será porque mamá me mira con dureza y la mirada de esta señora está llena de bondad y de dulzura. Ella viste más sencillo, pero lleva un abrigo largo de piel de gacela con tanta elegancia que parece salida de un cuento de princesas y de hadas. ¡Cuánto me gustaría tener una mamá así!

            Sin pensármelo dos veces les hago señas para que se acerquen. Y mientras mamá anda entretenida con el hermanito, les pido en voz baja que me saquen de este cuadro de mierda y me lleven afuera, al jardín.

 

3

            Hemos pasado una tarde maravillosa. De puta madre, oí que decían ellas cuando algo les gustaba o les parecía bien. La joven me sentó a su lado, bajo la floresta y me estuvo contando historias de princesas invisibles y enamoradas. Olía muy bien y su pelo cuando rozaba mi frente era suave como la seda. La más mayor la señora de mirada dulce y corazón bondadoso ¡quién lo iba a pensar! resultó la mar de divertida: me ayudó a trepar a los árboles y hasta se subió conmigo por eso de que llevaba pantalones. Yo les enseñé a tocar el redoble de tambor. Aprendieron enseguida. Se reían con una risa que nunca había escuchado yo en casa. La risa de aquellas señoras era como la caricia del sol cuando entraba por la ventana.

 

FIN

            Las cosas buenas siempre se terminan. Antes de meterme para adentro del cuadro a soportar de nuevo el carácter agrio de mamá, la mirada torva de papá y la compañía del pelele, las abracé y les di un beso fuerte en los carrillos. Les pedí que volvieran y les dije que mi museo no era el Prado sino el Thyssen, que allí podrían encontrame. Me prometieron que volverían.

            O sea que ahora cada vez que oigo pasos de alguien que se acerca mi corazón late con mas fuerza porque pienso que son ellas.

 

Eduardo. marzo de 2003