Vivian Martínez Tabares

Notable riqueza de la escena latinoamericana se puso de manifiesto en las primeras jornadas del V Festival Internacional de Santo Domingo y de ellas quiero referirme a tres de las puestas presentadas hasta ahora.

El espectáculo inaugural, Roman Photo, alcanza una sorprendente vitalidad al tratarse del remontaje de un éxito de los 80 del francés Royal de Luxe, retomado en 2004 por el mismo director, Jean Luc Courcoult, con la compañía chilena La Gran Reyneta. Para alguien como yo, convencido de que el teatro es siempre un hecho de interconexión comprometida con el aquí y el ahora, intuyo que la explicación está en la calidad de energía con que los actores han asumido la propuesta, coherente con un ritmo propio, juvenil y sintonizado con su espacio y su tiempo.

La perspectiva paródica al asumir un género menor y dirigido al consumo masivo como la fotonovela –y creo que el título debió traducirse así al español para presentarse al público–, el ritmo desenfrenado con que se procesan los estereotipos y la voluntad de descubrir el procedimiento y hacerlo parte consciente del discurso, propician una fluida comunicación con los espectadores y, aún cuando la fotonovela ha sido desplazada por otras estrategias visuales, la sátira es también aplicable a otras, de vida contemporánea, como la telenovela o el video. La calidad de energía que imprimen los actores, la festividad de la música y el carácter lúdico garantizan la efectividad del diálogo en plena calle, con suficiente fuerza para atrapar, entretener y divertir como corresponde al mejor teatro.

La festividad que imprime la música popular elegida y el carácter lúdico garantizan la efectividad del diálogo en plena calle, con suficiente fuerza para atrapar, entretener y divertir como corresponde al mejor teatro.

Dos montajes dominicanos atrajeron mi interés, que se reafirmó tras la experiencia de contacto con los espectadores. En Cero, de La Manzana Envenenada, se conjuga el talento de Waddys Jáquez –dramaturgo, director y actor– con la presencia de dos notables actrices: María Castillo y Carlota Carretero, quienes se desdoblan con él en varios roles para lanzar un grito de alerta, un reclamo de comprensión –ni pena ni rechazo– hacia los enfermos de sida.

Como en otra puesta de Jáquez, Pargo, los pecados permitidos, la estructura rehuye la linealidad y se fragmenta en historias que recrean con elocuencia, desde códigos de la teatralidad más allá de la palabra, situaciones de la vida cotidiana y social reveladoras de causas y consecuencias del flagelo. Al artista y a su equipo no le interesa un didactismo chato sino la representación simbólica y altamente poética de pequeños personajes y sus circunstancias, seres humanos que malviven en entornos hostiles, víctimas de agudas contradicciones de esta época y de la desigualdad que domina el mundo. Su poesía es la de la calle, los márgenes, la supervivencia y el cruce cultural, capaz de conformar un discurso que apela al humor y la parodia para llegar a lo esencial del drama, y que se asienta en el travestismo, el simulacro y la multiplicación para enfrentarnos a una realidad compleja no siempre visible.

El veterano Teatro Gayumba celebra treinta años de vida con Ubú rey, de Alfred Jarry, consecuentes con su marcada preferencia por recreaciones de los clásicos en formatos de cámara y a cargo de sólo dos actores, el también director Manuel Chapuseaux y Nives Santana. Y también a una estética minimal y austera, a partir de materiales sencillos y elementos de desecho.

El peso fundamental descansa en la labor actoral, en el cuidado de la emisión vocal y la dicción, y en la postura crítica y renovadora frente al conocido referente. La sátira política, ácida y descarnada, subrayadas con el gesto soez y el lenguaje escatológico, resulta en un bufeo que dialoga con el presente de esta media isla o en apelaciones a la memoria colectiva, en alusiones explícitas a nuevas medidas de la política fiscal, la construcción del metro, visible a lo largo de la ciudad, o la imagen del Faro de Colón, que provocan una inmediata y fecunda respuesta del público, tan vital que me hizo suponer otras muchas claves y códigos ajenos para mí pero perfectamente productivos para el imaginario social dominicano.

Si, como me comentó un colega visitante, Gayumba atenuó el componente patafísico –ciencia de las soluciones imaginarias, cuya invención se asocia a Jarry—de Ubú rey, sí reafirmó el acento paródico, la mirada crítica y distanciadora, tan cara a Brecht, para insertarse de modo directo en la gozosa reflexión de sus espectadores.