Bíblicas

Ariel N. Santanera

 

Buenos Aires, Febrero de 2001

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A Asá le dolían los pies.

(2 Crónicas, cap. 16)

 

Fue hacia el final de sus días, y se trataba de una enfermedad grave. Pero dice la Biblia que ni aún en esa situación el Rey Asá confió en el Señor: prefirió confiar en los médicos. Qué hicieron los médicos, no se cuenta. Pero sí que Asá murió en el cuadragésimo primer año de su reinado.

En esa época el pueblo del Señor estaba dividido en dos reinos: Israel, al norte, y Judá, al sur. Asá era rey de Judá. Frente a un ataque de Israel, Asá había pedido ayuda a un rey vecino, en vez de confiar en el Señor. Ante la reprensión del vidente Jananí, lo encarceló, perdió la compostura, y se dedicó a oprimir a su pueblo. Lástima, porque hasta este episodio había mantenido en paz a Judá.

Confiar en el Señor es una norma recurrente en las Escrituras. Por la época posterior al Éxodo, se prohibía el uso de caballería en el ejército: no era digno de Israel confiar en caballos ni en carros de guerra. Incluso instituciones tales como el descanso sabático y el año sabático tienen como trasfondo esta confianza en el Señor: confiar en Él, y no en nuestras solas fuerzas.

Por supuesto, se nos pide que actuemos, que trabajemos, que construyamos. Pero sin que la búsqueda del éxito amargue y arruine nuestra vida. Y sin que pongamos nuestra confianza en reyes vecinos, ni solamente en los médicos, como le pasó al pobre Asá.

 

 

 

 

Antena.

Mateo, 27, 19.

 

La mujer es una antena. Todos, incluso los varones, tenemos cierta capacidad para percibir lo no explícito. Pero la mujer es una antena. Su capacidad de intuición es maravillosa.

La esposa de Pilatos era una antena. Mientras Pilatos dudaba y dudaba en el Pretorio, no sabiendo que hacer con Jesús, ella le pidió que no se mezclara en ese tema. Pilatos siguió dudando y alarmándose, pero finalmente, ya sabemos, queriendo quedar bien, quedó mal. Malísimamente, y en lugar destacado de la Historia. Su "lavada de manos" es y será proverbial.

Pero su esposa era una antena. Y había percibido la realidad. Realidad que se hizo presente en sus sueños. ¿Qué habrá soñado acerca de Jesús, que tanto le hizo sufrir?

Quizás se le presentó la Verdad siendo negada. O peor, siendo pasada por alto. (Pilatos, recordemos, lanzó la pregunta "¿Qué es la verdad?" (Juan 18, 38), y luego se desinteresó de la respuesta).

Quizás vio a la Vida, y su sangrienta lucha contra la Muerte.

O quizás alcanzó a ver el Camino, y alcanzó a ver que se le escapaba, y que ellos seguirían otra huella, errada. Angustioso despertar.

¿Qué habrá soñado la esposa de Pilatos? Nunca lo sabremos. Pero ¡cuánto le habría valido a Pilatos tratar de sintonizar con las señales que su esposa antena le enviaba!

 

 

 

 

Nadie mató a Jesús.

(Juan 19. 30)

 

No lo mató Judas. Él se limitó a señalárselo a quienes le buscaban.

No lo mató Pedro, ni ninguno de los demás apóstoles. En verdad, casi ninguno de ellos estaba allí cuando murió.

No lo mataron los jefes judíos. Solamente lo juzgaron y aclararon cuál había sido su pecado. Pero estaban bajo dominio romano, y ni siquiera les estaba a ellos permitido condenarlo.

¿Pilatos? Pero si el pobre ni siquiera quiso mezclarse en el asunto. Todos vieron cómo se lavaba las manos, ¿no?

El pueblo dijo lo que dijo, sí, pero en verdad lo que quería era salvar a Barrabás.

Con la cruz, no hay forma de acusar de su muerte a los soldados romanos tampoco. Ellos se limitaron a dejarlo clavado, allí colgado, y cuidar que nadie se acercase siquiera a tocarlo.

Y el centurión encargado de no dejar vivo a nadie ese sábado, ya lo encontró muerto.

Nadie mató a Jesús.

Yo tampoco.

 

 

 

 

Despierta, gallito.

(Juan 18, 27)

 

Despierta, gallito, despierta. Ya todos hemos claudicado. Ya está: canta, canta, canta.

Que tu canto nos recuerde siempre nuestra caída, y nos llame a la humildad.

Que tu canto anuncie siempre las claridades del día, y también las sombras de los hombres.

 

 

 

Dios es una fiesta.

Lucas 6, 17 a 23

Lucas 19, 1 a 10.

(Lucas 8, 34 a 37)

Dios es una fiesta…

Dios se manifiesta así mejor que en ninguna forma. Por eso Cristo "adelantó su hora" en Caná de Galilea. En medio de una fiesta. No podía permitir que una fiesta se arruinase.

¿Y las fiestas arruinadas que se le fueron presentando? Hambre, enfermedad, muerte, ceguera… pecado.

Porque el pecado es una fiesta arruinada: la fiesta de disfrutar los dones de Dios, arruinada por exceso. O arruinada por defecto, que la amargura también es pecado.

¡Que siga la fiesta! Parecía ser el llamado de Jesús.

¡Qué ambiente habrá sido el de las multitudes siguiendo al Señor! A veces imaginamos muchedumbres serias, asombradas, temerosas, sobrecogidas por los portentos que veían. Las hubo. Esas gentes que no supieron gozar de las maravillas del Señor, terminaron pidiéndole que se fuese. Como los pobladores de Gerasa.

Pero los de espíritu sencillo, con sencillez saben disfrutar la fiesta. La caravana del Señor habrá sido una caravana bulliciosa, llena de risas y cantos, rengos bailando, ciegos y mudos diciendo piropos a las chicas lindas, muertos dando besos a todos, hambrientos saboreando cada trozo de pan o de pescado como el mejor manjar.

¡Y pecadores! Arrepentidos, sí, pero no llorosos sino preparando fiestas, como Zaqueo.

 

 

 

La Cruz, la puerta estrecha.

(Mateo 7, 13 a 14)

(Juan 20, 27 a 29)

¿Cuál es el camino de la salud, de la salvación? ¿Cuál es el camino angosto, la puerta estrecha que nos indicaba Jesús?

Preguntémosle a Tomás. Él tuvo que pasar su mano y sus dedos por la puerta, tan estrecha que seguramente le hizo derramar lágrimas.

Ésa era la puerta. La puerta estrecha que abrió la Cruz. Ésa es la puerta que permanece abierta para nosotros. Para todos nosotros, con la única condición de que sepamos hacernos suficientemente pequeños y decididos como para pasar por ella.

¿Para todos? Sí, para todos. Y ¡cuidado!, no se nos ocurra pensar que somos los auténticos seguidores de Jesús y que la puerta es exclusivamente nuestra. Porque "el que no está contra nosotros, está con nosotros". (Marcos, 9, 40).

 

 

 

 

 

La soledad de la noche.

(Lucas 22, 53)

Buscaban la soledad de la noche para traicionar a Jesús.

Ilusos.

La noche les brindaba ocultamiento, quizás impunidad, pero no soledad.

Silencio, sí. Algo de silencio. Apenas el búho, el viento contra las hojas, el bullir del agua en el arroyo, que no reconocen luz u obscuridad.

Tiempo. Curiosamente, tiempo. Van a encontrar tiempo, porque el tiempo en la noche parece estirarse, avanzar apenas, casi detenerse.

Tiempo y silencio, que serán dos peligros para los traidores, porque tiempo y silencio dan oportunidad a la voz del remordimiento, al susurro de la conciencia.

La noche es para el amor. Es para la paz. Es para soñar con grandes utopías. Es el momento fecundo donde los resortes inconscientes de nuestro ánimo preparan, acunan maravillas.

La noche se siente violada, ultrajada, lastimada, por el grito y la carcajada, por el festejo ruidoso. Por las caricaturas del amor. Por el que roba, por el que mata. Por el que traiciona.

Amaneceres llorando rocío suceden a las noches maltratadas.

 

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Los dos Juanes.

(Juan 1, 20 a 23)

(I Juan 1, 1)

 

Los dos Juanes proclaman a Jesús como el Hijo de Dios. El Bautista, que no hizo signos (Juan, cap 8 ó 9), solo fue una "voz en el desierto" que preparó sus caminos. Un agitador, que conmovió los corazones de los pobres, de los desposeídos, de los segregados. De las gentes alejadas del centro del poder (aunque finalmente llegara a molestar tanto a Herodes).

Agitación tan necesaria como hoy lo son los medios: no había forma de que a esas multitudes les llegase el anuncio sino boca a boca.

El evangelista en cambio, no dio testimonio con su muerte, como los demás apóstoles. Tampoco él mostró signos, solo proclamó al Hijo de Dios de las formas más solemnes, y multiplicando su mensaje a través de la palabra escrita, y a través de la acción apostólica de las Iglesias.

Uno proclamó que vendría, y cesó cuando había llegado. Y entonces comenzó el otro a proclamarle.

 

 

 

Monedas.

(Lucas 21, 1-4)

 

Murió la pobre viuda. La viuda pobre. Solo la asistieron algunas pocas amigas, las que vivían más cercanas a su casa. Los amigos de los pobres suelen ser pobres: ellas eran también pobres.

Era costumbre en Israel tapar los ojos de los muertos con dos monedas. Quizás no solo en Israel era entonces costumbre.

Pero no había monedas en casa de la viuda, y en las casas de sus amigas, las pocas monedas que había tenían otros destinos.

Daba pena ver esos ojos entreabiertos. Por eso se iban con más pena los pocos que llegaban a la casa a despedirla con una oración,

Ya atardecía cuando apareció el personaje de la figura misteriosa, oculta la cabeza con su capucha. Llegó en silencio, no se le oyó ni siquiera una oración ritual, y en silencio se fue.

Nadie dijo nada. Nadie le preguntó nada. Quizás porque no estaría bien hacer preguntas al mensajero, si el mensajero no se muestra dispuesto a hablar.

Cuando el mensajero se fue (¿sin dejar mensaje?), todos lo miraron alejarse, hasta que se perdió de vista: poco trecho, porque el atardecer ya era noche.

Cuando volvieron a mirar a la viuda, sus ojos estaban cubiertos con dos monedas de cobre.

¿Sonríen algunos muertos, o es solo ilusión?

 

 

 

 

No huyen las sombras…

(Apócrifo*. Quizás Eclesiástico 39, 5)

 

No huyen. En el amanecer, las sombras se diluyen, evanescen, lentamente se disuelven en luz.

No huye el silencio. Simplemente va siendo absorbido por las voces de las aves. No tímidas, sino pocas, paulatinas… unas, otras y otras se van sumando, van tachando el silencio.

Poco a poco, también, vamos despertando. Oídos, ojos, perciben el cambio. Poco a poco vamos recibiendo de regreso el alma que durante la noche dejamos en las manos de Dios. Hermosa figura de la mística judía.

Y entonces el rocío. No huye el rocío, en la luz se evapora. Lentamente desaparece, casi ante nuestros ojos, las gotas se van afinando. Casi podemos oír su desaparición. Y nos habla, nos va advirtiendo que el misterio de la noche será pronto (poco a poco, dije, paulatinamente) absorbido por el trajín del día. Ocupaciones y preocupaciones retirarán nuestra atención de este momento inigualable. Éste es el momento.

* "Dirige tu oración al Señor por la mañana, antes que se evapore el rocío". Estoy seguro de haber leído este hermoso consejo, pero no he podido encontrarlo nuevamente en la Biblia. Será de otro autor.

 

 

 

Palabras de una mujer pecadora.

(Lucas, 7, 36 a 50)

 

-Tú eres escriba, y conoces bien los escritos y las Escrituras. Más que yo, porque no he aprendido a leer. Ese pastor que lleva leche a vender, a pesar de su juventud, sabe mucho de ovejas. Más que yo, claro, pero también más que tú. Porque habrás leído mucho sobre ovejas, pero nunca habrás pasado una noche de frío acurrucado junto a un cordero.

Y de mí podrás decir muchas cosas, pero no que conozco poco a los hombres. Los conozco. ¿A los peores, dices? Puede ser. Aunque los que tú consideras los peores, quizás no sean los que a mí me parecen. Los peores a que me refiero, y los conozco, son los otros, los que pueden pagar. Los peores que tu dices, poco vienen a mí.

Conozco suficientes hombres como para saber que no todos son iguales. Y aunque sea por descarte, entonces, conozco también a los buenos. Y éste es bueno.

Éste es "El Bueno", que hace que todos los otros queden aparte. Tan bueno que sin necesidad de hablar, solo mostrándose, puso en evidencia todo lo malo que hay en mí. Y por eso lloré. Por eso le ofrecí todo lo que usé en mi oficio. Mis ojos, que lloran ahora, pero que antes, cuando debieron llorar, rieron. Mis cabellos, mis perfumes. Mis besos. Y todo mi amor, y todos mis pecados para que los perdonara.

Que vaya el niño pastor y le dé leche y lana. Ve tú y pon a sus pies y a su servicio tus instrumentos de escritura. Pongamos todos nuestros corazones y nuestros pies tras sus huellas, en una caravana interminable de hermanos.

 

 

 

 

Pedro.

(Juan 13, 6 a 10)

 

Yo, Pedro, doy fe de que nunca acerté en la medida, cuando quise interpretar las cosas del Reino, las cosas del Señor.

Cuando Él quiso lavar mis pies, yo me negué: "-¡Nunca Señor..!". Cuando Él me lo explicó, yo me abalancé: "-¡Entonces, todo, Señor, báñame..!", y me equivocaba otra vez.

Yo, Pedro, doy fe de que lo poco que he comprendido me ha sido dado por el Espíritu.

 

 

 

Ramas, burros, piedras...

(Lucas 19, 29 a 40)

 

Hace siglos que estoy en la zona, la mayor parte del tiempo quieta, desgastándome poco a poco. Durante todo este tiempo, he visto aparecer, prosperar, y a veces desaparecer arbustos, hongos, hierbas, árboles. También he observado los ires y venires de insectos, aves, y animales de todo tipo. Vi al hombre, que se asentó en el lugar, construyó casas, cultivó plantas, cazó y crió animales. Y yo, como dije, siempre quieta y esperando. Quieta y desgastándome. Sin intervenir en los sucesos a mi alrededor. Ése es mi destino, así somos las piedras. Y por eso es que te asombra que hoy te hable.

Hacía tiempo que escuchaba conversaciones acerca de Él. Del Maestro. Y alguna vez apareció cerca mío, y también a Él lo escuché. Y esperé. Mucho tiempo. Hasta que ese día comenzaron a escucharse gritos, conversaciones animadas, y algunas corridas de aquí para allá. "-¡Viene el Maestro!" Pronto el murmullo lejano se iba acercando. El Maestro venía, sí, montado en un burro. Tuve envidia de todos los animales, que pueden moverse y acompañar a quienes quieran. Tuve envidia del burro, que tenía oportunidad de servir al Maestro y de estar tan cerca de Él.

La gente se acercaba. Lo seguían o lo esperaban agitando en alto ramas de olivo o de cualquier árbol que encontraban en el camino. Era un espectáculo hermoso, y al agitarse las ramas producían un murmullo que acompañaba a los gritos de bienvenida de la gente. También de esas plantas me sentía celosa: no tenía forma de hacerme ver, ni de hacerme oír.

Cada vez más cerca. ¡Hasta que llegó junto a mí! Allí lo detuvo un grupo de hombres, y le pidieron que hiciese callar a sus discípulos, que lo estaban vivando como a un rey. Yo no lo pude creer: el Maestro se agachó, me recogió, y les dijo: "-Si ellos callan, gritarán las piedras.." Luego me besó, me colocó suavemente en mi lugar y siguió su camino.

Yo sigo quieta, ¿callada?, desgastándome lentamente. Soy una piedra.

 

 

 

Se hizo carne…

(Juan 1, 14)

(Lucas 7, 1-10)

 

La Palabra se hizo carne. Llegó, la palabra, hasta el polvo, hasta el sudor, hasta el esfuerzo y el descanso.

La Palabra se entremezcló, se entrometió, se dejó empujar y se dejó abrazar. Se dejó acariciar y perfumar, se dejó suplicar y se dejó despreciar.

A la Palabra no le molestó el polvo, el látigo, la herida, la bofetada. La Palabra amaba y se entregaba, la Palabra se condolía y curaba, la palabra veía y predicaba.

La Palabra llegó hasta las palabras. Y encontró palabras tiernas, y palabras fuertes. Palabras solitarias y palabras que buscaban otras palabras. Palabras justas y palabras falsas.

Encontró a la palabra que lloraba, y consoló. Encontró a la palabra arrepentida, y perdonó.

Encontró a la palabra orgullosa, y ante ella calló. Calló, y sabía que la palabra orgullosa desaparecería rápidamente, que rápidamente perdería fuerza, y que nadie la recordaría cuando su primer eco se apagara.

Y también encontró a la palabra humilde. En verdad no la encontró, sino que la palabra humilde se le presentó. Porque la palabra humilde no era la palabra vergonzosa. No se ocultaba, sino que, consciente de sí misma, pero consciente también de la majestad de la Palabra, fue a su encuentro en un camino: "Señor, yo no soy digna…"

Hubo palabras que la miraron despreciativamente. Quizás alguna se rió de ella. Pero la Palabra la señaló ante todos: "¡Nunca había visto tanta fe..!"

Y la humilde, esa pequeña palabra que no buscaba destacarse, que no pretendía que nadie la recordase, la palabra humilde recorrió el mundo entero, y recorrió el tiempo entero de allí en adelante, siempre pequeña, de boca en boca, susurrada pero contundente, breve pero permanente, la más repetida, la más recordada:

"señor, yo no soy digna…señor yo no soy digna… señor, yo no soy digna.."

 

 

 

 

Visita.

( 1 Reyes 10, 1-13 )

 

El rey Salomón había hecho preparar un campamento muy confortable para alojar a los esclavos que acompañaban a la comitiva de la reina de Saba. Había designado además, para atenderlos, a algunos de sus propios esclavos, escogidos especialmente entre los que tenían habilidad para hablar y entender idiomas extranjeros.

Jalim se llamaba el esclavo de la reina. Jasim, el del rey. La estadía de la comitiva de la reina se prolongó muchos, muchos días, y a partir del contacto diario, Jalim y Jasim se hicieron amigos, mantuvieron largas charlas, e intercambiaron sus experiencias.

Cuando llegó el momento de la partida, se saludaron efusivamente. Pero no se prometieron una nueva visita. Sabían que muy probablemente no volverían a verse nunca más. Su futuro dependía de las decisiones de sus amos.

Jalim se fue entusiasmado por todo lo que había conocido, por las maravillas que había visto en este largo viaje hasta el más fabuloso reino de la tierra.

Jasim se sentía orgulloso de servir a un Rey que era considerado el mayor y más poderoso, a un rey que era el más sabio, a un rey que era el asombro de todos los reyes del mundo conocido.

Pero ambos seguían siendo esclavos...