Varios cuentos cortos,

y dos un poco más largos.

Ariel N. Santanera

1999

(Bulls. Last days. Tiger. Colors. Lion. Japan.Transplant.)

 

 

 

El último.

"The last one". Así estaba anunciado por la publicidad internacional. "Last", en inglés, suena como un latigazo. Termina con toda esperanza, es definitivo. Cierra expectativas.

"Último" es diferente. Muestra cierta ansiedad por el final que anuncia. El acento esdrújulo parece que se apoyara también en la ele, obligando al hablante a demorarse en ella, a prolongarla. Seguidilla de sílabas que se apagan poco a poco.

Cosas de los idiomas.

"The last", en su brevedad, obligaba a usar letras gruesas y grandes. El cartel en español se permitía en cambio, tipos menores;

El domingo 4

en la Real Maestranza

Luis Toledo

"el cojo"

Matará en solitario

los seis últimos toros de la

última ganadería brava:

La del Conde de Montargo.

 

La plaza llena. Más de la mitad, llena por turistas que habían pagado lo suyo por ello: sería la última oportunidad de presenciar una corrida de toros. "The last one".

Paseíllo. Con los hombres de la cuadrilla mucho más cabizbajos que lo habitual. Con una emoción diferente. Con una tensión triste. Con color a despedida, más que a saludo inicial.

Regreso al callejón, y a cambiar "el percal por la seda", la capa de lujo por la de faena. La transmisión internacional lo explicaba detalladamente, y más de un argentino recordó aquel tango que acusaba a la dama: "cambiaste por seda el percal".

Trompetas. Redobles. Ovaciones. Uno a uno fueron apareciendo los animales, uno a uno fueron enfrentando picas y banderillas, uno a uno fueron mostrando lo que tenían, o lo que no tenían, frente a la muleta de Toledo. Uno a uno recibieron la estocada para la cual habían sido preparados minuciosamente en los encinares de Montargo.

Arrastraron las mulas al quinto. Se ordenó rutinariamente la arena del ruedo.

La expectativa fue hábilmente administrada por la transmisión internacional.. Las cámaras siguieron morosamente los pasos de Luis, quien se acercó poco a poco a los portones y frente a ellos se arrodilló.

Así, de rodillas, recibió a "Tontuelo", 590 Kg. (1310 libras, se aclaró para gran parte de los telespectadores). Lo recibió con un farol que levantó murmullos en toda la plaza. (La mitad de admiración, la mitad de incomprensión).

Tontuelo se portó bien en varas, afirmando sus cuartos traseros firmemente en la arena. Después de los tres puyazos, se pidió el cambio, para la suerte de banderillas.

Luis se acercó a la barrera y las reclamó para él. Despidió con cariño a sus banderilleros.

Cada par fue una verdadera danza, en la que los dos bailarines se desplazaban con furia y arte, con fuerza y habilidad, hasta fundirse en un relámpago en el que se intercambiaban los aguijones engalanados.

Último tercio. De muerte.

Luis se acercó a su mozo de espadas, quien le tendió la muleta y el falso estoque, liviano, para los lances.

-No, Pablo, no. El de acero. Tendrá que ser con ése.

Recibió el estoque, lo besó, y se fundió en un abrazo con Pablo.

-Con esto terminas, Pablo. Gracias por todo.

Hacia el centro del ruedo, Luis se descubrió, y girando con la montera en alto, ofreció el toro a la afición. El último.

El animal "iba a más". Acudía al cite, se dejaba embeber en la tela, y se revolvía rápidamente cuando advertía que había pasado el encuentro. Luis se ceñía más y más en cada pase. Por derecha. Por naturales.

Daba un breve descanso al toro, y luego, a pies juntos, volvía a citarlo y a esperarlo, a fundirse con él en el revuelo atormentador de telas, sangres, sudores.

Otra tanda. Un silencio que en la plaza se hacía ya insoportable. Una voz, una sola y potente voz, ahogada por la angustia, exigió:

-¡Música!

Suaves, los vientos, y luego los redobles, fueron dibujando el pasodoble. Suaves. Hasta que poco a poco se les fue integrando toda la banda.

Música de gloria. Que acompañó las últimas, brillantes tandas de naturales.

Luego, nuevamente el silencio.

El silencio pesado cuando se advirtió que el hombre se preparaba a matar.

Fácilmente acomodó al animal. Hábilmente logró que humillara lo suficiente.

Mató recibiendo. Para la afición. El resto de los espectadores no lo advirtió. No entendió lo que veía hasta que después, en abundantes reiteraciones se les fue explicando.

La espada penetró limpiamente en el espacio mínimo dejado por los huesos. El cuerno derecho, por la ingle. La espada, allá en lo hondo, seccionó la aorta. El cuerno desgarró músculos, venas, tendones, hasta frenarse en el esternón.

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Caminando en la noche.

 

Ya ni le importaba si era día o noche. En verdad, ni se daba cuenta, pues todo lo vivía como una interminable noche. Noche oscura, ya hubiese o no luna.

¿Cuánto hacía? Eludió la respuesta, pues comprendió que no tenía sentido. Peor, ya ni le interesaba.

Recordó, tantas veces lo recordaba, multitud de casos leídos en los buenos tiempos, de gente perdida que lograba mantener viva la esperanza. En el desierto, en el mar, en la selva, en la nieve. Esperando siempre, esperando alcanzar un río, una carretera, avistar una costa. Esperando que alguien, que todos, estuviesen pendientes de su suerte y lo buscasen.

Pero esto no era así. Nadie le esperaba, nadie sabía siquiera de su soledad. Las luchas habían cesado poco a poco, porque la gente se acababa. Las pestes cumplieron sus curvas. Hasta las fieras, hambrientas en una tierra arrasada, acabaron con los más indefensos.

Era la soledad, la más absoluta, la enloquecedora, solo rota por algunos momentos de oración cada vez más raros. Era una cárcel sin barrotes, porque no eran necesarios para separarlo de nadie.

Y él caminaba. Caminaba incesantemente, sin destino. Caminaba para no enloquecer, o quizás porque ya estaba loco. Comprendía que otros pasarían quizás (era posible) por la misma experiencia, pero cada vez serían menos, y cada vez más improbable la casi imposible circunstancia del encuentro. Pero era quizás la locura que borraba todo sentimiento, toda sensatez, y dejaba libre, absurdo al instinto. Que lo empujaba a caminar. A caminar... Un tiempo indefinido . Meses. Años. ¿No había nevado ya varias veces? ¿Tenía sentido intentar recordarlo?

Solo.

Posiblemente no estaba todavía totalmente loco. Si no, no estaría llorando, ¿verdad?

¿Dormía o estaba despierto? ¿Era la ensoñación, o en verdad sus sentidos se estaban haciendo más y más salvajemente afinados? ¿Era todavía un hombre? Estaba aprendiendo a confiar más en ellos, más en el oído que en su razonamiento. Más en su olfato que en sus recuerdos. Y ahora, sin embargo ambos se fundían, el olfato y el recuerdo. ¿Qué era ese olor? ¿Pino? ¿Madera quemada? ¿Carne quemada? Era el olor humano. El olor de la tribu, de la familia, de la fiesta, de la reunión, del nosotros. Era comida, de la que usaban los hombres. Caminó. Caminó. Divisó una claridad que, sin duda, no era el amanecer. Caminó. Vio las llamas. Oyó el rumor de la charla. Corrió. No le importaba si ellos lo recibirían o lo matarían: quería tocar un ser humano, aunque fuese por última vez. Tropezaba entre los pastos y enredaderas. Corrió, gritó, lloró. Lloró, lloró, lloró, cuando dos brazos se abrieron para recibirlo.

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Tras las rejas.

 

Nunca entré a visitarlo. Simplemente me quedaba en la calle y esperaba a que apareciese tras las rejas. Entonces le hacía señas con los brazos. Cuando él alcanzaba a verme, solo respondía con un gruñido, y se alejaba de los barrotes para continuar con sus nerviosos paseos.

Todos lo conocían simplemente como "El Tigre".

 

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Hace tantos años, que ya solo recuerdo que estas visitas ocurrieron en un tradicional barrio de Buenos Aires. Pero no puedo definir si fue en Devoto o en Palermo...

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Edades.

Pensaba el hombre en su edad.

-Ya me queda por vivir menos de lo que ya he vivido. Solo me esperan más achaques, y nada por hacer. Ese pibe que juega, es envidiable. Por lo menos para mí: él sí tiene tiempo por delante, tiempo útil. No un tiempo de vana espera. Él representa todos los derechos, porque tiene el secreto de todas las hazañas. De todo lo posible. Yo, en cambio, parezco un recuerdo, solo una vieja fotografía, represento lo que fue... ¡Ese chico..!

Saltó con su propio grito. Se lanzó sobre el pibe y lo abrazó, quitándolo delpaso del camión.

Quedaron largo rato los dos sentados en el borde del cordón. Llorando el pibe por el susto. Llorando el viejo, en acción de gracias.

 

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Sentado al sol.

 

Recibiendo los rayos tibios del otoño, reclinado, casi abandonado sobre el banco verde de la plaza. Y abandonándose a su imaginación, en su acostumbrado monólogo para sí mismo:

 

-¿Será realmente azul el Mediterráneo? ¿O será verde? Siempre quise poder acercarme a sus orillas y confirmarlo. En verdad, confirmar mi idea de que no debe poseer un color fijo, sino que asumirá el color "de sus circunstancias", como podría haber dicho Ortega. ¿Será amarillo el Sahara? Sería suficiente excusa para otro viaje.

Y si es por viajar, ¿qué tal la Selva Negra? ¿Cuán intensa será la negrura de sus verdes? ¿Y el azul del Danubio? Me pasaría años, creo, analizando los multicolores del Monte Blanco, del Mar Rojo, del Río Amarillo. Y después, otro largo viaje por todo el mundo, admirando las proporciones, desproporciones, arabismos y locuras que los miles de arquitectos dejaron sobre la obra humana a través de los siglos.

Aprovecharía también para estudiar los rostros humanos; me siento capaz, en un alarde científico, de lograr la mejor clasificación de los rostros de las muchas razas, de su herencia: algo así como una etimología del rostro humano. Incluyendo las mil tonalidades de la piel.

Y, si no, algo más sencillo: sentarme en un banco como éste, en Madrid, en Barcelona, en Suiza, en Alemania, en Francia, en Grecia.... Sentarme allí y quedarme las horas mirando a la gente, sus sonrisas, sus muecas, sus cabellos, mirarlos pasar por delante del decorado de sus ciudades, con sus cielos, con sus aves, con sus luces, con sus sombras...

 

Se quedó unos minutos más disfrutando el tibio sol y el banco duro. Después se levantó con pereza y, lentamente, avanzó buscando el cordón de la acera con su bastón blanco.

 

 

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La muerte del león.

El león, sabéis, no tiene conciencia. El león no reflexiona. Así, nuestro amigo llegó a las puertas de la muerte sin conocer la dulce tristeza de saber que estaba envejeciendo.

Echado en la penumbra, esperaba atávicamente que alguna hembra atacase a un gamo, para participar él también del festín. Atávicamente, también, habría saltado en defensa de la hembra o de algún cachorro, si los hubiese visto en peligro.

Atávica e inútilmente, porque ni él ni la hembra tenían ya fuerza ni agilidad suficientes.

¿Puede recordar un león? ¿Cómo será su memoria?

En la casi insoportable siesta, en su duermevela, creía ver escenas que solo eran las evocaciones de imágenes acumuladas en tantos años. Acumuladas quién sabe en qué lugar de su cerebro.

Desde sus juegos de cachorro hasta sus más feroces luchas, cada movimiento de su cuerpo era una larga repetición, cada vez más precisa y más vigorosa que la anterior, hasta que ...

Un raro desasosiego, el equivalente de una sorpresa, le asaltaba al advertir que esa evolución tomaba ahora el camino inverso.

No conoció peligros. Ni los esperó nunca. No pudo comprenderlos. Pero ahora... algo presiente. Un desgano. La acostumbrada reacción instintiva, podría ahora no ocurrir: ya no es segura.

Por primera vez, anheló los calores de la primavera. El frío que erizaba su nuca, por primera vez, no era una sensación agradable...

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Milagros.

- Señor, no te lo pedimos por nosotros. No nos avergonzamos de ser como somos, ni nos parece feo. Lo querríamos, lo querremos muchísimo fuese como fuese.

Pero, Señor, si nos atrevemos a pedírtelo, es por él. Tú sabes que la vida para nosotros es difícil. La vida es difícil siempre, pero para nosotros es más difícil. Y para este niño que nos estás regalando querríamos una vida con menos dolores. Tu Madre nos comprenderá , Señor. Pregúntale a Ella. ¿No te ofendes, Señor? Querríamos que este hijo que llevo dentro mío se parezca más a Ella que a mí.

Tú puedes hacerlo, Señor. Que nuestro hijo sea blanco, Señor, y que no lo señalen, que no lo miren con los ojos con que miran a sus padres. Que a todos les parezca bello.

 

Y el hijito fue blanco. Fue rubio. Fue, además, hermoso. Y fue bueno, muy bueno.

Fue tan bueno, que un día, caminando por el campo, encontró a Jesús:

 

- ¡Señor! ¿Qué quieres de mí?

- Lo que quiero de ti, siempre lo haces. Hoy quiero saber qué quieres tu de mí.

- Señor, la Vida.

- La Vida te la daré después que llegue la muerte. Pero otra cosa quiero que me digas. Veo siempre que en tu corazón hay un lugar para la tristeza. Hay algo que deseas, y quiero dártelo.

- Señor, no soy digno.

- Por humildad, pídemelo.

 

La cabeza del niño lloroso estaba apoyada sobre los pies del Señor.

 

- Nunca te pedí nada para mí, Señor. Yo debiera estar agradecido por todo lo que recibí de Ti. Debiera estar contento de ser como Tú me has hecho. Pero, Señor, mira mi color: es como el tuyo, y debiera alegrarme. Pero no, quisiera que fuese como el de mis padres. ¿Por qué soy blanco? ¿No puedes volverme negro?

 

Con una sonrisa, hizo Jesús un segundo milagro sobre ese niño.

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Memento Homo...

(1954)

- ¡El primero!

Se sentó un hombre ligeramente obeso, bajo.

El peluquero, evitando mirar demasiado a la calva, por razones de ética profesional, dijo:

- ¿Afeitamos?

- Y fomentos. Me saca la pelusa.

El peluquero ya estaba cubriendo al cliente con una serie de toallones, y algodón, y talco. Comenzó a cortar leves excedentes de la banda de cabello que rodeaba la cabeza.

Cómodamente reclinado en el sillón, el cliente tuvo sin embargo un rictus de molestia cuando le informaron que no podría hacerse arreglar las uñas: la manicura estaba de vacaciones.

El peluquero se dirigió al estrafalario y siempre presente aparato calefactor (que en verdad se supone esterilizador, teniendo en cuenta la cruz roja que lo adorna), y con gran habilidad sacó de allí un toalla húmeda, caliente. Después de largos y complicados malabarismos en el lavabo, avanzó hasta el sillón y, con gran delicadeza, fue acostumbrando a la temperatura el rostro del cliente (o del paciente; o del paciente cliente). Colocó el trapo definitivamente, dejando un pequeño cráter para posibilitar la respiración. A pesar de todo el cuidado puesto en la operación, el cliente no pudo evitar una brusca contracción de los dedos y las piernas.

Después de un rato fue retirada la toalla y comenzaron los conocidos ritos de la afeitada: jabón, más jabón; primera pasada; más jabón; segunda pasada; curar pequeños cortes con la asombrosa barrita.

- ¿Algún agua?

- Velva.

Una abundante aplicación y un más abundante abaniqueo para evitar el ardor.

Siguió una tanda de fomentos (tres).

- Lávese.

El cliente se levantó, medio tambaleante, se dirigió al lavabo, se enjuagó, con gran alivio, el rostro, se secó y volvió a su sitio.

- ¿Masajes?

-Sí.

El peluquero tiró a un montón de toallas sucias la que había usado, y se dirigió a una vitrina de donde tomó un frasco largo con una especie de leche condensada vaselinosa.

Regresando al sillón, recogió de paso la toalla que había desechado un momento antes.

Echó un poco de crema en la mano izquierda, y untó el rostro del hombre. Limpió sus manos en la veterana toalla y comenzó una serie complicadísima e indescriptible de caricias y palmadas sobre el rostro mofletudo. Limpió la crema que quedó en sus manos.

Se repitieron los masajes dos, tres veces. Cada vez quedaba menos crema, y las manos se adherían a la piel.

- ¿Alcohol?

Sí, y un nuevo abanicarse para evitar el ardor.

Por último, un líquido rojo sirvió para masajear el cuero cabelludo, y una pasta rosada para mantener al escaso cabello en la posición que le dieron sucesivamente peine, mano, peine, mano, cepillo, mano y toalla.

- Servido, Señor.

El cliente se levantó. Satisfecho. Se puso la corbata, correcta. Se colocó el saco de su ambo blanco, y lo abotonó sobre su abultado abdomen. Acomodó la posición del pañuelo en el bolsillo superior. Se puso el sombrero de Panamá.

Pagó, y mientras esperaba el vuelto, su vista se perdía en el mundo de afuera, la gran avenida.

Las manos en los bolsillos del saco, el mentón recogido sobre el ancho y congestionado cuello.

Recogió el vuelto y salió.

Satisfecho.

*********

El taxi y el colectivo se detuvieron bruscamente: un hombre había caído en el pavimento. La gente se amontonó.

Un joven delgado, en cuclillas, auscultaba al cuerpo. El Panamá, con una angosta cinta negra, había rodado algunos metros.

- Un infarto masivo -dijo el médico, incorporándose y renunciando a medicar.

La pulcra cabeza había caído sobre un montón de estiércol. Las moscas se alejaron un poco, momentáneamente respetuosas.

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Yamagata.

Hakuyama es la ciudad más cercana, y dista toda una jornada a pié. Y a pié es la única forma en que se puede legar a la Escuela de Arqueros de la guardia del Emperador. Algunos la llaman "La Escuela de los tres Arroyos", pues para llegar a ella desde afuera de los bosques que la rodean, no importa en qué dirección sea y no importa el sendero que se elija, siempre habrá que cruzar tres arroyos. Arroyos, bosque y senderos que no figuran en ningún mapa y que forman parte del secreto y del misterio que rodea todo lo que se refiere a esa institución, una de las más selectas del Japón.

El joven que ingresa a esta escuela lo hace sin saber cuántos años tardará en salir de ella. Tampoco sabe si volverá a cruzar los tres arroyos una noche sin luna, con la pena y la vergüenza de que sus maestros le hayan pedido el abandono del entrenamiento, o de día, luciendo sobre su hombro izquierdo la envidiable cinta celeste del egresado.

Sabe sí que le espera un tiempo difícil, un tiempo de prueba. Que se le exigirá renunciamiento. Que se le exigirá borrar paulatinamente todo lo que lleva en su corazón y su mente para dejar todas sus potencias disponibles para la máxima concentración en el objetivo que se le proponga. Y sobre todo, sabe que en algún momento se le pedirá que demuestre su capacidad de concentración con el arco.

Yamagata puso su pié sobre el puente que cruzaba el tercer arroyo, y sonrió. Ese gesto le pareció un símbolo de lo definitivo de su elección. Con ese paso comenzaba a borrar todo lo que podría entorpecer su nuevo camino interior.

Un chapoteo en el agua fue suficiente para distraer su pensamiento. En la orilla del arroyo, una joven, de rodillas, bebía agua. ¿Cuánto tiempo se miraron? Lo que tardó la sorpresa en transformarse en curiosidad, y la curiosidad en tristeza. La joven se internó por el bosque, y Yamagata cruzó el puente.

En la Escuela no se contaba el tiempo. No había tampoco comunicación con el mundo exterior, salvo a través de los servidores y proveedores de la escuela, quienes solo hablaban con el Anciano Maestro, o con su autorización. De modo que no llegaban ni los ecos de las festividades anuales. Solo las flores, las hojas secas, la nieve y el calor mantenían vagamente la noción de que los años pasaban, de que el tiempo no estaba detenido. Después de muchas lluvias, Yamagata ya no supo decir cuánto hacía que había cruzado los puentes.

Al principio, en cambio, sí contaba los días desde la última vez que había pensado en la muchacha aquella junto al arroyo. Ésta era su única flaqueza, o la más importante, según pensaba. Y se esforzó en superarla. El recuerdo acudía cada vez más espaciadamente. ¿O era el tiempo el que se estiraba? ¿O era la noción imprecisa que él tenía del tiempo?

Llegó el momento en que pensó que el recuerdo estaba ya superado. Pero esa misma idea le mostraba que, en verdad, estaba atrapado por él, y que no conseguía borrarlo del todo.

Yamagata se esforzaba. Yamagata se disciplinaba. Yamagata se iba adueñando de una gran paciencia y se iba vaciando de multitud de pequeñeces.

Y como ése era el camino, llegó el día en que a Yamagata le fue presentado el Venerable Tablero.

Era antiquísimo. Estaba confeccionado con maderas cuidadosamente seleccionadas, que habían resistido más años que ninguno de los arqueros, y más que los ocho maestros más ancianos juntos. Y además del tiempo, había resistido las flechas de todos los arqueros que completaron el entrenamiento. Porque el Venerable Tablero constituía la prueba final, y cada Arquero podía (debía) utilizarlo, solo una vez, como blanco.

El Venerable Tablero era cuadrado, y estaba dividido en veinticinco cuadrados menores. Cada cuadrado llevaba grabado un ideograma. El del centro decía "Hi" (esto es "sol"). En la prueba final se esperaba que la flecha del postulante acertase en Hi, en condiciones especialmente difíciles. Si la flecha caía en otro lugar del tablero, los maestros debían decidir el destino del postulante, interpretando el significado del signo alcanzado. En esta tarea, podían pedir opinión a todos los presentes.

Mientras tanto, esperaba a Yamagata un largo proceso a cumplir. A partir del momento en que el Venerable Tablero le fue presentado, era su obligación dedicar algunas horas diarias a su contemplación, intentando crear lazos casi físicos entre esa estructura y su mente.

Más hojas secas, más copos de nieve, más capullos y más sol. En algún momento de su vida, en el que ya había logrado no tener ni siquiera ansiedad, ni curiosidad, ni la menor expectativa por completar su preparación, se lo convocó para la prueba final..

Cercano ya el atardecer, lentamente se fueron congregando en el campo de arquería los discípulos, los maestros, los monjes, y todo el personal de la escuela: cocineros, jardineros, calígrafos, médicos, pastores...

Se agruparon hacia dos lados del campo, dejando un amplio corredor desde el portal del edificio, en un extremo, hasta el Venerable Tablero, que había sido trasladado hasta el otro extremo.

Una campanada, y se hizo silencio. Otra campanada, y apareció el Anciano Maestro, junto con su ayudante y su lector. Al tercer toque apareció Yamagata con su arco y una flecha, y se colocó de pié en un círculo rojo marcado en el piso. Frente suyo, el Venerable Tablero. Sobre él fijó su vista, y comenzó a fijar su mente. Su mente sería su guía. Su vista pronto sería inútil. En verdad, ya la penumbra hacía difícil distinguir los ideogramas en los casilleros.

Invitado por el Anciano Maestro, el Lector comenzó a leer el tablero en voz alta y clara. Se leía en forma extraña, siguiendo desde el borde exterior una espiral que terminaba en el "Hi" del casillero central:

La voz del Lector sonaba como un nuevo gong, en el gran silencio del jardín. La voz del Lector marcaba un nuevo ritmo a todos los corazones. La voz del Lector daba sentidos profundos a las series de palabras que, en verdad, no tenían una ilación lógica aparente. La voz del Lector hacía resaltar, relampaguear, cada silencio entre las series de palabras:

"Tsuki." (luna)

"Sei, Yama." (vida, Montaña)

"Ame, Ishi, Yen." (lluvia, piedra, moneda)

"O, Ya, Gaku, Yasu." (rey, casa, aprender, descanso)

"Ko, Furu, Ku, Kuruma, Sho." (puerta, anciano, obrero, carruaje, escribir)

Ya la luz se retiraba. Casi hipnotizados, los Arqueros no lo advertían. La continua contemplación del Venerable Tablero les permitía distinguir como a plena luz cada uno de los caracteres que el Lector proclamaba.

Al escuchar "Sho", el Ayudante se acercó por detrás a Yamagata y, con una delicadeza extrema, le vendó los ojos. Yamagata no pareció advertirlo. La operación estaba concluida antes de que el lector consumiera el silencio que correspondía. Y continuó:

"Otoko, Cho, To, Nen." (varón, pueblo, oriente, año)

"Bo, Myo, Mon." (noche, fama, portal)

"To, Uke." (espada, recibir)

¿Cuántos años? ¿Cuántas noches? ¿Cuántos ejercicios de concentración se revolvían y se fundían y le daban nervio, espíritu, decisión, a Yamagata? Para él nada externo existía ya. Solo el Venerable Tablero y el recorrido que la voz del Lector le iba señalando, cada vez indicando más cercanamente al casillero central, el destino tan cuidadosamente preparado para la punta de su flecha.

Y, de pronto, "Tu, Uke". Los dos casilleros parecieron desprenderse y revolotear. No, se acercaban hacia él. Tampoco: brillaban y ensombrecían a los demás. - "Hi, Hi, Hi..." -comenzó a decirse a sí mismo. - "¿Dónde está? ¡Hi..!"

El último silencio del Lector fue, necesariamente, breve Con él se fue la última oportunidad para que Yamagata reconquistase su concentración. Llegó, como un látigo, la orden del Lector: - "¡Hi!". Una orden, que Yamaagata respondió lanzando la flecha.

Ya lo sabía No necesitaba acercarse al tablero, como lo estaba haciendo ahora el Anciano Maestro, acompañado por el Lector y el Ayudante, con hachas encendidas.

La flecha estaba entre "To" y "Uke".

Un grupo comenzó a transportar al Venerable Tablero hasta su sitial de siempre. Los demás en muda procesión precedida por el Anciano Maestro, ingresaron al gran salón donde se decidiría el futuro de Yamagata. Yamagata permanecería mientras tanto de pié en su círculo.

El Anciano Maestro pidió consejo a sus cuatro Consultores, separadamente. Meditó luego unos instantes, y con voz clara anunció:

- Mis consejeros, y yo mismo, interpretamos así el veredicto del Venerable Tablero: Yamagata debe recibir la espada. Será ejecutado de inmediato. Pero antes, sabéis que la tradición autoriza a que escuchemos otra interpretación, si cualquiera de los presentes tiene el deseo de expresarla.

Era dura la sentencia, pero ningún monje, ningún maestro, ningún alumno encontró otra interpretación mejor: To, Uke... To, Uke...

Trabajosamente, ayudado en sus muchos años por su nieta, se adelantó un humilde labriego que proveía alimentos a la Escuela.

- Anciano Maestro: a todos nos duele la palabra que has pronunciado, porque todos estimamos a Yamagata, porque todos hemos visto adornar con su atlética figura las filas de la Escuela, porque todos sabemos de su disciplina. Y porque todos lloramos cada vez que se derrama sangre. Pero acabo de conocer un dolor más profundo que el de todos nosotros: el de mi nieta. Ella vio a Yamagata hace tantos años, cuando cruzaba el último arroyo para ingresar aquí. Ella calló lo que entonces sintió, e intentó también hacer callar a su corazón, sabedora de que no debía interrumpir de ningún modo la preparación de un Arquero. Pero ahora ella cree, y yo también, que las palabras del Venerado Tablero "To, Uke" le autorizan a pediros que se cambie la sentencia. El nombre de mi nieta es To, y gozosamente recibiría a Yamagata como esposo, y le acompañaría de regreso a través de los tres arroyos, para continuar con su trabajo la tarea que mis debilidades ya me impiden realizar adecuadamente.

Meditó un largo rato el Anciano Maestro, y dijo finalmente:

- Bien está que pongamos todo nuestro empeño, que trabajemos y suframos, para alcanzar la meta elegida. Pero mal está que seamos castigados y despreciados por no alcanzarla, o por haber estado errados al elegirla. El esfuerzo hecho con buena voluntad y recto propósito, nos ennoblece siempre.

Y bien está también que sea el amor el que nos salve y nos reciba. Porque el amor es corona del valor, corona de la paciencia, corona del esfuerzo.

Por un momento pensamos que habíamos sufrido un fracaso y una pérdida. Y, en cambio, reconocemos ahora, con humildad, un triunfo y una ganancia en la aparente derrota.

El Anciano Maestro tomó la mano de To, e inició con ella la procesión final hacia el Gran Patio.

 

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Mensaje.

Medio siglo había pasado desde que el Dr. Moól comentara por primera vez sus ideas. Si entonces eran arriesgadas, ahora pocos dudaban que pronto se concretarían en hechos.

La postulación general de su pensamiento era clara y hasta cierto punto, sencilla:

-Considerando al hombre solamente desde el punto de vista fisiológico...

(Al Dr. Moól siempre le preocupó esta limitación de su teoría, a pesar de que las más importantes corrientes surgidas de su escuela preferían dejarla de lado.)

- ...desde este punto de vista, el órgano realmente esencial es el cerebro. No sólo rige a todo el resto del organismo, sino que todo el organismo le sirve. Para cumplir con sus funciones intelectuales el cerebro necesita mantenerse alimentado, recibir oxígeno, eliminar residuos, reconstruirse, recibir impresiones y comunicar su pensamiento. El resto del organismo le permite lograr todos estos requisitos en forma eficiente.

La ciencia médica ha permitido desarrollar reemplazantes artificiales para las más importantes funciones orgánicas: el corazón pulmón artificial, el riñón artificial, prótesis de brazos y piernas, etc. Pero como todos los órganos y sistemas están tan interrelacionados y mantienen un equilibrio dinámico tan complejo, sus reemplazos nunca resultan perfectos, motivando la aparición de nuevos problemas colaterales. En un ejemplo sencillo, si un amputado de ambos brazos y ambas piernas se ve obligado a permanecer en reposo, se resentirá su drenaje linfático y también el funcionamiento de su sistema circulatorio. Mediante una buena prótesis podrá lograr una actividad casi normal, pero esta misma actividad física agravará las dificultades en la disipación del calor y en la respiración cutánea. Es posible dar solución a esos problemas, pero la cadena de inconvenientes seguiría, terminando siempre en un desmejoramiento del estado general del organismo.

En cambio, si imaginamos aislar el cerebro y mantenerlo en funcionamiento, veremos que el problema parece simplificarse: el cerebro necesitará ser alimentado, oxigenado, y eliminar sus toxinas. Otra cosa más. Un cerebro así mantenido se vería de pronto liberado de una enormidad de trabajo. Ya no tendría que controlar movimientos musculares, ni el funcionamiento de órganos, ni analizar sensaciones.

A medida que aprendiese a "olvidar" todo ese trabajo, aumentaría la velocidad de su actividad. Por otra parte, las zonas cerebrales que entonces quedasen inactivas podrían ser aprovechadas para crear nuevas vinculaciones, dando quizás origen a nuevas formas de pensamiento.

Con explicaciones sencillas como ésta, casi elementales, el Dr. Moól dio comienzo a un movimiento científico que alcanzó un desarrollo complejo y rápido. Y en los últimos cincuenta años sus discípulos habían desmenuzado empeñosamente problemas que iban desde la especulación casi filosófica sobre la mejor forma de comunicarse con un cerebro "aislado", hasta la determinación reiterada, rutinaria, de la cantidad de oxígeno que necesita un cerebro en diferentes condiciones.

Este proceso científico había trascendido al público hacía ya mucho tiempo, casi desde sus comienzos. Por eso los titulares de los diarios resultaron suficientemente claros para la mayoría:

"Realizóse el primer aislamiento cerebral en un ser humano".

Los subtítulos, en cambio eran más sorprendentes:

"La hazaña se llevó a cabo sobre el cerebro del conocido neurocirujano Dr. Moól".

El anciano hombre de ciencia, después de luchar durante varios años contra severas dificultades renales, sufrió complicaciones cada vez mas graves, que aceleraban el desmejoramiento general de su salud.

Cuando se hizo evidente que nada podría alejar por mucho tiempo un desenlace fatal, fue él mismo quien dijo a sus colaboradores:

- Pese a todas mis dudas, pienso que ha llegado el momento. Ustedes están tan preparados como nadie puede estarlo actualmente. ¡Manos a la obra muchachos! Convendría comenzar ya mismo con la hibernación ¿No es así, Carlos?

Así fue. Y siguió la conexión de la cabeza a circulación extracorpórea, a través de un corazón-pulmón-dializador artificial de acción reducida, pues solo debía atender a la cabeza.

El resto del cuerpo comenzaba a morir lentamente; se lo seccionó y desechó.

Trepanaron el cráneo para eliminar los centros cerebrales responsables del dolor y a algunos otros que, excitados accidentalmente, podrían ocasionar inconvenientes al Dr. Moól (vértigos, náuseas, etc.).

Eliminaron totalmente el cuero cabelludo, por razones de asepsia, y lo reemplazaron por una cubierta plástica.

Hasta el momento nadie había desarrollado un método eficaz para suministrar información a un cerebro aislado, e incluso se pensaba que nunca resultaría útil y práctico reemplazar los ojos y los oídos si estaban en buen estado. Estos órganos fueron, pues, respetados. Todas las otras partes que no cumplirían más su función, fueron eliminadas de aquella cabeza. También su sangre fue reemplazada por fluidos fluocarburados, más fáciles de controlar espectrográficamente.

Aislaron el haz nervioso que gobernaba el movimiento de la mano derecha que, según lo convenido con el Dr. Moól, sería el único canal que utilizaría para expresarse, por el momento. Con increíble paciencia identificaron sus terminaciones eléctricas y las conectaron, mediante un con junto de microbornes, a una máquina que en esencia era una máquina de escribir electrónica. Con cada uno de los pequeñísimos impulsos que enviaría el cerebro del Dr. Moól, el aparato escribiría un número o una letra.

Siguió después el período de recuperación, asombrosamente rápido y sin contratiempos.

El Dr. Moól abrió los ojos y miró las caras que tenía frente a sí. Lentamente.

El jefe sicólogo pareció tardar demasiado en comenzar su labor:

Dr. Moól: ¿Recuerda usted lo convenido? Un pestañeo, sí. Dos pestañeos, no.

-(Sí).

-¿Me oye usted bien?

-(Sí).

-¿Vé usted bien?

-(Sí).

-Diga no, por favor.

-(No).

-Dr. Moól: hemos conectado el haz nervioso que corresponde a su mano derecha al aparato. ¿Podría usted ordenar algunos movimientos de esa mano?

El aparato comenzó a grabar letras desordenadamente. Siguió la larga tarea de ajustar la emisión de impulsos cerebrales y el aparato escritor, para lograr la impresión de caracteres individuales. Una vez logrado, prepararon una cinta magnética con las características de cada impulso cerebral seleccionado y el sonido de la letra a que correspondía en el aparato.

Indujeron el sueño en el Dr. Moól y pusieron en funcionamiento la cinta grabada en un dispositivo mediante el cual percibiría subconscientemente el sonido de cada letra, junto con la sensación de estar emitiendo el impulso correspondiente, hasta que convirtiese en un conocimiento automático.

Después de varias horas los encargados de la sala de control anunciaron que el Dr. Moól estaba despertando. Todo el equipo fue. retornando al quirófano. Todos más silenciosos que lo que habían imaginado.

Los ojos del Dr. Moól se paseaban de un rostro a otro. Algunos se alejaron de su campo de visión.

-Dr. Moól: ¿Me oye usted?

-(Sí).

-¿Considera usted que conoce suficientemente bien el mecanismo de escritura?

-(Sí).

-Esperamos, entonces, sus primeras expresiones.

Con alguna lentitud fueron apareciendo las primeras letras escritas: "P...O...R...F..."

Los cuatro periodistas admitidos comenzaron a tomar fotografías. Entre los relámpagos de sus máquinas y la emoción de todos, el mensaje se fue completando:

"POR FAVOR, MÁTENME"

 

santaner@tutopia.com