Reflexiones amontonadas

(que no llegan a hacer un montón)

 

Ariel Norberto Santanera

Buenos Aires

2000

(Eating. Drink. Happyness.Breeding. Dead. Kneeting.Crist. The Holly Cross. Time. Mother. Impiety. Martyrs Acta. Conviction. Dude. Pray. Persons. The Lord. Dwork. Vanity. Friend hand. Fast. Dignity. Dresses. Alone. Faith. Freedom. Alms. Seeds. )

 

 

 

 

Comer, beber, y ser felices.

No es mal consejo. Y es del Eclesiastés, que insiste y lo reitera. Por ejemplo en 3, 13.

Comer. Placer elemental, placer instintivo, placer social. Que por un lado nos recuerda nuestra participación con lo animal, y por otro nos lleva a apreciar las alturas sublimes de la vida. Comer, preocupación que fue de Dios (¿recuerdas el maná?), y que el Señor nos enseña que no debe ser nuestra. No debe ser para nosotros preocupación, sino disfrute (mirad las aves del cielo).

Beber. Si quieres, piensa en beber agua, aunque no creo que a ella se refiriese el Eclesiastés. Sino al vino, que es más que alimento, que conforta, que da fuerzas y da alegría. Y que es corona de la fiesta fraterna. Como fue corona de aquella Última Cena. El vino que será señal del fin de los tiempos ("no beberé más... hasta que vuelva").

Y ser felices. Que esa es nuestra verdadera misión: ser corona de la obra de Dios a través de nuestra felicidad. Y ya lo deja ver el Eclesiastés: no alcanzaremos la felicidad verdadera a través de nuestros muchos trabajos y preocupaciones, pues no son más que vanidades. La felicidad está en vivir cada tiempo, que hay un tiempo para cada cosa. Y vivirlo con la sencillez del hijo a quien todo se le es dado. Con la sencillez que Jesús nos propuso en el sermón aquél: "Felices los..."

 

 

 

 

Creciendo.

 

 

Imagino la mente de un niño (mi mente de niño) como una vasta nebulosa, como un caos. A ese caos van llegando las primeras nociones, percepciones, que entran y salen de mí. Veo imágenes. Oigo sonidos. Sensaciones táctiles. Saboreo gustos. Y poco a poco me voy formando un esquema. Del cual soy el centro, por supuesto. Y en el cual Yo existo.

Percibo el mundo que me rodea, en el cual se van individualizando cosas. Estas cosas no son estáticas ni inalterables. Hasta cierto punto, yo puedo modificarlas: si grito, si lloro, si río, si empujo, si camino, puedo modificar el panorama.

Entre Las Cosas, comienzo a identificar voluntades. No todo lo que me rodea espera pacientemente mi acción: hay algunas que actúan por cuenta propia, y que hasta intentan modificarme a mí. Hacen lo mismo que yo. Y porque son como yo, puedo apreciarme en ellas. Puedo, además, distinguirlas de mí.

Percibo entonces un mundo donde hay cosas y también personas. Y entre ellas, yo. Aprendo a relacionarme con ellas, e intercambio miradas, gestos, palabras, ideas.

Finalmente, intuyo que somos hermanos, somos hijos, y habrá un Padre. Quizás nos decidamos a buscarlo. Y entonces, si intentamos buscarlo, el Padre se nos revela.

Desde nuestro caos inicial, hemos llegado al Padre. ¿La meta? Como en las artes marciales, hemos alcanzado el "cinturón negro" del "Primer Dan". Pero es solo una oportunidad para recomenzar todo el proceso. Por ejemplo, a partir de nuestra vocación. Elegimos un ser para amarlo en matrimonio, y entonces, a través de gestos, palabras, miradas, recorremos nuevamente todo el camino.

 

 

 

 

 

 

La Humanidad Desperdiciada.

 

Quizás no tanto como el dolor o el sufrimiento, me aterran el desperdicio del hombre, y el desprecio del hombre por el hombre.

Profunda fe necesitamos para sobrellevar la realidad del hombre que muere violentamente. Fe que nos convenza de que cada hombre es objeto del amor de Dios, y que por su amor es rescatado, a pesar de que nosotros lo despreciamos, lo pisoteamos y lo aniquilamos. A pesar de que nosotros lo desperdiciamos.

Pienso en tantos hermanos que debieron y no pudieron florecer y producir obras de amor y bien.

Pienso en las guerras. ¿Cuántos hombres perdió Napoleón? ¿Y todos los generales de la Historia? Un hombre es arrancado de su hogar, engañado o deslumbrado. Un hombre joven que es barrido de la faz de la tierra. Barrido como basura.

Genios. Artistas. Padres y madres de familia. O no. Sabios o tontos. Simplemente, seres humanos, hermanos nuestros. Desperdiciados por acción de la violencia. De la prostitución. De los torturadores. De las revoluciones. Del automóvil. Del trabajo en las minas. Del trabajo infantil. De la Cruzadas. De la persecución ideológica. De los abortos. De la esclavitud. De la droga...

 

 

 

 

El color de la lana.

Teje la madre. O la esposa. O la novia. Teje, teje, teje.

-Lindo color, esa lana...

Curioso. El color de la lana una vez tejida, es más lindo que en el ovillo. Es que durante la tarea, la lana acaricia la mano de la tejedora y le va robando parte de su cariño. Que se va renovando y creciendo.

¿El color de la lana? Siempre es más bello, y más cálido, después de tejido. Por eso.

 

 

 

El masoquismo se inventó después…

Cristo no era masoquista. No buscaba la cruz, no buscaba el sufrimiento.

Pero Cristo era cabeza dura. Y no aceptaba ninguna componenda con respecto a su compromiso con el Padre, a su compromiso con el Amor.

Le gustaba vivir, a Cristo. Amaba la vida. ¡Tantas veces habrá leído en el Eclesiastés: "Coman, beban, y sean felices"! Desde Caná hasta la Última cena, nunca dijo que no a un banquete, a una fiesta. Entró a casa de justos y de pecadores. Borracho, o bebedor, llegaron a decirle.

Pero él había leído, muchas veces, el Eclesiastés. Y sabía que hay un tiempo para cada cosa. Tiempo para risas, y para lágrimas. Tiempo para comer y tiempo para ayunar. Y aceptó todos los tiempos.

Difícil "discernir los tiempos". Pero para eso Él era Maestro.

Supo decir que no en el monte de las tentaciones. Y supo decir que sí cuando le ofrecieron el Madero.

No lo buscó. Pero cuando comprendió que era llegado el tiempo, supo amarlo. Cuando comprendió que era llegado el tiempo, les avisó a sus discípulos: "No beberé más de esta copa, hasta que vuelva". Hasta que sea llegado el tiempo, el otro tiempo.

Eso es la Cruz. Un paréntesis. Un anuncio. Una espera de tiempos mejores. Y un emblema para quienes, siguiendo a Cristo, aprenden a comer con la libertad de las aves del cielo, y a ayunar aunque les ofrezcan piedras crocantes. Todo con la misma alegría, todo con el mismo empecinamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo es oro.

Mentira.

Con el tiempo algunos intentan hacer oro.

Pero es una lástima usarlo así.

Es una lástima usarlo.

El tiempo no es un bien de uso.

El tiempo es una oportunidad.

Oportunidad de amar. De acompañar. De aconsejar.

De compartir. De llorar.

De vivir.

O si no, simplemente, de fabricar oro.

 

 

 

 

 

Impíos.

Las Actas de los Mártires nos muestran que una de las acusaciones más frecuentes contra los primeros cristianos era la de que eran impíos. Porque no participaban del culto oficial, porque no aceptaban las supersticiones de moda, porque no tenían templos para sus reuniones... porque, en definitiva, rezaban como el Señor les había enseñado, en sus casas, adorando a Dios con rectitud y en verdad, pero sin alardes ni excesivas manifestaciones públicas. En todo lo demás, la participación en la vida política de la comunidad, se los reconocía honestos y comprometidos.

Quizás nos toque a nosotros volver a una mayor sobriedad en el culto, viviendo más intensamente nuestra vida natural y social, y mucho más sencillamente nuestra vida sobrenatural y religiosa.

 

 

 

 

La Madre.

La Madre antropológica.

La Madre cósmica. Sábato suele mencionar la impresión que le causó cierta fotografía periodística: en un paisaje desolado, arrasado por alguna de las calamidades que sufre la humanidad, una guerra, una hambruna, una mujer casi miserable barría el patio de su casa en ruinas. Sábato la tomaba como un emblema de la esperanza. Es que la mujer es el emblema de la esperanza. La madre es el emblema de la esperanza. Es probable que la aparición del Hombre sea la justificación de la Creación. Y en una visión pesimista, es el Hombre quien pone en peligro la parte más elaborada de la evolución de la Creación. En una visión optimista, está en el Hombre la posibilidad de que la evolución continúe hacia el punto Omega, hacia la coronación de la Creación, hacia el Reino de Dios. Está en el Hombre la esperanza. Y en el Hombre, esa dualidad varón - mujer, le cabe a ella, la mujer, la madre, más plenamente la realización de lo que la esperanza espera, pues estando más cerca y más profundamente (o quizás diría, para ser más claro, más sublimemente) dedicada al hijo, su vida, su ser, se enfoca decididamente hacia el futuro. Es muy bueno que celebremos a la Madre, porque es bueno que nos entusiasme la construcción del Reino.

La Madre ideal.

Rodeamos a la Madre de virtudes y más virtudes, y forjamos así la imagen de una Madre que no existe, pues no existe ninguna Mujer perfecta.

Por supuesto, está María, la Madre del Señor. Misteriosamente perfecta, sea lo que sea que eso signifique. La elaboración teológica ha intentado describirla y definirla. Más allá de los atributos que se le han aplicado, más allá de que la llamemos "tres veces admirable", o "vaso de insigne devoción", o lo que sea, es sin embargo lo poco que de ella dice el Evangelio lo que nos la muestra más cercana, y más Madre. Madre Laboriosa, que atendió su casa. Madre Emigrante, que debió huir. Madre solidaria que, con dificultades, visitó a su prima madre. Madre reservada y sufriente, que tuvo abierto su corazón para todo lo que debió guardar allí. Madre asesora de su hijo en las bodas de Caná. Madre que supo eclipsarse.

La Madre de Carne y Hueso.

La Madre real, la Madre imperfecta, la Madre que hoy besaremos o querríamos poder volver a besar. Nuestra Madre, nuestras Madres:

La Madre que dedica su vida a atender el hogar y educar a sus hijos.

La Madre que, esforzadamente, debe atender además una tarea que aporte más entradas para la economía del hogar.

La Madre sola, que afronta como puede la casi imposible tarea de llevar adelante hijos que carecen de la figura paterna.

La Madre estéril, que educa hijos procreados por otra madre biológica.

La Madre que ha visto frustrada su carrera por sus obligaciones maternales.

La Madre castigada. La Madre que soporta al marido enfermo, adicto, o fracasado.

La Madre del sufriente amor hacia el hijo disminuido.

Las Madres, en fin, que hacen lo que pueden, y lloran, y sufren, y no son comprendidas, y reciben el insulto, o la insolencia, o el desdén, y a quienes quisiésemos, humildemente, desde aquí, apretar fuertemente contra nuestro corazón.

 

 

 

 

Lazos.

El ternero corre alrededor del corral, y de pronto se encuentra con que es inmovilizado en medio de un salto, y cae pesadamente a tierra: lo ha atrapado un lazo.

Lazo, vínculo, atadura: las tres palabras tienen significado parecido, y las tres se usan también para describir relaciones interpersonales.

"Lazo", me gusta porque tiene ese factor sorpresivo que describí con el ternero.

Hay relaciones que nos resultan pesadas, y consideramos verdaderas "ataduras". A otras las reconocemos como muy tenues, y solemos llamarlas "vínculos". Un siquiatra amigo me enseñó a aplicar "lazo" a esas relaciones casi sorprendentes, casi mágicas que se dan entre dos personas. Es algo diferente a la amistad. Entre amigos puede o no darse la existencia de estos lazos. La amistad puede haberse forjado lentamente a lo largo de un tiempo de convivencia, trabajo, u otra relación. Personalmente he experimentado la aparición de estos "lazos", fuertes lazos, con personas a las que había frecuentado realmente muy poco.

Teilhard de Chardin dice que los hombres de "mente progresista", inexorablemente se encuentran en la vida, se reconocen y van creando la "red de amor" que según él ha de envolver algún día a la Creación.

Un matrimonio exitoso también implica la existencia de estos misteriosos "lazos". Si ante la pregunta "-¿Por qué me amas?" comenzamos a dar razones, aún valederas, románticas, gratificantes…, cuidado. El fundamento verdaderamente fuerte para la relación matrimonial es inexplicable.

 

 

 

 

Dos motores.

 

La Convicción y la Duda son dos motores que han movido la Historia. Las dos pueden explicar la evolución de nuestras ideas, de nuestro pensamiento.

La Convicción, que se resiste a la novedad. La Duda, que la busca. Ambas son necesarias, entre ambas logran formar una tensión fructífera.

Una defiende las porciones de Verdad que ha encontrado; las atesora. La otra busca ansiosamente los trozos de Verdad que aún faltan.

Lo terrible aparece cuando la convicción, en vez de mantenerse en la afirmación de la verdad, pasa a negar que haya otra verdad por descubrir. O cuando la duda, en vez de buscar, niega que sea posible conocer la verdad.

 

 

 

"Oraciones…"

¡Cuántas dudas, cuántas perplejidades! Algo que nunca acabo de comprender, de digerir, es la redacción de "oraciones" por parte de nuestros autores cristianos, o por hombres de fe y (justamente), "hombres de oración".

Para mí, la verdadera oración, dirigida al Señor es íntima e intransferible. Redactar y publicar una oración, me parece absurdo. ¿Quién va a leerla? No su verdadero destinatario.

Se supone quizás que sea una colaboración para que otro hermano en la fe pueda rezar. E, insisto, me parece absurdo si la oración es algo personal e íntimo.

¿Quiénes somos para proponer patrones de oración a nadie? Llevo siempre en mi portafolios una oración escrita por una muy humilde mujer, muy sencilla, muy sencilla la mujer, y muy sencilla la oración, y que no me atrevo a poner en mis labios porque me parece casi un sacrilegio, ignorante como soy de todo lo que realmente esa oración encierra, de todo lo que esa mujer puso en ella.

Una vez que Jesús nos indicó el Padrenuestro (a nuestro pedido, no nos olvidemos), mejor no agreguemos nada.

Y si escribimos como ejemplo, o para transmitir una enseñanza, se tratará entonces nada más que de un estilo literario. Lo que no es mucho, ¿verdad?

 

 

 

 

Descubriendo a las personas.

¡Llegar a viejo para darme cuenta!

Siempre supe que las personas son más importantes que las cosas. Siempre lo declamé. Nunca lo puse en duda. ¿Cuántas veces lo viví?

Llegar a viejo. Y darme cuenta de que dediqué mucho más tiempo a hacer que a conocer. A las tareas que a compartir. Eso sí, muy ordenado, muy atado a la rutina, muy cumplidor de los horarios.

Falto de libertad para dejar todo a un lado y escuchar a alguien que desea charlar un rato. Decirme algo. Crear vínculos.

Debo agradecer las limitaciones de la vejez. Debo agradecer la imposibilidad transitoria de trabajar, de moverme, de valerme por mí mismo, que repentinamente me asaltó: allí empecé a ver cuánta gente se me acercaba, y cuánto valor tenía eso. Allí empecé a entender qué tibio es eso del "calor humano".

Poco a poco, puedo adquirir la libertad de no angustiarme por ajustarme a una agenda. Aprender que es tonto pensar que "no tengo tiempo para..." ¡Si en verdad al tiempo no lo tengo nunca! (Cuando le dijeron "-No perdamos nuestro tiempo", G. W. Carver contestó: "-El tiempo no es suyo ni es mío: es de Dios").

Adquirir la libertad de posponer algo, o suspender algo, o dejarlo totalmente de lado, por un acercamiento de persona a persona.

 

 

 

"No pidamos al rengo que desfile en Corpus Christi..."

El amor puede estar oculto detrás de los defectos de cada uno. Si lo descubrimos, descubrimos a Dios.

El amor no uniformiza el carácter. Se apoya en sus características.

Frente a nuestro hermano ¿sabemos algo del esfuerzo que realiza por esculpir su persona? ¿Sabemos hasta dónde puede realmente llegar?

Descubramos al amor, en vez de descubrir los defectos. Descubramos la viga que... (pero esto ya fue dicho, ¿verdad?

 

 

 

 

 

Búsqueda

Me bañé, me peiné, me vestí con mi mejor ropa, y fui a buscar a mi Señor.

Lo encontré sentado a la mesa con los mendigos, los sucios, los locos...

 

 

 

 

Ropa. Dignidad.

El rey David hizo algo extraño: se desnudó para bailar en homenaje a Dios. Es que le pareció indigno ponerse en su presencia vestido con las sin duda lujosas vestimentas reales.

Cristo se entregó a su Padre, es sabido, completamente desnudo, aunque tontos criterios acerca de la dignidad se empeñaron, y se empeñan, en cubrir sus imágenes con más o menos ridículos taparrabos. Algunos años antes de eso, había hecho el elogio de uno sus parientes: "¿Qué fueron a ver en el desierto? ¿A un hombre vestido con refinamiento? Ésos viven en las casas de los reyes. Éste en cambio es un profeta, y más que un profeta."

Así es. En los palacios. Y no solo en los palacios reales, podemos agregar También en los palacios episcopales, y aún en las catedrales. Por eso resultó tan hiriente Francisco, despojándose delante de su Obispo de ropas que consideraba símbolo y fruto de del latrocinio y de la injusticia.

Ya en este siglo, el Mahatma (Gandhi, por supuesto, cual otro), en un momento de su lucha por la independencia de su país, y por la dignidad de sus hermanos, al darse cuenta de que la ropa hecha con tejidos ingleses reemplazaba a las tradicionales telas artesanales de sus compatriotas, y era causa del empobrecimiento indio y un refuerzo para el dominio inglés, quemó sus ropas e invitó a sus seguidores a hacer lo mismo. En adelante vistió solo un taparrabos confeccionado por él mismo.

Hoy, el joven contestatario e iracundo típico solo es capaz, como máxima protesta, de lucir un gorro ridículo con la visera en la nuca, zapatillas deportivas, vaqueros raídos a máquina, y una remera con la insignia de una Universidad. Extranjera, por supuesto.

Nuestra esperanza vive tiempos difíciles.

 

 

 

 

 

Trabajo y trabajos. Preocupados y desocupados.

A pesar de los millones de años que hace que nos acompaña, no acabamos de encontrar una relación sana con el trabajo.

El trabajo nos ennoblece y nos ayuda a crecer, por lo menos cuando es necesario y tiene medida. La sabiduría debiera indicarnos esa medida, pero se nos escapa. Se nos escapa, por ejemplo, desde los tiempos de Marta, a quien el Señor tuvo que reprender por "andar en muchos trabajos". Hoy diríamos, por adicta al trabajo.

Entre los hawaianos estaba mal visto trabajar sin verdadera necesidad. En el extremo, los romanos soñaban con una sociedad donde todos los ciudadanos pudiesen dedicarse al ocio. Los ciudadanos, claro, no los esclavos.

De esa época nos llegó a los cristianos la noción del trabajo servil (propio de siervos), que nos estaba vedado en los domingos y fiestas de guardar. Parecía que era el tipo de trabajo, a lo mejor menos noble, que debíamos evitar en los Días del Señor. Pero una lectura atenta del Antiguo Testamento nos mostrará que otro era el sentido de evitar el trabajo en homenaje a Dios: era un acto de humildad, y de confianza en la Providencia. No todo dependía de nosotros. En verdad, casi nada. Jesús nos hablaría luego de los lirios y de las aves. Por más que trabajásemos, sin la ayuda del Señor, nada lograríamos.

Pero somos incorregibles. O, mejor, necios. El ciudadano moderno se afana por llenar cada espacio de su agenda con alguna tarea... planificando el tiempo que aún no sabe si alcanzará a vivir. Llenamos la agenda de compromisos, simplemente para arruinar nuestro sueño, cuando al fin de la jornada nos amarguemos por no haber cumplido con ellos. (Una vez hice la prueba: en vez de anotar compromisos o listas de tareas, anoté en la agenda lo que iba haciendo a medida que el día transcurría. A su fin, di gracias a Dios y dormí contento).

Seguiremos preocupados, y concentrando en nuestras manos cada vez más responsabilidades. Y continuaremos construyendo una sociedad donde los desocupados forzosos aumentan, casi como una sociedad inversa a la soñada por los romanos. Pero donde ni el que tiene trabajo ni el que pena por su falta son felices.

 

 

 

 

Contra la vanidad.

Cualquier diferencia que descubramos en nosotros con respecto a nuestros hermanos, si nos parece ventajosa, nos hace correr el peligro de encaminarnos hacia la vanidad, y por ese camino, a nuestra perdición. La más pequeña chispa de inteligencia o de habilidad intelectual puede hacer que nos coloquemos en una categoría diferente, selecta.

Pero en verdad, el pobre y el sencillo, especialmente el simple, ve a Dios cara a cara. El sabio, el intelectual, el experto, logra apenas una visión complicada, y parcial.

Entre las abejas, cada función tiene por destino el bien de la colmena. Cada chispa en el hombre, el bien de los hermanos. Así participa de la Redención, porque poniéndose al servicio del desposeído, éste lo llevará hasta la presencia de Dios.

 

 

 

 

 

 

Lo importante.

No es la Justicia. No es nuestra tarea, No lo que vayamos a dejar, en bienes o en ideas o en consejos, en ciencia o experiencia, a quienes nos sucedan en este oficio de vivir. No construir reinos, y en cuanto al Reino, merece alguna explicación.

¿Nuestra formación? ¿Forjar nuestra voluntad? ¿Ejercitar nuestras virtudes? ¿El bien común? ¿El sacrificio de nuestras ambiciones? ¿La oración? ¿El conocimiento? ¿La Sabiduría? Debe haber algo que valga la pena poner en primer lugar, algo en lo que haya que acertar para quedar plenamente tranquilos, para estar seguros de no haber errado.

Hubo hombres sabios. Los hubo también realmente sabios. Y éstos son coincidentes: lo más importante es el amor. El plural. Ponernos delante de otro y tomar conciencia de él. Descubrir en él las huellas dactilares de Dios. Y no digo amar al Hombre: amar personas concretas: tratar de descubrir, o quizás mejor, apenas poder asombrarnos de lo que es la individualidad. Y ansiar ser descubierto por ese otro, con la sensación de que con solo ser por él conocido, se justifica ya nuestra existencia.

 

 

 

 

Destino.

 

Dios se nos fue apareciendo paulatinamente, a través de la evolución, a través de la Historia. Dios ha ido tomando forma en nuestra conciencia. Y en nuestro inconsciente. Y en nuestro inconsciente colectivo. ¿Se ha formado allí? ¿Es una creación del hombre? No. Es una revelación; nuestro conocimiento sobre Él es una revelación. Sus rastros en nuestro inconsciente, son una revelación.

Le escuché a un psicoanalista definir nuestro consciente como el campo iluminado por una linterna: es mucho más lo que queda fuera de ese campo, en el inconsciente, tan real como el consciente, e influyendo sobre él. Nuestra visión consciente es solo parcial, muy parcial y limitada.

Al llegar a la muerte, de pronto esa linterna alumbrará todo. Comprenderemos así de golpe la totalidad de lo que somos, en dimensión de espacio y tiempo, y descubriremos también al Señor, totalmente revelado, pero a quien nuestra limitación humana no había podido ver todavía.

 

 

Presumido

¿Realmente piensas que has construido algo con tu esfuerzo?

Digo algo útil, que valga la pena.

Y digo, con nada más que tu esfuerzo.

¿O lo bueno, lo útil, lo bello, se te ha dado por añadidura?

 

 

 

 

 

 

La mano.

¿Por qué el moribundo se calma cuando le acariciamos la mano? ¿Qué significa para él el contacto humano? ¿Qué ansias, qué recuerdos, qué necesidades tienen respuesta en esos momentos, con ese simple apretón? ¿Cuántos recuerdos gratos, cuántos dolorosos, cuántas incógnitas no aclaradas, cuantas cuentas pendientes?

Nuestra mano quizás le asegura que esta despedida no lo es en verdad, que la separación no existe, y que lo que nos une es mucho más fuerte que aquello que nos distancia.

Besemos hoy la mano que nos confortará mañana.

 

 

 

 

 

 

Comiendo.

Ayunando.

Compartiendo.

El hombre ha de comer. El hombre ha de comer bien. Lo difícil es ponerse de acuerdo sobre cuándo se está comiendo bien.

¿Comeremos carne, o seremos vegetarianos? ¿Más o menos grasas? ¿Nos preocuparemos por el colesterol o por nuestro peso? ¿Un régimen saludable, o un régimen apetitoso? La discusión amenaza hacerse interminable, y generalmente lo es. Pero lo más importante es quizás responder a dos preguntas: ¿Por qué comemos? ¿Para qué comemos?

Comemos porque somos seres vivos y, en esta dimensión, que compartimos con los animales, comer será para nosotros alimentarnos. Y en la medida que nuestra razón alcance a entender los procesos de la nutrición, podremos elegir el modo y la cantidad, el régimen más adecuado para que nuestro cuerpo se desarrolle con más armonía, con salud y energía.

La cuestión estaría concluida si fuese cierto que comemos solo para alimentarnos. Pero aquí interviene decisivamente la concepción que tengamos del hombre.

Nos apoyamos en nuestra naturaleza física para poder accionar; necesitamos del cuerpo, y sus falencias nos limitan. En cierta forma, pero no absolutamente, parecería que un cuerpo sano podría ayudarnos mejor a nuestro crecimiento, a nuestra plenitud, que uno enfermo. Sin embargo, sabemos cuántas veces eso no es así.

Un cierto esfuerzo por conservar la salud, es loable. Tener como objetivo final conservarla, es tonto y está destinado al fracaso. "Basta la salud", o "Lo primero es la salud", no son buenos ejemplos de la sabiduría popular.

Así que me arriesgo a opinar que, de la comida del hombre, lo más importante es compartir la mesa con sus semejantes. La comida, aún cuando no alcance para satisfacer el cuerpo, puede servir para afirmar lazos de fraternidad con nuestro prójimo.

La comida solitaria de un recluso confinado, aunque fuese suculenta, es oprobiosa y denigrante. Es un castigo. El almuerzo solitario del Papa solo se explicaba en el marco de una burocracia teológica sin sentido. El anacoreta aislado de sus hermanos, hace bien en ayunar: porque está aislado.

Así como nutre, la comida debe también satisfacer y alegrar. Si de la mesa nos levantamos más alegres, mucho mejor. La comida sabrosa, sin duda nos mejora. El ama de casa que cocina con arte y amor, ejerce un acto de religión.

Gandhi, de regreso en la India después de su educación en Inglaterra, meditó mucho sobre su alimentación en el futuro, y decidió no comer carne, para seguir con lo que era tradición en su pueblo. Lo sabio de su decisión fue unirse a los usos y costumbres de su pueblo, adoptándolos como suyos, consciente y razonadamente. (¿Será siempre tan sensata la decisión de quienes adoptan un régimen vegetariano en nuestro país?).

Cristo fue acusado de comer y beber con los pecadores y publicanos. Nos enseñó a compartir con los hermanos lo mucho o poco que tuviésemos. Aún después de resucitado, recibió a sus apóstoles con un pequeño asadito. Y en su última Pascua volcó toda la tradición judía de unión a través de la comida, haciéndose Él mismo bebida y comida.

 

 

 

 

 

Comiendo solo.

Hoy estoy solo. Puedo comer solo, o comer solitario: ya que me toca comer sin compañía, puedo elegir.

¿Quizás un "sandwich", mientras continúo con mi trabajo, y luego un poco de queso y una fruta? Rápido y eficiente. (A propósito: Lord Sandwich, aunque comía acompañado mientras jugaba, era un solitario en el comer).

Pero no. Comeré como un hombre. Comeré solo, pero acompañado. acompañado por tantos que se ven obligados a una mesa para uno. Comer es una ceremonia, y como tal debe respetarse.

Nunca olvido a aquél mozo, en una parrilla en San Nicolás, que se sentó a mi mesa para conversar mientras yo comía. Aunque nada recuerdo de su charla, era un sabio. (Su charla, claro, no estuvo destinada a ser recordada. Fue un pretexto).

Así que hoy, por lo menos prepararé una fritanga de lo que encuentre, y la comeré sentado y con música. Y acompañado, por ejemplo, por Juan XXIII. Lo habrán obligado más de una vez a comer solo, prisionero de un protocolo absurdo, que ya se habrá encargado él mismo de borrar, espero.

A mi lado está también el pastor que acomoda su ración sobre el suelo, a la sombra, en el rato quizás más melancólico de su tarea. Al abrir su atadito, recibirá una bocanada de olorosa, con el olor de los humos y cocciones del fogón. Presencia virtual de su madre, o de su novia, o de su esposa...

Es doloroso. También se sienta a mi mesa hoy un condenado a muerte. Condena justa o injusta, es siempre injusta. ¡Cómo se aferrará a este último acto humano, cómo se forzará, inapetente, a sorber un caldo, y sus lágrimas! ¡Cómo invocará durante esa cena final a todos los que le rodearon alguna vez junto al mantel! Quiero estar contigo, hermano.

Y se sienta también quien es quizás el más ceremonioso de los comensales sin compañía: el linyera o el mendigo. Es quizás el solo más acompañado, porque él no excluye a nadie. Si no hay nadie "a su mesa", es porque nadie se le acerca: él nos acepta a todos.

Ya acabamos. Esto estuvo muy bien. Gracias a todos los que me acompañaron. Déjenme a mí lavar los platos.

 

 

 

 

 

Credo.

 

Creo en el Amor. Creo que existe tan plenamente que llegó a ser Persona.

Creo en la existencia y en la naturaleza, y las creo tan plenas que claman por un Padre.

Creo en la vida: creo en el Espíritu.

Dice Monserrat que la sabiduría es creer cada vez en menos cosas.

 

 

 

Eclesiastés, de nuevo.

Todo, todo, dice el Eclesiastés, es vanidad. Es realmente vanidad. De modo que cuando estamos satisfechos de alguna acción nuestra, o de una situación lograda con esfuerzo... dudemos. ¿No nos estaremos engañando?

Mientras estamos en edad de producir, de construir, de proyectar. Mientras tenemos trabajo, mientras tenemos obligaciones, entonces nos quedamos en cierta forma tranquilos, o secretamente satisfechos, porque vemos todo nuestro tiempo ocupado, planificado, porque nos vemos a nosotros mismos como seres útiles.

Así es. Pero es vanidad. Nada hay en eso para enorgullecernos. Pasaremos y todo pasará. Las obras de nuestras manos ayudarán o no a otros, pero seguirá siendo una tarea vana, llegará finalmente a su fin, desaparecerá.

Cuando nos jubilamos, cuando nos retiramos de la actividad ¿hemos de lamentar no seguir produciendo cosas vanas? Hemos de lamentarnos, eso sí, de haber dejado escapar el tiempo que le correspondía "a comer, a beber, y a ser felices". Porque había un tiempo para cada cosa...

 

 

 

 

La perla.

Hay una verdad, pero es muy pequeña. Más que pequeña, es singular. Y parece perderse en el torbellino de la pluralidad.

Es pequeña como la perla de la parábola. Y está enterrada, como el tesoro de la otra parábola. ¿La quieres? Tendrás que comprar todo el terreno.

Todo el terreno puede significar toda la Iglesia, con todas sus miserias, con todas sus ceremonias quizás excesivas, con todas sus normas. Pero si la aceptamos, en algún momento, después de mucho cavar, la perla se presentará a nuestros ojos y su oriente maravilloso nos hará olvidar todo lo demás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apuntes sobre la libertad.

Octubre de 1997

 

¬ Hay una libertad exterior. Aplicamos este concepto a la idea jurídica de libertad. Significamos que nada exterior al individuo, a nosotros, se opone a su voluntad. En este sentido no existe libertad absoluta, pues nuestra misma condición física nos pone límites: no podemos, por ejemplo, volar sin auxilio mecánico. No son estas limitaciones las que más nos preocupan. El hombre exige libertad frente a los poderes, frente a la sociedad, frente a los demás: Que nadie me impida hacer lo que yo quiero. Aquí también aparecen los límites, y en reconocerlos y administrarlos sabiamente radica gran parte del acierto político, de la vida de relación, de la conducta humana decente y virtuosa. Es que no tenemos derecho a cualquier cosa, sino que nuestra libertad está limitada por los derechos y el bien de los demás. Eso sí, la sociedad, los demás, han de aceptar por su parte mis derechos, y reconocer mi libertad para actuar de acuerdo con ellos.

­ Podemos hablar también de nuestra libertad interior, y el problema ahora cambia, es otro. Cuando actuamos, según decimos, ejerciendo nuestra libertad, ¿es esa libertad realmente lo único que actúa? Más claramente ¿somos realmente libres interiormente, o reconocemos que existen fuerzas que inciden en la decisión que tomamos y en la acción que ejecutamos? Nuestro inconsciente. Nuestro cúmulo de conocimientos o desconocimientos. Nuestra historia familiar. Nuestros defectos, nuestra cobardía por ejemplo. Nuestros afectos. Nuestros compromisos tomados anteriormente. Todo eso influye en la decisión, y puede ser tenido en cuenta como una limitación a nuestra libertad interior.

Nuestras virtudes, quizás, también. Hay cosas que nos negamos, de antemano, a hacer. Cosas que nunca haríamos. Este punto merece una reflexión más profunda, pues nuestra decisión previa de elegir determinados caminos de conducta, es en sí una decisión libre, que consiste, justamente, en condicionar nuestra voluntad. Pero, paradójicamente, voluntariamente.

 

 

 

 

Dando limosna.

 

Magnánimo quiere decir "de alma grande". Mahatma, también. Cristo, Gandhi, fueron magnánimos. Aunque a ninguno de los dos los recordamos especialmente por haber hecho limosna, sus enseñanzas y ejemplo debieran inducirnos a buscar esa "grandeza de alma" que se necesita para dolerse del necesitado y buscar remediar su situación.

Mi relación personal con la limosna es pésima: ya sea que dé al que me pide, o que no le dé, siempre queda mi conciencia remordiéndose y remordiéndome. Con la única excusa para calmarla, de pensar que es hoy difícil saber si la necesidad era real o fingida, si hemos consolado o si hemos sido engañados.

Ya hay cuentos paradigmáticos: "-Me robaron la cartera y tengo que ir hasta Haedo". También está la certeza de que muchos de los pibes que se acercan son comandados por mayores inescrupulosos. Pero, por otro lado, tenemos que ser muy ciegos para no ver que la miseria nos rodea cotidianamente.

Una solución es adoptar algunas reglas de conducta: "No dar limosna a los menores, pues empeoramos su dependencia". "Darle siempre a los muy ancianos, a los jubilados". "No darle a los que piden organizadamente en los colectivos", etc. Aferrándonos a ellas, podemos facilitar el mecanismo: pensaremos en las normas, y dejaremos de pensar en el prójimo.

Pero no seremos magnánimos. No habremos aprendido nada de la parábola del samaritano.

¿Soluciones? ¿Nos atreveríamos a pedirle a Cristo soluciones para facilitar nuestro comportamiento? Nos diría que las busquemos nosotros. ¡Esa es la parte difícil del Cristianismo, qué tanto!

Mirar al otro como a mi hermano. También si me está engañando. Buscar como solucionar sus verdaderas necesidades. No cerrar los ojos, y estar siempre dispuestos a hacer algo. Y si quedamos inquietos, dolidos, mal, pensando que no hemos hecho lo correcto, puede ser una buena señal. A lo mejor estamos comenzando a comprender que a nuestro lado existe un verdadero problema.

 

 

 

 

¿Propágulos...

 

 

Son cosas de la Botánica: se les llama propágulos a "cualesquiera unidades reproductoras que den lugar a nuevos individuos". Para entendernos, se trata de los frutos, de las semillas y de las esporas (estas últimas, son los equivalentes de las semillas en los hongos).

La función del fruto es proteger a las semillas durante su desarrollo y facilitar luego su dispersión. Hace tiempo que me asaltó la curiosidad sobre los diferentes tipos de frutos que existen, así que no tuve más remedio que estudiar un poco. Solo un poco.

Así aprendí que hay algunos frutos a los que se llama pomo o también pseudocarpo. Pomo es palabra más bonita. Y comenzamos mal: resulta que los pomos son en realidad, falsos frutos, porque "no han sido formados a partir de ovarios, sino a partir de receptáculos". Qué desilusión, sobre todo porque como ejemplo típico de los pomos se da a la manzana, y tener que aceptar ahora que la manzana es un "falso fruto"...

Las bayas son frutos "suculentos", es decir carnosos, almacenadores de agua, y con semillas pequeñas. El tomate. Y si no me equivoco, las moras.

Las drupas tienen un carozo duro, aunque suelen ser, en su exterior, carnosas. El durazno, claro.

Las legumbres son vainas que se abren a lo largo para dejar salir numerosas semillas. Las arvejas.

Las cápsulas son frutos secos, duros, que guardan en su interior muchas semillas pequeñas, que suelta al abrirse. Así es la amapola.

Las nueces, en cambio, son también duras pero no se abren con facilidad para liberar a su única semilla. Vaya novedad.

El aquenio es un fruto seco muy pequeño, también con una sola semilla. Aquí aparece otra sorpresa: la frutilla no es una fruta. Los frutos son en verdad los pequeños aquenios que están adherido a su superficie exterior.

Las sámaras son similares a los aquenios, pero los diferencia el tener alas para volar con el viento (los "helicópteros" de nuestra niñez).

El esquizocarpo es aún más complicado que su nombre. Se divide en unidades parecidas a aquenios, pero no.

Y la silícula realmente sigue siendo desconocida para mí. Es un fruto seco alargado, como la semilla de la papa. Pero nunca vi la semilla de la papa.

Me quedé pensando. Y me parece que esta lección de botánica va un poco más allá: al describir a las semillas ¿no nos estamos describiendo también a nosotros, los hombres? Algunos tenemos el corazón duro. Otros somos falsos. Otros nos resultan desconocidos, como la silícula de la papa.

Hay personas "suculentas", que nos ofrecen abundante frescura y dulzura. Y aún las duras, suelen dar mucho si les ayudamos a abrirse. Algunos dan con mucha abundancia, otros quizás una semilla única y pequeña, como los aquenios.

Hay personas complicadas como esquizocarpos, hay personas de alto vuelo, como sámaras. Pero cada uno de nosotros en su estilo, con sus propias características, podemos, y debemos, recordar que somos propágulos, y que nuestro paso por este mundo no debe ser estéril. Y también debemos mirar a nuestros hermanos, a cada uno de ellos, como una gran promesa, como una gran riqueza, tenga la apariencia que tuviere. Que no todo lo que reluce es oro, ni toda manzana un fruto...

 

 

 

Balbuceos ante una realidad maravillosa.

Es mentira. Pero no, no es mentira, es falso. O no es falso, pero no es la realidad profunda.

No está Cristo Sacramentado esperándonos en el Sagrario. Quiero decir, sí está, pero no esperándonos. Nos espera, pero no así, tontamente persistente.

Cristo es Dios, cualquiera sea su ropaje. Su experiencia en la tierra. Su sacramentalidad. Su palabra.

Cristo es una explosión que atravesó todo el tiempo y todo el espacio, y a todos los hombres. Nos amó, nos penetró, nos impregnó.

Cristo sacramentado es una oportunidad. Cristo sacramentado es sólo un punto privilegiado de su explosión. Es bobo que lo encerremos, es tonto que lo protejamos. Cristo bajo llave, es una contradicción.

Una noche, solo en un templo, me di en pensar qué haría si se me presentase Cristo, salido del Sagrario. Pero Cristo no tenía necesidad de salir, para presentárseme: de la oscuridad surgió un hermano, un amigo, que me dijo: "-¡Hola!".

 

 

 

Salmito

de dos que se aman.

 

Somos pequeños, Señor.

Estamos perdidos en un mundo oscuro.

Recibimos un pequeño regalo que nos sorprende:

tu amor crece en nosotros.

Nos entregamos para siempre.

Haz que tu amor brille en nosotros para el mundo.

Protege nuestro amor. Hazlo crecer.

Nuestro compromiso es salvarlo cada vez que peligre.

Haz que gocemos en nuestra entrega.

Pero acéptanos débiles.

Nuestra única fortaleza está en nuestra pequeñez, porque así nuestra debilidad nos obliga a confiar en ti.

 

 

 

Tesoro.

 

 

Como en los infantiles mapas de los infantiles piratas de nuestros cuentos infantiles, donde el final de su recorrido estaba señalado por una cruz. Final que era también el comienzo de algo maravilloso. Y punto de reunión para todos nosotros.

Allí en la cruz nos aguarda un tesoro. Podemos encontrarlo, con solo detenernos allí (no pasar de largo), y escarbar, escarbar, escarbar...

 

 

 

El lugar de Cristo.

Cristo pasó por la tierra buscando un lugar. Su formación judía lo llevaba a centrar su vida en la querencia, en Israel, en Judá, ¡en Jerusalén!

Cuántas veces habrá recitado el Salmo 137: "Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión. En los sauces de las orillas teníamos colgadas nuestras cítaras."

¿Dónde vives, Señor, cuál es tu casa? "-No tengo dónde reposar la cabeza."

Su lugar estaba en Jerusalén, y hacia allí se encamina al final de su peregrinación. Allí encuentra una ventana (con forma de cruz), que le muestra su verdadero lugar, su verdadera Jerusalén, y que es a la vez el camino que allí le llevará.

El Reino. El camino. También nuestro Reino, y nuestro camino. Cristo nos invita. Animémonos a incorporarnos a la Cruz y desde allí dar el salto junto con Él.

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santaner@cvtci.com.ar