Historias para destapar el excusado

 






 

Cuando fui esclavo

Roberto Remes

Tras 20 años de estar privado de mi identidad hoy me es permitido escribir estas líneas, y créanme que ya se me había olvidado cómo escribir porque en todos estos años sólo vi letras pero no hice ninguna. Los primeros tiempos trazaba algunas palabras sobre mi hamaca al dormir, o en la tierra, o también en las paredes que me encontraba a mi paso, moviendo la punta del dedo, arrastrando la yema sobre la superficie, e incluso a veces con mi propia lengua sobre el paladar. Claro, ahora que recuerdo, los tres años que estuve en la cárcel firmé algunos papeles, pero nunca tuve a la mano un cuaderno para hacer una anotación ni llené los formularios legales, porque nunca me creyeron mi nombre, ya que no tenía yo identificación el día en que me encerraron, y tampoco aceptaron que yo me llamara Roberto Remes, Ay sí, como el escritor, ja, cómo va a ser eso, decían, pero el escritor había desaparecido y sólo encontré escepticismo ante la idea de que yo fuera el literato y no un esclavo.

Todo empezó cuando terminaba de escribir la novela que me hizo famoso, Sombras cruzadas, porque también sufría mi peor crisis de desempleo, a pesar de mis dos maestrías estudiadas en una de las mejores escuelas de mi país, en temas que nada tenían que ver con la literatura, porque como es sabido los escritores normalmente no consiguen trabajo, y en aquel entonces pude comprobar que ni aún con maestrías en negocios o en políticas públicas podían hacerlo, porque era una especie de maldición laboral la literatura, hasta que un día me llamaron y tuve un ofrecimiento interesante fuera del país.

Los meses de paro sí me ayudaron a terminar la novela, y la logré publicar siguiendo las instrucciones que me dio mi quiromántica, Debes entregársela a la persona correcta, pero no por correo, sino en la mano. La novela fue todo un éxito cuando yo apenas empezaba a disfrutarlo porque fui contratado por una empresa de consultoría para trabajar en Costa Rica durante unos meses. El proyecto prometía mucho y me resultó sumamente atractivo, así que acepté, y sin embargo al llegar a San José las cosas fueron muy distintas de como yo las esperaba. Claro, algo así se sospechaba otra persona que acababan de contratar en la misma compañía, porque hasta me dijo Uno tiene que confiar a ciegas, imagínate que al llegar al aeropuerto te dicen, Llévate esta maleta, trae una computadora portátil, Qué tal si tiene drogas. Su especulación me resultó ridícula, porque esto podría suceder viajando a Estados Unidos, pero no a Costa Rica.

Pero bueno, llegué yo a San José a la una de la mañana de un jueves, según el horario local, y ese fue mi último día en libertad. La mañana siguiente comencé a trabajar durante mi visita a una planta distribuidora de frutas y verduras ubicada en un suburbio con nombre catalán, y de allí me llevaron a un supermercado para realizar algunas preguntas sobre el proceso de pedidos e inventario de productos frescos, el empacado local, y otras cuestiones que ya no recuerdo muy bien porque se me han ido olvidando, y es posible que al escribir estas líneas invente algo más o deje de mencionar cosas importantes, o quizá que divague, pero es que veinte años son veinte años.

Al llegar al supermercado mi jefe me dijo que debía respetar todas las condiciones de seguridad que marcaran en el lugar y que lo mejor era no llevar metales porque éstos son la principal fuente de contaminación de los alimentos en los refrigeradores industriales, de tal manera que me quité el reloj y sólo conservé una pluma y mi cuaderno de notas. También le dejé mi licencia y mi pasaporte para que me dieran de alta en la compañía donde había sido rentado el coche que estaba siendo usado en el proyecto. Eran las únicas dos identificaciones que me llevé a Costa Rica, porque la credencial para votar se me olvidó en casa. A partir de ese momento perdí mi identidad.

Durante una hora estuve haciendo preguntas al personal del supermercado, hasta que se presentó un tipo igualito a mi jefe, aunque vestido diferente, y aún su tono de voz era un poco distinto, pero a mí me pareció que se trataba de la misma persona. Empezó a vociferar en mi contra y a decir que dejara yo de presentarme como un empleado de su compañía, que yo era un fraude y que no tenía ninguna autorización para estar haciendo preguntas en su nombre, ni a presentarme en los supermercados porque iba a terminar por echarle a perder el contrato. El hecho comenzó a atraer gente y las actividades de la tienda pararon y luego él gritó que yo me estaba robando mercancía, al mismo tiempo en que señalaba los bolsillos llenos de un saco que no era el mío, porque yo no llevaba saco debido al calor que había ese día en San José, y que él había tirado a mis pies. En unos segundos llegó la policía y me llevaron detenido y fue cuando me percaté de que estaba yo sin identificaciones y esto me condujo a darme cuenta de que no tenía ya identidad.

La embajada no me defendió, a pesar de que días más tarde el embajador se llevó las ocho columnas de un periódico local declarando que había animadversión contra los mexicanos en Costa Rica, cosa que en la cárcel constaté que no era cierta porque los propios ticos me defendían cuando había algún otro detenido que se mostraba agresivo conmigo. Durante los tres años que pasé encerrado hubo intentos para que yo declarara otro nombre y no el de Roberto Remes porque, como ya les dije, no podían concebir que yo fuera el autor de Sombras cruzadas.

A los tres años salí de la prisión por buena conducta, pero en mi auto de libertad sólo pusieron que mi alias era Roberto Remes y nunca reconocieron que me llamara así. No obstante, el auto de libertad no fue tal, porque en vez de salir por la puerta me metieron a un coche y me colocaron un paño con cloroformo o algún otro químico que me durmió y cuando desperté estaba yo encerrado en un pequeño cuarto del cual no salí durante algunos días, salvo para bañarme, rasurarme, vestirme de traje y ser retratado elegantemente, sin entender para qué eran las fotografías.

Esta escena se repitió por años y yo ni siquiera sabía en qué país estaba porque, si bien me hablaban en español los que me llevaban la comida, no alcancé a distinguir el acento con exactitud, más aún porque los primeros meses yo estaba convencido de que me mantenía en Costa Rica. A decir verdad estuve muy cerca de allí, en Panamá, pero eso lo sé hasta ahora que me trasladaron al hospital psiquiátrico de Colón, en donde llevo seis semanas y estoy respondiendo positivamente, y por eso es que me es permitido escribir por vez primera en dos décadas.

Los años en que estuve encerrado como esclavo yo no tenía otra actividad que el empacado de carnes que al parecer se destinaban a la misma cadena de supermercados en la que se suponía iba a realizar el estudio cuando fui detenido. Yo recibía bolsas frías empacadas al vacío y debía abrirlas, distribuir el producto en charolas, envolverlas con plástico muy delgado, pesarlas y etiquetarlas con precio y marca. En un principio me tardaba yo más de un minuto, aunque nunca pude tomar el tiempo con exactitud, pero al final ya lo hacía en forma tan automática que dividía mis actividades y en esencia dedicaba menos de quince segundos, creo yo, a cada charola de tanto que me automaticé, a tal grado que ya no estoy seguro si requerí del psiquiatra por estar encerrado o por la monotonía de mis acciones.

Cuando salí fue gracias a la intervención de la policía, y así fue como me enteré de qué se trataba el negocio. El tipo que me acusó en el supermercado no era mi jefe en realidad, sino un doble suyo, que había sido enviado por una banda internacional de dobles que se dedicaba a robar contratos. El procedimiento era muy simple, cuando veían que una persona estaba por conseguir un buen contrato buscaban un doble que lo suplantara, y si no tenían a la persona exacta, le hacían cirugía facial a la que tuviera el tipo más aproximado, y luego quitaban a los colaboradores del camino y los sustituían por otras personas para robarse el contrato, que más tarde cumplirían en condiciones muy ventajosas con todos los esclavos que iban recolectando con los antiguos miembros del proyecto que se habían hurtado. Algunos de los esclavos tenían la oportunidad de ser liberados, siempre y cuando estuvieran dispuestos a suplantar a otra persona, pero todo dependía de que tuvieran algún parecido con el individuo que debían sustituir, eso explicaba las fotografías que me tomaban periódicamente, como también se las tomaban a los demás esclavos que yo no conocí.

Ahora que me den de alta en el hospital regresaré a México, pero el único problema es que me tengo que inventar un nombre, porque tampoco aquí en el psiquiátrico me creen que yo me llame igual que el escritor desaparecido, y dicen que lo único que me falta para curarme es reconocer mi verdadero nombre, aunque yo insisto en que me llamo Roberto Remes y soy el autor de Sombras cruzadas.

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