Historias para destapar el excusado

 






 

Háblame después de que te mueras

Roberto Remes

Yo no sé por qué pero a veces uno se vuelve demasiado rencoroso, orgulloso y pedante ante los antiguos amores, y por eso luego termina uno actuando de una manera equivocada, hiriendo sentimientos y sorprendido de que los deseos de uno se cumplan de una manera tan rápida.

Todo empezó cuando yo conocí a la mujer que en algún momento creí que era la ideal para mí, pero que luego resultó que no lo era, no porque en realidad ella no lo fuera, sino porque descubrí que me había enamorado de una mujer muy distinta de la que realmente era. Es un poco difícil decirlo pero así fue, yo me encariñé con ella porque nos entendíamos muy bien y porque llegó a mi vida en un momento en el que a mí me hacía falta encontrarla. En realidad ella no era bonita, pero yo siempre le dije que era bonita. Eso es amor. Realmente se me caía la baba por ella porque me sentía bien con ella y eso me hacía verla bonita, y ella terminó por creer que sí era bonita, incluso en alguna ocasión utilicé algún comparativo y le dije que era la más bonita, lo cual sólo podía serlo para mí porque estaba enamorado. Insisto, eso es amor. No tenía buena nalga y del pecho estaba casi plana.

Tuvimos ratos bueno y ratos malos, había épocas en las que estábamos en contacto todos los días, en las que nos besábamos con gusto, pero invariablemente ella terminaba por poner una barrera, por platicar mucho de una relación pasada, y hasta por confesarme que había hablado con su exnovio, por lo cual terminábamos, pero con el paso de los meses ninguno de los dos soportaba la distancia y siempre volvíamos a buscarnos, a veces uno, a veces el otro. Incluso, siempre que le decía a mi mejor amiga que ya no pensaba volver con ella, mi amiga me decía Te conozco bacalao, y en efecto me conocía tanto que siempre había otra vez un contacto, más deseo de mi parte que de parte de ella, y bueno, otra vez estábamos en contacto un rato, me desilusionaban sus actitudes y nos alejábamos. Un proceso interminable.

Una vez me llamó el día de mi cumpleaños, y la verdad es que yo sí había estado pensando en ella y deseando que me marcara, pero también deseaba que yo tuviera la suficiente fuerza como para mandarla a volar, al menos para colgarle, pero nada, sonó el teléfono y yo estaba solo, no iba a festejar con nadie a pesar de que era viernes, Qué vas a hacer, me preguntó, Nada, le contesté, Cómo que nada, qué no vas a salir, y tanto me estuvo diciendo de que cómo era posible que no festejara mi cumpleaños que caí en la tentación y la invité a salir, sólo que en el momento en el que le decía que si pasaba por ella se escuchó un timbre en su casa, su nueva casa porque se acababa de mudar y yo no tenía aún su teléfono, Ya llegaron por mí, luego te hablo, me dijo, y colgó. Me sentí tan deprimido por haber sucumbido a la tentación de invitarla a salir para que luego ella me dijera que ya tenía compromiso que me deprimí, me echó a perder el día, pero me consolaba que no sufriría yo la tentación de marcarle porque ahora ya no tenía su teléfono, pero en eso me acordé de que yo cuento con identificador de llamadas, así que me apresuré a borrar su número del aparato, y sí, lo borré, pero me bastó con mirarlo para aprendérmelo, ocho números aprendidos de un solo vistazo, esa es memoria. Tanto coraje me dio que me aprendiera su número telefónico de una sola mirada que corrí a buscar una pared contra la cual me golpeara, pero mis paredes están tiroleadas, así que me metí a la regadera y me golpeé contra el mosaico, hasta que me arrodillé y envolví mis piernas con mis brazos, triste, desesperado, deprimido, entonces tuve una idea genial, escribirle y pedirle que nunca más me volviera a llamarme, a buscarme, que preferiría que no existiera, Te amo, concluí. Luego metí la carta en un sobre, cogí un timbre y corrí al buzón más cercano, puse su antigua dirección confiando en que la carta le llegara.

Como es obvio, al cabo de unas semanas me arrepentí de lo que había hecho y tuve que, aún manteniendo la distancia, escribirle de nuevo explicándole las cosas con mayor detenimiento y hablando de mucho de lo que había pensado. La verdad es que fui muy sincero. Esta vez no le envié la carta por correo. Busqué en internet su dirección y encontré el nombre de alguien que se llamaba igual que ella, y supuse que se trataba de ella. Envié el mensaje y como al mes obtuve respuesta. Quiero decir, recibí un mensaje de ella por correo electrónico y aunque venía de otra dirección electrónica yo supuse que se trataba de una respuesta al mío. En realidad, luego de algunas confusiones, me enteré de que sí envié el mensaje a la dirección correcta, o mejor dicho, lo envié a una dirección de ella, pero era una de esas direcciones gratuitas que ella ya no consultaba, así que no lo había leído. O sea, ella me estaba buscando sin que yo la hubiera buscado, y el título del mensaje era Perdón por escribirte. La verdad es que luego de algunas confusiones, sarcasmos y mensajes un tanto agresivos y burlones de ambas partes, hasta que logramos algo de estabilidad amistosa, estabilidad que duró unos dos mensajes de cada quien. Pero en eso ella me envió los comentarios sobre un texto que yo había escrito. La verdad parecía que no había leído mi texto, o que no lo había entendido, pero eso sí, su mensaje estaba cargado de una pedantería supina, así que le contesté en el mismo tono Si no te gustó mi texto, ni modo, qué le vamos a hacer, ni modo que lo vuelvas a leer para ver si entendiéndole te gusta. Después de una hora, ya habiendo reflexionado y releído sus mensajes anteriores, decidí enviarle una segunda respuesta, en la que le decía que no deseaba, ahora sí, volver a tener algún contacto con ella, que me parecía una persona insoportable y que había descubierto que ella era una persona muy distinta de la que yo había estado enamorado. Sigo sosteniendo esa idea. La verdad estaba yo convencido de que cumpliría mis deseos de no volver a verla ni a tener alguna comunicación, y tan es así que bloqueé su dirección electrónica y cualquier mensaje que ella me enviara sería borrado automáticamente del servidor antes de entrar a mi centro de mensajes.

Pasó su cumpleaños y no la llamé, pasaron los meses y nada. Sin embargo, el día de mi cumpleaños, que era quizá la prueba de fuego, sonó el teléfono y volteé hacia el identificador de llamadas. Era exactamente el mismo número del que me había marcado el año anterior, aún lo recordaba, dudé de contestar, estuve tentado a hacerlo, la contestadora estaba a punto de entrar, levanté la bocina y sin dejar que la persona que estaba del otro lado de la línea hablara dije Quieres hacer el favor de llamarme después de que te mueras. Al día siguiente vi su esquela en el periódico. La llamada era de su casa, pero más bien de algún familiar para avisarme del fallecimiento, pero en cierta manera era también una llamada de ella. Me había llamado después de muerta. Mis deseos se cumplieron. En el mismo instante en que conteste.

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