Historias para destapar el excusado

 






 

Ahí viene Quetzalcóatl

Roberto Remes

Cristobalito era un niño medianamente inquieto, de esos que no se mantienen inmóviles cuando ven que otros niños están haciendo travesuras, pero que no llegan a tomar la iniciativa de romper un jarrón en forma intencional o correr detrás de las palomas en la plaza del pueblo. Si su madre le pedía que se estuviera quieto, el pequeño Cristóbal obedecía como si hubiera pasado años aprendiendo la disciplina militar y como si entendiera las consecuencias funestas de una desviación en su comportamiento.

Buena parte del éxito en la educación de Cristobalito se debía a que su madre lo llevaba, desde que aprendió a caminar, a las clases que impartía en la escuela primaria de Sontecomapan, un pequeño pueblo cercano a la laguna de Catemaco. Durante las cinco horas de clase, el niño de tres años debía permanecer callado y quieto, sentado en un pupitre, ante la imposibilidad de su madre para encargárselo a alguien durante su horario de trabajo, pues su marido era pescador y estaba poco tiempo en casa y sus padres habían muerto ya. Eran pocas las ocasiones que el niño era reprendido durante las clases y solía dejarse contagiar por el espíritu que reinaba en el salón, una absoluta calma, producto de la férrea disciplina con la que la maestra Jacinta, su madre, controlaba al grupo y hacía llegar los conocimientos que exigían los programas escolares del estado de Veracruz Llave.

Algunas veces Cristobalito dedicaba su tiempo a dibujar en los pocos rincones que le quedaban a un cuaderno que había dejado un alumno del curso anterior. Hasta entonces, la maestra Jacinta no le había comprado una libreta para que el hiciera sus rayones y dibujara los animales y los árboles de la región, sino que aprovechaba los que le llegaban con algunas páginas libres, de los alumnos que iban pasando al siguiente grado. Con sus dos colores, azul y rojo, Cristobalito sobreponía sus trazos y garabatos a sumas y restas, lecciones de ortografía y a dibujos de la bandera nacional y los símbolos patrios. En uno de estos cuadernos el niño encontró dibujada una serpiente cuya cabeza estaba forrada con plumas, como si se tratara de la melena de un león, y como le gustó mucho ese dibujo comenzó a repetirlo en los espacios en blanco que hallaba.

El día que murió Cristóbal se enteró de cómo se llamaba esa serpiente que él dibujaba con tanta insistencia, Quetzalcóatl. Nunca, como esa mañana, atendió a las clases de su mamá y asimiló muchos más elementos de la lección que cualquiera de los niños que estaban en el salón ese día, a pesar de ser todos ellos cinco o seis años mayor que él. Al salir de la clase, Cristobalito se fue fijando en la vegetación del camino que los llevaba, a él y a su mamá, a la casa, donde ella cocinaría un rato, mientras él jugueteara sobre la cama.

La casa en donde vivía Cristobalito con sus papás no era muy grande, se componía de una sola recámara y una pequeña estancia con una mesa de madera para cuatro personas, una estufa de carbón y un pequeño refrigerador que recién habían comprado, gracias en buena medida al aguinaldo de la maestra Jacinta y a una buena racha en las labores de pesca de don Andrés, el padre de Cristóbal. En la recámara sólo había una cama matrimonial donde dormían los tres, aunque ya estaban pensando preparar un catre en donde durmiera el pequeño Cristóbal, para que sus padres tuvieran un poco de intimidad durante la noche. La casa tenía muros de concreto, pero el techo era de palma, como todos los techos de la región, y para soportar el calor mantenían puertas y ventanas abiertas mientras estuvieran en la casa, pero como no habían puesto malla de alambre, algunas veces entraban animales, a los cuales estaban más o menos habituados, incluyendo Cristobalito, quien no les tenía miedo.

Ese día la maestra Jacinta se puso a cocinar uno de los pescados que trajo don Andrés el día anterior, y también preparó un poco de arroz. Mientras esperaba a que el arroz se cociera, hizo agua de limón con chía y cuando la estaba revolviendo Cristóbal gritó, Mamá, ahí está Quetzalcóatl, a lo que su madre contestó con un tedioso y costeño Sí mijito, buscando satisfacer con esta respuesta a su hijo, como si su llamado sólo hubiera querido alertar a su madre de algo que no volvería a ver nunca. Cuando la comida ya estuvo lista, la maestra Jacinta empezó a preparar los platos y a limpiar los tenedores, y en eso el niño volvió a gritar Mamá, Quetzalcóatl está en mi cama, Sí mijito, pero ya vamos a comer. La maestra comenzó a servir los platos y en eso Cristobalito volvió a gritar, Mamá, Quetzalcóatl me está sacando la lengua, me esta haciendo así, ptúptúp, y al mismo tiempo el niño hacía sonar su lengua metiéndola y sacándola, Sí Cristóbal, pero ya vente a la mesa que vamos a comer.

La maestra Jacinta se distrajo un poco espantando a algunas alimañas que se estaban metiendo a la casa por la puerta, pero un par de minutos después volvió a llamar al niño, y éste no respondió, Cristóbal, vente a comer o voy por ti, reiteró con esa voz a la que tanto temían sus alumnos durante las clases, y cuando finalmente decidió ir por él para sentarlo en la mesa era demasiado tarde. Cristobalito estaba ya dormido por el veneno de la víbora que lo acababa de picar, el cual no tardó en surtir un efecto fatal.

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