Historias para destapar el excusado

 






 

Quién dice que no se puede

Roberto Remes

Quién dice que no se puede amanecer más enamorada en esta ciudad con dieciocho millones de habitantes, miles de delitos diarios, montones de basura, contaminación, tráfico, accidentes, pordioseros, baches, topes, calles mal señalizadas, ruido, y un gobernante que siempre reitera que no tiene información para contestar las dudas que se le plantean.

El martes, por ejemplo, yo amanecí más enamorada que el lunes y por eso me arreglé con más esmero y mayor velocidad para que mi esposo pudiera verme lista antes de que se fuera a trabajar, claro que como el agua se acabó tuve que posponer mi baño hasta que hubiera, utilicé la del garrafón para lavarme la cara y cerré la puerta de la cocina para que mi gordo no notara que había una pila de trastes sin lavar, y bueno, quién dice que no se puede, hasta me puse el anillo de matrimonio, que por la inseguridad tenía yo escondido en un lugar secreto, y todo porque un aire de amor me invadía y cuando mi querido esposo salió de la casa lo abracé y luego me senté en el sillón a ver algunas de nuestras fotografías, y entonces me acordé de cómo traía yo el pelo cuando nos conocimos, así que salí derechito al salón de belleza a que me hicieran ese peinado, sólo que el salón que yo frecuento estaba cerrado porque se había incendiado unos días antes, pero quién dice que no se puede, me fui a otra estética que había yo visto por la casa y allí me arreglaron el cabello, claro que no quedó igual, pero eso no importaba porque yo sólo quería evocarle a mi pedacito de corazón panzón los días en que comenzamos a salir. Mi siguiente actividad fue ir de compras, no para cargar en la tarjeta de crédito un montón de cosas para mí y que luego provocaran un conflicto conyugal cuando llegara el estado de cuenta, sino más bien para adquirir, con riguroso efectivo para que mi amorcito no supiera cuánto me había costado, un par de corbatas, dos camisas de algodón manga treinta y cuatro y cuello dieciséis y medio, y unos calcetines, sólo que al momento de pagar me percaté de que el efectivo no me alcanzaba así que pedí que me detuvieran un poco la mercancía mientras yo iba al banco, donde tuve que formarme durante casi una hora para sacar algo de dinero, creo que saqué dinero de más, pero bueno, pensé, Me servirá para los siguientes días, y por fin regresé a la tienda y resulta que una de las camisas ya la habían vendido y como no encontré otra que me gustara nada más le compré una, ah, y como descubrí que una de las corbatas tenía una mancha entonces la dejé pero vi un saco que me gustó mucho para mi amado, así que lo adquirí, aunque ese sí lo pagué con tarjeta de crédito porque los sacos suelen ser más caros y ya después yo me encargaría de que él no supiera cuánto me había costado, no sé cómo pero lo haría.

Al salir de la tienda me acordé de que tenía algunas otras compras pendientes, así que me metí a un supermercado y como había yo amanecido más enamorada que el día anterior decidí llevarme cosas para prepararle algunas sorpresas a mi pedacito de corazón panzón, y quién dice que no se puede, yo puse en el carrito un paquete de salmón, unos ostiones ahumados, no me pregunten para qué, un bote de chocolate líquido, tampoco me pregunten para qué, y una bolsa con flor de calabaza, para hacer quesadillas, por supuesto, y bueno, también llevaba algunas frutas de esas que se le antojan a una para compartir con su marido, y así por ejemplo, cuando cogí las fresas me lo imaginaba comiendo de mi misma fresa, cuando tomé una sandía ya me saboreaba el juguito escurriendo por la boca de mi osito de peluche. Cuando llegué a la caja tuve que hacer una larga cola porque había muy pocas filas operando y todavía me tocó que una señora se me metiera, disque había dejado apartado el lugar, pero como yo había amanecido muy enamorada de mi esposo ya no me enojé y no le dije absolutamente nada después de que con sus nalgotas empujó mi carrito hacia atrás para poderse acomodar.

Cuando salí del supermercado tuve una buena idea, a pesar de que sabía que debía cumplirla rápido antes de que los artículos congelados que había comprado se derritieran, la gran idea era enviarle algún e-mail cariñoso o una tarjeta electrónica a mi esposo a su trabajo desde algún café internet, como los que han empezado a pulular en la ciudad. Como me preocupaba mucho que llevaba cosas en la cajuela me dije, si está desocupado algún lugar de estacionamiento cerca de la puerta del café, entonces me quedo, si no, vengo después de comer, pero para mi suerte había un lugar libre justo en la puerta, parecía que lo habían dejado libre especialmente para mí.

Me bajé muy rápido a ponerle una e-postcard a mi pedacito de corazón panzón, y casi me tropiezo con un señor que iba sacando una computadora del café, Estará descompuesta, pensé, pero cuando entré me di cuenta de que no lo estaba, no porque tenga tan buen ojo como para diferenciar una computadora buena de una mala, sino porque un hombre con un cuerno de chivo en la mano y otro más con una pistolota me dejaron en claro que estaban asaltando el lugar y se estaban llevando todas las computadoras que les cupieran en el coche que llevaban, pero como no todas cabían y como uno de ellos me vio que yo acababa de estacionar mi auto en la puerta del café internet, me preguntó Ese coche es tuyo, No, contesté, sé que era riesgoso contestar eso, pero fue lo primero que se me ocurrió para proteger no tanto el vehículo sino para que no se llevaran lo que le había comprado a mi gordo, Cómo no va a ser tuyo Tiiiiiiiii si acabo de ver cómo lo estacionabas, Sí, bueno, es de mi marido, Es lo mismo Tiiiiiiiii, así que dame las llaves rápido, si no quieres que te haga otra cosa, ah, y dime cómo se le quitan las alarmas porque si suena una te quedas fría Tiiiiiiiii. Aclaro que pongo el Tiiiiiiiii en vez de la palabra que me dijo. La cosa es que empezaron a guardar computadoras en mi coche, mientras alguien cuidaba a todos los clientes del café y les iba sacando las carteras, y todo lo que llevaran de alhajas, así que tuve que darle el dinero que había sacado del banco, unos aretes muy bonitos que llevaba yo ese día, pero a lo que sí me negué fue a darle mi anillo de compromiso, pero quién dice que no se puede, me lo arrebató y me lastimó el dedo.

Es obvio que después del asalto tuve que hablarle a mi esposo, esta vez no con un acento pícaro ni tampoco le dije Llegas temprano porque te tengo una sorpresa, pedacito de corazón panzón, como pretendía, sino Mi amor me robaron el coche. Del café internet tuve que caminar hasta la treinta y un agencia del ministerio público a presentar la denuncia y allí fue donde mi pedacito de corazón panzón me alcanzó y me abrazó, luego me acompañó a hacer todos los trámites, tanto en la delegación como en la aseguradora, y me estuvo apapachando todo el tiempo porque yo estaba muy asustada, y luego hasta lo dejé sin coche porque desde ese día él se va en metro al trabajo y yo me llevo el suyo. Eso sí, quién dice que no se puede, ya que llegamos a la casa le dije Préstame un billete de cincuenta, y fui corriendo a una tienda que vende verduras a unas cuatro calles de la casa y compré flor de calabaza para hacerle sus quesadillas, lástima que no la pude lavar porque seguía sin haber agua en la casa, pero no creo que le haya hecho daño a mi gordo.

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