Humorista: Agítese antes de usarse
Jorge Ibargüengoitia
Para un plomero o para un diseñador de aviones, la prueba irrefutable
de que lo que está haciendo está mal hecho llega en el momento en
que brota un manantial por la coladera del desagüe o se estrella el
avión en la primera prueba. Para los que nos dedicamos a la
producción de objetos aparentemente superfluos, como son libros, llamados
a veces "trabajos del espíritu", la situación es ambigua
y es mucho más difícil llegar a la conclusión de que
estamos metiendo la pata.
Los efectos de lo que hacemos
nunca son catastróficos y muy rara vez apoteósicos. Es raro el
caso del escritor apedreado al pasar por una librería, y casi tan raro el
de otro que se encuentre un día ante admiradores tan numerosos y tan
entusiastas que decidan cargarlo en hombros.
Para los que
nacieron sintiéndose genios, el oficio está que ni mandado hacer:
si la gente compra sus libros es porque, claro, no quedaba más remedio,
el pueblo tiene mal gusto, pero cuando se encuentra ante el oro sabe apreciarlo;
si la gente no compra sus libros, que es lo que generalmente sucede, queda la
satisfacción de decir: Vox populi, vox
bruti.
Pero para los que despertamos a la medianoche
con la pregunta en la boca de: "¿Seré escritor de tercera o
genio que está perdiendo el tiempo?", la cosa es mucho más
complicada. Dentro de mí puedo decir: "Soy el escritor que estaba
destinado a ser, ni mejor ni peor."
Este
razonamiento, que no admite refutación, me da consuelo a veces y a veces
llega al extremo de dejarme satisfecho, pero en rigor no resuelve nada porque no
está claro qué tan bueno o qué tan malo era el escritor que
estaba yo destinado a ser.
En busca de una
valuación de mi calidad, entro en la penumbra de los comentarios
personales, que suelen ser desconcertantes:
—Hola,
¿cómo has estado? —le digo a alguien.
—Pues, leyéndote —me contesta, y punto.
O bien, una mujer me dice:
—Me río como loca
cuando leo tus artículos.
Yo me quedo en las
mismas.
Cuando explico a alguien que estoy metido en una
novela que no progresa ni para atrás ni para adelante, que amenaza ser mi
Vietnam, hay quien dice: "Los escritores que tienen tanta dificultad en
escribir son los buenos", lo cual, huelga decir, es mentira, porque si bien
es cierto que hay escritores buenos que han pasado la pena negra escribiendo, yo
conozco otros que siendo malos, no sólo malos, pésimos, han pasado
muchos trabajos para escribir bodrios.
Lo peor es recurrir
a consejeros profesionales, llamados también críticos. Entre
éstos, por lo que a mí respecta, noto dos tendencias. Unos se dan
de santos con que en un país tan solemne como éste exista alguien
capaz de escribir algo que haga reír a la gente.
Los agujeros que tiene este razonamiento están a la vista. En primer
lugar, el país no es solemne, sino cínico, los solemnes son los
personajes públicos que lo adornan. En segundo lugar, en el supuesto de
que sea benéfico que la gente se ría, se pude lograr el mismo
efecto con sólo hacerse cosquillas unos a otros, si que yo tenga que
molestarme escribiendo.
La otra tendencia de los
críticos consiste en decirme que, francamente, les estoy fallando, tanta
confianza que habían puesto en mí, tantas esperanzas, y yo, las
oportunidades que tengo las estoy desperdiciando. La labor del humorista
—eso soy yo, según parece—, me dicen, es como la de la avispa
—siendo el público vaca— y consiste en aguijonear al
público y provocarle una indignación, hasta que se vea obligado a
salir de la pasividad en que vive y exigir sus derechos.
La perspectiva de escribir cosas venenosas que sirvan de aguijón para
lograr cambios sociales es halagadora, pero presenta serias dificultades. En
primer lugar, una cosa es tener ganas de provocar la indignación o cuando
menos una polémica, y otra muy distinta es lograrlo. En muchos casos el
que quiere provocar indignación, que está él mismo
indignado, lo que provoca es risa.
Por otra parte, es muy
difícil y tiene algo de falso andar provocando indignaciones sobre
asuntos que lo dejan a uno frío, y francamente vivir indignado —o
polemizante— es desgracia que le viene a la gente más bien por
accidente que por conveniencia de oficio.
Por
último, hay quien afirma, y yo estoy de acuerdo, que el sentido del humor
es una concha, una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que
no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia
impotente.
Esta característica del humor como
sedante es la ruina del autor como aguijón. Pero esto creo que, si no voy
a conmover a las masas ni a obrar maravillas, me conviene bajar un
escalón y pensar que si no voy a cambiar al mundo, cuando menos puedo
demostrar que no todo aquí es drama.