L    a    g    o    s

    Me apena Lagos.  Me apena porque su tiempo era otro, y no éste, como suelo pensarlo también de mí algunas, a ratos.  Su drama me es familiar por eso, porque en común tenemos a esa clase media de los 30´, 40´ o 50´, esa misa, la de otro Chile que hoy no es más que postales en blanco y negro, y sólo adornos.
 
    Pienso en Lagos y a veces hasta con cariño, con ese cariño que se tiene a los azotados por cualquier desdicha, porque no es sino una desdicha llegar tarde a la historia.  Pienso en Lagos como Alessandri, o Aguirre Cerda, o Ríos, o González Videla, porque debió ser él y no ellos, porque él se creía mucho más el cuento.  Pero fueron ellos, y a Lagos, lo tuvo que aguantar este tiempo.
 
    Era linda esa clase media... vivir en Lastarria, y en el forestal por las tardes contigo, que estudias arte sin pagar un peso, y eres feminista porque las mujeres todavía ni votan.  Conversamos sobre Huidobro y la Gran Guerra, y un café nos quita el frío, porque sabemos que los cafés de esos tiempos son para gente como tú y yo, que conversamos además de desvestimos con la mirada.  Te alejas en el tranvía leyendo un libro que hoy es viejo y deshojado, mientras yo y mi sombrero moldeamos otra sombra en los adoquines.  Entonces Lagos debió haberme dicho que el país era nuestro, que la escuela pública me necesitaba hablándoles de democracia a esos otros hijos de la clase media.  Porque él haría el resto.
 
    Le llamaría presidente y él, muy cómodo, me diría chusma inconsciente, arrojándome su chaqueta.  Pero no tendría frío, Presidente, sólo gusto.  Y los milicos serían todavía esa raza de prohombres que no sirven para los negocios, y nos reiríamos juntos de sus sueldos miserables.  Pero Lagos nació tarde, tanto, que no alcanzó a industrializar la Patria con su Keynes para tercermundistas bajo el brazo.  Nuestro odio por Ibáñez nos habría bastado.
 
    Es triste no haber vivido entonces, mantenidos por el Estado, comparando su biblioteca personal con la mía.  Es cierto, nos perdimos todo eso, hasta la calentura cubanísima de tomar los fierros, y con pose de mártir asaltar el cielo.  Debimos tener 50 para entonces, encender el fuego por los cuatro costados con la vista perdida en el horizonte, que los demás se quemaran las manos con el único rifle que había en la fábrica.  Ricardo y yo volando a Europa, como los pequeños héroes que debimos ser, y morir en Berlín, en Moscú, o en La Habana entre palmeras.  Nuestros rostros en blanco y negro en las paredes de Santiago, por estos días, en homenaje a nuestra inmolada memoria.
 
    Pero tú naciste tarde y yo mucho más, tu clase media ya no existe y le administras el fundo a los nuevos ricos.  De mí no hablaré porque este escrito se llama Lagos.
 
    Los dos perdimos, pero sólo tú te vendiste.
 
 

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