Del Sentimiento Trágico de Unamuno

Ramón Menéndez Pidal fue el primero en decirlo: "Con Unamuno el diálogo se convertía pronto en un monólogo". Pío Baroja, amargo, en sus "Memorias" confirmó esta versión posteriormente: "Unamuno no hubiera dejado hablar, por gusto, a nadie. No escuchaba. Le hubiera explicado a Kant la filosofía kantiana, a Poincaré lo que era la matemática, a Plank su teoría de los quanta y a Einstein lo de la relatividad...". Nada más cierto: en sus relaciones, Miguel de Unamuno fue siempre impertinente y no tuvo el menor reparo en obviar todo lo no tuviese que ver con sus propias inquietudes intelectuales y religiosas, transmitidas posteriormente en cada uno de sus escritos como una sucesión de relámpagos nocturnos. En vida, no fue precisamente un personaje grato, aunque sí popular. Detestado, criticado, admirado: en cualquier caso indispensable. A tenor de los comentarios de su tiempo, su físico contribuyó a afianzar la idea de un luterano extraviado en labores académicas: ojos agudos, frente plana, nariz curva, labios delgados, barba recortada al punto y voz firme, chillona. Vestía con un ascetismo tal que provocaba la ira: no usaba corbata ni sombrero al uso ni trajes parisinos. Le bastaba un traje color azul de corte clerical, que nunca se supo si fue el único, y unos zapatos bajos. Con reverencia o audacia sus biógrafos repiten que no fue apuesto y desafió a los hombres de su época manteniendo un matrimonio leal a Concha Lizárraga, quien le dio ocho hijos. No fumaba ni bebía. Se bañaba de madrugada, con agua helada. A las ocho de la mañana, invariablemente, daba su clase de griego, sin seguir ningún programa, apegado al fervor por el texto, y al terminar ésta contestaba su correspondencia, que no debió ser poca si se considera su anhelo de saber y decirlo todo. Por las noches, encerrado en un silencio terrible, escribía sus artículos y relatos. O leía. Aprendió idiomas para leer los textos directamente y eso le permitió profundizar en el latín, griego, inglés, alemán, italiano y danés. Entre sus escritores favoritos, contó a Kierkegaard, a Ibsen, a Senancour, a Melville, a Leopardi, a Spinoza. Hizo suyo a Cervantes. Conocía muy bien la literatura latinoamericana, sobre la que quiso preparar un volumen dedicado a sus fervores principales: Bolívar, Sarmiento, Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona, en fin. No soportaba, en cambio, a Góngora ni a los poetas de la generación del 27. De Camoens dijo: "es perfectamente insoportable". De Quevedo, aunque no dejaba de atraerle, llegó a escribir: "no puedo soportar sus chistes corticales y sus insoportables juegos de palabras". Es innegable que un hombre como él, hecho en la medida de sus arrebatos, no pudo menos que mantener una constante polémica con su entorno. Baste como ejemplo la que sostuvo con José Ortega Y Gasset durante años. Desde que supieron el uno del otro, el desencuentro fue total. Unamuno, en una carta de 1909, se refería a las "pedanterías kantianas " de Ortega; éste, por su parte, criticaba abiertamente los monólogos del vasco. A Paulino Garagorri le aseguró que "Unamuno en mí y para mí es una herida que no quiero abrir; algo que deseo no tocar porque me revuelve impresiones casi de angustia que prefiero dejar dormidas. Nadie puede imaginar lo que he padecido con él". Unamuno, en otra misiva, de 1910, felicitó con ironía a Ortega, a través de un tercero, por haber haber obtenido la cátedra de Metafísica: "A Pepe Ortega dale la enhorabuena y dile que si no le escribo directamente es porque no tengo nada objetivo que decirle, y no quiero molestarle con mis arbitrariedades y querellas. Que Dios, el Dios del engaño, le dé luces y fuerzas para engañar a sus discípulos con la filosofía e infundirles la suprema ilusión". Cada vez que releo a Unamuno, vuelvo a comprobar que es imposible estar de acuerdo con él. Pero, como he dicho primero, lo releo. Es, sin duda alguna, un autor poderoso, imprescindible, feroz. Lo que suele fascinar en su obra es su capacidad de encontrarlo a uno en un lugar del español en el que se juraría no haber estado nunca. Cada línea suya, tensa, es una orilla sin calambres verbales que despierta toda modorra: "Lo primero que se necesita para escribir con eficacia es no tener respeto alguno al lector, que no lo merece...". Borges, duro al definir a Unamuno como un "loco" por pretender la inmortalidad, lo leyó muchísimo en su juventud. En un artículo, publicado en "El Hogar" en 1937, afirmó: "Unamuno es el primer escritor de nuestro idioma". Atacó su "Vida de Don Quijote y Sancho" y defendió "El sentimiento trágico de la vida", obra a la que calificó de punto capital de las letras hispanas. No se equivocó: en ese ensayo está el Unamuno que vale la pena recuperar año tras año. Acaso valdría la pena añadir que ese juicio debe ser extendido a "En torno al casticismo" (1895), "Soledad" (1905), "Mi religión y otros ensayos" (1907), "Soliloquios y conversaciones" (1911) y "Contra esto y aquello" (1912). Se trata, principalmente, de ensayos nerviosos, tercos, posesivos, propensos a la cita y a la discusión personal sin contemplaciones; son, principalmente, oportunidades únicas para la exposición de una argumentación determinante. Sin la aspiración de un sistema, Unamuno fue un filósofo de combate: "...mi obra...es quebrantar la fe de unos y de otros y de los terceros, la fe en la afirmación...es hacer que vivan todos inquietos y anhelantes...". Para caracterizar a los eruditos y a los falsos filósofos, escribió que éstos acostumbraban contarle las cerdas del rabo a la esfinge en lugar de atender a sus preguntas con todos los riesgos que impliquen éstas. La filosofía, y bien que lo sabía él, está en el orden de las preguntas y no de las respuestas, que suelen cambiar con los siglos, de acuerdo a gustos o hallazgos. Por eso supo desde su juventud que su filosofía no sería escéptica ni dogmática y que respondería, ante todo, a un método de cuestionamiento que pondría en la vida el valor supremo. Su concepto podría cotejarse con el que dio Ernst Cassirer de la cultura: "Lo que la cultura promete al hombre, lo único que puede darle, no es la dicha misma, sino lo que le hace digno de merecerla". En lugar de avalar la razón, Unamuno legitimó el dolor existencial de la duda. Epistemológicamente, atribuía a la verdad una condición pragmática: "Verdad es lo que se cree de todo corazón y con toda el alma. ¿Y qué es creer algo de todo corazón y con toda el alma? Obrar conforme a ello...". Verdad no es aquello en sí sino lo que en cada hombre está siendo de modo transformador. Dentro de este orden, la inmortalidad sería la recompensa por el ecuentro personal con la verdad. Como miembro de la generación del 98 compartió las incertidumbres de Ramiro de Maeztu, Angel Ganivet, Azorín, Pío Baroja, Antonio Machado y Jacinto Benavente en el área social y política. Propugnó el europeísmo como oportunidad de superar el aislamiento cultural de España y la voluntad de ratificar un estilo encontrado de mayor sinceridad intelectual para la exposición precisa. Posteriormente, y en uno de sus clásicos arranques, renegó del europeísmo y de casi todas las tesis de su primera época. No fue, y es bueno destacar este aspecto, un narrador con suerte: en sus novelas y cuentos intentó una escritura despojada, esencial, que no siempre encontró su forma ni sus personajes. Salvo en "Niebla"(1914) y "San Manuel Bueno mártir" (1933), Unamuno no logró conferir una vitalidad atractiva a las situaciones presentadas, lo que, sin discusión, minusvalizó la excelente propuesta con la cual intentó arremeter contra el desolado panorama narrativo de su tiempo. El error, sospecho, consistió en presentar temas y no circunstancias novelescas. De ahí que prefiriera llamar "nivolas" a sus escritos. Sus temas tratan de demostrar los efectos de la Envidia, la Fe, la Maternidad o el terror existencial. "Niebla", sin embargo, rompió con este esquema y fue y sigue siendo una excepción, un vértigo. Resulta inevitable releer ese capítulo XXXI en el que el personaje, Augusto Pérez, se enfrenta a su propio autor y lo reta: "Pues bien, mi señor creador don Miguel , también usted se volverá a la nada de que salió... ¡Dios dejará de soñarle! Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo!". Esa condición problemática fue llevada por él al teatro con fortuna ocasional: desde "La esfinge" (1898), pasando por "La difunta" (1909), "La venta" (1913), "La princesa Doña Lamba" (1913), "Soledad" (1921), "Sombras de sueño" (1930), hasta "El hermano Juan" el grave asunto a dirimir no fue otro que la correspondencia fatal de la vida como ilusión o sueño o realidad sin tregua. Como poeta, tuvo intuiciones y desaciertos proverbiales. Comenzó a escribir muy temprano poemas; sólo la presión de algunos amigos lo llevó a publicarlos con cierto desdén decreciente En 1907 apareció el volumen Poesías; en 1912 salió Rosario de sonetos líricos; en 1920 sorprendió con El Cristo de Velázquez; en 1932, confundidos con ensayos, presentó "Andanzas y visiones españolas"; en 1923 Rimas de dentro; en 1924 Las rimas de Teresa; en 1925 puso en evidencia su destierro con De Fuerteventura a París y El romancero del destierro de 1927. José María Cossío, en una antología, no dudó en llamarlo "conceptualista". De un concepto a otro, en efecto, sus poemas se resuelven en una determinación que retoma temas radicales de la existencia confrontados dialécticamente en una búsqueda de una poesía que, sin apego a la musicalidad, retuviese una orientación reflexiva y religiosa: "Me he despertado soñando, soñé que estaba despierto, soñé que el sueño era vida, soñé que la vida es sueño". Hay poemas en los que llega a expresar una tentación cabalística: "¿Pretendes desentrañar las cosas? Pues desentraña las palabras, que el nombrar es del existir la entraña. Hemos construido el sueño del mundo, la creación con dichos; sea tu empeño rehacer la construcción. Si aciertas a Dios a darle su nombre propio, le harás Dios de veras, y al crearle tú mismo te crearás...". A los 72 años, el 31 de diciembre de 1936, Miguel de Unamuno falleció. Un amigo, al parecer, supo que estaba muerto porque se había quedado dormido y uno de sus pies, cercano al fuego de un brasero, se encendió en llamas. Los hechos de los años anteriores de su vida lo habían ido sumiendo en un hermetismo impertinente: murió Concha, su sostén moral, fue desterrado por la dictadura, comenzó un exilio penoso y fue destituido del cargo de Rector de la Universidad de Salamanca, que ejerció alternativamente con cóleras distraídas y extrañas veneraciones. El año de su muerte, en añadidura, fue el inicio de la guerra civil de España, a la que no dudó en llamar "guerra incivil" y que lo sumió en un desencanto inimaginable. Cuando murió, ya estaba muerto en vida. En su lápida alguien se atrevió a plasmar estas líneas: "Méteme Padre Eterno en tu pecho / misterioso hogar / dormiré allí pues vengo deshecho del duro bregar".
Fernando Baez