Don Miguel de Unamuno

Menéndez y Pelayo, el tantas veces ilustre autor de Las ideas estéticas, representaba en España el viviente archivo de la cultura tradicional; Miguel de Unamuno, el sabio rector de Salamanca, representa el poderoso aliento capaz de imprimir nuevo ritmo a la intelectualidad española. No es Unamuno un enemigo de la tradición como ciertos vacuos progresistas al uso, sino, al contrario, un amante de ella. Pero Unamuno piensa que es preciso ahondar en el pasado hasta encontrar en él la entraña viva y fecunda, el ayer capaz de convertirse en mañana. Se le ha llamado sabio. Si la sabiduría es la erudición, no faltará en España quien pueda disputarle con ventaja el título de sabio. No es Unamuno el hombre que se convierte en biblioteca, sino al contrario, el que consigue humanizar al libro. Desde este punto de vista, Unamuno representa la ciencia viva, la sabiduría. Si echáis una ojeada a la intelectualidad contemporánea española, en toda descubriréis la huella de D. Miguel de Unamuno. Su espíritu poderoso ha sellado a su tiempo. Muchos llevan la enseñanza del maestro bajo la frente y en el corazón; otros la llevan como la marca de un hierro candente, en las espaldas. Este gran inquietador de espíritus, este gran flagelador de la modorra nacional, es sobre todo y antes de todo un egregio poeta, en el alto sentido de la palabra, el descubridor de un nuevo ritmo para las ideas, no para las palabras. Como vivimos en España, país beocio y sin respeto a todo valor espiritual, el nombre de Unamuno, como el de Costa, como el de Giner de los Ríos, traerá, acaso, a vuestra memoria algún adjetivo con que la estulticia ambiente trató más de una vez de descalificarle. A Unamuno se le ha llamado paradojista o simplemente chiflado. No olvidéis que en todas partes y en todo tiempo los idiotas han pretendido ejercer el monopolio de la cordura. Miguel de Unamuno comenzó a escribir para el público a raíz de nuestra ruina colonial, cuando España cosechó el amargo fruto de la inconsciencia y de la iniquidad. Como el gran Costa, pensó Unamuno que era el caso de despertar algo que dormía un sueño muy profundo, y para ello empleó más de una vez la férrea maza y el hacha taladora. Su agresividad ha sido siempre generosa. Este indudable resurgir de la conciencia española se debe en gran parte a la obra siempre inquietante y sugestiva de Miguel de Unamuno. Su personalidad es muy compleja y no somos nosotros los llamados a definirla. Hay en Unamuno un místico y un poeta, un pensador y un maestro; hay, sobre todo, un gran revelador de la energía nacional. Ha pretendido despertar a su pueblo; ésta es su obra soberanamente patriótica. ¿Aguardaremos nosotros a la llamada hora de la suprema justicia para decir lo que pensamos de Unamuno? Quien no hizo justicia a sus contemporáneos mientras vivieron, carece de autoridad para rendirla a los muertos. Siempre fue achaque de malsines y envidiosos el desatarse en desmedidos encomios de los muertos ilustres. Se enaltece al que se va para denigrar a los que se quedan.