A Miguel De Unamuno
Excitator Hispaniae
Clarín
AÑO III- Nº15MAYO-JUNIO 1998

Mentiría si dijese que me consuela saber que el miedo a la muerte lo heredamos de los hombres de las cavernas, asediados por la malaventura, la calamidad y el peligro, pues tal conocimiento no reduce esa angustia, como no se la redujo a usted ni a madame Dubarry, ilustre amante de Luis XV, quien ignoraba, al igual que ignoro yo, si el revoltijo de miedo que le desordenó las querencias tras ascender al cadalso donde iba a ser decapitada, era un atributo de la muerte que hasta ese instante le había pasado inadvertido, o la secreta expresión que mejor definía su carácter orgulloso, putatriz y verdulero. Como es previsible, no se detuvo a averiguarlo en lugar tan poco apto para resolver perplejidades de índole filosófica, pero sobre todo porque andaba bastante atareada rogándole al verdugo que esperase un minuto, y luego otro más, antes de que aquél descargara el brillo afilado y resuelto del hacha. Intentando descifrar su actitud, he pensado que las súplicas de madame Dubarry iban encaminadas no tanto a demorar lo inevitable como a impedir que fracasara su ilusión de escapar a la muerte si la negaba con suficiente ahínco, porque la amante de Luis XV, que disimulaba sus conocimientos en gramática parda con la soberbia de largas lecturas, no debía de saber sin embargo que sólo son inmortales los animales y los niños, pues son los únicos que viven instalados en un presente sin término ni orillas, y la muerte, como la lluvia de Borges, es algo que siempre ocurre en el pasado. Cómo interpretaría usted esta anécdota es algo que no alcanzo a adivinar -aunque sospecho que distinguiría en la rescoldera de madame Dubarry su propio pánico a la muerte-, ni tampoco acierto a figurarme cómo acogería esta carta, don Miguel, si usted siguiese paseando aún por las Españas su barba mustia y cerril, su atuendo impecablemente lúgubre, cuya austeridad sólo desmentía la blancura esmerada del cuello y los puños de la camisa, y sus lentes sabihondos, en los que casi siempre palpitaba un cosquilleo de brillos, que le prestaban a usted un mirar de búho, como si llevase puesto el antifaz de Minerva. Y si digo que me flaquean los esfuerzos para establecer una opinión satisfactoria sobre el asunto Dubarry -por formularlo con cierta ceremonia-, es porque usted improvisaba o aprovechaba cualquier excusa para proferir destemplanzas, afianzado en la exigencia casi enfermiza de mantener a toda costa su prestigio de hombre ocurrente, y sobre todo porque nada le complacía tanto como imponer su individualidad y hacer que los otros acomodasen sus ropajes y opiniones a ella. Por eso no fue necesario que Ortega y Gasset exagerase la perspicacia cuando pregonó: "...en los bailes castizos no suele faltar un mozo que cerca de la media noche se sienta impulsado sin remedio a dar un trancazo sobre el candil que ilumina su danza; entonces comienzan los golpes a ciegas y una bárbara barahúnda. El señor Unamuno acostumbra a representar este papel en nuestra república intelectual". Y es que usted, don Miguel, incluía entre sus múltiples famas la de ser un reconocido pistolero literario, algo así como un Clint Eastwood de las letras que irrumpe en el saloon de las tertulias repartiendo balazos sin clemencia y sin perdón: "¿De qué se habla? Que protesto", gritaba con su voz empañada de nasalizaciones y trémolos de calderilla, como si se hubiese tragado un alboroto de hojalata, en cuanto entraba en el Ateneo. ¿Se acuerda? Fue allí donde un joven escritor se atribuyó la doble licencia de reprocharle la insignificancia de un artículo y censurarle por emplear en él palabras que no figuraban en el diccionario. Los tertulianos callaron bruscamente, repetido en cada uno de ellos el mismo gesto de asombro, y giraron las cabezas hacia su asiento. Por un instante a usted se le iluminaron los ojos con una sonrisa que se le apagó antes de que la recogieran los labios, y ya había recuperado su habitual semblante de calvinista en crisis de conciencia cuando contestó, con menos énfasis que sorna: "No se preocupe si no vienen en el diccionario, joven. Ya las pondrán". Se le acusaba, don Miguel, de profesar un narcisismo sin vuelta ni retorno, y a este respecto Baroja expone en Desde la última vuelta del camino un suceso digno de engrosar las páginas de la gran enciclopedia universal de la ombligomanía, en la que los miembros de la generación del 98 ocuparían tres capítulos y medio: este último dedicado al mendruguero Azorín. Echo el cierre a la observación y copio de las Memorias barojianas:

Se contó que cuando el rey de España otorgó la cruz de Alfonso XII a Unamuno, don Miguel se presentó en Palacio con su indumentaria habitual, y dijo al monarca:-Vengo a presentarme ante Su Majestad para darle las gracias por la cruz de Alfonso XII, que me merezco. -Es extraño -dicen que replicó el rey-. Las demás personas a quienes he concedido la cruz me han asegurado que no se la merecían. -Y tenían razón -contestó don Miguel

En fin, tales desaforadas ansias de estar en todos los enjuagues de la época y de pretender que se hablase de usted hasta en sueños, obedecían a su miedo patológico a la muerte y a su no poder creer en la inmortalidad de catecismo, según le confió a Clarín con prosa enjuta y desmedrada en una carta de 1900: "¡Ah, qué triste es después de una niñez y juventud de fe sencilla haberla perdido en la vida de ultratumba, y buscar en nombre, fama y vanagloria un miserable remedo de ella". Y en Amor y pedagogía, hablando por boca de don Fulgencio, frecuentaría usted la misma obsesión, aunque, eso sí, con mejor sintaxis:

El erostratismo es la enfermedad del siglo, la que padezco. [...] ¿Sabes quién fue Eróstrato? Fue uno que quemó el templo de Éfeso para hacer imperecedero su nombre; así quemamos nuestra dicha para legar nuestro nombre, un vano sonido, a la posteridad. ¡A la posteridad! Sí, Apolodoro -cogiéndole de una mano-, no creemos ya en la inmortalidad del alma y la muerte nos aterra, nos aterra a todos, a todos nos acongoja y nos amarga el corazón la perspectiva de la nada, del ultratumba, del vacío eterno. [...] Vivir unos días, unos años, unos siglos, unos miles de siglos, ¿qué más da? Y como no creemos en la inmortalidad del alma, soñamos en dejar un nombre, en que de nosotros se hable, en vivir en las memorias ajenas. [...] Aquí me tienes tragándome mis penas, procurando llamar la atención de cualquier modo, haciéndome el extravagante.

En este fragmento cifró usted los tormentos de su alma e insinuó las razones que desencadenaron, cinco años atrás, su célebre psicopasmo, su drama íntimo, su crisis. Un drama que aquella noche del 21 de marzo de 1897 le dejó cara a cara con una angustia sin fondo, pues jamás había experimentado usted un sentimiento de postración parecido, a pesar de que el desaliento siempre le persiguió de cerca, ni una tristura como la que le incitaría a encastillarse en la certidumbre de que los años venideros no serían bastantes para consumir todos los infortunios que le tenía reservados la suerte. (Según admitiría después, esta suposición casi lo insta a empujar la puerta de emergencia del suicidio). Lo cierto es que, pese a que no lo confesara a nadie, los días anteriores a aquel 21 de marzo usted callejeó Salamanca con el propósito de encontrar a alguien con sus mismos rasgos al que entregar su cátedra, su nombre, sus saberes, su mujer, sus muertes y toda la chatarra de ilusiones maltrechas que lo expresaban, porque, si eso fuera posible, consideró, entonces podría recobrar la fe que perdió al doblar el recodo de la infancia y ser discretamente feliz. Pero no halló a nadie que mereciese ese infierno. Abatido y con el ánimo a la deriva, discurrió que todo, incluso el gorjeo de los pájaros, conspiraba para perpetuar en su alma la angustia que le sobraba a sus libros y a La vida es sueño, fatigado de relecturas, y a menudo, incapaz de resistir la desesperación, se precipitaba a las afueras de la ciudad, donde, a salvo de las curiosidades ajenas, se daba a gritar hasta quedar afónico y con el corazón hecho astillas. Solamente cuando terminaba de desgañitarse llamando a Dios, rebuscaba entre la negrura ofuscada del chaleco los útiles de escribir y, sorbiéndose las hilachas de los mocos, se aplicaba a garabatear páginas y páginas con la intención de desenredar la madeja febril de sus cavilaciones. Y así estuvo hasta que aquella noche de marzo, en una de las idas y venidas en la cama, vislumbra el mismo destino que madame Dubarry y se aprieta el costado izquierdo, porque teme que se le retrase para siempre el tartamudeo del corazón y se le quede mudo de por muerte. Pero a la autoridad del miedo le sigue una reacción de incredulidad y, antes de incorporarse, ya ha reunido tantos argumentos a su favor que, cuando prende la luz, se dice que aquello no le está ocurriendo a usted, sino al otro que anduvo buscando y que ahora acapara su nombre y su taquicardia. Sin embargo, esta creencia la deshace una nueva y más intensa punzada en el pecho que le infunde la seguridad de que no sobrevivirá a aquella noche. Entonces, en el momento exacto en que usted ajusta una queja al desconcierto de la respiración, evoca su infancia y descubre que dentro de aquel recuerdo es feliz, y esa felicidad le duele más aún que el costado, porque constituye el reverso cabal de la angustia que ahora lo martiriza y que pronto agravará el llanto de Raimundín -su hijo hidrocéfalo-, en cuya desaforada y gigantesca cabeza reconocerá usted mañana, cuando se encuentre en el convento de los dominicos, adonde ha acudido en busca de consuelo y divinas palabras, el símbolo del intelectualismo que le había hecho abjurar de Dios, según escribiría en su diario después de tres días de zozobras durante los cuales, sin embargo, no desatendió la esperanza de que la providencia le ayudara a recuperar la fe: "Es una enfermedad terrible el intelectualismo, y tanto más terrible cuanto que se vive en ella tranquilamente, sin conocerla; es tan terrible como la locura o el idiotismo, en que se dice que ni el loco ni el idiota sufren, pues no conocen su mal, y aun pueden vivir contentos". Efectivamente, atragantada la memoria con el barullo de recetas que sirvieron al hombre del Barroco para cocinar a fuego lento el yantar del desengaño -que fue el plato fuerte del siglo XVII- y mareado de congoja, en los días previos a la crisis usted dio en recorrer los pormenores de aquella centuria y no tardó en hacerse el encontradizo con don Pedro Calderón de la Barca, quien desde muy joven trabó amistad con la muerte y con el páramo de misterio que se interpone entre este barrio y el otro, hasta el punto de disponer que cuando falleciera pasearan sus restos en un féretro descubierto para que todo Madrid advirtiese en qué acababan los halagos de la gloria, y para reiterar así la convicción de que el triunfo no exime a nadie de desembocar en el callejón sin salida de la muerte. Sin embargo, el de su admirado dramaturgo, como sabe, no era un caso aislado. Se cuenta que a tal altura picaba en aquel siglo el gusto por la muerte, que algunos nobles y caballeros adquirieron la costumbre de hacerse retratar amortajados y, para figurarse a sus anchas los estragos futuros, ordenaban al pintor que les confiriese una palidez de chinos metidos en lejía, les afilase los pómulos y la nariz, y les dibujase una expresión a juego con la severidad de sus vestimentas de cuervo, en las que no había más concesión a la luz que la estrofa de blancura de la golilla, y eso cuando no estaba del todo humillada por la mugre. Terminado el encargo, el pintor asistía al penoso trance de ver cómo los nobles estudiaban la tela al trasluz de sus pretensiones; y si todo había ido bien, le despachaban una palmada afectuosa en el hombro, buen trabajo, maestro, y salían del taller veinte años más viejos de lo que habían entrado -quizá para anticiparse a quienes serían- y con sesenta ducados menos en la faltriquera. Luego emperchaban el lienzo sobre la cabecera de la cama y, al concluir la jornada, se despedían de ella rezando, proptiare, Domine, supplicationibus nostris, etc., y propinándose golpes de orangután con ínfulas de kunfú -aunque procurando no astillarse el esternón ni desbaratar el andamio de las costillas en un incontrolado arrebato de fervor religioso-, pues estaban persuadidos de que la muerte es lo único que otorga significado a nuestra existencia, como sobre poco más o menos razonaba usted, don Miguel. La única diferencia entre ambos es que a un "villano de a pie", como se definió, apenas le alcanzaban los dineruelos más que para una cartulina en la que reproducir, con una letra desfigurada por los trastornos de la ansiedad, aquellos versos de la Odisea que aseguran que "los dioses traman y cumplen la destrucción de los hombres para que los venideros tengan algo que cantar", versos que durante años presidieron las soledades de su cuarto de estudio. Por lo que concierne al retrato, hubo de resignarse a valorar la alternativa de prescindir de él u obligar a entrar en razones a sus gustos estéticos y, si finalmente accedían, afirmar con cuatro chinchetas la caricatura que le infligió José María de Martín, en la que a usted lo comparaba con una lechuza o un búho, que para el caso es lo mismo, porque los dos sufren de insomnio, o al menos lo sufrían antes del desastre de Doñana. Por cierto, que la lechuza, usted lo sabe, pues fue filósofo de andar y ver, catedrático de griego y hombre de vastos conocimientos, es el animal que representa a Minerva, la diosa de la sabiduría. Pero aquí, que se ha fabricado de todo, incluso políticos prestigiosamente corruptos, ya no hacen gafas como las que usted se encajaba en el puente de su nariz ambiciosa y corva, y esa carencia donde mejor se advierte es en los intelectuales, y más aún en los que se asoman a la viñeta del televisor -un chisme, don Miguel, que a menudo sólo sirve para apagarlo-, desde donde tontifican y consumen la pólvora del caletre en salvas de ego(idio)tismo, por expresarlo en germanía de frenopático, mientras lucen falsa corona de inteligencia y dicen verdades como templos, aunque lo malo es que casi ninguna es verdad. Lo único que hacen bien es insistir en los lugares comunes de la "tripodología gatuna" -o arte de buscarle tres pies al gato- y perseverar en la pasión por lo intrascendente, baladí y chusquero. Pero ya sabe usted que por estos lares no conviene extremar las esperanzas, exigirle peras al olmo, ni sal a lo desaborido, para no contradecir uno de nuestros más arraigados y encepados hábitos: el de alimentarnos de vulgaridades como los cerdos de inmundicias. Yo a veces, don Miguel, he pensado si todos esos intelectuales de idea y media -que no se imagina usted la polvareda de solemnidad que están levantando con esto del centenario de la generación del 98-, no serán clientes ideológicos de Carpócrates, quien afirmaba que, para liberarnos del despotismo de los ángeles, dueños del mundo, era necesario cometer toda clase de infamias, porque sólo perpetrando todos los actos -incluso los dictados por la estupidez, agrego yo- el espíritu puede salir del laberinto de las pasiones y recuperar la pureza perdida. No se extrañe, pues, de que a punto de entregar el siglo XX el alma a los manuales de historia, por estas tierras no tengamos más sabios que Perogrullo, ni más búhos ni lechuzas que los disecados, porque este es un país de gallinas. Y no me interprete mal ni crea que estoy unamunizando. Me explicaré antes de que espese las cejas y yo le arruine el día, que a buen seguro lo estará gastando en discusiones con Ignacio de Loyola, con don Quijote -el único filósofo español al que merece la pena leer, precisamente porque no escribió nada-, o quizá en buscarle las cosquillas a Dios, un personaje que porfió sin desalientos ni mayores desmayos en salir en todas las películas de Ingmar Bergman, aunque sólo fuera como secundario, y al que usted también dio pensión completa en el caserón penumbroso de sus libros, pese a que no se llevaban muy bien. En realidad, a usted Dios lo trajo por la calle de la amargura. Y júzgueme sincero si le digo que entiendo su tragedia, don Miguel. Nietzsche discernía en el politeísmo no sólo la facultad de escoger otorgada al hombre, sino también su variopinta multiplicidad. "Me contradigo. Soy vasto. Contengo muchedumbres", corroboró Walt Whitman. El paso de una cooperativa de dioses al concepto mosaico de un único Dios desgarró la psique humana, según aseveran los estudiosos de la religión, y si a este hecho aliamos el que la Torah establece la doble prohibición de representar a Dios mediante imágenes y la aún más absurda de imaginarlo, ya tenemos los ingredientes necesarios para preparar la olla podrida de la confusión y el revoltijo mental que usted, al igual que otros tantos, padeció. En este sentido acierta Steiner cuando escribe que "nunca se impuso al hombre exigencia más feroz, más cruel, pues el espíritu humano tiene la tendencia compulsiva, orgánicamente determinada, a la imagen, a la presencia representada". Y aunque el cristianismo paulino encontró una solución a este problema, al consentir la representación pictórica de Jesucristo o de la Virgen, el daño ya estaba hecho. Fíjese que intuyo que usted no le puso un pleito a Dios por falta de dinero, y no porque temiese que fuera a perderlo -el pleito, no el dinero-. Pero en fin, le estaba diciendo o le iba a decir hace dos párrafos que este país que a usted le dolía en las entrañas del alma -se equivocan quienes piensan que el alma no tiene cuerpo- se parece demasiado al palo de un gallinero: es pequeño pero lleno de mierda, aunque muchos se empeñen en disfrazarla. Y es bien sabido que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Créame que se le echa de menos, don Miguel. Ya no hay nadie que no tema llamar las cosas por su nombre, nadie que ponga el grito en la techumbre de la indignación o donde se tercie, porque hoy la gran mayoría de intelectuales asienten a todo como eunucos. Cuántas veces no habré repetido, don Miguel, que con diez unamunos escribiendo en los periódicos y haciendo justicia en las Españas -ya no hay una sola, como usted y sus compinches de generación creían, sino diecisiete; España, que no multiplica el ingenio ni la inteligencia, se multiplica a sí misma, como los conejos-, otro gallo nos cantaría. A hombres como usted es a los que deberían clonar, porque usted era uno de esos tipos extravagantes que sólo acatan el dogma de la independencia, que se ponen por montera los convencionalismos y que, de vivir hoy, se pasaría esa cricada de lo políticamente correcto por lo más noble y blando de la horcajadura. Usted iba con el capote en ristre y marchaba contra corriente, como los iluminados, los locos o los salmones. ¿Se acuerda? De Unamuno se explicaba que era capicúa, pues empezaba con "una" y terminaba con "uno". Y es que usted ha sido uno de los pocos individuos realmente interesantes de los últimos tiempos, el único que se mantuvo firme contra viento y marea, y el único que desmintió el triste pero verdadero apotegma que sostiene que todas las personas nacen como original, pero que la mayoría muere como copia. Usted, simplemente, era un trasunto de la encina que cantó Virgilio:

cierzos alpinoscon porfiados asaltos combatiéndolade un lado y otro, ella cruje,sembrando en torno el monte con sus hojas,pero prendida queda en la alta peña,en el cielo la frente y las raícesen el seno de la tierra hundida: así el héroe.

Lástima que usted se haya ido dejando a España huérfana de padre, y lástima también que no pueda darse un garbeo por aquí. Aunque yo seguiré alimentando ese bello espejismo. Vale