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LOS QUE AUN VIVEN.

MASACRE EN MY LAI

 

Son My. Un día, veinte meses después. El peregrinaje es penoso, aunque breve. Menos de dos horas de vuelo desde Saigón hasta el aeropuerto de Quangngai. Luego, unos cuantos kilómetros en coche por la nacional número uno, entre la cordillera annamita y el mar del Sur de la China. Después, un trozo de carretera de segundo orden, incierta y tortuosa, hasta que el paisaje estalla en resplandores; : es el reflejo del sol solbre los tejados de chapa de Son My: unas pocas decenas de barracas en la falda de una colina, pobladas de sombras humanas en movimiento. Unos pocos centenares de prófugos que han logrado sobrevivir al napalm, al gas, a las bombas de los "B-52". Restos de familias destruidas con sus pueblos. En Son My termina la carretea, me bajo del coche, un miliciano de las fuerzas populares del Gobierno viene a mi encuentro armado de un fusil. Mientras tanto, se detiene alguna sombra humana, se cruzan miradas. Pero no son miradas banales ni curiosas, como las que uno puede encontrarse en Saigón. Son máscaras mudas, casi místicas: son rostros de viejos campesinos, mujeres o muchachos austeros como la tierra de esas montañas, donde no hay un delta que te ayude a cultivar el arroz y donde no hay un campo que no haya sido arrebatado a la jungla.

Trato de imaginarme estos rostros hace veinte meses. La mañana del 16 de marzo de 1968, cuando el teniente americano William Calley se presentó en el pueblo My Lay-4 y mandó colocar una ametralladora frente a las cabañas, y todos comprendieron que no había nada que hacer, u las mujeres lloraban y apretaban contra sus pechos a sus hijos, y todos caían a tierra, unos sobre otros.

El miliciano me dice a gritos que me vaya, que tiene por consigna mantener alejados a los prófugos de los extraños, no permitir que cuenten la historia de la masacre. Miro a una mujer que está un poco apartada de los demás, me pregunto si será la que ha visto morir a sus cinco hijos, y trato, sobre todo, de comprender si sería capaz de hacerle semejante pregunta. Ahora el miliciano se muestra amable, interesado, admite que puede hacer la vista gorda, que querría señalarme a Do Thi Hoai, el que ha participado en la sepultura de los cadáveres y que hasta es posible que los haya contado.

 

FREE-FIRE ZONE

Para trasladarse de Son My a Pinkville, un automóvil no sirve de nada, porque no hay ni carreteras ni senderos. Es preciso bajar por la colina, atravesar una especie de terreno pantanoso, con el agua casi hasta las rodillas y el fango que te dificulta cada paso. Luego hay que dejar atrás un bosque de eucaliptos desfoliados, y uno se encuentra frente a My Lai-4, es decir, el cuarto de los cuatro pueblos My Lai que los americanos han vuelto a bautizar con el nombre de Pinkville. Sólo que en My Lai-4 no queda nada, porque el pueblo fue incendiado y destruido aquel 16 de marzo de 1968. Más bien se puede decir que no existe ya ningún My Lai-4. Y sin la ayuda de un cabo de marines quizá no hubiese podido reconocer nunca las pocas huellas confusas que aún quedan. El cabo ha llegado aquí esta misma mañana, con dos hombres y tres palas. Tienen que buscar la fosa, encontrar aquellos seiscientos desgraciados muertos por los hombres de la Compañía C.

Es evidente que el cabo no tiene demasiadas ganas de llevar a cabo su tarea, su para está todavía brillante. Pero, sobre todo, no tiene ganas de conocer la historia, que, por otro lado, considera "quite normal", muy normal. "Para empezar -nos dice- hay que buscar los atenuantes. La masacre ocurrió el 16 de marzo ¿no? Pues bien, yo, el 15, me encontraba en Quangngai, precisamente en la sede del primer batallón del 28 Regimiento de la XI Brigada de Infantería. Así, aquel día vi con mis propios ojos a los hombres de la "Charlie" dar sepultura a uno de sus compañeros más queridos. ¿Sabe alguien cómo murió? En una trampa como esas que fabrican hasta los niños. Y en el pueblo todos sabían dónde estaban. Habían visto pasar a los soldados, podían haberlo dicho. Pero no, malditos "GOOKS". Así que, al día siguiente, cuando se mandó a la acción a la "Charlie", les tocó pagar a todos ellos. Por otro lado, este era un pueblo rojo, lo sigue siendo: aquí, los vietcong se sienten en casa, van y vienen, de hecho, toda la zona es "free-fire", zona de fuego libre…"

 

OPERACIÓN CRIBA.

La diferencia entre una "free-fire zone" y una zona de fuego limitado es más o menos la misma existente entre la provincia de Quangngai y cualquier otra. Quangngai, que vio nacer al primer ministro norvietnamita Phan Van Dong, está habitada por gente fuerte y valerosa. Así que sí, en cualquier otro lugar, el descubrimiento de un vietcong puede provocar la intervención de la aviación o de la artillería, sólo previa autorización del jefe del distrito o de la provincia, aquí una simple hoja que se mueva se convierte en un objetivo. Y esto no es de hoy. Ya en 1967, el 20 por 100 de los pueblos de la citada provincia eran considerados oficialmente como destruidos, mientras que el 40 por ciento de los 138.000 habitantes de la región habían sido ya "erradicados", es decir, arrancados por la fuerza de su ambiente y deportados en lugar seguro. Fueron expedientes siempre inútiles: el vietcong resucitaba una y otra vez, cada vez más eficaz, mejor organizado, más duro.

Es entonces cuando la máquina de guerra americana se transforma en una especie de "rodillo represor". El 70 por 100 de las viviendas de la provincia son destruidas mediante bombardeos. Los campos de arroz, en cuanto se sospecha que pueden servir al vietcong, son declarados prohibidos: desde el cielo se lanzan octavillas con un dibujo o una frase que comunica al campesino la prohibición de recolectar, Y para todos los transgresores hay siempre listo un helicóptero con dos ametralladoras que hacen dos mil disparos por minuto. Pero tampoco es mucho lo que se consigue, los campesinos aprenden a recoger el arroz de noche, y resuelven el problema de la vivienda excavando túneles profundos, todos unidos entre sí. Estados Unidos contesta con gases tóxicos, o multiplicando los raids de los "B-52". De este modo, una cantidad innumerable de gente empieza a morir directamente bajo tierra.

 

LA LEY DEL ODIO.

Tras la ofensiva del Tet, el "american way o fighting", es decir, la manera de llevar adelante la guerra manteniéndola siempre al nivel de la masacre, recibe un peligroso apoyo psicológico.

La ofensiva de enero de 1968, con los ataúdes simultáneos a todas las ciudades y a los principales objetivos militares del país ha sacudido violentamente al soldado americano, que, aunque no entendía demasiado bien esta guerra, estaba por lo menos seguro de vencerla. Justamente después del Tet, mientras Westmoreland habla de "crushing defeat" de los comunistas. El soldado empieza a sentirse hastiado, a dudar de su misión mesiánica, a dudar de salvador del mundo libre. Y reacciona con el odio, un odio ciego y salvaje contra un enemigo que se ha convertido en un objeto de sus dudas y al que precisamente por esto no puede reconocer ni naturaleza humana. "Encontrar a esos bastardos y hacerlos pedazos", es el lema del coronel Patton, hijo del famoso general de la campaña de Europa del cuarenta y cinco. Y si alguno no es bastardo, tiene que ser "gook" o "dink"; en cualquier caso, si hau que combatirlo y vencerlom habrá que hacer cuadrar los "kill ratos" o los "body counts", porque, pensandolo bien, aquél no es más que un número.

Así que, antes, los torturadores y los asesinos eran, sobre todo, los vietnamitas o los asiáticos en general, ahora "el terrorismo del enemigo - reconoce el coronel de marines, William Kirson- está perfectamente compensado con el nuestro". En Rach Kien, a 25 kilómetros al sur de Saigón, tres soldados gubernamentales seccionan a golpes cuatro cabezas de vietcongs, luego les ponen en la boca un cigarrillo y se hacen fotos de recuerdo, sujetando sus trofeos por los pelos. Pero en Saigón, un general de la 173 División Aérea no oculta a nadie su pasión por la caza con carabina, que practica desde el helicóptero, en los días de descanso, disparando contra todo vietnamita que ve correr por los arrozales. En Thailandia, los guerrilleros comunistas son arrojados al vacío desde aviones "DC-36" y, en Vietnam, desde helicópteros. Y si los soldados coreanos de la Divisiones "Tigre" o "Caballo blanco" empalan a un niño y le dejan morir a pleno sol cada vez que alguno de sus campamentos es atacado por guerrilleros, los americanos de la Compañía "Charlie" disparan contra el niño o lo matan porque han perdido a un compañero.

 

LA CALCULADORA

Nadie sabe bien dónde está, ni como funciona en sus detalles. Pero es seguro que, después de haber reducido al enemigo a simples números, después de haberse convencido de que borrar una cifra, aunque sea a sangre fría, es mucho menos comprometedor que matar a un ser humano, lo más importante que podía esperarse uno en Vietnam era la llegada de una calculadora electrónica capaz de exterminar a los vietcong uno a uno. Y llegó por fin, es decir, llegó el último modelo, bastante perfeccionado, de un computador que lleva un par de años funcionando. Así que, mientras el primero, del que se dice que está funcionando en Bien Hoa, seguirá ocupándose de la guerra de rutina (es decir, ordenará todos los datos de los servicios de información militar, estudiará los objetivos, la entidad de las tropas enemigas, sus movimientos, es decir suministrará planos militares indicando qué armas convendrá utilizar en cada una de ellas), el nuevo se utilizará para analizar una selección de individuos con el fin de decidir sin duda alguna si se trata o no de simpatizantes del vietcong que hay que eliminar.

Este año, por ejemplo, parece que entre los simpatizantes hay ya unos treinta mil sólo entre el personal civil.

Tenemos, pues la barbarie científica y la barbarie típicamente primitiva. La destrucción de un pueblo con todos sus habitantes llevada a cabo desde una altura de miles de metros, según las instrucciones de un computador, y la destrucción a quemarropa de un pueblo con todos sus habitantes por un grupo de soldados para vengar a un compañero muerto el día anterior. En Vietnam hay sitio para todo, para la masacre industrial y la local. Más aún, a veces se confunden los dos tipos de delitos: pueden nacer de un cerebro electrónico y realizarse con un tiroteo. En el curso de una semana – dice por ejemplo el comandante de una patrulla de la División Americal, encargado del programa de "pacificación" en la provincia de Quangngai-, mi patrulla ha destruido trece pueblos", es decir, ha llevado a "feliz" término la tarea elaborada anteriormente por el calculador. ¿En qué circunstancias se llevó a cabo la destrucción? " Como de costumbre – contestó -: veinticuatro horas antes, los habitantes del pueblo a destruir fueron advertidos desde una avión mediante un altavoz. Luego llegamos nosotros, sacamos nuestros mecheros y prendimos fuego a los tejados de paja. Si loas casas eran de piedra, lanzábamos granadas".

Las patrullas como ésta están siempre atareadas, porque el programa de pacificación es muy amplio. Sólo cuando el pueblo está en alguna zona de "free-fire", la tarea se realiza con mayor celeridad: entonces no se utilizan ni altavoces ni aeroplanos, los soldados se colocan en torno al pueblo y mientras unos prenden fuego a todo lo inflamable con sus mecheros, otros se dedican a disparar a matar a todos lo que tratan de huir.

 

INDIFERENCIA

No podrían estar Son My, Pinkville o My Lai-4 más lejos de la capital, aunque fuesen mares de la Luna. La oleada de horror que ha conmovido al mundo occidental ha pasado casi inadvertida en Saigón. Los periódicos no hablan de ello, la gente no habla sobre ello. Y esto sin duda, es mala señal. "Pinkville – decía la semana pasada el joven vicedirector de la Agencia France Press- es quizá la página más incómoda de la aventura americana en esta tierra, pero, sin embargo, no es la más negra. Sólo es una de tantas". Otro dice: " Si el Gobierno americano trata de evitar un debate público sobre la masacre es porque da por descontado el antiamericanismo que reina en el país y no quiere que pese sobre los hombros de Vietnam del Sur el proceso a la guerra de Washington".

Mientras las masacres se suceden día a día, replanteando el ya viejo problema de cómo pueden los americanos pacificar a un pueblo del que se encuentran aislados, en un país que no controlan.

Ahora bien, si la pacificación es una ilusión, la vietnamización es impensable. En el Delta abandonado al control de los gubernativos ya se han hecho notar dos regimientos de norvietnamitas y, en estos días, otro está entrando. EN Bu-Prang y Du-Lap, los americanos han acudido en ayuda de la 23 División survietmnamita, para defender dos campos asediados desde hace dos semanas. Hoy, uno de ellos, ayer, el otro, han herido el corazón de Alain Saint Paul.

 

Carlo Greogoretti