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La guerra del Vietnam se eterniza. Lejos de los lugares bélicos no se consigue llegar a un arreglo. Las probabilidades de paz se diluyen en las interminables sesiones de la Conferencia de París, de cuyo comienzo se cumplen estos días trece meses, y en los encuentros que "al más alto nivel" reúne a los responsables de las llamadas fuerzas aliadas. La última de estas entrevistas ha tenido como escenario la isla de Midway. El mismo Nixon, al que acompañaba su estado mayor (Rogers, Laird, Cabot Lodge…), evidenciaba ante Thieu la necesidad de acelerar la búsqueda de una salida al conflicto. Se habla de que un primer paso por parte de Estados Unidos consistirá en la retirada de una parte de sus efectivos ( unos 75.000 soldados) en el transcurso de este año, reducción susceptible de ser ampliada a contingentes más elevados. Sin embargo, el plan americano no parece gozar de la anuencia de sus aliados de Saigón. Sobre todo, en el punto que prevé la futura formación en el sur de un gobierno de coalición. A este respecto, declaraba ante el Senado al senador Kennedy: "No hemos combatido en el calor y en el barro para que una o dos personas se mantengan en el palacio presidencial de Saigón. No hemos gastado miles de millones de dólares para sostenes un gobierno que encarcela a sus oponentes, que suprime los periódicos y que intenta afianzarse con la opresión", palabras que reflejan la opinión de un sector cada vez más numeroso de los Estados Unidos.

Pero mientras se discute sobre el futuro de las fuerzas americanas en Vietnam, los combates continúan. Los gigantescos "B-52" siguen arrojando toneladas de bombas sobre su jungla mientras los comandos del F.N.L. renuevan dada día su actividad combativa. Campos devastados, aldeas calcinadas, centenares de campesino muertos - a los que se une de vez en cuando algún que otro guerrillero en la lista de víctimas - es el cotidiano balance de la actividad bombardera de los aviones "aliados". Así lo refleja el documento gráfico que nos llega de lo que, antes de los bombardeos, era la aldea de Tuc-Trung - sometida durante varias horas a la acción del "Napalm"-, en la que fuerzas de artillería USA apoyaron la acción agresora de los aviones. Una de las víctimas, horriblemente carbonizada, continúa ofreciendo el testimonio de una guerra en la que la idea de la libertad y de la independencia nacional se enfrenta a la poderosa maquinaria bélica de un país que, pese a sus reiteradas propuestas de paz, sigue prestando su apoyo al régimen artificial de Saigón.

 

Eduardo Haro Tecglen