La catástrofe alemana: la responsabilidad de la dirección [1]
La época imperialista, al menos
en Europa, ha sido una época de cambios bruscos, en los que la política ha
adquirido un carácter extremadamente movedizo. En cada cambio, los intereses no
han sido una reforma parcial u otra, sino el destino del régimen. El papel
excepcional del partido revolucionario y de su dirección está basado en este
hecho. Si en las buenas épocas pasadas, cuando la socialdemocracia crecía
regular e ininterrumpidamente, como el capitalismo que la alimentaba, la
dirección de Bebel parecía un estado mayor que tranquilamente elaboraba planes
para una guerra en un futuro indeterminado (guerra que, después de todo, tal
vez no llegaría), en las condiciones actuales, el comité central de un partido
revolucionario parece el cuartel general de un ejército en acción. La
estrategia del estudio ha sido remplazada por la estrategia del campo de
batalla.
La lucha contra un enemigo
centralizado exige centralización. Adiestrados en un espíritu de estricta
disciplina, los obreros alemanes asimilaron esta idea con renovado vigor
durante la guerra y las convulsiones políticas que le siguieron. Los obreros no
son ciegos ante los defectos de su dirección, pero ninguno de ellos,
individualmente, puede sacudirse el asidero de la organización. Los obreros en
su conjunto consideran mejor tener una dirección fuerte, aunque defectuosa, que
tirar en diferentes direcciones o recurrir a actividades «independientes ».
Nunca antes en la historia de la humanidad ha jugado un estado mayor político
un papel tan importante ni ha sobrellevado tanta responsabilidad como en la
época actual.
La derrota sin
igual del proletariado alemán es el más importante acontecimiento desde la conquista del poder
por el proletariado ruso. La primera tarea inmediatamente después de la derrota
es analizar la política de la dirección. Los dirigentes con mayor
responsabilidad (que están, demos gracias al cielo, sanos y salvos) señalan con
emoción a los encarcelados ejecutores de su política a fin de suprimir
cualquier crítica. Sólo podemos recibir semejante argumento falsamente
sentimental con menosprecio. Nuestra solidaridad con aquellos. a los que Hítler
ha encarcelado es inatacable, pero esta solidaridad no se estira hasta aceptar
los errores de los dirigentes. Las pérdidas sufridas sólo se justifican si las
ideas de los vencidos avanzan. La condición preliminar para esto es una crítica
valiente.
Durante todo un mes, ni un solo
órgano comunista, sin exceptuar Pravda de Moscú, pronunció ni una
palabra sobre la catástrofe del 5 de marzo. Todos esperaban escuchar lo que
diría el presidium del comité ejecutivo de la Internacional Comunista. Por su
parte, el presidium oscilaba entre dos variantes contradictorias: «El comité
central alemán nos desencaminó», y «El comité central alemán siguió una
política correcta». La primera variante fue descartada: la preparación de la
catástrofe había tenido lugar a los ojos de todo el mundo, y la controversia
con la Oposición de Izquierda que precedió la catástrofe había comprometido
demasiado visiblemente a los dirigentes de la Internacional Comunista. Por fin,
el 7 de abril, se anunciaba la decisión: «La línea política... del comité
central, con Thaelmann a su cabeza, fue completamente correcta hasta y durante
el golpe de Estado de Hitler.» Sólo hay que lamentar que todos aquellos
rematados por la espalda por los fascistas no aprendieran de esta consoladora
afirmación porque han muerto.
La resolución del presidium no
intenta analizar la política del partido comunista alemán ‑que podía
esperarse sobre todo lo demás‑ sino que es otra en la larga serie de acusaciones
contra la socialdemocracia. Prefirió, se nos dice, una coalición con la
burguesía a una coalición con los comunistas; eludió una lucha auténtica contra
el fascismo; encadenó la iniciativa de las masas; y, como tenía en sus manos la
«dirección de las organizaciones obreras de masas», logró impedir una huelga
general. Todo esto es cierto. Pero no es nada nuevo. La socialdemocracia, como
el partido de la reforma social, agotó el carácter progresivo de su misión a
medida que el capitalismo se transformaba en imperialismo. Durante la guerra,
la socialdemocracia funcionó como instrumento directo del imperialismo. Después
de la guerra, se alquiló oficialmente como médico de cabecera del capitalismo.
El partido comunista se esforzaba por ser su sepulturero. ¿De qué lado estaba
todo el curso del desarrollo? El estado caótico de las relaciones
internacionales, el hundimiento de las ilusiones pacifistas, las crisis sin
igual que conlleva una gran guerra con su secuela de epidemias, todo esto,
parecía, revelaba el carácter decadente del capitalismo europeo y la
incurabilidad del reformismo.
Entonces, ¿qué le ocurrió al
partido comunista? En realidad, la Internacional Comunista desconoce a sus
propias secciones, incluso aunque esa sección obtuviera unos seis mil millones
de votos en las elecciones. Eso ya no es una mera vanguardia; es un gran
ejército independiente. ¿Por que, pues, tomó parte en los acontecimientos sólo
como víctima de la represión y los progroms? ¿Por qué, en el momento decisivo
demostró estar atenazado por la parálisis? Hay circunstancias en las que no se
puede huir sin presentar batalla. Una derrota puede ser resultado de la
superioridad de las fuerzas enemigas; tras la derrota, se puede recuperar. La
entrega pasiva de todas las posiciones decisivas revela una incapacidad
orgánica para luchar que no quedará impune.
El presidium nos dice que la
política del partido comunista fue correcta «antes lo mismo que durante el
golpe de Estado». Una política correcta, sin embargo, empieza con una apreciación
correcta de la situación. No obstante, durante los últimos cuatro años, de
hecho hasta el 5 de marzo de 1933, oíamos diariamente que un poderoso frente
antifascista estaba creciendo ininterrumpidamente en Alemania, que el
nacionalsocialismo estaba retrocediendo y desintegrándose, y que toda la
situación estaba bajo la égida de la ofensiva revolucionaria. ¿Cómo podía
haber sido correcta una política, cuando todo el análisis en que se basaba fue
tumbado como un castillo de naipes?
El presidium justifica la
retirada pasiva por el hecho de que el partido comunista «careciendo del apoyo
de la mayoría de la clase obrera», no podía comprometerse en una batalla
decisiva sin cometer un crimen. Sin embargo, la misma resolución considera el
llamamiento del 20 de julio [1932] a una huelga general política corno
merecedor de un elogio especial, aunque por razones desconocidas omite
mencionar un llamamiento idéntico del 5 de marzo [1933]. ¿No es la huelga
general una «lucha defensiva»? Los dos llamamientos a la huelga corresponden
íntegramente a las obligaciones de «papel dirigente» en el «frente único
antifascista» bajo las condiciones de la «ofensiva revolucíonaria».
Desgraciadamente, los llamamientos a la huelga caen en oídos sordos; nadie
salió ni les respondió. Pero si, entre la interpretación oficial de los
acontecimientos y los llamamientos a la huelga, por una parte, y los hechos y
realidades, por la otra, se suscita una tan atroz contradicción, es difícil
entender en qué puede distinguirse una política correcta de una funesta. En
cualquier caso, el presidium ha olvidado explicar qué fue correcto, si los dos
llamamientos a la huelga o la indiferencia de los obreros ante ellos.
¿Pero tal vez la división en las
filas del proletariado fue la causa de la derrota? Semejante explicación está
especialmente ideada para espíritus perezosos. La unidad del proletariado, como
consigna universal, es un mito. El proletariado no es homogéneo. La división
comienza con el despertar político del proletariado, y constituye la mecánica
de su desarrollo. Sólo bajo condiciones de una crisis social madura, cuando se
enfrenta con la toma del poder como tarea inmediata, puede la vanguardia del
proletariado, provista con una política correcta, agrupar a su alrededor a la
inmensa mayoría de su clase. Pero el ascenso hasta esta cumbre revolucionaria
se realiza sobre los pasos de sucesivas escisiones.
No fue Lenin quien inventó la
política del frente único; al igual que la división dentro del proletariado, es
impuesta por la dialéctica de la lucha de clases. Ningún éxito seria posible
sin acuerdos temporales, con el objetivo de realizar tareas inmediatas, entre
varios sectores, organizaciones y grupos del proletariado. Huelgas, sindicatos,
periódicos, elecciones parlamentarias, manifestaciones callejeras, exigen que
la división sea superada de vez en cuando, a medida que surge la necesidad; es
decir, exigen un frente único ad hoc, incluso aunque no siempre tome
esta forma. En las primeras fases de un movimiento, la unidad surge episódica y
espontáneamente de la base, pero cuando las masas están acostumbradas a luchar
por medio de sus organizaciones, la unidad también tiene que establecerse por
arriba. Bajo las condiciones existentes en los países capitalistas avanzados,
la consigna de «sólo por la base» es un craso anacronismo, alentado por los
recuerdos de las primeras fases del movimiento revolucionario, especialmente en
la Rusia zarista.
A un cierto nivel, la lucha por
la unidad de acción se convierte de un hecho elemental en un deber táctico. La
simple fórmula del frente único no resuelve nada. No sólo los comunistas
recurren a la unidad, sino también los reformistas e incluso las fascistas. La
aplicación táctica del frente único está subordinada, en cada período dado, a
un determinada concepción estratégica. Al preparar la unificación
revolucionaria de los obreros, sin y contra el reformismo, es necesaria una
larga, perseverante y paciente experiencia en aplicar el frente único con los
reformistas; siempre, desde luego, desde el punto de vista del objetivo
revolucionario final. Es precisamente en este terreno en el que Lenin nos
proporcionó ejemplos incomparables.
La concepción estratégica de la
Internacional Comunista fue errónea desde el principio hasta el final. El punto
de partida del partido comunista alemán era que, entre la socialdemocracia y el
fascismo, no había más que una mera división del trabajo; que sus intereses
eran parecidos, si no idénticos. En lugar de ayudar a gravar la desavenencia
entre el príncipal adversario político del comunismo y su enemigo mortal ‑para
lo que habría bastado proclamar la verdad en voz alta, en lugar de infringirla‑,
la Internacional Comunista se convenció de que los reformistas y los fascistas
eran gemelos; pronosticó su conciliación, agrió y rechazó a los obreros
socialdemócratas, y consolidó a sus dirigentes reformistas. Todavía peor: en
cualquier caso en que, a pesar de los obstáculos interpuestos por la dirección,
se crearon comités unitarios locales para la defensa obrera, la burocracia
obligó a sus representantes a retirarse bajo la amenaza de expulsión. Sólo
desplegó firmeza y perseverancia en sabotear el frente único, tanto desde
arriba como desde abajo. Todo esto lo hizo, sin la menor duda, con la mejor de
las intenciones.
Ninguna política del partido
comunista podía, por supuesto, haber transformado la socialdemocracia en un
partido de la revolución. Pero tampoco era ése el objetivo. Era necesario
explotar hasta el limite la contradicción entre reformismo y fascismo, a fin de
debilitar al fascismo, debilitando al mismo tiempo al reformismo al exponer
ante los obreros la incapacidad de la dirección socialdemócrata. Estas dos
tareas se fundían, naturalmente, en una. La política de la burocracia de la
Komintern condujo al resultado opuesto: la capitulación de los reformistas
sirvió los intereses del fascismo, y no del comunismo; los obreros
socialdemócratas permanecieron con sus dirigentes; los obreros comunistas
perdieron la fe en sí mismos y en su dirección.
Las masas querían luchar, pero
sus dirigentes les impidieron obstinadamente hacerlo. La tensión, el
descontento y finalmente la desorientación reventó al proletariado desde
dentro. Es peligroso conservar demasiado tiempo al fuego el metal fundido;
todavía más peligroso es mantener a la sociedad demasiado tiempo en un estado
de crisis revolucionaria. La pequeña burguesía se volvió, en su abrumadora
mayoría, hacia el nacionalsocialismo sólo porque el proletariado, paralizado
desde arriba, se mostró impotente para llevarla por un camino diferente. La ausencia
de resistencia por parte de los obreros levantó la autoconfianza del fascismo y
disminuyó, el temor de la gran burguesía, confrontada al riesgo de una guerra
civil. La desmoralización inevitable del destacamento comunista, cada vez más
aislado del proletariado, hizo imposible incluso una resistencia parcial. Así,
la procesión triunfal de Hitler sobre los huesos de las organizaciones
proletarias estaba asegurada.
La concepción estratégica
errónea de la Internacional Comunista chocó a cada paso con la realidad,
llevando con ello a un curso incomprensible e inexplicable de zigzags. El
principio fundamental de la Internacional Comunista era: ¡no puede
permitirse un frente único con los dirigentes reformistas! Luego, en el
momento más crítico, el comité central del partido comunista alemán, sin
explicación ni preparación, llamaba a los dirigentes de la socialdemocracia,
proponiendo el frente único como un ultimátum: ¡ahora o nunca! Tanto dirigentes
como obreros en el campo reformista interpretaron este paso no como producto
del miedo, sino, por el contrario, como una trampa diabólica. Tras el fracaso
inevitable de un intento de compromiso, la Internacional Comunista ordenó que
se olvidara el llamamiento y la idea misma de frente único fue proclamada, una
vez mas, contrarrevolucionaria. Semejante insulto a la conciencia política de
las masas no podía pasar impunemente. Sí hasta el 5 de marzo se podía imaginar
todavía, con cierta dificultad, que la Internacional Comunista, en su temor del
enemigo, exhortaría posiblemente a la socialdemocracia, en el último momento,
bajo el garrote del enemigo, luego, el llamamiento del presidium del 5 de
marzo, proponiendo una acción común a los partidos socialdemócratas de todo el
mundo, independientemente de las condiciones internas de cada país,
imposibilitó incluso esta explicación, En esta propuesta de frente único,
sorprendente y a escala mundial, cuando Alemania se revelaba por las llamas del
fuego del Reichstag, ya no había ni una palabra sobre el socialfascismo. La Internacional
Comunista estaba incluso preparada ‑es difícil creerlo, ¡pero está
impreso negro sobre blanco!‑ a detener la crítica a la
socialdemocracia durante todo el período de la lucha común.
Las oleadas de esta capitulación espantada ante el reformismo apenas habían tenido tiempo para apaciguarse cuando Wels juraba fidelidad a Hitler y Leipart ofrecía al fascismo su colaboración y su apoyo. «Los comunistas», declaró inmediatamente el presidium de la Internacional Comunista, «tenían razón en llamar a los socialdemócratas socialfascistas». Esta gente siempre tienen razón. Entonces, ¿por qué abandonaron la teoría del socíalfascismo pocos días antes de su inequívoca confirmación? Afortunadamente, nadie se atreve a hacer preguntas embarazosas a los dirigentes. Pero las desgracias no se acaban ahí: la burocracia piensa demasiado lentamente como para conservar el paso del ritmo actual de los acontecimientos. Apenas había caído el presidium en la famosa revelación: «El fascismo y la socialdemocracia son gemelos», cuando Hitler llevaba a cabo la destrucción total de los Sindicatos Libres y, al mismo tiempo, arrestaba a Leipart y compañía. Las relaciones entre los hermanos gemelos no eran completamente fraternales.
En lugar de tomar al reformismo
como una realidad histórica, con sus intereses y sus contradicciones, con todas
sus oscilaciones a derecha e izquierda, la burocracia opero con modelos
mecánicos. La prontitud de Leipart para arrastrarse cuatro horas después
de la derrota, se presenta como un argumento contra el frente único antes
de la derrota con el objetivo de evitarla. Como si la política de
realizar acuerdos de lucha con los reformistas estuviera basada en el valor de
los dirigentes reformistas y no en la incompatibilidad de los Órganos de la
democracia proletaria y las bandas fascistas.
En agosto de 1932, cuando
Alemania todavía estaba gobernada por el «general social» Schleicher, quien se
supuso garantizaría la unión de Hitler y Wels, anunciada por la Internacional
Comunista, escribí: «Todos los indicios apuntan a la ruptura del triángulo Wels‑Schleicher‑Hitler
incluso antes de que tome forma.»
«Pero ¿tal vez será sustituido por una combinación Hitler‑Wels?... Supongamos que la socialdemocracia quisiera, sin temer a sus propios obreros, vender su tolerancia hacia Hitler. Pero Hitler no necesita esta mercancía: no necesita la tolerancia, sino la destrucción de la socialdemocracia. El gobierno Hitler sólo puede realizar su tarea quebrando la resistencia del proletariado y eliminando todos los órganos posibles de su resistencia. En eso reside el papel histórico del fascismo.»
Que los reformistas, tras la
derrota, hubieran sido felices si Hitler les hubiese permitido vegetar
legalmente hasta que volvieran tiempos mejores, no puede dudarse. Pero
desgraciadamente para ellos, Hítler ‑la experiencia italiana no le ha
sido en vano‑ comprende que la organizaciones obreras, incluso si sus
dirigentes aceptan un bozal, se convertirían inevitablemente en un peligro
amenazador a la primera crisis política.
El doctor Ley, cabo del «frente
obrero» actual, ha determinado, con mucha más lógica que el presidium de la
Internacional Comunista, la relación entre los llamados gemelos. «El marxismo
se hace el muerto», decía el 2 de mayo, «para levantarse de nuevo a la
oportunidad más favorable... ¡El astuto zorro no nos engañará! Es mejor darle
el golpe final que tolerarlo hasta que se recupere. Los Leipart y Grassmann
pueden fingir toda clase de lealtades a Hitler, pero es mejor tenerlos bajo
llave. Por eso estamos arrancando de las manos de la canalla marxista su
herramienta principal [los sindicatos] y de este modo les estamos privando de
la última posibilidad de que se armen otra vez.» Si la burocracia de la
Internacional Comunista no fuera tan infalible y si escuchara la crítica, no
habría cometido errores adicionales entre el 22 de marzo, cuando Leipart juró
fidelidad a Hitler, y el 2 de mayo, cuando Hitler, a pesar del juramento, lo
arrestó.
Esencialmente, la teoría del
«socialfascismo» habría sido refutada aun cuando los fascistas no hubiesen
realizado un trabajo tan completo metiéndose a la fuerza en los sindicatos.
Incluso si Hitler hubiera considerado necesario, como resultado de la relación
de fuerzas, dejar a Leípart temporalmente y nominalmente al frente de los
sindicatos, el acuerdo no habría eliminado la incompatibilidad de los intereses
fundamentales. Aunque tolerados por el fascismo, los reformistas recordarían
los pucheros de la democracia de Weimar, y eso solo los haría enemigos
solapados. ¿Cómo se puede dejar de ver que los intereses de la socialdemocracia
y del fascismo son incompatibles cuando incluso la existencia independiente de
la Stahlhelm es imposible en el Tercer
Reich? Mussolini toleró a la socialdemocracia e incluso al partido comunista
durante algún tiempo sólo para destruirlos después con mayor crueldad. El voto
de los diputados socialdemócratas en el Reichstag a favor de la política
exterior de Hitler, al cubrir a este partido con una nueva mancha, no mejorará
ni un ápice su destino.
Como una de las principales causas de la victoria del fascismo, los
desafortunados dirigentes se remiten ‑en secreto, por supuesto‑ al
«genio» de Hitler, quien lo previó todo y no descuidó nada. Sería estéril ahora
someter la política fascista a una crítica retrospectiva. Sólo es necesario
recordar que Hitler, durante el verano del año pasado, dejó que se le escapase
la cima de la marea fascista. Pero incluso la crasa pérdida de ritmo ‑un
error colosal‑ no tuvo resultados fatales. El incendio del Reichstag por
Góering, aun cuando este acto fue toscamente realizado, produjo, sin embargo, el resultado
necesario. Lo mismo hay que decir de la política fascista en su conjunto,
puesto que condujo a la victoria. No se puede negar, desgraciadamente, la
superioridad de la dirección fascista sobre la proletaria. Pero es sólo por una
modestia indecente que los derrotados dirigentes guardan silencio sobre su
parte en la victoria de Hítler. Existe
el juego de damas y también el de los perdedores. El juego practicado en Alemania tiene este rasgo
singular, que Hitler jugaba a las damas y sus adversarios jugaban a perder.
Respecto al genio político, Hitler no lo necesitaba. La estrategia de su
enemigo le compensó ampliamente por todo lo que le faltaba a su propia
estrategia.