La victoria de Hitler significaría la guerra contra la URSS [1]
Actualmente la política mundial presenta dos puntos calientes, alejados el uno del otro de forma inhabitual: uno en la línea Mukden‑Pekín, otro en la línea Berlín‑Munich. Cada uno de estos dos focos de infección están en condiciones de trastornar el curso «normal» de los acontecimientos durante años o incluso decenas de años. No obstante, los diplomáticos y políticos oficiales siguen dedicándose a sus tareas cotidianas como si no pasase nada de particular. Ya se comportaron de la misma manera en 1912, durante la guerra de los Balcanes, que fue el preludio de la guerra de 1914.
A esto se le llama justamente la
«política del avestruz», lo que es muy injurioso para con este inteligente
animal. La hermosa resolución de la Sociedad de Naciones sobre la cuestión de
Manchuria es un documento modélico de impotencia, incluso si se le juzga en el
marco de la historia de la diplomacia europea. Ningún avestruz que se respete
hubiera puesto su firma. No obstante, se puede considerar como una
circunstancia atenuante de esta ceguera (en bastantes casos, se trata ante todo
de no ver nada) frente a lo que se prepara en Extremo Oriente, el hecho de que
los acontecimientos se desarrollen a un ritmo relativamente lento. Oriente, por
mas que despierte a la vida moderna, está todavía lejos del ritmo «americano» o
incluso europeo.
Alemania, por
el contrario, no es un asunto pequeño. La Europa balcanizada en Versalles está
en un atolladero; el nacionalsocialismo es para Alemania la expresión política
concentrada. En términos de psicología social, esta corriente puede describirse
como una histeria contagiosa, surgida de la desesperación de las capas medias.
Pienso en los pequeños
comerciantes, artesanos y campesinos arruinados, en una parte del proletariado
en paro, en los funcionarios y antiguos oficiales de la Gran Guerra que siempre
lucen sus condecoraciones pero que no ven su sueldo, en los empleados de las
oficinas que han cerrado, en los contables de los bancos en quiebra, en los
ingenieros sin empleo, en los periodistas sin paga ni perspectiva, en los
médicos cuyos clientes están siempre enfermos pero no saben cómo pagarle.
Hitler se ha negado a responder
a las cuestiones que sostiene en su programa de política interior, como si se
tratase de secretos militares. No tiene la intención, afirma, de entregar a sus
adversarios políticos el secreto de su tratamiento milagroso. No es muy
patriótico, pero es hábil. De hecho, Hitler no tiene ningún secreto. Pero no
tenemos la intención de ocuparnos de su política interior. En el terreno de la
política exterior, su posición parece, a primera vista, un poco más clara. En
sus artículos y discursos, Hitler declara la guerra al tratado de Versalles,
del que él mismo es producto. Las injurias agresivas contra Francia son su
especialidad. Pero en realidad, si llegase al poder, Hitler se convertiría en
uno de los principales apoyos del tratado de Versalles y en el cómplice del
imperialismo francés.
Estas afirmaciones pueden
parecer paradójicas, pero se desprenden sin ningún género de dudas de la lógica
de la situación europea e internacional, siempre que se analice correctamente,
es decir, si se parte de las fuerzas políticas fundamentales y no de discursos
huecos, de gestos y de otros fárragos demagógicos.
Hitler necesitará aliados
Los fascistas alemanes declaran
que el marxismo y el tratado de Versalles son sus dos enemigos. Ellos entienden
por «marxismo» a dos partidos alemanes ‑la socialdemocracia y los
comunistas, y a un estado, la Unión Soviética. Por Versalles, sobrentienden a
Francia y Polonia. Para comprender qué papel internacional jugaría una Alemania
nacionalsocialista hay que estudiar esos momentos en su interacción.
La experiencia italiana ha
clarificado perfectamente las relaciones entre el fascismo y el marxismo. Hasta
la marcha de opereta sobre Roma, el programa de Mussolini no era en nada menos
radical y místico que el de Hitler. En la práctica, se transformó rápidamente
en un programa de lucha contra las fuerzas de oposición y las fuerzas
revolucionarias. A imagen del modelo italiano, el nacionalsocialismo no puede
tomar el poder más que después de destrozar las organizaciones obreras.
Ciertamente, eso no es sencillo. Los nacionalsocialistas encontrarán la guerra
civil entre ellos y ese poder que desean tan ardientemente. Incluso si Hitler
obtuviese una mayoría parlamentaria por medios pacíficos ‑lo cual puede
tacharse sin ningún problema de la lista de posibilidades‑ no escaparía a
la necesidad de retorcer el pescuezo al partido comunista, a la
socialdemocracia y a los sindicatos para poder instaurar la dominación del
fascismo. Se trata de una intervención quirúrgica larga y difícil. El mismo
Hitler lo sabe muy bien. Es por esa razón que no tiene intención en absoluto de
vincular sus planes políticos a la suerte incierta del parlamentarismo.
Cuando Hitler afirma con todas
sus fuerzas su voluntad de actuar en la legalidad, espera de hecho el momento
favorable para golpear con rapidez y precisión. ¿Lo conseguirá? No es una tarea
fácil, pero sería dar prueba de una ligereza imperdonable el considerar como
excluido un éxito de Hitler. Sea cual sea la vía por la que Hitler llegue al
poder, por la puerta grande abierta o derribándola, las fascistización de
Alemania desencadenaría un conflicto político interior grave. Ello paralizaría
inevitablemente las fuerzas del país durante un período prolongado y Hitler se vería
obligado a buscar en los países vecinos no una venganza, sino aliados y
protectores. Es de esta idea fundamental que debe partir el análisis.
En su lucha contra el fascismo,
los obreros alemanes buscarán y encontrarán, naturalmente, el apoyo de la Unión
Soviética. ¿Se puede imaginar por un solo momento, en esas condiciones, que el
gobierno de Hitler se arriesgaría a un conflicto armado con Francia o Polonia?
Entre el proletariado de una Alemania fascista y la Unión Soviética está
Pilsudski. La ayuda o al menos la neutralidad condescendiente de Pilsudski
sería infinitamente más importante para Hitler, dedicado a fascistizar
Alemania, que la supresión del corredor polaco. Esta cuestión ‑la
cuestión de las fronteras alemanas en su conjunto‑ se le presentará a
Hitler como desprovista de toda importancia, desde que tenga que luchar
duramente para conquistar y conservar el poder.
Pilsudski podría servir a Hitler
de puente para obtener la amistad de Francia, si no existieran ya otros puentes
menos alejados. En la prensa francesa, aunque por el momento únicamente en los
periódicos de segunda fila, se levantan voces que afirman que ya es hora de
volverse hacia Hitler. La prensa oficial, Le Temps en primer lugar,
adopta naturalmente una actitud hostil ante el nacionalsocialismo, no porque
los señores del destino de la Francia de hoy se tomen en serio los gestos
belicosos de Hitler, sino porque temen el único camino por el que Hitler puede
llegar al poder: el camino de la guerra civil, cuyo final es imprevisible. Su política
de golpe de Estado de derechas, ¿no corre el riesgo de desencadenar una
revolución de izquierdas? Eso es lo que inquieta a las esferas dirigentes en
Francia, por lo demás con toda la razón.
Al menos una cosa está segura:
si Hitler supera todos los obstáculos y llega al poder, tendrá que empezar,
para tener las manos libres en su propio país, con un acto de juramento de
fidelidad al tratado de Versalles. En el Quai d'Orsay nadie lo duda. Además, se
sabe perfectamente que la dictadura
militar de Hitler, una vez instaurada de forma duradera en Alemania, sería un
factor infinitamente más estable para el predominio francés en Alemania, que su
forma actual de gobierno, cuya fórmula matemática no incluye más que a
desconocidos.
La guerra sería inevitable
Sería completamente infantil
imaginarse que los círculos dirigentes de Francia «estarían molestos» por
aparecer como los protectores de una Alemania fascista. Francia protege a
Polonia, Rumania y Yugoslavia, tres países dominados por dictaduras militares.
No es una casualidad. La preponderancia actual de Francia en Europa se explica
por el hecho de que se ha convertido en la única heredera de la victoria
conseguida en común con los Estados Unidos y Gran Bretaña (no menciono a Rusia
porque no ha participado en la victoria, aunque sea la que haya sufrido las
mayores pérdidas en hombres). Francia ha recibido de manos de la más poderosa
coalición de potencias mundiales que haya conocido la historia una parte de
herencia que no quiere dejar escapar, aunque sea demasiado pesada para sus
débiles espaldas. El territorio de Francia, su población, sus fuerzas
productivas, su renta nacional, todo ello no está, evidentemente, en relación
con el mantenimiento de su preponderancia. La balcanización de Europa, la
acentuación de las contradicciones, la lucha contra el desarme, el apoyo a las
dictaduras militares, tales son los métodos necesarios para el mantenimiento de
la preponderancia francesa.
En el sistema de la
preponderancia francesa, la gran división del pueblo alemán constituye un
eslabón tan necesario como las fantásticas fronteras de Polonia con su célebre
«corredor». En el lenguaje del tratado de Versalles., la palabra «corredor»
designa lo que algunos definirían como la amputación de un miembro en un cuerpo
vivo. Si Francia, aun apoyando al Japón en Manchuria, jura por todos los santos
que quiere la paz, eso significa que busca garantizar el carácter intangible de
su propia preponderancia, a saber, su derecho a descuartizar Europa y a
llevarla al caos. La historia prueba que los conquistadores insaciables están
siempre inclinados al «pacifismo», porque temen la venganza de los vencidos.
Un régimen fascista que no
pudiese instalarse más que en medio de sangrientas convulsiones y al precio de
un nuevo debilitamiento de Alemania, sería, por el contrario, un factor
inapreciable de la preponderancia francesa. Francia y su sistema versallés no
tienen fundamentalmente nada que temer de los nacionalsocialistas.
«Hitler en el poder»,
¿significaría, pues, «la paz»? No, «Hitler en el poder» significaría un nuevo
reforzamiento de la preponderancia francesa. «Hitler en el poder» significaría
la guerra, no contra Polonia, no contra Francia, sino contra la Unión
Soviética.
Estos Últimos años, la prensa
moscovita ha hablado en repetidas ocasiones del peligro de una invasión militar
de la Unión Soviética. El autor de estas líneas ha objetado varias veces estas
profecías superficiales, no porque crea que en Europa o en el resto del mundo
falte la voluntad de guerra contra la Unión Soviética. ¡No falta en modo
alguno! Pero para una empresa tan arriesgada, habría divergencias y reticencias
demasiado grandes, no sólo entre los diferentes países europeos, sino aún más
en el seno de cada país. Ningún político, probablemente, cree que se pueda
destruir la Unión Soviética por medio de concentraciones de ejércitos en la
frontera o con simples operaciones de desembarco aéreo. Ni el mismo Winston
Churchill se lo cree, a pesar de sus ruidosas vocalizaciones políticas. Una
tentativa así tuvo lugar en los años 1918‑1920, cuando Churchill, como él
mismo se vanagloria, movilizó a «catorce naciones» contra la Unión Soviética.
El ministro de Finanzas británico no conocería ya la felicidad, si pudiese recuperar los centenares de millones de
libras utilizados antiguamente para la intervención. Pero de nada sirve
lamentarse de los tiestos rotos. Además, ese dinero fue el precio de una buena
lección.
En aquella época, en los
primeros años de la república de los soviets, cuando el Ejército Rojo marchaba
calzado con zapatillas de niño ‑por lo
general no tenía nada que ponerse en los pies‑ los ejércitos de
las «catorce naciones» no pudieron obtener la victoria; ¡se comprende que la
esperanza de una victoria sea bien endeble en el momento en que el Ejército Rojo
representa una fuerza poderosa, con un pasado rico en victorias, con oficiales
jóvenes pero experimentados con arsenales suficientes y con los recursos
inagotables salidos de la revolución!
Incluso si estuviesen
adiestradas en semejante aventura, las fuerzas conjugadas de los pueblos
vecinos serían demasiado débiles para una intervención en la Unión Soviética.
Japón está demasiado alejado para poder jugar un papel militar independiente
contra la Unión Soviética; por otra parte, el Mikado está suficientemente
ocupado con los problemas en su propio país. Para que sea posible una
intervención, se precisa un gran país, altamente industrializado y además
continental, que pueda y quiera asumir la carga principal de una cruzada contra
la Unión Soviética. Más precisamente, se necesita un país que no tenga nada que
perder. Un vistazo sobre el mapa político de Europa muestra que sólo una
Alemania fascista podría encargarse de esta tarea. Más aún, una Alemania
fascista no tendría otra elección. El fascismo, después de haber accedido al
poder al precio de incontables víctimas, después de haber fracasado en todas
las cuestiones de política interior, después de haber capitulado ante Francia
y, en consecuencia ante los Estados semivasallos como Polonia no tendría otra
solución que buscar una salida temeraria a su propio fracaso y a las
contradicciones de la situación internacional. La guerra contra la Unión
Soviética sería, en esas condiciones, una necesidad absoluta.
A esta sombría previsión se
podría responder con el ejemplo de Italia, con la que la Unión Soviética ha
llegado a un modus vivendi. Pero no esta objeción es superficial. Italia está
separada de la Unión Soviética por toda una serie de países. El fascismo
italiano ha subido con la levadura de una crisis puramente italiana, por el
hecho de que las pretensiones nacionales de Italia habían sido satisfechas, en
líneas generales, en Versalles. Llegó al poder poco después de la Primera
Guerra Mundial, en un momento en que no podía ser cosa de una nueva guerra. Por
último, Italia siguió sola, y nadie en Europa sabe cuánto tiempo durarán, por
una parte, el régimen fascista, por la otra, el régimen soviético.
Sobre todos estos puntos, la
Alemania de Hitler es peligrosamente diferente. Necesita un éxito político
exterior. La Unión Soviética sería un vecino insoportable. Hay que recordar
cuánto tiempo ha titubeado Pilsudski antes de firmar un pacto de no agresión
con Rusia. Hitler, lado a lado con Pi1sudski, ya es la respuesta a nuestra
pregunta. Por otra parte, Francia sabe bien que no se encuentra en situación de
mantener a Alemania desarmada durante mucho tiempo. La política francesa
consistirá, pues, en orientar al fascismo alemán hacia el Este. Eso abriría una
válvula de seguridad y ofrecería ‑¿quién lo sabe?‑‑ una
posibilidad de llegar a una nueva solución del más sagrado de los problemas
mundiales, el problema de las reparaciones.
Rusia debe estar preparada
Si se toma por moneda buena la
afirmación de los profetas fascistas, según la cual llegarán al poder en la
primera mitad de 1932 ‑aunque estamos muy lejos de creer ese tipo de
palabras‑ es posible esbozar el anticipo de una especie de calendario
político, La fascistización de Alemania tomará algunos años: aplastamiento de
la clase obrera alemana, creación de un milicia fascista y restablecimiento del
ejército. Es hacia 1933-1934 que estarán creadas las condiciones previas para
una intervención militar en la Unión Soviética.
Este calendario parte naturalmente
de la hipótesis de que, durante este tiempo, el gobierno de la Unión Soviética
espera pacientemente. Mis relaciones con el gobierno actual son de tal
naturaleza que no tengo derecho a hablar en su nombre, ni de señalar sus
intenciones, de forma que no puedo juzgar, como cualquier otro lector de la
prensa o cualquier otro hombre político, más que sobre la base de todas las
noticias disponibles. Puedo explicar por tanto más libremente cuál debería de
ser, en mi opinión, la actitud del gobierno soviético en caso de golpe de
Estado fascista en Alemania.
En su lugar, desde que recibiera
la noticia telegráfica de ese acontecimiento, ordenaría una movilización
parcial. Cuando uno se encuentra frente a frente con un enemigo mortal y la
guerra se desprende necesariamente de la lógica de la situación objetiva, sería
dar prueba de una ligereza imperdonable dejar a ese adversario el tiempo de
instalarse sólidamente, a reforzarse, de concluir sus alianzas, de asegurarse
el apoyo necesario de poner a punto un plan general de agresión militar ‑no
solamente para el Oeste, sino igualmente para el Este‑ y dejar crecer de
esta forma un peligro considerable,
Las tropas de asalto de Hitler
ya hacen resonar a toda Alemania con un canto de guerra contra los soviets, que
es obra de un tal Dr. Hans Büchner. Seria poco razonable dejar que los
fascistas aúllen ese canto de guerra. Si tienen que cantar, que sea al menos un
staccato.
Poco importa saber cuál de los dos
adversarios tomará formalmente la iniciativa; una guerra entre el estado
hitleriano y la Unión Soviética sería inevitable; y eso a corto plazo. Las
consecuencias de esa guerra serían incalculables. Sean cuales sean las
ilusiones que se alimentan en París, sólo una cosa es segura: el tratado de
Versalles se convertiría en humo en el fuego de la guerra entre los
bolcheviques y los fascistas.