Continuación.....
Después de su boda con Terrence Grandchester, Candy vio a los Leagan en muy pocas oportunidades. Albert se encontraba lejos y Archie controlaba la fortuna familiar. El consorcio Andley se había desligado por completo de las empresas Leagan & Leagan, así que el contacto entre las familias se hizo cada vez menos frecuente.
La tía abuela había tenido un par de sonoras peleas con Archibald, razón por la cual había dejado la mansión de Chicago y se había retirado a vivir a una de las casas de campo que Albert tenía a las orillas del lago. La dama recibía ahi a sus sobrinos, Eliza y Neil, que siempre sabían sacar muy buen provecho de aquellas constantes visitas que le hacían a la anciana. Sin embargo, los días en que la Sra. Elroy organizaba grandes fiestas para reunir a la familia, habían pasado ya a la historia. Así que las oportunidades para que los Andley y los Leagan se reuniesen habían quedado reducidas a un solo gran evento. El cumpleaños de la octogenaria matriarca, el cual era siempre organizado por Sarah Leagan, con una fidelidad inquebrantable. Por supuesto, la tradición, era algo, que no había de perderse.
Y en aras de esa tradición la Sra. Leagan vencía la repugnancia de invitar a su reunión al poderoso primo Archibald, al aún más odiado y excéntrico William Albert y a ese par de bohemios indecentes con nombre pomposo que eran los Grandchester. Claro está, invitar al Conde y a la Condesa daba gran lustre a la reunión y llamaba la atención de la prensa que seguía con frenesí incansable los pasos del famoso artista. Pero soportar la presencia del inglés arrogante y su fresca mujer, que de moza de establo había llegado a ser aristócrata, era sin duda una pena que la estirada dama y sus dos hijos sufrían con estoicismo en favor del lustre de su buen nombre.
¿Por qué los Andley y los Grandchester continuaban asistiendo a esa reunión que era soberanamente formal y simplona para el gusto de todos ellos? Bueno, en parte por respeto hacia la Sra. Elroy, que a pesar de sus rabietas y continuos desplantes, era aún la matriarca de la familia, y en parte porque en cierta forma, la mentada reunión era siempre una oportunidad para procurarse un poco de diversión a costa de los primos Leagan. Cada uno de ellos encontraba algo especialmente gracioso de lo cual mofarse en esas ocasiones.
Archibald obtenía cierto malicioso placer al observar la mal disimulada envidia de su tío, quien no lograba hacer crecer su empresa desde que el consorcio Andley ya no lo respaldaba. Por más que el pobre hombre intentaba hacer remontar sus utilidades, algo que aún no comprendía muy bien hacía que el crecimeinto de sus negocios permaneciera estancado. Archie había escuchado en más de una ocasión que su tío se había ocupado en desacreditar a los Andley cuando se enteró de que el joven Cornwell había sido dejado al mando de las empresas familiares. El paso de los años le había hecho comprobar al Sr. Leagan que los maliciosos rumores que se había encargado de diseminar eran más que falsos. Así que Archibald podía ver a los ojos de su tío con altivo triunfo durante esas reuniones por motivo del cumpleaños de la Sra. Elroy y silenciosamente demostrarle que se había equivocado.
Albert, por su cuenta, no podía resistir la tentación de retar a la tía Elroy presentándose a la reunión vestido siempre de manera informal, luciendo un brillante bronceado que a la Sra. siempre le parecía de mal gusto y haciendo los comentarios más francos y atrevidos que desafiaban los puntos de vista de los ortodoxos invitados. La anciana seguía sin comprender las decisiones de su sobrino, pero había aprendido que la voluntad del joven era inquebrantable así que no le quedaba más remedio que callar. De manera que Albert se daba gusto chocando a su tía y a los Leagan, que no tenían otra opción que hacer como que nada pasaba ahí.
Terrence se daba vida haciéndole segunda a su mejor amigo y como la fama y el encanto físico le asistían podía darse el lujo de hacer y decir todo lo que le venía en gana. Aún más, había algo que Candy no entendía aún muy bien, pero sin duda era evidente que a su esposo le encataba asistir a esas reuniones y mostrarse especialmente afectuoso con ella en público. Con el paso de los años la joven llegó a comprender que su marido, siendo en el fondo el mismo muchachito vengativo y malicioso, encontraba simplemente delicioso el poder ostentar la belleza y afecto de su mujer en frente de Neil Leagan y observar cómo el pobre diablo palidecía de envidia y celos.
Por último, Candy ya no tenía por qué temer los incisivos comentarios de Eliza sobre su origen humilde. Si aún en su infancia y adolescencia, la joven nunca se había dejado intimidar por las palabras maliciosas de la pelirroja, ahora en su edad adulta, con el caracter ya totalmente formado, y con la seguridad que solamente el amor y la estabilidad de un matrimonio sólido le dan a una mujer, a Candy no podía importarle menos lo que Eliza pudiera hacer o decir.
Así pues, a esas breves ocasiones se redujo el contacto entre la dama de Fort Lee y los estirados Leagan, que siguieron su vida de esplendor por algunos años hasta que la farsa que mantenían no pudo resistir más.
Eliza Leagan había trabajado muy duramente para llegar a ser toda una dama de sociedad igual a su madre. Sin embargo, solamente había conseguido convertirse en una mujerzuela extraordinariamente cara. Buscando desesperadamente probar al mundo que era bella y deseable había pasado de lecho en lecho desde los diesiete años hasta los veintidós, cuando uno de sus amantes le reclamó fidelidad total bajo amenaza de muerte.
Para su gran pesar, el amante en cuestión no era uno de los jóvenes de alta sociedad que a ella le hubiese gustado desposar para adquirir el tan deseado estatus de mujer casada, sino un joven de origen humilde y de ocupación dudosa que su hermano le había presentado en los años de la guerra.
Buzzy, sin duda era un hombre apuesto, y a Eliza le había llamado la atención su galanura desde la noche en que había ido a visitar a Neil para entregarle un paquete de opio. Al poco tiempo Eliza lo había convertido en uno de sus "amigos" predilectos y lo llamaba siempre que quería tener una noche inolvidable, porque el joven en cuestión era especialmente bueno como amante.
Por desgracia, Buzzy acabó encaprichándose con la joven millonaria y después de unos años de sotener una relación sin compromisos con ella, le exigió que no vovliera a acostarse con ningún otro hombre que no fuera él. Eliza, que tenía planes de casarse con un hombre de su misma clase, no le hizo mucho caso al joven delincuente, pero al poco tiempo recibió una primera advertencia. Una de sus damas de compañías apareció muerta en la picina de la casa de los Leagan en Chicago y a los hermanos Leagan no les cupo la menor duda de quién había sido el autor del asesinato.
No obstante, ninguno de los dos pudo abrir la boca con la policía porque estaban demasiado involucrados con los negocios de Buzzy como para delatarlo. Neil había estado falsificando los libros de la empresa familiar, sustrayendo así grandes sumas para costearse su adicción al opio, al acohol y al juego ilegal. De manera que a Eliza no le quedó más remedio que complacer a su amante y quedarse soltera a pesar de los reclamos constantes de su madre, que no cesaba de recordarle que todas sus conocidas - incluídas las odiosas hospicianas, Candy y Annie - estaban ya casadas y con hijos, mientras que ella estaba a punto de convertirse en una solterona.
Aquella situación duró por un buen tiempo, hasta que los hermanos Leagan se cansaron de tener que obedecer los caprichos de Buzzy, que había acabado por convertirse en un cruel extorsionador, exigiéndoles cada vez más dinero a cambio de opio y silencio. Así que ambos decidieron finalmente traicionarlo aliándose con otro individuo, rival y enemigo de Buzzy. Desgraciadamente la jugada les salío mal y fueron descubiertos antes de que el nuevo aliado de los Leagan pudiera eliminar a Buzzy.
El joven ganster mató a su rival y luego urdió un plan para vengarse de su amante y su hermano. Descartó todos los métodos que comúnmente los hombres de su medio utilizaba para realizar sus vendetas. Después de todo aquello no era una rencilla entre las "familias" de Chicago, sino un escarmiento para un par de estirados que creían que podian burlarse de él. Para ellos había que diseñar algo que realmente les doliera más que perder la vida tras días de tortura física.
Así que Buzzy hizo como si no se hubiese dado cuenta y siguió sus relaciones con los Leagan por un año más. Los hermanos, por su parte, temblaron de miedo al principio, pensando que el amante de Eliza terminaría por asesinarlos, pero al ver que pasaba el tiempo y Buzzy parecía no darse por enterado, se confiaron y decidieron seguir como hasta entonces.
En ese espacio Neil siguió firmando pagarés, falsificando documentos y vendiendo bienes raíces a espaldas de su padre para solventar sus escandaloso tren de vida. Sin que el joven millonario se diera cuenta, Buzzy empezó a apropiarse de la fortuna Leagan preparando lentamente los detalles de su venganza. Cuando el escenario estuvo ya listo, el joven ganster dió el tiro de gracia enviándole al Sr. Leagan una misiva anónima en la que le relataba con lujo de detalles y varias fotografías como prueba, la clase de vida que sus dos hijos llevaban a sus espaldas.
El altivo Sr. Leagan sufrió un infarto al recibir la noticia y por recomendación de su médico se retiró a descansar a su mansión de Lakewood durante unos días. Todo parecía apuntar hacia la recuperación del magnate, pero contrario a los pronósticos, el hombre murió la semana siguiente. Se sospechó que la muerte del Sr. Leagan no se había debido a causas del todo naturales, pero no se pudo saber más sobre el asunto.
A la postre, la muerte del Sr. Leagan resultó en consecuencias tremendas para la fortuna familiar ya que las acciones de las empresas Leagan & Leagan bajaron dramáticamente. Neil, que era sumamente torpe en los negocios, terminó por malbaratar las ya mermadas riquezas que había heredado y en menos de seis meses después de la muerte de su padre tuvo que declararse en quiebra.
Archibald, cumpliendo lo que una vez se había prometido, observó la caída de su primo con total indiferencia. No movió ni un solo dedo, aun cuando Neil fue a rogarle le concediera un préstamo para evitar la bancarrota.
- No quiero que utilices el dinero de la familia Andley para financiar tus porquerías - había sido la altiva respuesta del joven Cornwell - Estoy al tanto de tus conexiones con la delincuencia organizada de esta ciudad. Date por bien servido que no te delate a las autoridades. Con las pruebas que he colectado en contra tuya bien podrían darte varios años de cárcel.
Así que a Neil no le quedó más remedio que vender varias de sus propiedades para saldar sus deudas con Buzzy y con los accionistas de las empresas Leagan & Leagan. Pero a los Leagan les quedaba aún un recurso para salvar su posición económica: la fortuna de la tía abuela Elroy. Desgraciadamente para ellos la venganza de Buzzy llegó aún más lejos. Como broche de oro vendió la información que tenía sobre Eliza Leagan a un periodista sin escrúpulos quien reservando en el anonimato el nombre de Buzzy y sus socios, expuso las relaciones ilícitas de la Srita Leagan al dominio público. Después de que ese artículo salió a luz pública la Sra. Elroy no quiso volver a ver a sus sobrinos por el resto de su vida. Por el contrario, decidiendo que había estado equivocada, se reconcilió con Archibald, que para entonces ya estaba casado con Annie Britter y a quien la anciana terminó aceptando al paso del tiempo.
Aquello fue el colmo del descrédito y la desgracia para los Leagan que debieron de retirarse a su mansión de Lakewood, única propiedad que les quedaba, viviendo de una modesta pensión proveniente de cierto fideocomiso que William Albert tenía bajo su custodia y que les entregó al leerse el testamento del Sr. Leagan. Ahí en el campo, alejados del esplendor de otros tiempos, con apenas un par de sirvientes -insuficientes para mantener la enorme casa- Eliza y Neil tuvieron que enfrentar la dureza de la estrechez económica por primera vez en sus vidas. Pero Candy ignoraba que lo peor vendría para un tiempo después, durante la época de la gran Depresión, que estaba por desatarse al año siguiente de su entrevista con Charles Ellis.
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- Sé a lo que usted se refiere, Caaandy - contestó Ellis continuando la conversación y haciendo volver a la joven mujer de sus recuerdos sobre los infortunados hermanos Leagan - ¿Pero habiendo sido siempre tan renuente a los convencionalismos, cómo se siente ahora usted en su papel de esposa y ama de casa? - se atrevió a preguntar el periodista aprovechando que el actor había salido momentáneamente del comedor para ocuparse de una llamada de teléfono.
- Querrá usted preguntarme por qué si soyy tan "feminista" como la gente dice decidí dejar de ejercer la enfermería cuando nació mi hija Blanche - se atrevió Candy a sugerir con una sonrrisa maliciosa.
- Bueno, sí. Algo de eso había en mi preggunta - admitió Ellis acorralado por la franqueza de la joven dama.
- Como yo veo las cosas Sr. Ellis, la cauusa feminista, que siempre ha tenido todo mi respeto - comenzó a explicar la dama con un brillo especial en la mirada - no debería preocuparse tanto porque la mujer llegue a ocupar los puestos que los hombres han monopolizado, sino más bien porque cada mujer tenga la libertad de escoger la actividad que ella prefiera, ya sea la de universitaria, ejecutiva, científica o madre. En su momento yo escogí ser enfermera y así servir a los demás. Cada día de mi vida que dediqué a esa labor fue importante y profundamente gratificante para mi, pero llegó un momento en que las obligaciones de esposa y madre se volvieron especialmente demandantes. Particularmente con la llegada de Blanche, se volvió más y más difícil mantener un equilibrio entre mi trabajo de enfermera y la maternidad. Así que decidí que al menos por unos años dejaría la medicina para ser solamente madre. Fue una decisión independiente y no me arrepiento de ella. Todo lo contrario, me siento muy feliz de haberlo hecho, pues estoy gozando con todas mis fuerzas la infancia de mis hijos. Ya habrá tiempo después para otras cosas.
- Y supongo que al Sr Grandchester la ideea le ha parecido más que buena - supuso Ellis
- Egoísta como todos los hombres, no podíía parecerme menos que maravilloso el tener a mi mujer sólo para mi - comentó el artista que llegaba en ese momento después de atendida su llamada.
Candy se volvió para ver a Terrence acariando la mano que él posó sobre el hombro de ella como respuesta afectuosa a su comentario.
- " Egoísta y celoso " - pensó la joven riéndose para sus adentros, pero luego se dijo inmediatamente que ella no podía reprocharle a su esposo un defecto que ella también compartía hasta cierto punto.
Habían pasado ya cinco años desde aquella terrible pesadilla y si bien no veía los sucesos con rencor, de vez en cuando, al mirar la taza que su esposo guardaba en la vitrina de su estudio, recordaba la lección vivida y se prometía solemnemente no volver a cometer los mismos errores que habían puesto en peligro la estabilidad de su familia.
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Las cosas habían sido igualmente difíciles para ella. A pesar de que ella se esforzaba en no darle importancia, las largas ausencias de Terrence la hacían sentirse cada vez más sola. Cuando su estancia con los Stevenson llegara a su fin después de la recuperación de Patty, Candy había regresado a su casa de Fort Lee y la melancolía no había tardado mucho en ganarle la batalla.
Cuando sus dos pequeños niños, Dylan de poco más de tres años y Alben de apenas siete meses, conciliaban el sueño, la joven paseaba a solas por los rincones silenciosos de la casa buscando en los muros la callada huella del hombre que amaba. Pero los días pasaban, las giras se prolongaban y los ecos de la sonora voz de Terrence se hacían cada vez más lejanos en los oídos de Candy.
En más de una ocasión estuvo tentada a tomar la pluma fuente y escribir una carta con una sóla línea diciendo: regresa ya que me vuelvo loca sin ti. Pero luego cerraba los ojos y veía de nuevo el rostro radiante de Terrence cuando agradecía los aplausos frenéticos del público al término de una presentación. Candy sabía que su esposo gozaba intensamente esos segundos mágicos de gloria y que el placer de vivir mil y un vidas diferentes sobre el escenario era para él tan necesario como el aire o la poesía. No sería ella quien abusando del amor que él le tenía, lo obligase a renunciar a las tablas y a sus sueños.
Si el precio por verlo feliz era tener que prescindir de su compañía por más tiempo que el común de las esposas, ella estaba dispuesta a pagarlo. Sin duda las cosas hubiesen seguido así sin mayor dolor que la melancolía, de no haber sido por la prensa mal intencionada que al poco tiempo empezó a esparcir rumores acerca de Terrence y su nueva compañera de tablas, Marjorie Dillow.
Entonces las cosas empezaron a ir realmente mal. Las heridas viejas que se abrieran por primera vez cuando Candy tuvo que vivir la dura experiencia de ver como el joven que ella amaba elegía el deber por encima de su amor por ella, volvieron a dolerle repentinamente.
Por otra parte, Candy estaba cada día más preocupada por sus hijos.
Mientras que era obvio que Terrence se estaba perdiendo importantes momentos del
primer año de vida de Alben, Dylan había dejado de ser el niño vivaz de
siempre para convertirse en un chiquillo callado y melindroso. Candy no sabía
qué era lo que debía preocuparle más, si el hecho de que su bebé no reconocía
ni la voz ni la figura del padre, o la manera en que su primogénito se rehusaba
a comer sin importar los esfuerzos que la joven madre hacía para despertarle el
apetito.
Fue entonces que Terrence había vuelto a Nueva York a tomar un breve descanso
de dos días a mitad de la gira que estaba realizándose en aquellos primeros días
de diciembre. A penas había él regresado cuando salió a colación el asunto
de Bower, justo la noche después de la llegada del actor. La manera en qué
él le había
reclamado su amistad con Nathan había encendido el amor propio de Candy. ¿Acaso
estaba mal pasar un buen rato con un amigo?¿Qué de malo había en aceptar una
taza de té en algún café de Manhattan?¿Cómo podía Terrence reclamarle el
hecho de que ella buscara alguna compañía si él se la pasaba todo el tiempo
metido en los ensayos o de gira?¿Con qué derecho Terrence le pedía cuentas
acerca de su amistad con Bower cuando él no había ni siquiera hecho un
comentario sobre las habladurías cada vez más constantes acerca de su relación
con Marjorie Dillow? Esta última consideración era sin duda la que más dolía
y la que llevó a la joven a decir las cosas más duras, de las cuales se
arrepintió tan pronto como el auto de Terrence salió disparado aquella noche.
Sin embargo, su orgullo e indignación terminaron por ganar la batalla
cuando unos minutos después de que el aristócrata había dejado la
casa hecho una furia, una manecita tocó a la puerta de la recámara de la joven
rubia. Candy abrió la puerta para descubrir al pequeño Dylan parado en el
umbral de la alcoba de sus padres, tratando de enjugarse las lágrimas con la
manga de su pijama de franela.
- ¿Por qué gritaba papá?- preguntó el niiiño entre sollozos - ¿Que ya
no nos quiere?
A Candy se le encongió el corazón mientras apretaba la cabecita castaña del
niño contra su pecho e intentaba inventar la primera excusa que se le vino a la
cabeza para disfrazar lo que había ocurrido aquella noche. De ese modo la joven
tomó la decisión de abandonar Nueva York y correr al único lugar en dónde
creía podía encontrar el sosiego y
las fuerzas que de pronto parecían faltarle.
Sin pensarlo mucho empacó algo de ropa para ella y los niños, vistió
a los pequeños lo más abrigadoramente posible y escribió la nota que su
esposo leería la mañana siguiente.
El viaje que siguió le recordó mucho a otro viaje que había hecho
años atrás en cierta noche nevada. Entonces como en el pasado, un mismo nombre
le ardía en el corazón con punzadas dolorosas, pero la situación era al mismo
tiempo distinta. En el pasado Terrence había sido sin duda su gran amor, su
gran sueño, pero ahora que a su lado dormía Dylan y Alben descansaba en su
regazo, Candy sabía que Terrence significaba aún mucho más que antes. Cinco años
de vida marital no pasan en vano para una mujer. Habían ahora demasiada
cotidianeidad, sueños y planes compartidos, intimidad y lazos físicos al igual
que espirituales como para llegar a creer que todo aquello podía terminar de
esa forma. Pero, por otro lado, ella no quería exponer a sus hijos a tensiones
innecesarias. Ahora no podía hundirse en la depresión como antes,
pues había dos vidas que dependían de la manera en que ella manejara las cosas.
Incapaz de ver claro en toda aquella confusa encrucijada Candy esperaba que
llegando al Hogar de Pony encontraría dos pares de brazos que la recibirían
con el mismo amor y apoyo de siempre. Sin embargo no fue así del todo.
Una vez que Candy les hubo explicado la situación a las dos damas que la habían
criado, se sorprendió al darse cuenta que sus amados rostros se endurecían en
desaprobación. Ni siquiera la Srita. Pony quien siempre había sido más
condescendiente con ella se atrevió a
intervenir en su favor. Todo lo contrario, las dos mujeres se
pusieron muy serias y después de unos segundos de penoso silencio ambas le
dijeron a la rubia que tenían que discutir las cosas entre sí antes de poderle
resolver cualquier cosa sobre el asunto. Acto seguido le pidieron a Candy que
las dejara solas y la muchacha obedeció sintiéndose de nuevo como la niña
pequeña que tiene que esperar para que sus padres resuelven qué castigo le darán
por las diabluras
cometidas.
Esa noche Candy lloró desesperada tratando de ahogar los sollozos para no
despertar a sus pequeños que dormían en la misma habitación. De repente
se sentía completamente sola en aquel problema cuando sus dos madres ni
siquiera le habían contestado nada en concreto después de aquella primera
plática.
Fue una suerte que Alben estuviera un poco inquieto esa ocación, porque
de otra forma la joven madre se hubiese pasado la noche en blanco
obsesionada con su problema. Así por lo menos se ocupó a ratos de alimentar y
arrullar al pequeño hasta que se quedó dormido de nuevo y el alba volvió
a salir por el oriente.
A la mañana siguiente la Srita Pony se llevó a los dos pequeños para
que participaran de las actividades con los niños de sus respectivas
edades y dejó a Candy a solas con la Hermana María. La rubia supo que lo que
venía no sería fácil de asimilar porque conocía de sobra la severa firmeza
de la religiosa.
- Supongo que ya habrás adivinado que niii la Srita Pony ni yo
aprobamos lo que has hecho, Candy ¿No es así?- inció la monja con tono
pausado mientras se sentaba en su mecedora.
- Sí, aunque no lo entiendo - se animóó CCCandy a responder con un brillo en
la mirada que la religiosa conocía demasiado bien. Lo había visto tantas veces
cuando la pequeña pecosa se sentía castigada
injustamente y miraba a su verdugo en hábito con retadora obstinación.
- Hija mía - dijo María tratando de toomaaar la mano de la joven sentada a su
lado- Tal vez estás pensando que hiciste mal en venir a consultar a dos viejas
solteronas como Pony y yo que nunca conocimos la vida matrimonial ¿Qué
clase de consejo podríamos brindarte si jamás tuvimos la
experiencia?
- Yo no he dicho eso - se apresuró Canndyyy a defenderse pero
inmediatamente se mordió la lengua pues muy en el fondo ese pensamiento le había
venido a la mente la noche anterior.
- Pues te daré tres buenas razones parra haber venido - replicó María
haciendo como si Candy no hubiese dicho nada - Número uno; porque somos
tus madres, y en ningún lugar del mundo podrías sin duda encontrar apoyo, pero
también un sincero consejo como en nuestra casa; número dos porque aunque
nunca hemos estado casadas contamos con algo que tú aún careces, y eso es
vejez y experiencia en lidear con problemas humanos por mucho tiempo más de lo
que tú has estado sobre este mundo y número tres, porque a pesar de nuestro
celibato voluntario no hemos
dejado de ser mujeres. Créeme que entendemos lo que tú estás
pasando, aunque nunca nos hallamos visto personalmente implicadas en una situación
similar. Te amamos y lo último que quisiéramos es verte sufrir, hija,
pero eso no significa que aprobemos tus actos cuando éstos no han sido obrados
con sabiduría.
- Pero hermana María, ¿Acaso no ha siddo injusto mi esposo conmigo? ¿Acaso no
estábamos poniendo en peligro la estabilidad emocional de nuestros niños de
seguir juntos? - preguntó Candy aún incapaz de comprender a la religiosa.
- La respuesta es sí a ambas preguntass -- respondió la mujer
calmadamente - pero también es cierto que tú has pagado la injusticia y los
celos de tu esposo con igual medida ¿O acaso tu respuesta a sus reclamos fue
sobria y conciliatoria?
La joven fue incapaz de sostener la mirada directa de la religiosa. Avergonzada bajó los ojos y guardó silencio.
- Supongo que no me contestas porque tu consciencia te acusa. Sin embargo, harás bien ahora en ser honesta contigo misma ¿Consideras que tu respuesta a las palabras de tu esposo contribuyó a empeorar el problema? - preguntó la mujer sin darle tregua a la muchacha.
Candy no respondió audiblemente, pero al final asintió con la cabeza.
-Hija, no quiero juzgarte duramente, pero es mi deber hacerte ver las cosas con menos pasión y más inteligencia - explicó María pasando la mano por los rizos rubios de la mujer igual a como lo había hecho tantas veces cuando Candy era solamente una niña - Para que haya una pelea se necesita que contribuyan a lo menos dos. No excuso los errores de tu esposo, pero tampoco puedo ignorar los tuyos. Ahora tú eres madre y creo que eso tal vez te ayude a entender la postura que Pony y yo hemos tomado. Convendría que te preguntaras con sinceridad por qué respondiste como lo hiciste.
La mujer esperando que el corazón de Candy se moviera hacia la direción correcta, tan sgura estaba María de la bondad de su hija.
- Creo que . . . - masculló a pena Candy - me he sentido muy sola últimamente y estaba . . quizá . . . un tanto resentida con él . . . No sé . . es posible que también estuviera . . . celosa.
-¿Por qué crees que te has sentido así, hija? - indagó María endulcificando el tono mientras Candy sentía que por fin podía liberar una carga que la había estado oprimiendo por un largo trecho.
- ¡Lo extraño mucho! - estalló Candy en llanto echándose a los brazos de la monja - ¡Lo necesito tanto . . pero no había querido decirle nada porque no deseo interferir en su carrera. Pensé que podía hacerme cargo de la situación en casa aunque él no estuviera presente.
- ¡Ay hija mía! A veces en nuestro afán de proteger a quienes amamos cometemos alguna que otra tontería - contestó la religiosa acariciando los rizos de Candy - Es muy noble de tu parte querer apoyar la carrera de tu esposo, pero las cosas deben equilibrarse en un justo medio. Cuando Terrence se casó contigo adquirió un compromiso que está por encima de toda realización profesional y si tú y los niños lo necesitan, él deberá atenderlos dádoles prioridad por encima del teatro.
- ¿Usted cree? - preguntó la joven aún insegura, aceptando el pañuelo que le extendió María.
- Candy ¿Alguna vez te has preguntado por qué la Srita Pony y yo decidimos nunca casarnos? - preguntó la mujer clavando su mirada en la joven.
-Bueno, siempre supuse que no se habían interesado mucho en ello - explicó Candy no muy segura de su respuesta.
- Pues te equivocas - repuso María con una sonrisilla - Alguna vez lo consideramos, cada una por su propia cuenta y en su debido momento. Sin embargo, en última instancia decidimos dejar de lado esa posibilidad porque nos dimos cuenta de que por encima del deseo de formar una familia propia, con un esposo e hijos que atender, anhelábamos utilizar nuestras vidas para servir a los demás. A ratos no ha sido fácil cristalizar ese sueño, puesto que la soledad pesa, sobre todo con el paso de los años. No obstante, puedo asegurarte que ninguna de las dos nos arrepentimos de nuestra elección ya que nuestro deseo de servir era tan grande que no hubiese sido justo casarnos.
- ¿No hubiese sido justo? - preguntó la joven rubia entrecerrando los ojos sin comprender muy bien las palabras de la monja.
- La labor que hacemos en el Hogar de Pony, hija, es un trabajo de veinticuatro horas, durante todos los días del año ¿Tú crees que sería justo para un hombre tener una esposa que está ocupada en su trabajo sin tener nunca tiempo para él? Lo mismo pasaría con los hijos ¿No lo crees? Quien se debe a una misión especial no tiene espacio en su vida para el matrimonio, y quien se dedica a éste debe siempre dejar en segundo plano todo lo demás. Tú y tu marido deben entender esto si no quieren echar por la borda el tesoro que tienen en su matrimonio.
- ¿Entonces usted cree que yo debí haberle dicho a Terri que me sentía sola? - había inquirido Candy con inseguridad.
- ¡Claro que sí! ¿No ves que la distancia les ha hecho perder contacto y hasta ha debilitado la confianza entre ambos? Durante todo este tiempo de separación tú has acumulado un resentimiento incosciente en contra de tu esposo, y él por su parte, se ha vuelto más receloso. Terrence es sin duda responsable del origen del problema, pero tú has cooperado a él con tu silencio y terminaste coronándolo con tu reacción a sus recriminaciones. Él inició el fuego y tú lo atizaste. Ahora son ambos a quienes corresponde apagarlo, pero no lo lograrás lejos de él. Todo lo contrario, poniendo una nueva distancia entre ustedes solamente das lugar a que los malos entendidos - porque Pony y yo estamos segura que son sólo eso, malos entenddos - crezcan y empeoren la situación.
Candy recordaba claramente que en esos momentos se había sentido tan culpable que hubiese querido que la tierra se abriera justo debajo de sus pies para tragarla de golpe, pero la mano firme de María sosteniendo la suya le hizo entender que entonces, al igual que antes, no podía dejarse vencer por la dificultad. Por el contrario, no había tiempo para lamentaciones porque había muchas cosas rotas por reparar. Continuaron hablando por un largo rato hasta que la Martha llamó a la puerta para recordarles que era hora de tomar el almuerzo. Esa misma tarde Candy hizo sus maletas con el fin de salir de nuevo rumbo a Fort Lee a la mañana siguiente.
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Terrence se reclinó en el sillón al tiempo que sorbía lentamente el té, mientras observaba en silencio cómo su esposa contestaba con soltura las preguntas que le hacía el reportero. En todos los años que tenía de casado él nunca había permitido que periodista alguno se acercara a su mujer, pues temía que cualquiera de ellos acabara por aprovecharse de la franqueza de Candy para lanzar una nota sensacionalista distorsionando las declaraciones de la joven. Sin embargo las cosas habían cambiado, por un lado Ellis era de toda su confianza y por otro, había que reconocer que la joven Sra. Grandchester había aprendido a sobrellevar la carga de estar casada con una figura pública. Interiormente sintió que el corazón se le inchaba de orgullo al contemplar a su esposa.
"¡Y pensar que estuve a punto de perderla!" - se dijo volviendo a retomar sus recuerdos.
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Dejando el hogar de Pony las horas del viaje se le habían hecho eternas. Al detenerse en un pequeño lugar de Ohio escuchó en la radio que se acercaba una tormenta de hielo que duraría seguramente varios días. Se esperaba que el tránsito de trenes y vehículos quedaría paralizado durante todo el tiempo que durara la ventisca. Si el pronóstico era cierto, podría significar que tendría que pasar las fiestas navideñas lejos de su familia. Eso era lo último que deseaba. Así que había resuelto hacer marcha forzada manejando a todo lo que daba el auto, con el fin de ganarle la carrera al frente frío.
Había viajado sin parar cruzando los dedos para que la tormenta no reventara antes de que hubiese pasado la frontera del Estado de New Jersey. Recordaba claramente la alegría que había sentido al mirar finalmente los señalamientos que indicaban la proximidad de Fort Lee. Aunque, en el horizonte, también habia podido distinguir que las nubes se escurecían al tiempo que una ligera escarcha comenzaba a caer sobre aquella zona boscosa.
Cuando finalmente había llegado a Fort Lee, era evidente que la tormenta sería ya un hecho en cuestión de minutos. Pisó el acelerador con fuerza al tomar la desviación hacia Columbus Drive. Grande fue su sorpresa cuando al vislumbrar el jardín principal de su residencia, distinguió dos figuras en abrigos oscuros que corrían de la casa hacia uno de los autos que estaban estacionados a la entrada. El corazón le dio un vuelco y pudo sentir claramente que algo andaba mal.
Terrence distinguió luego que una de esas figuras era la de Edward, su mayordomo, y la otra de Candy misma. El joven se sintió aún más inquieto cuando al descender del auto su esposa se abalanzó a sus brazos sollozando. Terrence sabía que su mujer no era una criatura que se amedrentaba con facilidad, si ella estaba llorando de aquella forma era porque algo realmente grave pasaba.
- ¡Candy! ¿Qué sucede?- había preguntado él sobresaltado.
- Es Dylan - había contestado la joven entre sollozos - No podemos encontrarlo en la casa . . . yo creo que ha huído . . . justo ahora que la tormenta está por estallar ¡Dios mío Terry ,no quiero pasar lo que puede ocurrirle si no lo encontramos a tiempo!
- ¿Pero estás segura? ¿Han buscado bien en la casa? ¿Qué razón podría tener un niño tan pequeño para querer huir?- contestó Terrence tratando de convencerse de que eso no podía estar pasándole a su hijo.
- Estoy segura, Terry. No está . . .no sé lo que pasa con él . . . ha estado tan callado y extraño últimamente - dijo ella entre lágrimas y luego se detuvo- sobre todo desde que nos escuchó discutir - se animó ella a terminar.
Terrence no lo supo en ese instante, pero después su esposa le había contado que nunca como entonces lo había visto palidecer hasta el punto de parecer un cadáver. Después de entonces los recuerdos se volvían difusos. A penas podía vislumbrar que le había ordenado a Candy permanecer con Alben en la casa mientras que él, junto con su chofer y mayordomo, habían salido a intentar buscar al pequeño. Las tres horas que siguieron habían sido las más angustiosas de toda su vida. Ni siquiera sus experiencias de guerra se podían comparar a la angustia de pensar que una tormenta como la que estaba anunciada bien podía matar a un hombre adulto en muy corto tiempo, cuánto más a un niño de cuatro años.
Habían buscado en vano en el vecindario, tratando de recorrer los lugares de juego que Dylan solía frecuentar con su madre. Mientras tanto la ventisaca había ya debutado y hacía cada vez más difícil la búsqueda. Por si fuera poco estaba ya por ponerse el sol. Si no lograban encontrar al niño antes de que cayera la noche las probabilidades de volver a verlo serían ya muy pocas.
En un último intento desesperado los tres hombres se habían dividido, a pesar de que no era muy recomendable hacerlo dadas las condiciones climáticas. Fort Lee era en aquel entonces un área residencial semi-rural y las casas se encontraban alejadas unas de otras por más de cien metros en algunos casos.
Una sola cosa tenía el aún claro en sus recuerdos: la insoportable culpabilidad que le gritaba interiormente hasta reventarle los tímpanos que su hijo estaba en peligro por culpa suya. A ojos del joven padre había sólo un responsable del extraño comportamiento del pequeño y si no podía encontrarlo a tiempo sin duda jamás se lo perdonaría. Sin embargo, otra parte de sí mismo le decía con firmeza que no había tiempo para auto-recriminaciones. Necesitaba de todos sus sentidos para concentrarse en lo que estaba haciendo.
Tratando de utlizar a un viejo truco que le habia servido de maravilla tanto sobre el escenario como en el campo de batalla, Terrence habia tratado de recurrir al recuerdo de los últimos momentos felices que había pasado con su hijo. Penosamente no había recuerdos ni del recién pasado Día de Acción de Gracias, ni de Halloween, ni siquiera del cumpleaños de Dylan. Tuvo que regresar mentalmente hasta el verano anterior, cuando durante un receso entre sus giras había llevado al niño a pescar a una de las lagunas artificiales que rodeaban el vecindario.
En esa ocasión habían encontrado un lugar excelente debajo de un puente de madera y ahí habían pasado prácticamente toda la mañana. Aunque aún muy pequeño Dylan tenía ya una conversación vivaz y hacía constantes preguntas acerca de todo.
-¿Cuándo volverá a haber nieve, papá? - le había preguntado el pequeño al mirar las aguas del lago.
- Falta aún mucho. Primero las hojas se pondrán amarillas y luego caerán de los árboles. Después de entonces habrá nieve - había sido la respuesta del padre.
- Tommy dice que su papá le comprará unos patines para Navidad - había comentado Dylan sugestivamente refiriéndose al hijo mayor de los Stevenson a quien había visto durante los días en que su madre Patricia había estado enferma.
- Y a ti te gustaría tener los tuyos también ¿No? - repuso el joven padre con una sonrisa a la que el niño contestó con un asentimiento de cabeza - Supongo entonces que tendremos que enseñarte a patinar para entonces - había concluído Terrence con el consiguiente estallido de alegría del chiquillo.
¡El puente!¿Cómo no se le había ocurrido antes? La idea le vino de golpe junto con aquel recuerdo. Sin perder más tiempo Terrence se había dirigido hacia aquel mismo lugar en que había pescado con su hijo, con la esperanza de encontrarlo debajo del puento que ofrecía un buen escondite para cualquier niño pequeño. Un solo miedo le ponía la piel de gallina. El hielo de la laguna podía estar aún delgado. Si el niño resbalaba podía caer al agua helada y morir congelado en escasos minutos.
Terrence dejó el auto aparcado a la entrada del parque y corriendo bajo la cada vez más violenta ventisca se adentró en dirección del lago. Le tomó varios minutos caminando entre la nieve fresca para lograr vislumbrar el puente que apenas podía distinguirse entre las ráfagas blancas de la tormenta. Fue entonces que distinguió una pequeña figura que avanzaba con lentitud en direccìón de la laguna helada.
-¡Dylan!- había gritado el joven con toda la fuerza de sus bien entrenados pulmones y sin duda el pequeño lo había escuchado porque le pareció que volvía el rostro. Pero luego, por asombroso que fuese, el niño había acelerado el paso en la dirección opuesta, como huyendo de la voz que le llamaba. A Terrence le tomó unos segundos comprender que su hijo le daba la espalda y corría como si tratara de escapar de su alcance.
No obstante, poco tiempo le quedó para asimilar el hecho cuando escuchó un ruido que provenía de la laguna. Terrence, que conocía bien el ruido del hielo cuando se rompía no pensó en otra cosa más que correr hacia donde el niño había caído, entendiendo que sus pesadillas se habían hecho realidad.
Lo que siguió fue todo como una cadena de actos desesperados. Correr en dirección de las aguas congeladas, gritar el nombre del niño, rasgarse el saco para fabricar una cuerda improvisada, arriesgarse a caer él mismo en las aguas heladas, sacar el cuerpo aterido del pequeño, correr de regreso al auto y luego manejar frenéticamente hacia la casa. En todo ese tiempo no había espacio en su mente para otra cosa que no fuese acelerar para llegar a tiempo para hacer reaccionar al niño.
Finalmente las luces de su casa se distinguieron entre la ventisca. Todavía no se estacionaba cuando ya la figura fina de su esposa salía corriendo de la casa con una frazada. No hubo necesidad de explicaciones, parecía que Candy podía adivinar lo que había pasado con sólo mirar al padre y al hijo. Curiosamente, la mujer llorosa que lo había recibido con la mala noticia de que el niño había huído, se había esfumado completamente para dar lugar a una joven serena y segura de cada uno de sus movimientos. Con el mismo aplomo con el que Candy había limpiado las heridas de Terrence al llegar mal herido al hospital Saint Jacques, la joven tomó entonces el cuerpo incosciente de su hijito y lo llevó rápidamente al interior de la casa en donde ya esperaba un médico y dos bien organizadas domésticas. Terrence, terminó por desplomarse en un sillón sintiéndose totalmente inútil mientras observaba la rapidez con que su mujer dirigía la orquesta de las criadas para calentar al pequeño y devolverle la consciencia.
Fue entonces cuando empezó a sentir muy ligeramente el efecto del resfrío que él mismo había pescado en aquella aventura. La cabeza le dolía hasta darle la sensación de que las sienes le iban a reventar y los ojos le ardían en irritación. Cerró los párpados y se reclinó en el respaldo del sillón por unos instantes que no pudo calcular, hasta que sintió que alguien le tomaba por los pies. Desconcertado abrió los ojos para descubrir a su esposa que sentada en el suelo le quitaba los zapatos.
-¿Pero qué haces Candy? ¿No estabas con Dylan?- preguntó él confundido.
- Se ha hecho todo cuanto es posible. El doctor dice que tendremos que esperar esta noche para ver cómo reacciona. Ahora me preocupas más tú - replicó ella con calma mientras continuaba desvistiendo a su marido - ¿No te has dado cuenta de que estás todo mojado?¿Así es como cuidas tu voz, señor actor?- lo regañó ella con suavidad y él se admiró de que ella fuera la misma mujer con quien había reñido tan violentamente hacía tan sólo unos cuantos días.
-¡Por Dios, Candy puedo hacer esto por mi mismo! - repuso él con una tímida sonrisa, pero luego recordó a su hijo y quizo asegurarse de nuevo de su estado - ¿Estás segura que Dylan estará bien?
La joven bajó los ojos y él entendió que aún había peligro para el pequeño.
- Por favor, Terri,- se animó ella al fin a contestarle - ponte esta ropa seca y tómate esto para que entres en calor. Lo menos que necesitó ahora es otro enfermo en la casa - concluyó ella señalando una taza de té que ella había dejado sobre una mesita.
- Está bien, pero luego quiero estar al lado de Dylan - dijo él y ella no se opuso.
Las horas que siguieron fueron de dolorosa vigilia para los Grandchester. Ambos se mantuvieron al lado de la cama de Dylan sin decir palabra alguna, pendientes de cada movimiento en la respiración del pequeño y de la fiebre que no quería ceder fácilmente. Terry pensó entonces que su esposa seguramente había pasado una noche similar cuando lo había cuidado aquella ocasiòn en Francia y se preguntó cómo era que las mujeres podían sacar tanta entereza en ocasiones como aquella a pesar, de ser criaturas de apariencia tan frágil.
El alba despuntó y Dylan aún no volvía en sí. Candy había solicitado el desayuno pero a pesar de su insistencia Terrence no había querido probar bocado. Así pues, las tostadas, el té y los huevos se enfriaron en la bandeja mientras el joven fingía leer un libro de poesías ojeando constantemente al pequeño durmiente. Afuera, la tormenta parecía arreciar su furia y solamente se percibía la diferencia entre el día y la noche por la presencia de una luz mortecina. Todos sabían que aquella mañana los nubarrones no se retirarían para dejar ver el sol.
Finalmente hacia la una de la tarde, mientras Candy apretaba las cuentas de su rosario con dedos nerviosos y Terrence repasaba por enésima vez la misma línea sin poner atención, Dylan se movió ligeramente y luego abrió los ojos.
- ¡Papá! - dijo con voz débil al mirar a su padre a su lado - ¿Ya no estás enojado conmigo?
Sobra decir que ambos padres vieron salir al sol con aquella frase y después del regocijo del primer momento se encargaron de hacerle saber al pequeño que nadie en la casa estaba molesto con él, como Dylan creía a causa de las continuas ausencias de su padre. Candy sabía que en otras circunstacias la conducta del niño hubiese ameritado un buen castigo, pero después de las cosas vividas más valía que las malas memorias quedaran sepultadas en afecto.
A la mañana siguiente el peligro había ya pasado para el niño y llegó entonces el turno al padre de caer enfermo. Sacando fuerzas de flaqueza, Candy se sobrepuso al cansancio y se dedicó a cuidar simultáneamente de sus dos hijos y de su marido, que como todos los hombres que gozan siempre de una salud envidiable, solía tener unos resfriados memorables las raras veces que enfermaba. Así que los baldes de agua hirviendo con sales, las hojas de eucalipto y los jarabes se transportaron de la habitación de Dylan a la de sus padres.
- ¡Vaya que sí la he hecho buena! - exclamó él cuando vio llegar a su esposa cargando una bandeja con comida caliente aquella tarde - ¡Y pensar que te tomas todas estas molestias por mi y yo ni siquiera te he pedido disculpas por . . . por lo que sucedió - se atrevió finalmente a decir.
Candy, que había estado posponiendo aquella conversación inevitable dadas las circunstancias de emergencia dejó la bandeja del desayuno en una mesa cercana y se dispuso a hacer lo propio ya que su esposo parecía estar de humor para aclarar las cosas.
-Yo tampoco me he disculpado - repuso ella con los ojos fijos en su delantal mientras se sentaba a un lado de la cama - Creo que yo también tengo mi parte de culpabilidad en esta historia.
- Sshh- musitó él poniendo un dedo sobre los labios de la joven que le parecía la mujer más hermosa sobre la tierra con aquel delantal de percal sobre un sencillo vestido de punto - Déjame decirte primero que he sido un verdadero idiota al dejarlos tanto tiempo solos, a ti y a los niños. Luego déjame decirte que actué irracionalmente cuando me enteré de tu amistad con Bower. No desconfío de ti, amor, es sólo que los celos me hierven de pensar que él podría estar buscándote con otras intenciones. . . ¿Qué quieres? Cuando se trata de ti pierdo la cabeza . . . sin embargo . . . - añadió él con dificultad - no me opondré a que tú elijas a tus amistades.
- ¡Terri! Perdóname tú a mi por haber reaccionado de manera tan violenta . . . Te aseguro que no hay nada entre Nathan y yo. Te agradezco este voto de confianza por parte tuya, pero ya he decidido que mi amistad con él no es del todo conveniente.
- ¿Estás segura? - preguntó él sorprendido al escuchar las últimas palabras de su esposa.
- He tenido tiempo para pensar . . . y . . . analizando la situación con más frialdad me he percatado de ciertos detalles que antes quise ignorar - dijo la muchacha y Terrence advirtió que le costaba trabajo encontrar las palabras adecuadas para proseguir.
- ¿Qué quieres decir? - indagó el joven volviendo a sentir que algo por dentro ardía más que la fiebre.
Candy observó la expresión en el rostro de su marido y entendió lo que cruzaba por su mente ¿Debía continuar? Por un instante dudó entre guardarse para sí aquella última confesión y decir la verdad. El rostro de la Hermana María en su memoria la miró de una manera que le hizo comprender finalmente lo que debía de hacer, aunque no aquella fuese la alternativa más peligrosa.
- Quiero decir que, si vuelvo sobre mis pasos y pienso bien en mi amistad con Nathan - comenzó ella con los ojos clavados en los bordados de la almohada - tengo que admitir que tal vez. . . sólo en ciertas ocasiones, advertí en él algo que por un instante me pareció un interés, quizá un tanto desusual, algo distinto que nunca percibí con otros amigos míos. Pero no quise darle importancia.
La joven entonces cayó, esperando que su marido diera señas de disgusto. Estaba resuelta a enfrentar las consecuencias de su confesión. De cierta forma había decidido que era mejor afrontar los escollos de la sinceridad que guardar secretos para quien más amaba. Asombrosamente, el joven artista no dijo ni una sola palabra, sino que simplemente tomó la mano de su esposa y le dio una ligera palmadita como animándola a continuar.
La muchacha alzó entonces la mirada y en silencio agradeció a su esposo por aquél tácito voto de confianza. No obstante, se pudo dar cuenta al mirarle a los ojos, que el joven estaba intentando con todas sus fuerzas controlar sus impulsos por preguntar más sobre el asunto.
- Terri, te aseguro que él jamás se propasó conmigo - se apresuró ella a aclarar - es sólo que existen ciertas cosas que una mujer sabe sentir, y de las que yo hice caso omiso, porque me agradaba su compañía y no quería prescidir de su amistad . . . sobre todo cuando me sentía tan sola - concluyó ella en un murmullo.
- Te entiendo - dijo finalmente él con la voz enronquecida y ella comprendió los grandes esfuerzos que él estaba haciendo por controlarse y lo admiró más por ello.
- Es por eso que he decidido que no volveré a ver a Nathan. A ti te incomoda mi amistad con él y en cierta forma, tal vez él esté esperando algo más de mi que jamás podré darle. Creo que eso será lo mejor para los tres.
- ¿Estás segura? - preguntó él aún dudando de la resolución de su mujer.
- ¡Completamente! Si tengo que elegir entre tú y cualquier otra cosa en este mundo, la decisión es demasiado fácil para mi. Tú siempre ganas, aún sobre mi orgullo - admitió la joven y una lágrima solitaria corrió por su mejilla hasta la comisura de sus labios que se arqueaban en una leve sonrisa.
Terrence levantó la mano lentamente hasta enjugar la mejilla de su esposa con una caricia leve. Parecía que había pasado tanto tiempo desde la primera vez que hiciera lo mismo en la enfermería del colegio mientras Candy llamaba a Anthony entre sueños. El mundo había girado muchas veces desde entonces, pero aquella niña, ahora convertida en mujer, seguía haciéndolo perder todo el balance con una sóla lágrima.
- No, pequeña, no llores por esto. Simplemente olvidémoslo ¿Quieres? - le dijo en un susurro y ella asintió en silencio.
La
joven no hizo esperar su marido con
los brazos abiertos. Tan pronto como su rostro se hundió en el pecho del hombre
un suave aroma a lavanda embalsamó sus
sentidos trayéndole un tumulto de memorias íntimas. De repente Candy sintió
que era de nuevo una adolescente petrificada de miedo mientras el caballo corría
a galope entre los árboles. Aquella había sido la primera vez que se había
aferrado al pecho de Terrence con todas sus fuerzas y a medida que las tinieblas
de su alma se iban disipando, una única sensación dominaba su mente: el
decisivo y austero perfume que él siempre usaba y que poco a poco calaba hasta
los huesos, con un estremecimiento hasta entonces desconocido.
Terrence se reclinó sobre la almohada y ella se acurrucó a su lado sin decir nada, aún extraviada en sus recuerdos. Enterró su nariz entre los músculos fírmes del pecho del joven y pudo percibir con claridad ese cosquilleo en el vientre que él solamente le hacía sentir. Entonces se percató que había sido durante aquella cabalgata forzada cuando por primera vez sintiera esa misma calidez que subía desde sus entrañas erizándole la piel. Los años le habían enseñado a la joven a poner el nombre correcto a esas sensaciones y a entender que eran el preludio de otras, superiores y más profundas.
Candy sonrió y tuvo la gracia de sonrojarse al comprender que su primer encuentro con el deseo había tenido lugar justo en aquella ocasión, mientras se aferraba al cuerpo de aquel Terrence adolescente. Pero quien la tenía ahora en sus brazos hacía mucho tiempo que había dejado de ser un chiquillo y ella, a su vez, ya no era más una niña asustada y confundida ante aquellos alarmantes pasmos internos. Todo lo contrario, ahora comprendía bien las señales que el cuerpo le mandaba y en ese mismo momento también entendió que había estado equivocada al creer que podía posponer aquellas necesidades indefinidamente, mientras su esposo viajaba sin parar.
-
Candy – le llamó
él quedamente – creo que es mi turno de aclarar ciertas cosas. Aunque te
anticipo que no será sencillo ni agradable – completó él mientras volvía
incorporarse.
La
joven lanzó a su marido una mirada interrogadora y la respuesta que leyó en
sus pupilas le hicieron temer que aquello que vendría sería sin duda doloroso.
- Adelante – contestó ella simplemente sentándose a su lado.
- Yo . . . yo debí haberte dicho acerca de esto desde hace mucho, pero no quería . . . no sabía lo que pasaría si te lo contaba – comenzó él y ella pudo darse cuenta que le era difícil articular cada una de sus palabras.
- Es acerca de Marjorie Dillow ¿No es así?- preguntó ella sintiendo que el corazón se le detenía.
- Y sobre todos esos rumores de la prensa – admitió él asintiendo – Debí haber hecho algo al respecto de eso desde el principio, pero. . .
- ¿Pero qué? – preguntó ella cada vez más asustada de lo que podría venir.
- No lo consideré leal – dijo el al fin con un suspiro de fastidio.
- ¿Leal? Terri, por favor explícate, que no te comprendo – exigió ella cada vez más tensa.
-
Bueno, es una larga
historia, pero intentaré contártela – dijo él
sin perder esa expresión de preocupación – Antes que nada quiero que
sepas que lo único cierto de esos rumores es que hace algún tiempo, meses
antes de que siquiera supiéramos que Karen estaba esperando un bebé, Marjorie.
. . intentó llamar mi atención en
varias ocasiones. Yo me limité a ignorarla pero como sus insinuaciones se
hicieron cada vez más explícitas me llegué a molestar mucho con ella y acabé
por hacerle pasar una humillación. Me temo que tal vez me extralimité con ella.
. . o quizá solamente le di su merecido – añadió después de un momento y
no pudo evitar aún en medio de aquella confesión embarazosa un dejo de malicia
al recordar el mal rato que le había hecho pasar a la insistente Marjorie -
Lo cierto es que ella se indignó mucho y me prometió que me arrepentiría
de haberla rechazado. Por supuesto que no puse atención a sus amenazas.
Candy
estaba muda. Por una parte lo que Terrence acababa de contarle le volvía el
alma al cuerpo, pero a su vez le intrigaba saber qué consecuencias había
tenido para su marido aquel desplante de fidelidad hacia ella.
- Los meses pasaron y Marjorie parecía haberse olvidado del asunto – continuó el joven – Imaginé que había aprendido su lección, pero estaba equivocado. Cierta noche, estando en Nueva York, después de la función recordé que Robert me había pedido que recogiera la copia de unos libretos que él quería que revisara, así que decidí pasar a su oficina para poder empezar a leerlos. Pensando que todos ya se habían marchado a casa entré a la oficina de Robert sin llamar, sólo para la enterarme por accidente que lo que Marjorie no había logrado conmigo, lo había conseguido con Robert. Fue realmente muy embarozoso para mi, como tú comprenderás – masculló aún molesto con el recuerdo – y creo que fue aún peor para Robert.
Candy
se quedó atónita. Inmediatamente sus pensamientos volaron hacia Nancy
Hathaway, que a pesar de poder ser su madre, se había convertido en una buena
amiga suya. La joven suspiró
tristemente, pero se guardó de hacer cualquier comentario.
- En esa ocasión simplemente no supe qué hacer o decir – continuó él aún serio – así que simplemente salí de la oficina sin decir palabra. Al día siguiente como es de esperarse Robert habló conmigo, y para mi gran decepción, no fue para decirme que aquello era un error que estaba dispuesto a enmendar. Todo lo contrario, pude darme cuenta de que Marjorie se había convertido en algo importante para él y era obvio que estaba dispuesto a hacer lo que fuese por ella, aunque tampoco tenía intenciones de romper su matrimonio con Nancy. Por mucho que me disgustara su actitud, me di cuenta de que hubiese sido imposible hacerle entrar en razón, así que sólo me limité a asegurarle que no interferiría en el asunto. Obviamente él temía que siendo tú y Nancy buenas amigas el amorío acabaría por llegar a su conocimiento si yo no guardaba discreción al respecto, así que le tuve que prometer que no te diría nada sobre el asunto.
- Te entiendo, aún si yo me hubiese enterado, no creo que hubiera tenido el corazón de decirle a Nancy lo que estaba pasando – comentó la joven aún alterada con la noticia.
- Pero ahí no quedó todo. De hecho ese fue el inicio de una serie de diferencias entre Robert y yo con respecto a Marjorie. Él empezó a concederle papeles más importantes con lo que yo no estaba de acuerdo porque la muchacha simplemente es pésima actriz, pero el colmo fue cuando le dio el lugar de Karen en las últimas giras. Tuvimos un serio disgusto por su causa. Fue entonces cuando me di cuenta de que Marjorie estaba cumpliendo su amenaza de la peor manera, estaba distanciándome de uno de los pocos amigos que tengo.
- Y todo este tiempo te reservaste esas contrariedades sólo par ti ¿Verdad? – inquirió la joven admirando el sentido de lealtad de su marido.
-
No tenía otra opción
– arguyó él con un encogimiento de hombros– Pero aún hay más.
Aún no me explico del todo la razón por la cual, precisamente cuando el
romance entre Robert y Marjorie se hallaba ya avanzado, la prensa se dedicó a
especular sobre mi relación con ella. A veces he llegado a pensar que se
trataba de un rumor comenzado por la propia Marjorie para
buscarme un problema contigo.
- ¿Tú crees? – preguntó la joven algo incrédula, pero luego el recuerdo de las muchas jugadas que le había hecho su prima Eliza le hizo tragarse sus palabras.
- No estoy seguro – contestó él dudoso – lo cierto es que cuando el segundo de esos artículos maliciosos llegó a mis manos fue durante la gira que hicimos en California. Esa ocasión Robert y yo estábamos desayunando juntos en el tren. Recuerdo que me molesté mucho al leer la nota y le manifesté mi disgusto pensando que, por razones obvias, el también se sentiría contrariado con la noticia, pero para mi sorpresa lo había tomado con bastante beneplácito.
- ¿Pero, por qué? – preguntó la joven intrigada.
- Bueno, yo también me sentí confundido con su reacción, pero luego él se encargó de explicarme que esos rumores le favorecían ya que su esposa empezaba a sospechar y las notas periodísticas seguramente aminorarían sus suspicacias. Inclusive llegó a suplicarme que no hiciera declaraciones al respecto. “Simplemente ignora esas habladurías. A ti no te afectarán porque tu esposa no tiene nada que temer contigo, y en cambio a mi me ayudarán a aliviar tensiones con Nancy” – me dijo – y como ya habíamos tenido demasiados enfrentamientos decidí acceder a guardar silencio nuevamente, aunque me repugnaba el hacerlo.
- Entiendo que la situación era delicada, pero . . . – interrumpió ella sintiendo que no podría evitar el reclamo.
- Lo sé – contestó él antes de que ella pudiera terminar la frase – en ese momento debí habértelo contado todo para evitar los malos ratos que te he hecho pasar, pero erróneamente pensé que esas habladurías no podrían hacerte daño.
- Siento mucho haber dudado de ti – aceptó ella con tristeza – No sé qué fue lo que me sucedió.
- Yo sí lo sé – repuso él acariciando la mejilla de la joven – La distancia debilita la confianza. Fue muy injusto de mi parte pensar que podrías con la presión de la prensa estando yo lejos por tanto tiempo. Creo que aquí yo soy quien debe cargar con la responsabilidad ¿Podrías perdonarme? – le pidió él levantando el mentón de su esposa para ver sus ojos directamente.
- Eso es inevitable – respondió ella y Terrence entendió que por cuenta de ella el asunto estaba olvidado. Sin embargo él no quería que las lecciones aprendidas quedaran del todo en el pasado.
- Te prometo una cosa, pecas – añadió él después de un rato que ambos se mantuvieron abrazados sin decir nada – Este ha sido el fin de mis giras frenéticas. No volveré a permitir que mi trabajo afecte a nuestra familia. Además, si he de serte sincero, odio estar tanto tiempo lejos de ustedes. Me la he pasado realmente mal sin ti, las noches son eternas y más oscuras, los días no tienen luz, y ni siquiera la poesía me calma esta inquietud.
- Yo siento lo mismo
- ¿Entonces, por
qué no me lo dijiste? – preguntó él sorprendido.
-
-
- - Yo pensé que tú . . . - titubeó ella confundida - que tú necesitabas estas giras, que te hacían sentir más feliz. No deseaba restarte esa alegría.
- Disfruto mucho mi trabajo, eso no te loo voy a negar - se apresuró a explicar el joven - pero a decir verdad, he odiado todo este tiempo que he estado separado de ustedes. Lo hice más que nada porque deseo darles lo mejor a todos ustedes.
- ¡¿Por dinero?! ¡¿Has estado haciendoo ttodo esto por dinero?!- preguntó Candy sorprendida ante la inusitada preocupaciòn económica de su esposo - ¡Pero si tenemos más que suficiente! Jamás en los sueños más locos de mi infancia imaginé vivir de esta manera. Terri, tú nunca antes te habías preocupado por las cosas materiales ¿Por qué de repente te parecen tan importantes como para sacrificar a tu familia?
Al escuchar la reacción de su esposa Terrence comenzó a comprender las palabras de la señorita Pony con mucha más claridad que antes.
- No me lo preguntes - respondióó éél avergonzado- Tal vez he dado un curso equivocado a mi amor por ustedes. La verdad es que no sé qué fue lo que me ocurrió. Ví que las oportunidades se abrían, y no deseaba desperdiciarlas. Esperaba que me permitiesen acumular un capital para el futuro de Alben, ya que el de Dylan está asegurado.
El joven bien se hubiese autocasticagado de buena gana en esos momentos, pero el suave toque de la mano de su mujer sobre la suya le hizo entender que no sería necesario. Él levanto el rostro y se econtró de nuevo con la mirada sonriente de la joven.
- Hemos sido un par de tontos ¿No te pparrece? - le dijo ella con el rostro iluminado - Ambos estábamos arriesgando las cosas más valiosas por otras no tan importantes.
- Te prometo que no volverá a suceder - aaseguró él estrujando con fuerza la mano de la joven - He aprendido mi lección de la peor manera. . . y pensar que pude perderte a ti. . . y a Dylan.
Candy respondió con un abrazo y así se cerró aquel desagradable capítulo de su vida.
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Ellis
se puso de pie entonces e hizo volver a Candy de sus recuerdos. El periodista
agradeció a los Grandchester por
su hospitalidad y después de estrechar las manos del artista y de su esposa se
despidió finalmente de ellos. Edward apareció de algún rincón de la estancia
para conducir al invitado hasta la puerta, así que dando un último vistazo a
la pareja, el hombre siguió al
mayordomo atravesando de nuevo por las mismas habitaciones que ahora se veían
envueltas en una nueva atmósfera a la luz de las lámparas que resguardaban la
casa de las tinieblas nocturnas.
Una
vez afuera el reportero se volvió de nuevo hacia la residencia. Desde lejos, un
trío de caritas sonrientes lo veía con jovialidad a través de uno de los
amplios ventanales. Ellis respondió a los niños agitando su mano en señal de
despedida antes de subir a su auto y alejarse definitivamente del vecindario,
rumbo hacia “la ciudad”. En
el camino el hombre pensó que tal vez en su nuevo trabajo en Alemania podría
encontrar finalmente la mujer adecuada y sentar cabeza. Ya venía siendo hora.

Mientras el reportero se dirigía hacia su austero departamento en Manhattan, Candy cumplía con el inevitable ritual nocturno. Supervisó que las empleadas de la cocina levantaran la loza de la cena e hicieran la limpieza de costumbre antes de clausurar los servicios culinarios por aquel día. Como era viernes pagó salarios a sus trabajadores y se despidió de todos con la acostumbrada sonrisa. Cuando en la casa solamente quedaba la familia del artista, la joven se encaminó hasta las habitaciones de sus hijos. Era la hora de las historias y los mimos. Treinta minutos más tarde el acostumbrado bullicio de la casa cesó para caer en un suave letargo y la joven madre pudo al fin soltar la cinta que recogía su cabello rubio y quitarse los zapatos al entrar a su habitación, donde su marido leía en silencio mientras la esperaba.
La mujer se sentó ante el tocador y comenzó la tarea de desmaquillarse y soltar las horquillas de su pelo, preparándose para dormir. Mientras ella se ocupaba de esa tarea, el joven dejó su lectura para contemplar la ceremonia femenina que había presenciado ya miles de veces en diez años de matrimonio. Entonces pensó que poco importaba el paso del tiempo, su esposa le seguía pareciendo tan hermosa como el primer día, desde la breve línea de la nariz, hasta los ricitos rubios que se ocultaban en la nuca debajo de la espesa cabellera; desde la piel blanca de las manos, hasta la luz inquieta de los ojos, todo le parecía fascinante. Había algo en torno a ella que lo seguía manteniendo a la expectativa, igualmente encandilado con la misma chispa de atracción que nadie más era capaz de encender en él.
La visita de Ellis había despertado en él recuerdos de días oscuros, pero de todas aquellas cosas pasadas había una sola de la cual podía sentirse satisfecho y esa era no haber cedido a los avances de Marjorie Dillow. Parte de él le decía que de haber sido así, aunque su esposa hubiese acabado por perdonarlo, él jamás se hubiese perdonado así mismo.
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Recordaba aún bien el día en que las cosas con Marjorie habían llegado al nivel de lo inadmisible y hasta cierto punto Terrence seguía pensando que en aquella ocasión su dureza hacia Marjorie no había sido injustificada.
Habría sido necesario ser un tonto para no darse cuenta de los abiertos coqueteos de Marjorie durante aquella primera gira. Pero habituado a situaciones similares Terrence había optado por hacer gala de su proverbial indiferencia.
Sin embargo, cierta noche después de la función, Terrence se había quedado un buen rato conversando con Hathaway en la habitación de éste y no había regresado a la suya hasta ya muy avanzada la madrugada. Su sorpresa fue grande al encontrar a la Dillow esperándolo en su cuarto.
- ¿Qué haces aquí? - había sido la inmediata reacción de su parte ante la inesperada intromisión.
- Bueno, yo . . . he estado un tanto preocupada por ese diálogo que no acaba de convencerte y como supuse que te gustaría ensayarlo vine aquí para preguntarte si lo podíamos hacer mañana. Como no estabas, decidí esperarte . . . ya que no podía dormir de todas formas - respondió ella melosa.
- ¿Y para eso tenías que entrar a mi habitación sin permiso? - preguntó él francamente molesto, no sólo por el atrevimiento, sino por la barata obviedad de las intenciones de Marjorie, que no había vacilado en sobornar al botones del hotel para dejarla entrar.
- Vamos, no te molestes por esa niñería mía - repuso ella sonriendo mientras se acercaba al joven lentamente - En lugar de ponerte de mal humor, bien podríamos buscar la manera de pasárnolas bien juntos . . . ya que ni tú ni yo parecemos tener sueño esta noche ¿No crees?
- Pues yo tengo pensado ir a dormir ahora mismo, y tú deberías hacer lo propio - respondió él tratando de controlarse para no abusar de su rudeza.
La mujer sonrió de nuevo, dispuesta a no darse por vencida tan fácilmente. Con movimientos estudiados y rápidos a la vez, se acercó al hombre hasta que estuvo de pie frente a él, de modo que extendiendo el brazo alcanzó a juguetear con la solapa del saco de él.
- ¡Vamos! ¿Acaso tendré que ponértelo más claro? No me digas Terrence - dijo ella susurrando - que un hombre como tú, no siente nada al tener cerca a una mujer como yo ¿Por qué no aprovechar que estamos aquí los dos para darnos un rato de esparcimiento que bien lo necesitamos . . . Sin compromisos, claro.
Y diciendo esto úlitmo la joven dio un paso atrás y con un solo gesto de su mano derecha desató la banda que sostenía la bata de seda roja que llevaba puesta. La prenda cayó al suelo de golpe dejando al descubierto un cuerpo que Marjorie sabía bello. La joven actriz había sido una de esas chicas llamativas que desde los catorce años se había percatado del poder que podía ejercer sobre los hombres, inclusive aquellos mucho mayores que ella, quienes no podía evitar sentirse atraídos por aquella niña con cuerpo de mujer.
- Tu esposa no tiene por qué enterarse - sugirió ella mientras miraba a Terrance de frente, esperando en él la reacción natural y como el hombre se quedó cayado por unos instantes, pensó que había ya ganado la partida. Después de los primeros segundos, Terri pestañeó casi imperceptiblemente y avanzó hacia la cama con pasos firmes.
- " Ya calló" - pensó ella triunfante.
Para su sorpresa Terrence arrancó el endredón que cubrían la cama y se lo lanzó a Marjorie en un gesto que denotaba fastidio.
- Te vas a resfriar si no te cubres ahora que vas a salir de mi habitación en el acto, a menos que quieras que llame a los empleados del hotel para que te echen ¡Fuera de mi vista!
- ¡Eres un grosero! - se quejó ella aún asombrada con el tono violento con que le hablaba su colega.
- Tal vez, pero un grosero que no es esclavo de sus instintos ¿Por quién me has tomado? ¿Crees que arriesgaría el amor de mi esposa por un momento de placer? Es posible que a una cualquiera como tú le parezca extraño, pero para ir a la cama con una mujer yo necesito algo más que un cuerpo disponible. Búscate otro con quien divertirte ¡Sal de mi cuarto de una buena vez y no se te ocurra volver hacer una estupiez como esta! - concluyó él con tono iracundo y los ojos brillando indignados.
- ¡Pues me voy! ¡Allá tú que te lo pierdes! - respondió Marjorie recogiendo su bata - Pero sabe que te vas arrepentir de esto.
Aquello había sido la gota que derramó el vaso. Con la rueda de su furia desatada el joven tomó a la mujer por los hombros con una expresión que ella jamás olvidaría.
- Mira muchachita, no te atrevas a amenazarme de nuevo o serás tú la que se arrepienta - bociferó y acto seguido llevó a la joven del brazo hasta la puerta, cerrándola tras de sí de un golpe que seguramente habría despertado a más de un huésped aquella noche.
Cuando Terri se hubo quedado solo respiró profundo y se tiró en la cama. El incidente lo había puesto del peor de los humores, no sólo por el atrevimiento de la mujer, sino porque de alguna manera le había indicado algo que él venía esforzándose por ignorar en los últimos días. Ver a Marjorie solamente le había recordado lo mucho que él estaba deseando volver a estar con su esposa y la certeza de que la gira a penas empezaba no lo hacía sentirse mejor. Su violenta respuesta hacia la actriz no había sido sino su forma de manifestar su profunda frustración porque la mujer que había estado esa noche ahí para seducirlo no hubiese sido su esposa.
Tal vez para otros hombres su reacción habìa sido más que estúpida, pero él sabía de sobra que semejante gratificación inmediata no solament tendría consecuencias dolorosas para quien más amaba, sino que al final, resultaría bastante mediocre comparada con el verdadero placer que solamente llega cuando se mezcla la piel con el corazón. No se arrepentía . . . todo lo contrario.
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- ¿Qué me ves? - preguntó Candy divertida al ver el rostro de su marido que la miraba con fijeza al tiempo que ella se metía a la cama - ¿Tengo una peca nueva?
- ¡Miles!- contestó él siguiendo la broma al momento, a pesar de haber estado abstraído en sus pensamientos un buen rato.
- ¡No tienes remedio! - dijó ella alzando los ojos, como fingiendo frustración mientras se desplomaba sobre la almohada.
- No lo tengo y tuya es toda la culpa. Esta enfermedad es crónica - respondió él reclinándose sobre ella al tiempo que sostenía su peso sobre un brazo.
-¿Enfermedad? ¿Es entonces un mal eso de ser sarcástico? - preguntó ella con una risita.
-No . . . esa es mi virtud . . . Tú eres mi enfermedad crónica - repuso él riendo sofocadamente.
- ¡Vaya! Eliza me ha dicho muchas cosas desagradables desde el día en que la conocí, pero este insulto de compararme con una enfermedad supera a todo lo que Eliza pudo haber pensado - resondió ella volteando el rostro en fingida indignación para esquivar los labios de su marido.
- Yo supero a cualquiera, señora - respondió él sonriente - pero no es un insulto lo que te he dicho, sino una verdad - concluyó él, que al no poder besar los labios de la joven optó por besarle el cuello.
- No deberías hacer eso si en verdad quieres librarte de esta enfermedad - rió ella sintiendo cosquillas.
- ¿Quién ha dicho que quiero sanar? Si este es el mal más delicioso que jamás he tenido. Duele el corazón de vez en cuando, y el resto del cuerpo la pasa mal si estoy lejos de ti. . . pero la mayor parte del tiempo es la gloria.
- ¡Terri! - dijo ella conmovida volviendo el rostro para econtrarse con los labios de su marido.
Una
ligera llovizna veraniega comenzó a caer en la tranquilidad de la noche.
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Candy
miraba las gotas caer y escurrir lentamente sobre las vidrieras de la ventana.
El chubasco estival había bajado la temperatura dejando una sensación fría y
húmeda en el aire que le hacía estremecerse ligeramente. En días como
aquellos la mujer no podía dejar de ponerse melancólica e involuntariamente su
mente voló hacia un pequeño lugar a las orillas del Lago Michigan donde sus
hijos estaban entonces pasando las vacaciones. Si la mañana había estado
despejada seguramente Albert y Tom habrían llevado a los niños a jugar
baseball. Aquello se había convertido ya en una tradición: los niños del
hogar contra los nueve primos.
La
rubia se sonrió para sus adentros pensando en el cuadro de los cuatro
rozagantes mozalbetes hijos de Patty y Tom que solian jugar como jardineros y
en las paradas cortas; el
rubio Alben con su inseparable amigo Anthony
- hijo único de Raisha y Albert- que
eran expertos corredores de bases; el
pequeño y retraído Alistair Cornwell que prefería ser el catcher; Dylan que
por ser el mayor era el capitán del equipo y Blanche que a sus seis años se
había convertido en la lanzadora estrella. Por un momento deseó estar con
ellos pero después reconoció que realmente necesitaba aquellos días de
descanso lejos de la siempre abrumadora responsabilidad de la maternidad.
Debían
de ser como las dos de la tarde allá en América, pensó Candice suspirando,
pero allá en Escocia ya pronto oscurecería. A lo lejos se podía escuchar el
murmullo de la lluvia entre la arboleda, mientras el sol descendía lentamente
detrás de los densos nubarrones que impedían ver el ocaso. De repente le
pareció sentir que alguien la observaba e instintivamente buscó con la mirada
a lo largo del jardín y más allá
de la barda que resguardaba el palacete. Entonces le pareció ver una figura
masculina tratando de ocultarse detrás de las madreselvas que trepaban la verja
de la entrada principal.
Aguzó
la vista y pudo distinguir a un hombre pelirrojo envuelto en un sucio
impermeable que tan pronto como se sintió descubierto corrió hacia la arboleda
cercana y se perdió en la espesura.
- Un pobre mendigo sin
techo – supuso la mujer. Pero
curiosamente después de aquella primera conclusión, pensó que el
individuo, a pesar de la distancia, le había hecho recordar el rostro de
alguien conocido.
Candy se alejó entonces de la ventana y se dirigió hacia la chimenea de la estancia para atizar el fuego que parecía comenzar a morirse en el hogar. Mientras movía las brazas con el atizador pensó que el mendigo en el impermeable viejo le había recordado un tanto a Neil Leagan, pero luego se burló de su propia ocurrencia.
Nadie
sabia nada de Neil desde el gran desastre bursátil del año anterior. La ya
dramáticamente mermada fortuna de
los Leagan terminó por desaparecer completamente con el nefasto efecto de la
crisis económica mundial. Incapaz de soportar el nuevo golpe Sarah se habia ido
a reunir con su marido al otro mundo; Eliza, por su parte, había
caído en una depresión profunda, de la cual no había salido hasta la fecha y
Neil se había marchado del país sin dejar rastro.
La
casa de Lakewood había sido abandonada por completo. Solamente las malas
hierbas y las alimañas podían vivir ahí, donde
antes había habitado el orgullo y la vanidad. Lejos de Lakewood, Eliza
languidecía de por vida en un sanatorio
gracias a la caridad de Albert, ajena a cualquier otra cosa que no fuera su
amargura.
Candy
suspiró melancólica al recordar a los hermanos Leagan y una vez más se admiró
de que alguien pudiera desperdiciar el tesoro de la vida de una manera tan estúpida,
mientras otros tenían que luchar con todas sus fuerzas por conservarla, aferrándose
a ella con pasión y ansias de seguir vivo. Tal era el caso del pequeño
Alistair, que para la gran tristeza de Annie y Archie era un chiquillo tan dulce
como enfermizo.
La
rubia recordaba con cuántos esfuerzos Annie había conseguido finalmente quedar
encinta, después de un penoso viacruicis de médicos, remedios y desilusiones
continuas. Pero no sólo había
sido penoso lograr concebir, sino que igualmente el embarazo había sido
delicado y la salud del bebé una vez que hubo nacido resultó ser
preocupantemente frágil. Alistair, que era apenas un año mayor que Blanche,
había heredado la inteligencia de su tío muerto, pero carecía de la buena
salud de la que Stear siempre había gozado. Tal
vez por eso Blanche, que tenía un corazón tan grande como el de su madre, había
adoptado al pequeño Alistair como su primo favorito y lo protegía de la misma
manera en que alguna vez la propia Candy había defendido a Annie.
Los
conocimientos médicos de Candy le hacían comprender que las probabilidades de
que Alistair lograra llegar a la edad adulta eran muy pocas, pero la joven
confiaba que más allá de aquello que la ciencia pudiera ofrecer, las plegarias
de todos los que amaban a los Cornwell terminarían por ofrecer una esperanza.
La Hermana María le había dicho en su acostumbrado tono enigmático que el
futuro de Alistair sobrepasaría todas las expectativas y ella esperaba que una
vez más las predicciones de la religiosa resultaran acertadas.
Los
maderos crepitaron al llegar el fuego a un cabo más delgado, logrando partir
uno de ellos en dos. El ruido sacó a la mujer de sus cavilaciones y la hizo
percatarse de que había que agregar más leña para mantener viva la llama. Con
algo de pereza Candy se estiró para alcanzar los trozos de madera en un
recipiente cercano a la chimenea. Mientras añadía los leños y observaba como
el fuego crecía proyectando sombras y luces cada vez más dramáticas sobre su
rostro, pensó en otras vacaciones que había pasado en Escocia siete años atrás.
El cálido recuerdo le llenó la mente con imágenes brillantes, intensas,
vivaces como la llama del hogar que alimentaba.
Después
de aquellos días negros vividos en el otoño de 1923 la reconciliación que
siguió había sido tan deliciosa como acre habían sido los celos y el dolor
sufridos. Terrence, como era de suponerse, no había concluido la gira de
invierno, declarándose enfermo – lo cual era cierto – y en su lugar había
pasado las fiestas decembrinas en casa, mientras él y Dylan convalecían de la
pulmonía que habían pescado aquella noche tormenta. Pero como tanto el padre
como el hijo gozaban de una constitución fuerte, en poco tiempo recuperaron la
salud y estuvieron listos para retomar su vida de siempre.
Así
pues Dylan y Alben se encargaron de continuar sus incansables aventuras del sótano
al desván de la casa y Terrence se ocupó de comenzar a escribir una nueva
pieza al tiempo que se esforzaba por recuperar el afecto de sus hijos. Como
ambos niños habían heredado la naturaleza bondadosa de su madre, pronto
olvidaron por completo el abandono en que su padre los había tenido
y la vida pareció retomar su curso acostumbrado. Sin embargo, Candy
pronto notó que su marido parecía aún inquieto por algo.
Como
era de suponerse las tensiones entre Terrence y Robert Hathaway continuaron,
toda vez que Hathaway seguía favoreciendo a su joven amante con papeles
importantes, aún después de que Karen Claise regresó a las tablas.
Los Gradchester prefirieron mantenerse al margen de aquel delicado
asunto, pero Karen que era la más afectada, no se quedó callada. La
temperamental actriz se encargó de dirigir una campaña de descrédito hacia su
rival, lo cual acabó, como era de esperarse, por confirmar las sospechas de
Nancy Hathaway. Finalmente la
situación reventó y Hathaway tuvo que decidir entre su esposa y Marjorie. El
resultado fue más bien lamentable. Robert rompió con Marjorie y ésta tuvo que
abandonar la Compañía, pero esas medidas no sirvieron para acallar el rencor
de Nancy, que terminó por pedir el divorcio, sin importar el escándalo que
representaba.
Siendo
Terrence un colaborador y amigo íntimo de Hathaway, no pudo dejar de sentirse
afectado por los problemas vividos por su antiguo maestro. Así que, una vez que
Robert y Nancy llegaron al penoso
acuerdo de la separación definitiva, el
joven actor, cansado de las muchas tensiones vividas en
aquellos últimos meses, le
suplicó a su mujer que lo acompañara en un viaje fuera del país que lo
ayudara a despejar la mente y el espíritu. De este modo, deseoso de alejarse
de las intrigas de Broadway y
ávido de dar rienda suelta a la pasión que había tenido que reprimir durante
las largas giras hechas el año anterior, el actor se escapó con su familia a
su villa escocesa.
Candy
recordaba aún con emoción los hermosos días vividos en aquellas vacaciones.
Los niños se habían enamorado desde el primer momento de la madre de Mark, que
aún trabajaba para la familia cuidando la mansión. Mark se había casado y tenía
un par de gemelos de la misma edad de Alben, por lo que en varias ocasiones los
cuatro niños se quedaban a dormir todos juntos en la cabaña de la viuda, cosa
que a Candy le agradaba mucho porque quería que sus hijos crecieran sin los
prejuicios de clase que la habían hecho sufrir tanto durante su adolescencia, y
a Terri le parecía perfecto porque le permitía gozar de su esposa con mayor
libertad.
La
mujer se sonrió mientras contemplaba el fuego al recordar las numerosas
ocasiones en que ella y su marido habían pasado la noche como aquella primera
vez el día de la Fiesta Blanca de Eliza, contemplando el fuego y compartiendo
el momento sin decir nada. Sólo que en aquellas segundas vacaciones el final de
las veladas no llegaba al atardecer, sino hasta rayar el alba, cuando el fuego
del hogar, y el del cuerpo se extinguían y el cansancio les hacía quedarse
finalmente dormidos uno en brazos del otro. Al igual que su padre, Blanche había
sido concebida en el villa de Escocia.
Candy recordaba que en aquellos días su marido se habia vuelto más vivaz y condescendiente. Inclusive se había animado a hacer cosas a las cuales antes siempre se habìa rehusado o por lo menos había sido necesario más de un ruego para convencerlo de hacerlas, como ser un tanto más amable con los reporteros, admitir un perro en la casa o aceptar más invitaciones a eventos sociales.
La joven mujer estaba segura de que aquella repentina complacencia se debía en buena parte a que estaba profundamente conmovido por la decisión que ella había tomado de abandonar su amistad con Bower.
Contrario a lo que se podía pensar, Candy no se había sentido mal con la situación, sino que se había convencido de que aquello había sido lo mejor. Sobre todo cuando finalmente pudo conocer al verdadero Nathan Bower el día en que le había suplicado que no la volviese a buscar.
Candy, que había empezado a sospechar ligeramente que su amigo la miraba con otros ojos, pudo confirmarlo con la reacción del hombre ante su petición. No sólo Nathan se mostró visiblemente molesto y hasta un tanto violento, sino que de una buena vez le confesó a la joven que estaba enamorado de ella.
Eso hubiera despertado en Candy una profunda compasión y simpatía hacia los sentimientos de su amigo que ella no podía corresponder, de no ser porque el joven actor no se conformó con la simple confesión. Lejos de aceptar la decisión de la dama, el hombre insistió que la seguiría buscando sin importar lo que "el bueno para nada" del marido de Candy pensase. Si era necesario mentir, armar un escándalo o lo que fuese, él no se detendría.
A este punto la joven se había molestado francamente con las amenazas de Bower las cuales denotaban que lejos de sentir amor, el hombre solamente estaba encaprichado con ella. Pero temiendo que aquello fuese a terminar entre un enfrentamiento entre los dos hombres, la joven decidió optar por una estrategia menos directa, pero más efectiva. Tal vez se debió a que tras muchos años de conocer y sufrir la malicia de los Leagan, Candy había aprendido finalmente a usarla . . .. o quizá fue que su amor y su deseo de proteger a su marido la animó a reaccionar con astucia.
- Si deseas seguir buscándome, hacer un escándalo, decir mentiras a la prensa y cosas por el estilo, me tiene sin cuidado - le había dicho ella categórica, poniéndose de pie, como para indicarle a Bower que había llegado el momento de retirarse - Pero, luego no te quejes cuando ya nadie te de trabajo en Broadway. No sólo arruinarás tu reputación estúpidamente, sino que te aseguro que no habrá productor que te contrate. Solamente recuerda quién es mi marido.
Y
con esta última frase la joven se había vuelto para llamar al mayordomo y
pedirle que le indicara la salida a su visitante. Después de entonces Candy jamás
volvió a ver a Nathan Bower, al menos no personalmente. Soprendentemente las
palabras de la joven habían despertado en él un gran miedo a ser betado en
todo el país. Como la idea de regresar al Reino Unido no le agradaba, ya
que había dejado más de un asunto pendiente y un marido resentido por allá,
decidió mejor abandonar Broadway de una vez por todas y probar suerte en
California. Ahi Nathan emprendió una carrera en el cine con no mucho éxito.
El
reloj dió las nueve de la noche y la mente de Candy volvió de nuevo al
presente preguntándose por cuánto tiempo
más tendría que esperar. La
lluvia parecía no cesar y el frío le calaba los huesos aún cerca del fuego,
así que alargó el brazo para tomar una frazada que reposaba sobre el diván
cercano pero antes de que su mano tocara el mueble otra mano le alcanzó la
frazada.
- ¿Cuánto tiempo tienes ahí sin decir nada? – preguntó entonces sintiendo que el frío empezaba a disiparse.
- El suficiente como para comprender que aún luces tan hermosa sentada frente al fuego como cuando tenías catorce años . . . aunque podría decir que ahora me gustas mucho más – contestó la voz grave de Terrence.
- ¡ Adulador! – respondió ella señalando el lugar sobre la alfombra para que su marido se uniera ella a contemplar el fuego – ¿Cuéntame, pudo Stewart encontrar boleto para Londres?
- Así es – repuso él tirándose en la alfombra con displicencia – creo que llegará a tiempo para comprar esa nueva finca . Según él será un buen negocio.
-
No dudo que así sea – respondió Candy que confiaba ciegamente en Stewart
sobre todo cuando el año anterior había demostrado gran sagacidad para
proteger los intereses de sus patrones aún en contra de los dramáticos
altibajos de la economía mundial.
Terrence reclinó la cabeza en el regazo de su mujer y dio por teminada la conversación. En aquellos momentos las palabras estaban de más. El hombre cerró los ojos y se concentró en disfrutar de aquella sobrecogedora sensación de placidez absoluta, en donde parecía que por lo menos en aquel íntimo instante las preocupaciones terrenas no podían alterar su tranquilidad.
La mujer advirtió que el frío había desaparecido por completo y que una suave calidez le penetraba desde las yemas de los dedos mientras jugueteaba con las hebras castañas de su marido.
En una semana más Albert y Raisha llegarían a Inglaterra con su hijo y los tres niños Grandchester. Después, los Andley volverían a la India donde continuarían su labor de apoyo a la causa independentista y Candy regresaría con su familia a Nueva York, donde tendría lugar la presentación del nuevo libreto de Terrence.
- Habrá muchas cosas por hacer cuando regresemos - pensó ella contemplando el fuego - pero ahora . . . de nuevo siento como si fuera la víspera de Navidad.
- Sí - dijo él audiblemente incorporándose para mirarla a los ojos- por ahora solamente quiero estar a tu lado y ver pasar el tiempo - y antes de que ella pudiera reponder a sus palabras, el apagó su réplica con un beso que ella recibió gustosa, consciente de lo que vendría.
FIN

Mil gracias a todos los maravillosos lectores que con sus amables comentarios estuvieron conmigo en los dos años que me tomó esta empresa. Gracias a todos ustedes Reencuentro en el Vórtice e Inolvidable Candy fueron posibles.
Mercurio 2001
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