versiones, versiones y versiones...renovar la aventura de compartir la vida con textos, imágenes y sonidosDirector, editor y operador: Diego Martínez Lora    Número 56 - Junho - Julho 2004


Diego Martínez Lora(*)

Cyptx


Cuando llego a mi oficina, allí está ella. Ni bien prendo la luz la veo como esperando a que le diese un soplido para huir hasta meterse en su escondite. Yo no hago más que eso, un ligero fuuuuuuu! y ella se aleja feliz de mi vista.

Detestaba las arañas, pero de un momento a otro, esta arañita que la he visto crecer lentamente se ha convertido en mi mejor compañía. Tengo mucha curiosidad cada vez que voy a mi oficina por saber en que lado de la habitación se pueda encontrar.

Como sabe que no la voy a matar ni a desterrar de mi espacio, cuando regresa a su rincón lo hace como bailando una jota. Sabe que no la voy a pisar, que lo más que hago es apretarla con mi mirada.

(..)

La pobre tiene que compartir obligadamente la música que pongo y soportar mis llamadas telefónicas. A veces pienso en voz alta y ella debe de saber todos mis secretos. Ya se me ha ocurrido llevarle algunos insectos para facilitarle la vida, pero creo que no sería una buena idea. Ella tiene que cazar sus propias presas para no volverse una dependiente. Pues si yo le faltase un día ella se moriría de hambre.

(...)

Es una cosa especial sentir que una criatura pequeñita esté allí gozando de una amnistía y apoderándose de un lugar que prácticamente estuvo virgen a los insectos y arácnidos visibles.

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Por fin le he puesto un nombre: Cyptx. Así juego con la palabra y la pronuncio repetidas veces hasta alcanzar decirla bien: Cyptx.

(...)

Una noche entré suavemente sin hacer ningún ruido y sentí una tela de araña que me cerraba el camino al nivel de la cara. Instintivamente me provocó destruir la tela y matar al bicho, pero me controlé. Encendí la luz y la vi bien colgada en su tela, no me esperaba. La sentí nerviosa. No sabía como huir. Estaba a cinco centímetros de mi nariz. Yo me hice el loco, como que no había visto nada y ella se fue directamente a su escondite de siempre. Renegué un poco en voz alta. Mientras limpiaba las telas de araña le dije que sí podía permitirle que estuviera conmigo en la oficina, pero de ningún modo que se apoderase de todo el espacio. Sabía que le ardía su sentido auditivo.

(...)

Desde ese momento hasta mucho tiempo después, casi una semana, no la vi salir de su hueco. Se resintió conmigo. Muy preocupado me acerqué a su escondite y con un palito le toqué una pata. Se movió rápido y yo sentí un alivio. Sin aguantarme, le llevé un mosquito medio muerto. A partir de ese día Cyptx dejó de huir cada vez que yo entraba a la oficina. Se quedaba tranquila en el lugar que estuviese.

(...)

Una madrugada en que yo estaba tan ocupado con la composición de un libro, Cyptx se atrevió a subirse encima de mi mano izquierda. Para mí fue como si un elefante me hubiera tocado con mucho cariño. La dejé libremente subir por mi brazo y hasta llegar a mi cuello. Felizmente subió a mi cara, porque en mi cuello no la resistía y allí en medio de mi quijada, Cyptx, la pobrecita, me picó. Y digo pobrecita porque ni bien la vea otra vez, la voy a torturar como lo hacía antes, cuando era niño, con otros invertebrados. Le voy a sacar pata por pata para que no pueda huir más, porque después de picarme huyó como nunca, a una velocidad ultrasónica.

(...)

Tengo la sospecha que ya tenía preparada esta fuga porque estoy convencido de que no volvió a su escondite. No sé si salió para la calle, para el jardín o simplemente me espera atrás de un libro para darme otro picotazo. Yo espero que no, porque de su picadura tuvieron que sacarme parte de la mandíbula. Era muy venenosa. Mi gran compañía no había sido una araña cualquiera.

(..)

Yo me siento culpable por todo. No por tenerla viva dentro de mi oficina, sino por haberle gritado hasta enfadarla. La volví calculadora y agresiva. Cyptx simplemente reaccionó a mi injusta provocación. Creo que mientras pasan los días la perdono más. Y lo curioso es que tengo muchas ganas de verla.

(...)

La extraño.

(...)

Desde que me picó Cyptx mi vida cambió muchísimo. Casi no tengo amigos, y los pocos que creía tener se alejaron más de mí. Además eran demasiado entrometidos y curiosos. Cyptx, era diferente, no por ser una araña. Ella no me preguntaba nada y lo mejor de todo es que no me interrumpía con historias banales. Hasta se comió una mosca que me molestaba tanto. Y lo mejor de todo es que no hacía ruido cuando yo necesitaba silencio absoluto. Y si ponía la música estridente y metálica que acostumbraba escuchar, ella se mantenía en su lugar sin rechistar ni mandarme comentarios negativos. En otras palabras era una compañera ideal para estar solo. Le agarré cariño. Pero lo más que me inquieta en estos contradictorios sentimientos, es que no sé cómo sigo pensando así, a pesar de que las palabras del doctor fueron muy claras. Esa araña no era de esta zona. O la trajo de un lugar lejano, ya sea en la fruta o en una caja de almacén, o alguien la puso en su oficina para atentar contra su vida.

(...)

¿Contra mi vida? Yo que ni dinero tengo, ni novia, ni esposa, ni nadie interesado en mí. Ni soy propietario de nada, ni siquiera de un metro cuadrado de terreno, ni una rueda de automóvil, ni de bicicleta. La única persona que viene a mi casa es una tía viejota que dos veces por semana me ayuda a limpiar la casa. Nunca más la dejé entrar en mi oficina desde que descubrí la araña y tampoco le permití entrar después de la fatal picadura. No sospecho de nadie, ni como fruta, ni tengo ningún almacén. El doctor no sabe nada de arañas. Esta araña yo la vi chiquitita.

(...)

Ayer me di cuenta de una cosa terrible. Estoy más miope que nunca. Me fui al oftalmólogo y me ha recomendado otros lentes. Sin perder tiempo fui al oculista y hoy por la mañana con mis nuevos anteojos veo excelentemente.

(...)

Para mi desgracia con la llamada telefónica del médico que trabaja en un laboratorio y que me ha dicho que la picadura no había sido de una araña cualquiera sino de una viuda negra, de esas asesinas, pensé en mi mala vista. Corrí al huequito de Cyptx y lo removí ligeramente con una pajita. Cyptx, mi arañita querida, estaba muerta en su escondite y a su lado conservaba el mosquito seco que yo le había dado Me sentí tan mal.

(...)

Nunca pensé que alguna vez iría a construir un ataúd tan pequeñito. Allí la metí junto con el mosquito. Con un cuchillo hice un hueco en el jardín y enterré a la gran Cyptx. Tapé bien el hueco y sobre el minúsculo montículo de tierra puse dos astillas de un milímetro como cruz.. Una hormiga ya se la quería llevar. Le hice cambiar de opinión con mi afilada uña. Me sentí un Gulliver. Con un solo paso me alejé tanto de todo, pero la Cyptx será insustituible.


(*)Diego Martínez Lora. Actualmente vive en Portugal.


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