UNA NUEVA ETICA
Por Miguel Angel Ciaurriz oar
Todos
los proyectos de cualquier gobierno, todos los planes y las promesas de los
candidatos a sus electores, se proponen mejorar las condiciones de vida de los
ciudadanos y enfrentar la corrupción.
Con esta declaración de buenas
intenciones se reconoce que la gente de a pie lo está pasando mal, que sufre,
que no estamos bien donde estamos y, lo que es peor, que no vamos bien por
donde caminamos, por más que los números de nuestro crecimiento económico
quieran decir lo contrario. Puestos a poner el dedo en la llaga, todos apuntan
a la corrupción como la principal causa de los males sociales que se padecen.
Lo
penoso del caso es que muchos políticos, una vez sentados en la silla de los
alfileres, no solamente no logran avances significativos en esa lucha contra el
fraude sino que, por el contrario, acaban atrapados en sus redes y se hacen
cómplices de una auténtica espiral de corrupción. La historia más reciente de
América Latina, y también del otro lado del océano, no está escasa de ejemplos
que así lo demuestran
En su reciente visita al
continente americano, desde México, el Papa Juan Pablo II alzó su voz contra
esta pandemia del fin de siglo en nuestros países y se unió al coro de los que
insisten en que no habrá democracia, no se redimirá con eficacia la pobreza y
los estados de derecho no serán tales hasta tanto nuestras administraciones y
el ejercicio de la acción pública se tornen honestos y transparentes. En la
exhortación apostólica "Iglesia en América", que recoge las
conclusiones de la reunión sinodal que los obispos de América Latina celebraron
en Roma en 1997 para analizar la realidad de las iglesias de este continente
con miras al nuevo milenio, el Papa se refiere a "los pecados sociales que
claman al cielo porque generan violencia, rompen la paz y la armonía entre las
comunidades de una misma nación y entre las diversas partes del continente.
Entre esos pecados se deben recordar, el comercio de drogas, el lavado de
ganancias ilícitas, la corrupción en cualquier ambiente, el terror de la
violencia, el armamentismo, la discriminación racial, las desigualdades entre
los grupos sociales, la irrazonable destrucción de la naturaleza."
Enfrentar
estos males en nuestros países no es sólo cuestión de empeño; es necesario
rearmarnos de una nueva ética que nos ayude a gestionar la cosa pública con
nuevos criterios morales, más acordes a los nuevos tiempos que vivimos.
Y
esta nueva ética pasa por abrir a Dios el espacio que le hemos arrebatado en
nuestras conciencias. Sería bueno reconocer que en la raíz de nuestras
desgracias están la pérdida del sentido de Dios, lo que algunos llaman cultura
secularista del hombre postmoderno, y, en consecuencia también, la ausencia de
valores morales en los comportamientos y las conductas de las personas y de las
instituciones. "Estos pecados -señala el Pontífice en el documento
sinodal, manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de
Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo
hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de
poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social". (56)
En la
necesidad de una nueva ética empezamos a estar casi todos de acuerdo y, no solo
porque la tecnología nos está enfrentando a situaciones tan nuevas como todo lo
relacionado con la ingeniería genética y las posibilidades de clonar seres
humanos, que nos aturden y asustan porque no tenemos en las manos herramientas
para la comprensión y valoración objetivas. Es que, las nuevas reglas de juego
de la interdependencia mundial demandan también nuevos principios éticos que
regulen de manera más justa, igualitaria y digna la convivencia internacional
de los pueblos y de los hombres y mujeres del planeta, que son quienes, en
definitiva, más allá de neoliberalismos y de sistemas sociales y económicos de
cualquier tipo, desean vivir en paz y en comunión.
Pero no basta cualquier
ética. El error más grande que podríamos cometer sería pretender diseñar e
imponer una nueva ética planetaria al margen de los designios y de la voluntad
de Dios sobre el mundo y sobre todo lo creado que, al fin y al cabo, es su obra
y no la nuestra. Una nueva ética y unas nuevas reglas de juego morales al
margen de Dios, lejos de humanizar la vida económica, como algunos se ufanan en
proclamar, por ejemplo el presidente Clinton ante el Papa en San Luis de Potosí
recientemente, ha de provocar un agrandamiento peligroso de la "periferia
social" que, a su vez, incrementará el ya enorme ejército de excluidos.
Una
nueva ética que quiera dejar espacio a los criterios de Dios bastará con que se
planee desde el principio de la misericordia. Este es el criterio que nos ha de
permitir actuar de la manera más correcta y humanizar lo que de inhumano
estamos dejando crecer. En un mundo desigual como el nuestro, el criterio ético
de la misericordia nos permitirá establecer las prioridades correctas y nos
permitirá también hacer efectivos nuestros anhelos de desarrollo y progreso
sostenido para todos. Lo demás, aunque parezca contradictorio, suena a
demagogia.