MIGUEL ANGEL CIAURRIZ

¿Realmente somos demasiados?

Artículo publicado en el diario La Prensa (Panamá)

Sección de Opinión

Miércoles 6 de octubre de 1999

Nos acaba de advertir la ONU que, desde octubre de este año, seremos en el planeta nada más y nada menos que 6 mil millones de habitantes; y que para dentro de 50 años estaremos cerca de los 9 mil millones. Nos dice también que el mayor número de bocas nuevas que alimentar –el 95%– se ubicará en las zonas donde menos alimento seremos capaces de producir: en la periferia pobre del planeta.

Continentes como Africa – que en 30 años ha triplicado su población– con mucha dificultad podrán mantener el precario equilibrio. Lo que logren en este sentido será más por efectos del sida y la consecuente asistencia humanitaria, así como por la eficacia de los programas de control de la natalidad. En todo caso, bueno es que llamemos a cada cosa por su nombre y que no nos engañemos. Lo que se ha denominado ‘‘equilibrio poblacional’’ no es otra cosa que la necesaria desaparición del ‘‘personal excedente’’.

Esta preocupación por el exceso de gente se torna especialmente grave y preocupante para el occidente desarrollado. En los países con recursos suficientes, el descenso poblacional es alarmante y provocará, a buen seguro, una aceleración de los movimientos migratorios; algo que, para no verse afectados por la contaminación externa, tratan de evitar a toda costa incentivando –con muy escaso éxito– la natalidad en sus territorios.

Curiosamente, llegado ese momento de la aceptación forzada de las migraciones, la globalización –ese fenómeno con el que cerramos el segundo y abrimos el tercer milenio– llegará a ser global en verdad, traspasando las barreras de lo económico y financiero, que es a lo que está reducida en la actualidad.

De todos modos, y aun a costa de parecer que se quiere tapar el sol con un dedo, creo que es muy cuestionable todo lo que se dice sobre este tema de la superpoblación mundial. Aunque los números apabullan y aturden, para muchos no está claro que la única salida al problema de la superpoblación mundial sea reducir la raza, rechazando otras iniciativas complementarias que permitirían una solución más justa, digna y humana. Muchos piensan que hemos hecho de la superpoblación un mito. Si esto es verdad, lo que procede hacer es un trabajo de desmitificación o, por lo menos, el esfuerzo de abrir nuevas perspectivas al análisis del fenómeno.

El mito de la superpoblación dice, por ejemplo, que somos demasiados o, mejor dicho, que somos demasiados porque no hay suficientes alimentos para todos en el mundo. Y no se trata solo de recursos alimentarios; se trata también de esos otros de los que depende la economía y, por tanto, la adquisición de los primeros. Dice también el mito que nos estamos quedando sin espacios, y que las naciones más pobres lo son porque tienen demasiada gente, demasiadas bocas que alimentar, demasiados enfermos que curar, demasiados niños que educar, demasiados empleos que crear, etc.

En consecuencia, es necesario controlar la natalidad en estos países pobres; por lo menos temporalmente y hasta que salgan de su subdesarrollo. Que somos demasiados ya lo advertía el inglés Robert T. Malthus, un economista a caballo entre el siglo XVIII y el XIX. Se refería a su Inglaterra de aquellos años, y hoy la realidad poblacional de ese país lo desmiente.

Otros datos muestran una realidad bien diferente. Hoy en el mundo es alimentada una población muchísimo mayor que la de hace 20 años; entre otras razones porque los alimentos han bajado de precio, ya que ha aumentado la superficie cultivable, incluso en las naciones superpobladas. Según parece, la aplicación de nuevas tecnologías tiene mucho que ver en esta mejoría. El informe de la ONU, de todos modos, lo desmiente; asegura que los recursos naturales más esenciales – el agua y las tierras de cultivo– se agotan hasta el punto de que es muy probable que, para dentro de medio siglo, la cuarta parte de la población mundial vivirá en países con restricciones de agua.

¿Quién tiene razón? Quienes cuestionan los números oficiales aseguran que el hambre no es ya el resultado del exceso de población, sino más bien consecuencia de las erradas políticas gubernamentales y de una injusta distribución de la riqueza. El alimento, por ejemplo, que se arroja al mar en Europa, con la finalidad de mantener competitivos los precios del pescado, daría para alimentar a dos tercios de la población hambrienta del mundo.

Que nos estamos quedando sin espacio físico para habitar todos con un mínimo de desahogo, parece no estar claro tampoco; al menos no para todos. Copio textualmente de un informe que leía en días pasados: ‘‘Si se juntara toda la población del mundo en una ciudad como Nueva York, es decir, con una razonable zona industrial, áreas verdes, oficinas y residencias, la ciudad con toda la población del mundo entraría completa en el estado norteamericano de Texas, y se alimentaría con un terreno cultivado equivalente a la India. ¡El resto del planeta estaría totalmente vacío!’’

También es cuestionable que donde hay más gente es donde hay más pobreza, y que esta dependa del número de aquella. Zonas como Hong Kong, Taipei, Tokio y Manhattan son las de mayor densidad poblacional y, obviamente, mantienen unos niveles de vida superiores al estándar. Estudios hay que demuestran que ciertamente algunos países han empobrecido con el crecimiento poblacional, pero otros, en cambio, se han enriquecido. Esto nos pone a pensar que la riqueza o la pobreza dependen también de otros factores no necesariamente relacionados con el de la población.

Cuando Dios puso al hombre a administrar la creación, le encomendó crecer, multiplicarse y trabajar la tierra; una tierra que El hizo generosa y suficiente para todos. Cuando queremos enfrentar situaciones como la que acaba de advertir la ONU reduciendo simplemente el crecimiento de la población, renunciando a otras medidas complementarias que ayudarían al mundo a encontrar su punto de equilibrio, no puedo menos que pensar que no estamos haciendo bien las cosas, ni siquiera la cosa más elemental que nos corresponde hacer: ser administradores del mundo facilitando la vida de todos. Siempre optamos por las soluciones más fáciles, por las que no suponen sacrificadas renuncias. Nos falta coraje por la vida.

(El autor es sacerdote)