Santa Mónica
Esposa
ejemplar y modelo
de madres cristianas
Los pocos datos
que conocemos de la vida de santa Mónica nos los proporciona su hijo Agustín.
Nadie mejor que él puede decirnos quién y cómo era su madre. Su historia
personal estuvo íntimamente unido a la de ella, tanto que, si Mónica alcanzó
cotas tan altas de santidad, fue, en gran manera, por su dedicación y entrega a
la tarea de la conversión de su hijo. Y si Agustín se convirtió a la Verdad,
fue debido, también en gran parte, a la oración y lágrimas de su madre.
Mónica nace el
año 331 en Tagaste, pequeña ciudad del norte de Africa, en la provincia romana
de Numidia, hoy Argelia. Su familia era de clase media, acomodada, pues tenían
criados en la casa y algunas pequeñas posesiones.
Su familia era
profundamente religiosa. Su hijo Agustín lo dice con unas palabras muy escuetas
y claras: Nació en una casa creyente,
miembro sano de tu Iglesia. La familia vivía en un clima de fe y con un
sentido claro de pertenencia a la Iglesia Católica.
Sus padres
confiaron la educación cristiana de la niña a una empleada de la casa que, a su
vez, había sido institutriz del padre. Esta anciana mujer desempeñaba su misión
con severidad, aunque con tacto y prudencia. Agustín nos la recuerda diciendo
que era enérgica al castigar cuando era
necesario, y muy prudente en la formación.
En cuanto a su
formación intelectual, Mónica no pasó de los primeros niveles. En aquella época
era difícil para las mujeres acceder en los estudios a niveles superiores. Se
las consideraba, más bien, destinadas al matrimonio y a las tareas del hogar.
Mónica resultó en estas materias una verdadera maestra.
Esposa ejemplar
A Mónica la
casaron con un hombre llamado Patricio, que no era cristiano como ella, sino
pagano. Dice Agustín que fue dada en
matrimonio a un varón, a quien sirvió como a señor. Parece que no le dieron
la oportunidad de elegir a quien podría ser su esposo. Era la costumbre de entonces que los padres eligieran esposo para
sus hijas.
Ocurrió esto
cuando llegó plenamente a la edad núbil.
Podría tener en ese momento unos veinte años. Es lo que parece indicar la
expresión plenamente. Patricio era de
temperamento violento y de carácter muy voluble. Era sumamente cariñoso, pero igualmente colérico, afirma su hijo.
El nuevo hogar
de Mónica era muy distinto al de sus padres. Si en el hogar paterno se vivía en
un ambiente de profunda religiosidad, en éste el clima era difícil y
enrarecido. Le tocó vivir con su suegra, colérica e irritable como su hijo,
dada a los chismes y muy suspicaz, y con unas criadas que la aceptaron a
disgusto y de mala gana. Al principio su
suegra se irritaba fácilmente contra ella por los chismes de las malas criadas.
Pudo convencerse con el tiempo de que eran infundadas las habladurías acerca de
su nuera y, en adelante, las dos
convivieron en perfecta armonía.
Para lograr esta
armonía, Mónica puso en práctica pacientemente la virtud de la caridad:
perdonaba de corazón, atendía con sencillez a los miembros del hogar, respondía
con mucha paz a las quejas y chismes de las empleadas de la casa, oraba y
callaba. Al fin su suegra tuvo que rendirse ante el comportamiento ejemplar de
Mónica y vivió con ella en un clima de paz y amor. Este fue, con la ayuda de la gracia, el primer logro de Mónica en su nuevo hogar.
La relación
con su esposo era difícil. Patricio
tenía un temperamento muy violento e irascible. Era, además, muy voluble en su
comportamiento. Su hijo dice de él que era
sumamente cariñoso, pero igualmente colérico. Pero Mónica no se arredraba.
Se había propuesto construir un hogar cristiano y en el que reinara la paz
familiar. Y, con la ayuda de Dios y su tenacidad, lo conseguiría.
Sabía cómo
afrontar las situaciones más difíciles. Había
aprendido a no oponerse con los hechos a su esposo en los momentos de ira, y ni
siquiera con la menor palabra. Aprovechaba el momento oportuno, cuando lo veía
tranquilo y sosegado, y le explicaba lo que había hecho, si por casualidad se
había enojado más de lo justo.
Patricio la
respetó siempre y, ni en los peores momentos de cólera, levantó la mano contra
ella. Sí criticaba su vida de piedad y su liberalidad con los más necesitados.
Pero jamás la agredió físicamente.
Sus amigas y
vecinas no salían de su asombro. Ellas se quejaban de los malos tratos que
recibían de sus maridos y le mostraban las señales de los golpes que de
ellos daban, a pesar de que no eran tan violentos como Patricio. Mónica les
advertía que había que evitar la soberbia en la relación matrimonial y poner un
freno a la lengua, que, al parecer, tenían muy suelta.
He aquí de nuevo
el testimonio de su hijo: Y como se
admiraban ellas, sabiendo lo violento que era el esposo que tenía, de que jamás
se hubiese oído por ningún indicio que Patricio maltratase a su mujer, ni
siquiera que hubiesen estado desavenidos un sólo día con alguna discusión, y le
pidiesen la razón de ello, ella les enseñaba su modo de obrar. Las que la
imitaban experimentaban los mismos frutos y le daban gracias; las que no la
imitaban, esclavizadas, eran maltratadas. Mónica brilla aquí como un
verdadero ejemplo para muchas esposas que sufren el maltrato frecuente de sus
esposos.
Pero Mónica
deseaba algo más que la paz familiar. Anhelaba fervientemente que su esposo se
convirtiera y abrazara la fe católica. Y lo consiguió. Patricio veía en ella una
vida ejemplar en relación con Dios, con los demás y consigo misma. Veía también
que destacaba por su bondad, dulzura y paciencia, que oraba insistentemente por
él y perdonaba de corazón sus infidelidades, que le servía en todo con amor y
paz y que su conducta era intachable.
Este es el
testimonio de Agustín: Se esforzó en
ganarle para ti, Señor, hablándole de ti con el lenguaje de las buenas
costumbres. Con ellas la ibas embelleciendo y haciéndola respetuosamente amable
y admirable a los ojos de su marido. Y añade: De tal modo toleró los ultrajes a la fidelidad conyugal, que jamás tuvo
con él sobre este punto la menor pelea, pues esperaba que tu misericordia
vendría sobre él y, creyendo en ti, se haría casto.
Estaba
convencida Mónica de que, tarde o temprano, triunfaría la gracia, y así fue.
Patricio se convirtió a la fe cristiana y se bautizó un año antes de morir. Quedó viuda a los 40 años.
Triste por la muerte de su esposo, pero feliz porque había logrado que se
bautizara y se hiciera cristiano. Habían sido casi veinte años de lucha y
empeño constante. Pero felizmente había llevado a buen término la misión que el
Señor le había confiado.
Modelo de madres
Patricio y
Mónica tuvieron tres hijos: dos varones y una mujer. Los dos varones se
llamaban Navigio y Agustín. Desconocemos el nombre de la mujer. En adelante
Mónica se dedicará por entero a la educación y formación cristiana de sus hijos
todavía jóvenes. Crió a sus hijos,
dándoles a luz cuantas veces les veía apartarse de ti. Estas palabras de
Agustín nos dicen que la preocupación principal de Mónica era la vida cristiana
de sus tres hijos. Pero lo que ha hecho célebre a nuestra santa fue su
dedicación casi por entero a Agustín.
Muy pronto lo
inscribió en el catecumenado para poder recibir posteriormente el bautismo.
Desde muy niño le inculcaba su madre el nombre de Jesucristo, a la vez que le
daba de mamar la leche materna: Señor,
este nombre de mi Salvador, de tu Hijo, lo había mamado piadosamente mi tierno
corazón con la leche de mi madre, lo había mamado por tu misericordia y lo
tenía profundamente grabado.
Tenía Agustín 17
años cuando murió su padre. En esa época estudiaba retórica en Cartago. Se
encontraba lejos del hogar y andaba descarriado. No era el gran pecador como se
ha dicho de él en tantas ocasiones. Era un joven más, como los jóvenes de su
tiempo. Era muy noble con sus compañeros, buen amigo de los suyos, parrandero
como ellos, amigo de las diversiones y del juego, entregado a los placeres de
la carne, inscrito en la secta de los maniqueos y alejándose, día a día, del
Dios bueno que ella le había inculcado desde su niñez.
Todo esto
preocupaba hondamente a Mónica. Derramaba lágrimas incesantes por él, oraba
insistentemente al Señor para que su hijo volviera al camino de las sanas
costumbres y, sobre todo, a Dios y su Iglesia. Mi madre, fiel sierva tuya, me lloraba ante ti, Dios mío, mucho más de
lo que las demás madres lloran la muerte temporal de sus hijos, porque con la
fe y el espíritu que había recibido de ti veía mi muerte.
No cesará en este
empeño hasta ver a su hijo convertido. Utilizó todos los medios a su alcance
para conseguir lo que se proponía. Además de la oración y sus lágrimas, Mónica
acudía a quienes podían ayudarle en esta tarea. Un obispo, que había sido
maniqueo, viendo la angustia de la madre, le dijo: Anda, vete y que vivas muchos años. Es imposible que se pierda un hijo
de tantas lágrimas. Quedó consolada y esperanzada.
Agustín se fue a
Roma, engañando a su madre, en busca de nuevos horizontes. Esta fue una
experiencia muy dolorosa para Mónica. Pero no se arredró. Un año más tarde se
embarcó también ella para Italia. No podía dejar solo a su hijo. Tenía que
darlo a luz a la vida de la fe, aunque le costara dolores y lágrimas.
Encontró a su
hijo en Milán. Había dejado ya la secta de los maniqueos. No sabía Mónica que
su hijo buscaba ardientemente la verdad, que vivía inquieto e inconforme con lo
que era y lo que tenía. Mónica tenía la certeza total de que Dios escucharía
sus ruegos. Y así fue.
Al fin, en
agosto del año 386, tuvo el enorme consuelo de oír a su propio hijo el anuncio
de su completa conversión al cristianismo. Pero su sorpresa fue mayor al
comunicarle él que su proyecto era abandonar la idea del matrimonio y hacerse
monje. No pudo contener su alegría y su gozo. Saltaba de gozo, cantaba victoria y te bendecía, Señor..., porque,
respecto a mí, le habías concedido mucho más de lo que no dejaba de pedirte con
tanta insistencia y tantas lágrimas.
Fue el triunfo
de la gracia, pero también el triunfo de una verdadera madre cristiana. ¿No recordáis, dice Agustín, que al narrar mi conversión manifesté bien
claramente que lo que evitó mi perdición fueron las ardientes súplicas y la
muchas lágrimas de mi buena madre?
Madre y maestra
Hay una etapa
breve en la vida de Agustín en la que su madre desempeñó un papel importante. S
Agustín se retiró, junto con otros amigos que habían vivido con él un camino de
conversión, a la finca de un amigo, en Casiciaco, cerca de Milán. El plan era
prepararse para recibir el bautismo en la pascua del año siguiente.
Mónica era la
encargada de atender todo lo relacionado con la casa, con el fin de que ellos
pudieran dedicarse casi por entero a la lectura, la reflexión y la oración.
Pero sacaba tiempo para intervenir en los diálogos del grupo. Y aquí se
mostraba como una verdadera maestra y una excelente catequista. Sus
intervenciones era muy afortunadas y certeras. (Al oírle) creíamos hallarnos junto a un insigne varón; yo me preguntaba en qué
divina fuente abrevaba mi madre aquellas verdades.
Les decía que la
verdadera felicidad consistía en poseer a Dios mediante la fe, la esperanza y
la caridad; que el que deseara lo malo, aunque lo alcanzara, sería un infeliz;
que son unos insensatos los pensadores que no creen posible conocer la verdad;
que Dios es la única fuente de la verdadera felicidad. La experiencia de
Casiciaco fue para todos una verdadera y sólida preparación para recibir el
bautismo. En buena parte, gracias a la madre.
“¿Qué hago, ya, aquí?”
Agustín recibió
el bautismo, junto con un grupo de amigos, en la vigilia pascual del año 387.
Inmediatamente después decidieron regresar su tierra, en Africa, para iniciar
allí una vida nueva, en común, entregados a la oración, el estudio y el
trabajo. Llegaron a Ostia, el puerto de Roma, a la espera de un barco que los
llevara a su destino. Nunca pudieron realizar ese viaje.
Mónica había
conseguido mucho más de lo que deseaba. Había luchado denodadamente por la
conversión de su hijo, y ahora lo veía, no solamente convertido, sino dispuesto
a dejar todo para entregarse por entero al servicio de Dios. Y se preguntaba: ¿Qué hago, ya, en este mundo?.
En Ostia madre e
hijo tuvieron una experiencia mística de altos vuelos. Se encontraban un día
asomados a la ventana que daba al jardín, y el espíritu de ambos profundizaba
en las cosas de Dios y se elevaba, ausentes de las realidades de este mundo, hasta casi tocar la región de la Sabiduría.
Hasta casi tocar a Dios. Esta experiencia se conoce como “el éxtasis de Ostia”.
Y fue en este
momento en que Mónica le dijo a su hijo: Hijo,
por lo que a mí se refiere, nada me deleita ya en esta vida. No sé qué hago en
ella, ni por qué estoy aquí, muerta a toda esperanza de esta vida. Sólo había
una cosa por la que deseaba vivir un poco más, y era verte cristiano católico
antes de morir. Con creces me ha concedido esto mi Dios, puesto que te veo
siervo suyo, despreciada toda felicidad terrena. ¿Qué hago, pues, aquí?
Cinco días
después cayó gravemente enferma. Sabía que iba a morir y sólo se preocupó de
pedir oraciones por su alma: Sólo os pido
que, dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor.
Murió feliz porque había conseguido de Dios lo que tanto había deseado. Había
cumplido su tarea. Era el año 387 y tenía 56 años.
Agustín le cerró
los ojos, contuvo momentáneamente el llanto, y, al rato, dio rienda suelta a
sus lágrimas. Le invadió una profunda tristeza y un gran desconsuelo por la
muerte de quien tanto lloró y sufrió por él, pero su dolor dejó paso poco a
poco a la esperanza en el Dios de la misericordia. Y pide por ella: Perdónala, Señor, perdónala, te suplico y no
entres en juicio con ella... Viva en paz con su esposo, antes del cual y
después del cual no tuvo otro; a quien sirvió, ofreciéndote a Ti el fruto con
paciencia a fin de ganarlo para Ti.
Esta es muy a
grandes rasgos la vida de Mónica. La Iglesia la venera como santa y la presenta
como modelo e intercesora de esposas y madres cristianas.
La Liturgia de
las Horas de la Orden Agustiniana señala los principales rasgos que definen la
personalidad, humana y religiosa, de Santa Mónica. Dice así: “Fuerte de ánimo,
ardiente en la fe, firme en la esperanza, de brillante inteligencia,
sensibilísima en las exigencias de la convivencia, asidua en la oración y en la
meditación de las Sagrada Escritura, encarna el modelo de la esposa ideal y de
la madre cristiana”
Novena a Santa Mónica
Oración preparatoria
Padre y Señor nuestro, misericordia de cuantos en ti esperan; tú
concediste a tu sierva santa Mónica el don inapreciable de saber reconciliar
los hombres contigo y entre sí; concédenos ser siempre mensajeros de unión y de
paz en nuestros ambientes y poder llevar a ti los corazones de nuestros
hermanos con el ejemplo de nuestra vida.
Te lo pedimos Jesucristo nuestro Señor. Amén.
DÍA
PRIMERO
El
hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer anuncio de la
fe; es el espacio donde crece y madura la vida cristiana. Por eso el Concilio
Vaticano II llama a la casa familiar “iglesia doméstica”; en ella “los padres
han de ser para los hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y
con su ejemplo“.
El
hogar viene a ser, por tanto, la primera escuela de la vida cristiana. En él
aprenden los hijos a compartir con amor lo que son y lo que tienen, a perdonar
siempre, a atender al más débil, a ser libres y responsables, a construir la
paz. Y, sobre todo, a conocer a Jesucristo en la oración, la lectura de la
Palabra y el amor a los hermanos.
Mónica
nació y creció en una familia creyente. Era una
familia fiel, miembro bueno de vuestra Iglesia, dice su hijo. Desde muy
niña recibió una formación cristiana sólida. Sus padres le inculcaron unos
criterios de vida claros y consistentes, que en adelante le servirían para
orientar toda su vida hacia Dios y dedicarse a traer al buen camino a quienes
no lo conocían o se habían desviado de él.
Pero
Mónica aprendió en su adolescencia otra lección muy importante, que más
adelante la aplicaría a su hijo Agustín. Conoció en carne propia la corrección
severa y oportuna de parte de una empleada de la casa a quien sus padres habían
encomendado su educación. Mónica diría más tarde a su hijo que, recibida la
reprensión, comprendió la fealdad de la
falta cometida y al punto la condenó y la arrojó de sí.
Para la reflexión personal
*
¿Cómo calificaría el nivel de vida cristiana de mi familia? ¿Qué
habría que corregir y mejorar?
*
¿Cumplo con mi deber de educar cristianamente a mis hijos? Si es así
¿cómo desempeño esta tarea y qué medios utilizo?
*
¿Es mi familia un miembro vivo de la comunidad parroquial? ¿Por qué?
Peticiones
1 Por las
familias cristianas para que sean una verdadera escuela de vida cristiana para
sus hijos.
2 Por los
matrimonios, para que vivan el amor de manera generosa, sacrificada, fecunda y
total, como el de Cristo.
3 Por los
hijos, para que sepan agradecer el cariño de sus padres, sean dóciles a sus
indicaciones y colaboren en las distintas tareas del hogar.
Oración de san Agustín
Señor, yo soy tu siervo y el hijo de tu sierva
Has roto mis cadenas
y voy a ofrecerte un sacrificio
de alabanza.
Que te alaben mi corazón y mi lengua.
¿Quién era yo y cómo era yo?
¿Qué no hubo de malo en mis hechos,
o si no en mis hechos, sí en mis dichos,
y si no en mis dichos, sí en mi voluntad?
Pero tú, Señor, fuiste bueno y misericordioso
al explorar la profundidad de mi muerte
y al desecar con tu derecha
el abismo de mi canceroso corazón.
Todo el fondo del problema estribaba en esto: en
dejar de querer lo que yo quería
y en comenzar a querer lo que querías tú.
¡Qué dulce me resultó de golpe
carecer de la dulzura de mis frivolidades!
Eras tú quien las iba alejando de mí.
Mi espíritu estaba libre ya de las angustias
inquietantes que entraña la ambición,
el dinero,
el revolcarse y rascarse la sarna
de las pasiones
Y platicaba contigo, Señor Dios mío,
claridad mía, mi riqueza y mi salvación.
(Conf. 9, 1, 1).
Oración final
Tú que hiciste a Mónica modelo y ejemplo de esposas, de madres y de
viudas, concede, por su intercesión, la paz y el mutuo amor a los casados; a
las madres, el celo y la solicitud en la educación de los hijos; a los hijos,
obediencia y docilidad; santidad de vida a las viudas; y a todos el fiel
seguimiento de Cristo, nuestro único y verdadero maestro.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
DÍA SEGUNDO
Oración para todos los días (pag. 13)
Al llegar a la edad del matrimonio, fue entregada a
un hombre al que sirvió con amor. No pudo elegir Mónica a quien
sería su esposo. La costumbre o la práctica en su época se lo impedían. Y le
tocó en suerte un hombre pagano, cariñoso y de carácter violento. Se sometió y
lo aceptó. ¿Había amor en el momento del matrimonio? Nadie lo sabe. Pero sí es
cierto que, una vez casados, amó firmemente a su esposo y lo respetó en todo
momento. La relación con él fue difícil, pero ejemplar. Él le era infiel en
muchas ocasiones. Mónica sufría en silencio y oraba por él. En los momentos
ira, ella callaba y, en cuanto se hacía la calma, le reprochaba con amor, pero
también con firmeza, y le explicaba lo que había hecho, si es que se había enfadado más de lo justo. Oraba ardientemente
por él, pues sabía que la gracia de Dios tocaría un día el corazón de Patricio
y lo cambiaría. Y logró lo que se proponía: al final de sus días, Patricio
reconoció su mal comportamiento y se doblegó al amor de su esposa para vivir
con ella en paz y concordia.
Para la reflexión personal
*
¿Qué aspectos, positivos y negativos, en encuentro en mi vida
matrimonial que debo mejorar o corregir?
*
¿Cómo tolero los fallos de mi esposo o mi esposa? ¿Reconozco y valoro
lo bueno que hace?
*
¿Cuál es mi actitud en los momentos más conflictivos en la vida
matrimonial?
Peticiones
1
Por los esposos cristianos, para que, en lo bueno y en lo malo, sepan
convivir en paz y concordia
2
Para que practiquen siempre el perdón y superen con amor generoso sus
discrepancias y temores.
3
Para que ejerzan con amor la corrección fraterna y la acepten con
sencillez y humildad.
Oración de san Agustín
¡Oh, qué agradable
es la caridad
que hace vivir a los hermanos en la unidad!
Haz que en mí sea perfecta tu caridad,
y entonces seré amable, pacífico, humilde,
tolerante, y en vez de murmurar, oraré.
Tú bendices a los hermanos que viven en concordia, y ellos te bendicen
con este género de vida. (In ps.
132, 12-13).
Muchos piensan en
sus intereses,
aman las cosas terrenas,
ambicionan autoridad,
sólo les mueve el interés particular.
Yo, si quiero concederte un lugar en mi corazón, debo gloriarme, no de
mi interés particular, sino del provecho común.
Yo deseo, Señor, tu
amistad,
como tú deseas hospedarte en mí; ayúdame
a prepararte convenientemente mi corazón.
(In ps. 131, 3-6).
Oración final (pag. 16)
DÍA TERCERO
Oración preparatoria (Pag. 13)
No fue
bien recibida Mónica en su nuevo hogar. No era un ambiente cristiano como el de
la casa paterna que acababa de dejar. Allí vivía también la madre de su esposo
y algunas criadas. No encontró en ellas amabilidad y cariño. Todo lo contrario.
Al principio, su suegra se irritaba
contra ella por los chismes de las malas criadas. Las empleadas la
consideraban una extraña en la casa y la trataban como a tal. Y la suegra
aceptaba como cierto todo lo que ellas le decían.
Pero
Mónica toleraba con santa paciencia los desaires y humillaciones que recibía, y
respondía con delicadeza y amor. Al fin pudo convencerse la suegra de que todo
eran chismes y habladurías sin fundamento alguno, y reprendió a las criadas por
su mal comportamiento. Desde entonces las
dos vivieron en santa armonía.
Añade
su hijo que su madre logró congraciarse con su suegra a base de obsequios y continua tolerancia y mansedumbre. Es decir,
devolvía bien por mal, soportaba con paciencia y humildad la hostilidad y oraba
insistentemente al Señor para que la casa fuera un verdadero hogar para todos.
Y lo consiguió.
Para la reflexión personal
*
¿En qué aspectos puede mejorar el nivel de convivencia de mi familia?
*
¿Hago caso a las habladurías o chismes que oigo y los acepto como si
fueran ciertos, en perjuicio de algún miembro de la familia?
*
¿Cuál es mi actitud cuando alguien me difama o calumnia?
Peticiones
1
Para que la vida en el hogar sea una escuela de amor, libertad
responsable y servicio a la sociedad.
2
Para que los más débiles de la casa - ancianos, niños, enfermos - sean
tratados con verdadero cariño y respeto
3
Para que la casa sea un hogar acogedor, practique la hospitalidad y
participe en la vida y trabajo de la comunidad.
Oración de san Agustín
He aquí, Señor, que
Tú me incitas a amarte.
¿Y podría yo amarte
si antes tú no me hubieses amado?
Si hasta el presente
he sido perezoso
para corresponder a ese amor
que no lo sea en adelante
Has sido el primero
en amarme,
y ¿ni aun así te amo!
En esto se
manifiesta tu amor para conmigo:
en venir a este
mundo para que yo consiga por ti la vida, Dios mío,
si te amo de veras,
Encenderé en tu amor
a todos mis allegados
y a todos los que viven en mi casa.
Traeré a todos los que pueda
con mis exhortaciones, con mis ruegos...,
siempre con mansedumbre y dulzura.
Yo crezco por ti, no
tú por mí.
Y no obstante, tú
fuiste el primero en amarme, antes de que yo te amase.
Y me amaste hasta el
punto
de venir al mundo para morir por mí.
Tú, que nos has
creado,
te hiciste uno de nosotros.
(In ps 33. y 149)
Oración final (pag. 16)
DÍA CUARTO
Oración preparatoria (pag. 13)
Otra cualidad sobresaliente de
Mónica fue su empeño para construir la paz en su entorno. Lo dice también su
hijo: Tú, Señor, le habías concedido
también este hermoso don: siempre que le era posible se las ingeniaba para
utilizar sus dotes pacificadoras entre cualquier tipo de personas que estuviesen
en discordia. Hizo suya, de esta manera, una de las bienaventuranzas más
hermosas del evangelio: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque se
llamarán hijos de Dios”. Había logrado crear en la casa un clima de paz y
concordia, hasta convertirlo en un hogar acogedor y amable. Se consiguió este
bien porque Mónica tenía un buen
maestro que, en palabras de Agustín, la adoctrinaba en su interior: A Él
escuchaba, de Él aprendía y a Él acudía en los momentos más conflictivos. Actuaba,
entonces, con prudencia exquisita y sabiduría para mediar y aconsejar, para
reconciliar y perdonar. Tal era aquella,
adoctrinada por Ti, maestro interior, en la escuela de su corazón.
La paz en la familia es fruto del
amor y fuente de más amor. Es un don de Dios, pero, al mismo tiempo, una tarea
que hay que cumplir, con la ayuda del Señor, día a día.
Mónica se empeñó también en
apaciguar los ánimos de sus vecinas, culpables muchas veces de los conflictos
en hogar, y, otras, víctimas de la ira de sus esposos. Les mostraba su modo de
obrar y les aconsejaba cómo debían comportarse. Quienes seguían sus consejos,
mejoraban su relación con los esposos; quienes rehusaban seguirlos, seguían
esclavas y maltratadas.
Para la reflexión personal
* ¿A qué
se debe que, en ocasiones, el clima de convivencia en mi hogar se deteriore y
surjan las discusiones violentas y airadas?
*
¿Qué medios utilizo para evitar las discordias en la familia y
reconciliar a quienes mantienen un sentimiento de rencor y amargura?
* ¿Qué
puedo hacer, además, cuando esto ocurre?
Peticiones
1 Por la
paz en los hogares, para que abunde en ellos el amor, el respeto y el perdón.
2 Por la
paz en mi entorno – calle, barriada, parroquia–, para que nos aceptemos como
hermanos y nos ayudemos unos a otros.
3 Por la
paz en mi país, para que sea fruto de la justicia y expresión del amor
fraterno.
Oración de san Agustín
¡Oh Señor, qué bueno
es amar la paz!
Amarla es lo mismo que tenerla.
¿Y quién no desea ver aumentado aquello que ama?
Si quiero que sean
pocos los que estén en paz conmigo,
será también la paz
que tendré.
La paz es un bien
del Espíritu,
y, por tanto, no la
reparto con los amigos al modo que reparto el pan.
Si distribuyo pan,
cuantos más sean los que de él participen tanto más pequeña será la cantidad
que tomo para darles.
La paz es como aquel pan que se multiplicaba en las manos de tus
discípulos a medida que lo iban repartiendo.
Dame, Señor, la paz
para poder atraer a ella a los demás.
Poséala yo en primer
lugar.
Arda primeramente en
mí el fuego, para que yo pueda encender a otros en la paz.
(Serm. 337, 2-3)
Oración final (pag.16)
DÍA
QUINTO
Oración preparatoria (pag. 13)
En su
libro Las Confesiones Agustín nos
transmite unos testimonios muy hermosos acerca de la educación cristiana que
recibía de su madre. Juntamente con la leche materna, mamaba de su madre el
nombre del Señor, que no olvidaría nunca: Señor,
este nombre de mi Salvador, de tu Hijo, lo había mamado piadosamente mi tierno
corazón con la leche de mi madre, lo había mamado por tu misericordia y lo
tenía profundamente grabado. Mónica lo llevó muy pronto a la iglesia para
inscribirlo en el catecumenado, aunque la costumbre de entonces era posponer el
bautismo hasta que el catecúmeno tuviera plena conciencia de lo que quería. El
regazo de su madre fue para Agustín la primera escuela en la fe. Estas primeras
vivencias macaron a Agustín de por vida. Cuando se va acercando el momento de
su conversión recuerda las enseñanzas de su madre, y dice: Y miré como de paso aquella religión que, siendo niño, me había sido
profundamente impresa en mi ánimo, y, aunque inconscientemente, me sentía
atraído por ella. Mónica era también para él una escuela de oración: Siendo niño, comencé a invocarte como a mi
refugio y amparo. Vale la pena conocer otro testimonio de Agustín cuando
habla de su niñez: Por este tiempo creía
yo, creía ella y creía toda la casa, excepto sólo mi padre (...) Cuidaba
solícita mi madre de que Tú, Dios mío, fueses mi padre. ¿Qué métodos
utilizaba Mónica para educar cristianamente a sus hijos? Entre otros, la
oración, su testimonio de vida y la palabra. La conducta desordenada del joven
Agustín no lograría extirpar la semilla de la fe que su madre había sembrado en
su corazón. Fructificaría un día para dar fruto abundante.
Para la reflexión personal
*
¿Cómo cumplo con mi deber de ser catequista de mis hijos? ¿Qué les
enseño, qué vivencias les transmito?
*
¿Cómo les hablo de Dios? ¿Oro con ellos?
*
¿Leemos la Biblia en la casa para saber lo que Dios quiere de nosotros
y para que los hijos conozcan y amen, cada día más, a Dios y a los hermanos?
*
¿Vamos juntos al templo para participar en la Eucaristía dominical y
recibir los sacramentos?
Peticiones
1
Por los padres de familia, para que sean los primeros educadores en la
fe de sus hijos.
2
Por los hijos, para que la semilla de la fe que recibieron de niños
permanezca siempre encendida e ilumine su caminar.
3 Por las familias, para que
en ellas germine, crezca
y fructifique la semilla de la fe.
Oración de san Agustín
¡Grande eres, Señor,
y muy digno de alabanza!
¡Grande es tu poder,
y tu sabiduría no tiene medida!...
Nos has hecho para ti
y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en Ti...
Haz que te busque, Señor, invocándote
y que te invoque mi fe,
la fe que me diste,
la fe que me inspiraste
mediante la humanidad de tu Hijo
y el ministerio de tu mensajero.
(Conf. I, 1, 1)
Oración final (pag. 16)
DÍA
SEXTO
Oración preparatoria (pag. 13)
Es el rasgo característico o el
más conocido de santa Mónica. Su hijo Agustín andaba descarriado, lejos de
Dios. No quedaba satisfecha con el rendimiento de sus estudios, siempre
brillante, y por el ejercicio de una profesión de prestigio. Le preocupaba
sobre todo el rumbo que estaba tomando su vida. Lloraba y oraba insistentemente
por él. Le aconsejaba y le corregía. Hablaba con él y no obtenía respuestas
satisfactorias. Era tenaz y perseverante en su empeño. No podía, en modo
alguno, dejar solo a su hijo. Y seguía orando. Y derramaba lágrimas ante el
Señor por su hijo, mucho más abundantes que si hubiera muerto a esta vida.
Acudía a quienes podrían aconsejarla, y escuchaba palabras consoladoras: Es imposible, le decían, que se pierda un hijo de tantas lágrimas.
Sin sus desvelos y oración, sin sus lágrimas y sus virtudes, la Iglesia
Católica no hubiera tenido a Agustín, uno de los más grandes santos y uno de
los sabios más brillantes. Pero su labor no se limitó sólo a traer al buen
camino a su hijo Agustín. Le preocupaban igualmente los otros dos, que, según
parece, se alejaban de la fe y caían en el pecado. Crió a sus hijos, dice Agustín, pariéndoles
tantas veces cuantas les veía apartarse de Ti. Por todo ello, Mónica es el
modelo más adecuado para muchas madres cuyos hijos andan por mal camino. La
misma Iglesia la propone como ejemplo para todas las madres cristianas. La
historia de Mónica es una prueba más de que Dios no desoye las súplicas ni desdeña
los desvelos de las madres que lloran y piden por sus hijos descarriados y
alejados de Dios.
Para la reflexión personal
* ¿Qué es
lo que más me preocupa acerca de la formación de mis hijos?: ¿su salud, su
preparación profesional, su futuro matrimonio, su vida cristiana?
* ¿Qué
hago cuando veo que alguno de mis hijos se aleja de Dios y cuya conducta es
desordenada por su adicción a la droga, el vicio, el mal uso del dinero...?
* ¿Cómo
los educo para que sean sanos de alma y cuerpo, libres y responsables, maduros
en la fe y de buenas costumbres?
Peticiones
1
Por las madres cristianas, para que, con su ejemplo y oración, sepan
conducir a sus hijos hacia Dios.
2
Por tantos hijos que andan descarriados, para que, ayudados por sus
padres, encuentren el camino del bien y se conviertan al Señor.
3
Por los jóvenes de nuestro país, para que sepan y se convenzan de que
sólo en Dios y en todo lo que a Él concierne se encuentra la verdadera
felicidad y la plena realización de sus vidas.
Oración de san Agustín
Tarde te amé,
belleza tan antigua
y tan nueva, tarde te amé.
El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera y fuera te andaba
buscando.
y, como un engendro de fealdad,
me abalanzaba sobre
la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo,
Me llamaste, me
gritaste,
y curaste mi sordera.
Relampagueaste,
resplandeciste,
y tu esplendor disipó mi ceguera.
Exhalaste tu
perfume, respiré hondo,
y suspiro por ti. Te he paladeado,
y me muero de hambre y de sed.
Me has tocado, y
ardo en deseos de tu paz.
(Confesiones 10, 27, 38)
Oración final (pag. 16)
DÍA
SÉPTIMO
Oración
preparatoria (pag. 13)
Y llegó
el día más esperado de su vida. Al fin vería cumplidos sobradamente todos sus
deseos. Sus lágrimas y su oración insistente al Señor no fueron en vano. Su
hijo, convertido a la fe cristiana, recibía el bautismo de manos de San
Ambrosio, obispo de Milán. Era un 24 de abril, vigilia pascual del 387. Al
tener noticia de su conversión, Mónica saltaba
de gozo, cantaba victoria y te bendecía a Ti, que “eres poderoso para darnos
más de lo que pedimos o entendemos“ (Ef. 3, 20), porque, respecto a mí, le
habías concedido mucho más de lo que no dejaba de pedirte con gemidos
lastimeros y llorosos. De parte de Agustín, la búsqueda había sido larga, y
muy intensa su lucha interior. De parte de Mónica, había sido constante y tenaz
su empeño por conseguir que su hijo se convirtiera a la fe y volviera al redil
de la Iglesia. No podía perderse un hijo de tantas lágrimas. Ahora contemplaba
con gozo el bautismo de su hijo. Y su alegría era doble porque, no sólo veía a
su hijo cristiano, sino siervo de Dios, puesto que había decidido abandonar
todo y entregarse totalmente a Dios en compañía de un grupo de amigos que lo
habían acompañado en el proceso de su conversión. Mónica es un verdadero
ejemplo para tantas madres que se muestran desanimadas y cansadas en la lucha
para que sus hijos vuelvan al buen camino. Lo conseguido por Mónica nos habla
del poder de la oración, de la perseverancia en la lucha a lo largo de más de
quince años, de una madre infatigable cuando se trata del bien de sus hijos, de unas lágrimas derramadas
día y noche, de una fe firme y de una esperanza mantenida con la fuerza de la
gracia.
Para la reflexión personal
*
¿Cuáles han sido para ti las mayores decepciones y las mayores
alegrías que te ha proporcionado un hijo?
*
¿Que supone para ti el bautismo de un hijo? Si es todavía un niño, ¿a
qué te compromete?
*
¿Qué es lo que más valoras en la vida de fe de un hijo?
*
¿Cómo reaccionarías si un hijo te comunicara que ha decidido ir al
seminario o entrar en la vida religiosa?
Peticiones
1
Por los jóvenes que han iniciado un camino de conversión o
acercamiento a Cristo, para que no desmayen en su búsqueda y se reafirmen en la
fe
2
Por los padres cristianos, para que acompañen a sus hijos con el
ejemplo y la palabra a fin de que un día sean verdaderos cristianos y miembros
sanos de la Iglesia.
3
Por los catequistas, para que ejerzan su ministerio con ilusión y
sepan transmitir a los jóvenes el mensaje del evangelio.
Oración de san Agustín
¡Qué bien me hace,
Señor, unirme a ti!
Quiero servirte gratuitamente;
deseo servirte lo mismo cuando me colmas
de bienes que cuando me los niegas.
Nada temo tanto como
verme privado de ti..
Quítame lo que
quieras,
con tal que no me prives de ti mismo.
Heredad tuya soy y
heredad mía eres tú:
Yo trabajo para ti,
y tú me trabajas a mi.
Yo trabajo dándote culto como a mi Dios,
y tú me trabajas como a tu campo que soy.
¡Oh Señor! Comenzaré
por la fe
para llegar a la visión.
Soy caminante en
busca de la patria.
Lo que aquí creo, lo veré allí;
lo que aquí espero, allí lo poseeré;
lo que aquí pido, allí se me dará
(Serm 32, 28; 113, 6; 37, 10; 159, 1)
Oración final (pag. 16)
DÍA
OCTAVO
Oración
preparatoria (pag. 13)
Una vez
bautizado el hijo por el que tanto había orado y llorado, nada más deseaba en
este mundo. Mónica había cumplido sobradamente su misión en la tierra. Lo
reconoce ella misma: Sólo había una cosa
por la que deseaba vivir un poco más, y era verte cristiano católico antes de
morir. Dios me ha concedido esto con creces... ¿Qué hago, pues, aquí? Cinco
días después cayó enferma; veía que se acercaba su paso a la otra vida, dio sus
últimos consejos a su hijo y a quienes la acompañaban, y murió en la paz del
Señor. En palabras de Agustín, no murió
totalmente, ya que su fe, inquebrantable y firme, aquí en la tierra, era el
germen de una vida para siempre en Dios. Ella, que obró siempre con misericordia y perdonó de corazón a quienes la
injuriaron, fue acogida por el Dios de la misericordia en el cielo, donde
ya no hay llanto, ni luto, ni dolor, sino vida feliz sin término. La muerte de
los justos es el nacimiento a la vida en Dios. La muerte no es separación
definitiva, sino encuentro feliz con el Dios de la vida. No es un volver a la
nada, sino el comienzo de algo siempre nuevo. Es la paz del Resucitado. Nuestro
destino final no es la muerte, sino la vida. Quien vive y muere en la fidelidad
y el amor entregado, como Mónica, no
muere del todo, sino que despierta en Dios a un día luminoso, eterno y
feliz.. Digamos con su hijo: Viva en paz
con su marido, antes del cual y después del cual no tuvo otro; a quien sirvió,
ofreciéndote a Ti el fruto con paciencia a fin de ganarlo para Ti.
Para la reflexión personal
*
¿Qué significa para mí la muerte? ¿Un final nada más? ¿Sólo una
pérdida? ¿El paso necesario para el encuentro con el Dios de la vida? ¿Cómo la
espero?
*
¿Cuál es la tarea más importante que debo desempeñar en esta vida? ¿Es
por causa del evangelio?
*
¿Tengo la total convicción de que llevo en germen, en este mundo, una
vida que, después de la muerte, será plena y para siempre? ¿Cómo la vivo?
Peticiones
1
Por los que no tienen fe ni esperanza, para que descubran al Dios de
la vida y se acerquen a Él
2
Por los creyentes, para su fe crezca día a día hasta dar frutos de
vida eterna.
3
Para que nos convenzamos todos de que la mejor manera de llegar a la
vida eterna es construyendo un mundo
mejor, más humano, más justo y más amable.
Oración de san Agustín
Escucha mi súplica, Señor;
no te pido la felicidad terrena:
no pido tierra, ni salud corporal,
ni riquezas, ni honores;
nada de esto os pido.
Te pido la vida eterna, en la que sólo
se encuentran bienes verdaderos,
no bienes mezclados con males,
en cuyo seno gozaré hasta la saciedad.
Lo que de momento me conviene,
yo lo ignoro;
pero hágase en esto tu voluntad.
Dame ya en esta vida aquello que te pido;
y si no es de tu agrado,
haz que tú seas mi vida,
por quien continuamente suspiro.
Sálvame por tu misericordia y no atiendas
a mi justicia ni a mis méritos.
Así lo espero,
no porque yo sea digno de ello,
sino porque Tú eres misericordioso.
Oración final (pag. 16)
DÍA
NOVENO
Oración
preparatoria (pag. 13)
La
santidad de vida consiste, más que todo, en luchar denodadamente por ser fiel
siempre a Dios, particularmente en las circunstancias más difíciles, en el
empeño constante por mantener viva la esperanza, una fe siempre firme y el amor
como el de Cristo, hasta dar la vida si fuera preciso. Este camino lo recorren
únicamente las almas esforzadas, aquellos que no claudican ante las
dificultades y quienes se apoyan siempre en Dios. Viven en santidad de vida
quienes no se buscan a sí mismos, sino que se entregan por entero a la causa de
Jesús. Todo esto fue nuestra santa. Mónica demostró con creces poseer todas
estas cualidades. Luchó hasta el final por la conversión de su hijo; su
esperanza en Dios era firme; la fe informaba toda su vida cristiana. Amó hasta
el final; se entregó a la oración como arma eficaz para conseguir de Dios lo
que más anhelaba; construyó la paz en su entorno. Era testimonio claro y
patente de que Dios estaba en ella y con ella. No hubo hechos milagrosos en su
vida, pero toda su vida es un verdadero portento de fe y amor. Si todos estamos
llamados a la santidad, en Mónica encontramos un modelo a quien imitar para
seguir mejor a Jesucristo. De modo especial, las esposas y madres cristianas.
No importa la distancia en el tiempo. Las circunstancias en que vivió ella no
son muy diferentes a las que puedan vivir hoy muchas esposas y madres. Podría
decirse que, salvadas las distancias, son las mismas. Mónica es una mujer de
hoy y de siempre. He aquí el testimonio de su hijo: Era sierva de tus siervos, y cualquiera de ellos que la conocía te
alababa, honraba y amaba mucho en ella, porque advertía tu presencia en su
corazón por los frutos de tu santo trato. Había sido mujer de un solo varón,
había cumplido con sus padres, había gobernado su casa piadosamente y tenía el
testimonio de las buenas obras, y había nutrido a sus hijos, pariéndoles tantas
veces cuantas les veía apartarse de Ti.
Para la reflexión personal
*
¿Tengo la convicción plena de que Dios me llama, también a mí, a la
santidad? ¿O me asusta esta palabra?
*
¿En qué tendría que imitar a santa Mónica?
¿Qué aspectos de mi vida cristiana tengo que reforzar? ¿Qué otros tendría que
eliminar?
*
¿Qué hago para que mi fe siga creciendo y madurando, mi amor sea como
el de Jesús y mi esperanza en Dios sea siempre firme?
Peticiones
1
Por la Iglesia, para que sea santa siempre en sus miembros y dé al
mundo testimonio de fidelidad al evangelio.
2
Por todos los cristianos, para acepten el llamado a la santidad y no
desmayen en el empeño por conseguirla.
3
Por las esposas y madres cristianas, para que, a ejemplo de Mónica, se
apoyen en Dios y luchen por el bien de la paz en el hogar y por la fe de todos
los miembros de la familia.
Oración de San Agustín
Señor y Dios mío, en ti creo, Padre, Hijo
y Espíritu Santo, mi
única esperanza.
Óyeme para que no
sucumba
al desaliento y deje de buscarte.
Dame fuerzas para la
búsqueda,
tú que hiciste que te encontrara
y me has dado esperanzas
de un conocimiento más perfecto.
Ante ti está mi
fuerza y mi debilidad:
sana ésta, conserva aquélla.
Haz que me acuerde
de ti,
te comprenda y te ame.
(De Trin. 15, 28, 51)
Oración final (pag. 16)