Ayuno y oración por la paz

San Agustín escribió: “es más glorioso lograr la paz con la paz que imponerla con la guerra”

Miguel Angel Ciaurriz oar

En Panamá, como en todo el mundo, mañana 5 de marzo, día en que los católicos iniciaremos la andadura cuaresmal, todos los que estamos a favor de la paz celebraremos, convocados por el papa Juan Pablo II, una jornada de ayuno y de oración por la paz.

Ayuno y oración son las armas que tenemos a mano los débiles, los que no podemos influir en quienes se obstinan en hacer de la guerra el camino para la paz. Sorprendentemente quienes están dispuestos a esta guerra se proclaman fervorosos creyentes. Esto es verdaderamente escandaloso. Esta convocatoria del Papa no es sólo para los católicos; la hace también a todos los creyentes ya que todas las religiones participan de la convicción de que la paz es un don y un designio de la divinidad para los hombres y mujeres de la tierra y nadie tiene derecho a ponerla en peligro. “Los cristianos, dice el pontífice, comparten la antigua práctica del ayuno con muchos hermanos y hermanas de otras religiones, que de este modo quieren desnudarse de toda soberbia y disponerse a recibir de Dios los dones más grandes y necesarios, entre los cuales y de manera particular el de la paz”. Además de esta jornada de ayuno y oración, el líder católico ha tomado otras iniciativas para procurar la paz y evitar la guerra. Ha enviado a Bagdad al cardenal Etchegaray para exigir a las autoridades iraquíes que cumplan la legislación internacional y se desarme. También se ha entrevistado con los cristianos Tony Blair, y José María Aznar, primer ministro y jefe de Gobierno, respectivamente, de Inglaterra y España, aliados de Bush en su disposición a la guerra, y les ha recordado que por su condición de creyentes deben buscar la paz y evitar la guerra, una guerra que ha declarado, de acuerdo con el derecho internacional, como una ilegalidad.

No es necesario profundizar en las razones para la paz y en la sinrazón de esta guerra. En su convocatoria a la jornada de ayuno y oración, Juan Pablo dice sencilla y llanamente que es preciso “proclamar que nunca podremos ser felices los unos contra los otros” y “que el futuro de la humanidad nunca podrá asegurarse con el terrorismo y la lógica de la guerra”.

Por su oposición a la guerra, al Papa le empiezan a llover abundantes críticas. Hay quienes lo tildan de pacifista ilusorio o romántico, otros insinúan incluso un cierto antiamericanismo en su posición y no falta quien aduce ignorancia vaticana en asuntos de geopolítica. Curiosamente ninguna de estas críticas se ocupan de desmentir los argumentos que la Iglesia esgrime para defender la paz y desautorizar la guerra.

Teóricamente hasta la Iglesia reconoce que la guerra puede ser legal cuando se dan una serie de condiciones que la tipifiquen como justa. De esta guerra lo que se ha dicho desde el principio es que es preventiva. Una guerra preventiva es ilegal porque no se ajusta ni a la doctrina ni al derecho de la ONU y es también moralmente una aberración. Legitimada esta guerra la humanidad quedaría condenada a vivir permanentemente en estado de guerra porque, unos hoy, otros mañana, todos acabaríamos siendo potenciales enemigos de los demás. Razón tiene el Papa cuando señala que no podemos ser felices los unos contra los otros.

Si las bombas caen sobre Bagdad, ciertamente Sadam Husein quedará derrotado, pero el resultado de la batalla no será en ningún caso la paz porque el mundo quedará confrontado y una mitad odiará a la otra mitad. La mitad herida, una suficiente porción del basto mundo musulmán y árabe, muy probablemente haga del terrorismo su arma de defensa amenazando permanentemente la paz y la seguridad de la otra mitad. Condenados al miedo, nunca disfrutaríamos de paz auténtica.

En estos días cayó en mis manos el texto del discurso con el que el magistral Charlie Chaplin finalizaba la película El gran dictador, producida hace ya varias décadas, pero que hoy deberíamos volver a ver. Dice Charlot: “lo lamento, no quiero ser emperador: Ese no es mi negocio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie... Todos deberíamos querer ayudarnos; así son los seres humanos. Queremos vivir con la felicidad del otro, no con su angustia. No queremos odiarnos y despreciarnos”.

Y San Agustín escribió: “es más glorioso lograr la paz con la paz que imponerla con la guerra”. Esta paz bien merece ayuno y oración.

El autor es sacerdote y periodista

 

La Prensa. 4 de marzo 2003