
Imbéciles contra la guerra
Y son justamente esas otras cosas de las que ellos
no saben casi nada, las que hacen de esta guerra una barbaridad, una
vergüenza y un error fatal
Miguel Angel Ciaurriz oar
Como
no soy francés, no me queda otra que ser imbécil. Digo esto porque hace unos
días, un corresponsal de televisión, al referirse a lo que piensa un sector
de la población estadounidense sobre la guerra contra Irak, citaba el
editorial de un periódico estadounidense según el cual “hay que ser imbécil o
francés para oponerse a esta guerra”.
Como
yo no soy francés, repito, y aunque lo fuera, tomo para mí el insulto y me
sumo contento al innumerable ejército de imbéciles que abunda hoy en el
planeta y que se opone con poderosas razones a esta nueva, irresponsable y vergonzosa
aventura humana.
Y
me consuela sobremanera, y no por aquello de “mal de muchos consuelo de
tontos”, sino porque para mí es un referente de veracidad, compartir
imbecilidad con personaje tan ilustre como el papa Juan Pablo II, ardoroso
adversario de todas las guerras y muy particularmente de ésta que ya parece
inevitable.
Poco
más que gestos simbólicos es lo que este anciano puede hacer en este caso,
aparte de recordarnos a todos los creyentes que, para quienes no tenemos
otras armas a mano y tampoco posibilidad alguna de incidir en las decisiones,
la oración es lanzadera y podadera para la paz.
A
su experto en conflictos y veterano en misiones diplomáticas especiales ha
enviado el Papa a Bagdad con la intención de hacer algo, si es que aún se puede,
en favor de la paz. El cardenal Roger Etchegaray, que a su condición de
imbécil por oponerse a la guerra debe sumar, de acuerdo con el editorial del
periódico estadounidense, la de ser francés, ha viajado a Irak con una carta
personal del Papa para Husein en la que, suponemos, pide su colaboración para
salvar a su pueblo y evitar dar cobertura y legalidad a las intenciones de
los guerreristas.
Por
lealtad a sus convicciones religiosas todo creyente debe posicionarse en el
lado en el que el editorial de prensa ubica a los imbéciles. Aunque no todos
en este caso priorizan la lealtad a su credo. Al tiempo que el cardenal
francés hacía maletas para coger el avión rumbo a Irak, el embajador de
Estados Unidos ante el Vaticano organizaba, para explicar la posición de la
administración Bush, un simposio en el que participó el teólogo
estadounidense Michael Novak, defensor de la guerra contra el régimen de
Husein.
Para
este teólogo una intervención militar en Irak está justificada porque se
trata de una legítima defensa. No es necesario, dice este miembro del
American Institute for Public Policy Research, recurrir al concepto, tan
manejado en estos días, y tan inmoral por cierto, de la guerra preventiva.
“Estados Unidos, dice Novak, tiene miedo de que las armas de destrucción de
masas, químicas y bacteriológicas (gas mostaza, sarín, ántrax) que Sadam
Husein tiene a disposición y que todavía no ha demostrado haber destruido,
puedan ser utilizadas por células terroristas en todo el mundo”. Ante este
argumento se me ocurre preguntar: ¿el miedo a que tales armas “puedan”
hipotéticamente ser utilizadas por grupos terroristas como Al-Qaeda, hace
justa la guerra contra Irak? Según el número 2309 del Catecismo de la Iglesia
Católica para que una guerra esté justificada se deben dar las siguientes
condiciones: que el daño causado por el agresor sea “duradero, grave y
cierto”, que todos los demás medios para disuadir la agresión “hayan
fracasado”, que esté “asegurado el éxito de la operación” y que el empleo de
las armas “no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se
pretende eliminar”.
De
acuerdo con esta doctrina católica, hasta tanto se demuestre lo contrario, el
daño causado por el agresor, en este caso Irak, no puede ser considerado
“cierto”; hasta ahora se habla de algo preventivo. Como tampoco es cierto que
estén siendo inútiles todos los mecanismos de disuasión empleados. De hecho,
un buen número de países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU,
Francia, Alemania, Rusia y China, consideran que hay que dar más tiempo y
oportunidades a los inspectores que trabajan en Irak para que verifiquen si
realmente el ejército de Sadam posee o no armas de destrucción masiva. Creo
que tampoco queda asegurado el éxito de la operación, pues las muertes en
territorio iraquí se contarían por centenares de miles y la seguridad de los
países que se sienten ahora amenazados no quedaría de ninguna manera
garantizada.
Novak
en su conferencia también refutó a quienes han apuntado al petróleo de Irak
como el verdadero objetivo de esta guerra. Dice que sólo el 6% del petróleo
que consume Estados Unidos procede de Irak. Contrario a esta opinión el Foro
de Política Global, un órgano consultivo vinculado a la ONU, en un reciente
informe encomendado por ésta, concluyó que para las principales petroleras
estadounidenses y británicas una intervención militar en Irak es la única vía
para acceder a las reservas petrolíferas de este país y para no perder su
presencia dominante en el sector frente a sus competidores franceses, rusos y
chinos que ya tienen asegurados jugosos contratos de explotación del crudo
iraquí, que es el más puro y de menor costo de producción de todo el mercado.
En
fin, alguien dirá que después de todo, el que esto escribe nada sabe de estas
cosas porque tan solo es creyente metido hoy a periodista, y ya se sabe que
los periodistas saben casi nada de casi todo. Los expertos, en cambio, que sí
saben de qué va el asunto, creen tener razones poderosas para decidir lo que,
al parecer, ya han decidido. Se olvidan de que, a diferencia de los
periodistas que saben casi nada de casi todo, ellos saben casi todo de casi
nada. Y son justamente esas otras cosas de las que ellos no saben casi nada,
las que hacen de esta guerra una barbaridad, una vergüenza y un error fatal.
Ignoran, y deberían saber, por ejemplo, que todos acabaremos siendo víctimas
de esta guerra, incluso quienes ellos creen estar protegiendo.
Yo
imbéciles no los llamaré; después de todo, como dice San Agustín, “el
verdadero amante de la paz ama incluso a los amigos de la guerra”.
El autor es sacerdote y periodista. (Periódico La Prensa 27 de febrero 2003. Panamá)
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