Que se puede, se puede
MIGUEL ANGEL CIAURRIZ
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Redimir la pobreza en el
mundo es el gran reto del hombre para el futuro inmediato; es el reto de la
humanidad en general de cara al nuevo milenio, de los Estados y gobiernos en
particular, y de todos y cada uno de sus ciudadanos. En lograrlo debemos poner
todo nuestro empeño porque se puede.
Tanto en el informe del 97
como en el del 98, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
asegura que ‘‘la erradicación de las peores formas de pobreza se halla a
nuestro alcance pese a los retos y retrocesos. Sabemos lo que se debe hacer. Y
el mundo cuenta con los recursos necesarios para hacerlo’’ (PNUD 98, p.37).
O sea, de que se puede, se
puede. ¿Por qué entonces no se hace? No es una bola de humo tirada a la opinión
pública para que alimentar falsas esperanzas. No, insiste el PNUD que, con
pequeñas y sencillas medidas, podríamos erradicar en un plazo de 30 a 50 años,
por lo menos las manifestaciones más severas de la pobreza, las de la pobreza
absoluta; esa que se contabiliza a partir de la carencia de los mínimos vitales
y necesarios para vivir en condiciones que no nieguen la dignidad de la
persona. Algunos países, de hecho, se han propuesto reducir este plazo a 10 y
20 años. El tiempo dirá.
Aunque el empeño parezca
titánico y poco menos que imposible, los números dicen que sí se puede porque
los costos que supone erradicar esta pobreza extrema están al alcance de la
mano. Se calcula, por ejemplo, que el coste de la escolarización primaria del
25% de los niños que carecen de ella supondría unos 6 mil millones de dólares
anuales. Esa cantidad es menor en 2 mil millones de lo que se gastan los
estadounidenses en cosméticos.
Para dar salud básica y
nutrición a todos los humanos que hoy tienen hambre y están enfermos, habría
que gastar unos 13 mil millones cada año; es decir, 4 mil menos que lo que esta
misma nación del norte gasta en comida para animales domésticos. El costo de la
salud reproductiva para todas las mujeres del mundo que hoy no disponen de ella
alcanzaría los 12 mil millones, la misma cantidad que en Europa y Estados
Unidos disponen para el consumo de cosméticos.
Llevar agua potable y
saneamiento ambiental a toda la población mundial que hoy no disfruta de estos
bienes supondría una inversión de 9 mil millones, 2 mil menos de lo que gastan
los europeos, un continente con corto verano, en helados.
La suma total de estos
costos es de 40 mil millones anuales, lo que representa tan solo el 0.25% del
Producto Interno Bruto (PIB) mundial. Nada, una caja chica.
Alguien me dirá que este
argumento de comparar los costos de lo que supone resolver los problemas de la
humanidad con el dinero que los ciudadanos de los países desarrollados gastan
en consumo superfluo, está ya muy gastado y no hace que las cosas cambien.
Cierto.
Pero, estarán de acuerdo
conmigo en que estas cifras muestran un lado escandaloso difícil de ignorar.
Nada tengo contra los cosméticos, ni contra la comida para animales domésticos,
ni contra los helados y los perfumes; es solo que me asombra que las cantidades
que se manejan en el mercado de estos productos supere la cantidad de lo que
bastaría para resolver los problemas de escolarización, salud básica y
reproductiva, dotación de agua potable y saneamiento ambiental en aquellos lugares
del planeta donde estas deficiencias tienen sometidos a millones de personas a
vivir en condiciones de indignidad.
Dice también el PNUD, que
es posible acabar no solo con la pobreza absoluta, sino también con la
relativa; con esa más concreta que tiene nombres y apellidos de personas con
rostros. Pensemos por ejemplo, que mil 300 millones de personas en el mundo
ingresan menos de un dólar diario y que los 40 mil millones que costaría salir
de esta pobreza relativa, sumados a los 40 mil con que se superaría la
absoluta, equivalen tan solo al 2% del patrimonio de las 225 personas más ricas
del mundo. Cuesta creerlo, de verdad.
Que la erradicación de la
pobreza, tanto de la absoluta y global como de la relativa, sea una realidad y
no una quimera pasa porque la voluntad y determinación de resolver el problema
se traduzca en políticas concretas de los gobiernos locales y de la comunidad
internacional, fuertemente sensibilizada con el problema a través de los medios
de comunicación, pero insuficientemente solidaria.
En este sentido, si la
cantidad de dinero necesaria para ampliar las actuales políticas y programas
sociales básicos en lo que respecta a nutrición, asistencia primaria,
educación, saneamiento ambiental y un largo etcétera que podríamos añadir, es
menor que el dinero usado en cosméticos, comida para animales domésticos y
helados, uno no puede dejar de preguntarse, ¿por qué no se hace? Y que me
perdonen los productores de cosméticos, comida para animales y helados.
En días pasados, cuando el
mundo –según la ONU– alcanzó la cifra de 6 mil millones de personas, los
analistas advertían de la necesidad de incrementar las políticas reductoras de
la natalidad. Y no deja de parecerme una sinrazón que, en este sentido, un
puerco o un caballo o una gallina la contabilicemos como riqueza que se suma al
PIB de un país y un niño que nace, en cambio, lo consideremos un problema.
(Publicado en el Periódico
La Prensa del 9 del 11 de 1999)