Panamá, 27 de abril de 2002
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Mónica y Agustín: el amor sin tregua todo lo puede

“A las oraciones de mi madre debo el espíritu que Dios me ha dado y en virtud del cual nada pongo por encima de la búsqueda de la verdad” -san Agustín, sobre Mónica

Jorge De Las Casas

mailto:jdelascasas@prensa.com

(Dedico este artículo a la conversión de san Agustín, celebrada el pasado miércoles 24 de abril por los agustinos del mundo entero)

Mónica de Tagaste y Agustín de Hipona: dos nombres, una historia, una humanidad redimida bajo el lábaro de la conversión, el amor y la misericordia.

Mónica, la madre de san Agustín, es una presencia cautivadora en la vida de su hijo y en las páginas de sus celebérrimas Confesiones. Es la que supo esperar, la que amó sin tregua, la que lloró, recomendó, consultó y obtuvo, como le dijo un obispo, que no se pudiera perder “un hijo de tantas lágrimas”.

Agustín fue siempre su retoño más díscolo. Después de nueve años de errar por las doctrinas maniqueas, y de llevar una vida que él mismo tildara de “pecaminosa” encontró de vuelta, como el hijo pródigo, el hogar del Padre Dios, en el Evangelio, la sana doctrina que le enseñara su madre desde la infancia. Así, Agustín, profesor de retórica, se hizo bautizar a los 33 años de edad junto con su hijo Adeodato, por el famoso obispo (y doctor de la Iglesia) san Ambrosio, en Milán. Y se entregó luego a una vida llena de gracia y virtud. Su madre logró dichosa ver esta conversión.

Poco después Mónica y Agustín tuvieron juntos un éxtasis mientras hablaban de las cosas divinas, junto a un ventanal en la ciudad portuaria de Ostia, desde donde se disponían a retornar al Africa. Allí en Ostia, murió Mónica, entre las lágrimas de su hijo y de su nieto, y cuando unos meses después muera Adeodato, Agustín se dedicará por entero al servicio de la Iglesia, a la que guiará con su ejemplo (fue hecho sacerdote y más tarde obispo por aclamación popular).

A la Iglesia nutrió también con su talento, el más profundo que haya conocido la cristiandad.

Agustín siempre recordó lo mucho que le debía a Mónica. La conversión de san Agustín es producto, en primer lugar, del exquisito amor misericordioso de Cristo. Se debe luego, sin duda, al amor perseverante de aquella mujer por su hijo, que le alcanzó tan extraordinaria gracia de Dios. La tercera fuerza fue el amor por la Verdad del propio Agustín, aunque él siempre tuvo la nobleza, la humildad y la sinceridad de atribuirle esta característica suya a la educación recibida de su madre.

De modo que sin Mónica “san” Agustín no se entiende. El santo obispo no hubiera llegado a la conversión, a la “sabiduría” que viene de Dios, y a enriquecernos con su magisterio episcopal. Y sin Mónica y Agustín la Iglesia hubiera vagado por rumbos inciertos, con su teología primeriza, en ciernes, enclenque aún, sujeta a los vaivenes de los ataques de la heterodoxia maniquea, arriana, pelagiana, gnóstica y de diversa índole que, como mala hierba se levantaba contra la doctrina de los Apóstoles.

Es verdad que en ese caso el Espíritu Santo podría haber suscitado a otro. Pero suscitó a Agustín. Por eso, para honrar la conversión del doctor africano he querido hacer justicia honrando a Mónica. Otros hablarán este día de lo que supuso esa conversión para la Iglesia, pero yo, de la que fue la fuente próxima de esa conversión.

(El año pasado escribí un artículo titulado “San Agustín: aqueste corazón en llamas” que usted podrá encontrar en la Red, en la edición de La Prensa de domingo 1 de abril, y también en La Prensa web hallará un artículo nombrado “Mónica: la constancia en el amor” —no he escrito ninguno mejor sobre una santa, ni con mayor amor— del domingo 24 de junio de 2001, ambos en la sección Revista).

Junto a la santísima Virgen y después de Aquella, no hay una expresión más honda del amor maternal en nuestra historia eclesial.

La misión de Mónica no ha terminado. Ella es madre de todos los que la buscan para remediar sus tribulaciones, por ellos mismos o por sus hijos en problemas, u otros afanes. Es madre mía desde los tiempos del colegio, bajo la enseñanza de los agustinos recoletos. Ella es una madre que siempre escucha y ora por nosotros.

De ella aprendí que el amor que no se rinde alcanza fruto. Que todo lo que vale en la vida merece nuestra espera. Que el amor perseverante nos ennoblece. Que Dios, que es amor, nos espera hasta el último suspiro. Ella nos alcanza la vuelta de un hijo, de los padres, de una amistad.

Ante su imagen, en la parroquia que lleva su nombre (la Iglesia de Santa Mónica es la conocida iglesia de piedra de Río Abajo-Parque Lefevre, también dedicada a san Juan Bautista de La Salle) me arrodillo a contarle mis necesidades y mis penas. Y parto con la convicción de haber sido escuchado. Allí puede orar usted también; allí hay una cuna de amor para la fe y de fe para el amor, mecida por una madre verdadera.


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