Mónica y Agustín: el amor sin tregua
todo lo puede
“A las oraciones de mi madre
debo el espíritu que Dios me ha dado y en virtud del cual nada pongo
por encima de la búsqueda de la verdad” -san Agustín, sobre Mónica
Jorge De Las Casas
mailto:jdelascasas@prensa.com
(Dedico este artículo a
la conversión de san Agustín, celebrada el pasado miércoles 24 de
abril por los agustinos del mundo entero)
Mónica de Tagaste y Agustín de Hipona: dos
nombres, una historia, una humanidad redimida bajo el lábaro de la
conversión, el amor y la misericordia.
Mónica, la madre de san Agustín, es una
presencia cautivadora en la vida de su hijo y en las páginas de sus
celebérrimas Confesiones. Es la que supo esperar, la que amó sin
tregua, la que lloró, recomendó, consultó y obtuvo, como le dijo un
obispo, que no se pudiera perder “un hijo de tantas lágrimas”.
Agustín fue siempre su retoño más díscolo.
Después de nueve años de errar por las doctrinas maniqueas, y de
llevar una vida que él mismo tildara de “pecaminosa” encontró de
vuelta, como el hijo pródigo, el hogar del Padre Dios, en el
Evangelio, la sana doctrina que le enseñara su madre desde la
infancia. Así, Agustín, profesor de retórica, se hizo bautizar a los
33 años de edad junto con su hijo Adeodato, por el famoso obispo (y
doctor de la Iglesia) san Ambrosio, en Milán. Y se entregó luego a
una vida llena de gracia y virtud. Su madre logró dichosa ver esta
conversión.
Poco después Mónica y Agustín tuvieron juntos
un éxtasis mientras hablaban de las cosas divinas, junto a un
ventanal en la ciudad portuaria de Ostia, desde donde se disponían a
retornar al Africa. Allí en Ostia, murió Mónica, entre las lágrimas
de su hijo y de su nieto, y cuando unos meses después muera
Adeodato, Agustín se dedicará por entero al servicio de la Iglesia,
a la que guiará con su ejemplo (fue hecho sacerdote y más tarde
obispo por aclamación popular).
A la Iglesia nutrió también con su talento, el
más profundo que haya conocido la cristiandad.
Agustín siempre recordó lo mucho que le debía a
Mónica. La conversión de san Agustín es producto, en primer lugar,
del exquisito amor misericordioso de Cristo. Se debe luego, sin
duda, al amor perseverante de aquella mujer por su hijo, que le
alcanzó tan extraordinaria gracia de Dios. La tercera fuerza fue el
amor por la Verdad del propio Agustín, aunque él siempre tuvo la
nobleza, la humildad y la sinceridad de atribuirle esta
característica suya a la educación recibida de su madre.
De modo que sin Mónica “san” Agustín no se
entiende. El santo obispo no hubiera llegado a la conversión, a la
“sabiduría” que viene de Dios, y a enriquecernos con su magisterio
episcopal. Y sin Mónica y Agustín la Iglesia hubiera vagado por
rumbos inciertos, con su teología primeriza, en ciernes, enclenque
aún, sujeta a los vaivenes de los ataques de la heterodoxia
maniquea, arriana, pelagiana, gnóstica y de diversa índole que, como
mala hierba se levantaba contra la doctrina de los Apóstoles.
Es verdad que en ese caso el Espíritu Santo
podría haber suscitado a otro. Pero suscitó a Agustín. Por eso, para
honrar la conversión del doctor africano he querido hacer justicia
honrando a Mónica. Otros hablarán este día de lo que supuso esa
conversión para la Iglesia, pero yo, de la que fue la fuente próxima
de esa conversión.
(El año pasado escribí un artículo titulado
“San Agustín: aqueste corazón en llamas” que usted podrá encontrar
en la Red, en la edición de La Prensa de domingo 1 de abril, y
también en La Prensa web hallará un artículo nombrado “Mónica: la
constancia en el amor” —no he escrito ninguno mejor sobre una santa,
ni con mayor amor— del domingo 24 de junio de 2001, ambos en la
sección Revista).
Junto a la santísima Virgen y después de
Aquella, no hay una expresión más honda del amor maternal en nuestra
historia eclesial.
La misión de Mónica no ha terminado. Ella es
madre de todos los que la buscan para remediar sus tribulaciones,
por ellos mismos o por sus hijos en problemas, u otros afanes. Es
madre mía desde los tiempos del colegio, bajo la enseñanza de los
agustinos recoletos. Ella es una madre que siempre escucha y ora por
nosotros.
De ella aprendí que el amor que no se rinde
alcanza fruto. Que todo lo que vale en la vida merece nuestra
espera. Que el amor perseverante nos ennoblece. Que Dios, que es
amor, nos espera hasta el último suspiro. Ella nos alcanza la vuelta
de un hijo, de los padres, de una amistad.
Ante su imagen, en la parroquia que lleva su
nombre (la Iglesia de Santa Mónica es la conocida iglesia de piedra
de Río Abajo-Parque Lefevre, también dedicada a san Juan Bautista de
La Salle) me arrodillo a contarle mis necesidades y mis penas. Y
parto con la convicción de haber sido escuchado. Allí puede orar
usted también; allí hay una cuna de amor para la fe y de fe para el
amor, mecida por una madre verdadera.
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