Victoria Guerrero

EL INFIERNO TAN TEMIDO

Mujeres en la guerra de Irak

Lynndie England, la muchacha que apunta con una pistola de mentira y un cigarrillo entre los labios los genitales de un prisionero iraquí encapuchado y desnudo, es una más de las tantas muchachas pobres bombardeadas por la publicidad del Army (Ejército), que busca reclutar jóvenes para sus filas y a cambio les asegura una educación universitaria.

Como “Saló”, la película de Passolini, donde se retratan las perversiones sadomasoquistas del fascismo, en la cárcel de Abu Ghraib otro “Saló”, aunque menos refinado, se viene montando: un prisionero desnudo es arrastrado con una cadena al cuello o un hombre se cubre los genitales con horror mientras unos perros le enseñan la filuda dentadura. Estas imagenes son sólo la confirmación de lo patético de esta guerra urdida por cabezas mayores. Sin embargo, lo que parece haber impresionado más de ellas es la aparición de mujeres aplicando sesiones de tortura de tipo sexual a prisioneros pertenecientes a una sociedad altamente machista. Esta es una guerra donde por primera vez las mujeres tienen un papel, desgraciadamente, protagónico..

Una mujer puede luchar y quizá hasta matar por causas justas o injustas. Lo equivocado de esta conducta radica en pretender asumir la igualdad de género a partir de ciertos valores como el autoritarismo y la violencia que han afirmado lo masculino desde siempre.  England y algunas de sus compañeras rechazaron su parte femenina como una forma de sobrevivencia dentro de una institución que preserva valores como honor, disciplina y patriotismo de manera vertical. Inmersas en una vida militar basada en una filosofía autoritaria, un cuerpo compacto que acata órdenes, lo femenino no puede tener cabida aquí. Lo femenino es visto con pavor porque representa todo lo contrario a lo que la vida militar aspira: es lo débil, lo que debe ser llenado.

England y las otras seguramente quisieron alejarse de aquella falsa feminidad que concibe a la mujer a partir de cierto comportamiento relacionado con la sumisión, y asumieron las premisas de su efímero poder como positivas, pero lo único que lograron fue dar marcha atrás en las grandes peleas por la no discriminación de la mujer. Las fotos en las que aparece England no sólo muestran la tortura como un acto cotidiano, sino que “se posa para la cámara”. Esa sonrisa es el destello del infierno tan temido: la pérdida de toda conciencia ética y la glorificación del autoritarismo.

Los periódicos norteamericanos dicen que Lynndie England está embarazada de uno de los torturadores “más felices” de Abu Ghraib ¿Qué se le puede augurar al fruto de una guerra espeluznante? Nada bueno, supongo. Mientras tanto, las mujeres, debemos seguir luchando por encontrar un nuevo lenguaje que nos aleje de posiciones extremas y duras. En cuanto a England, chivo expiatorio de una mente más perversa, volverá al pueblito pauperizado de donde salió con la mueca de su impúdica sonrisa entre los labios.

 

Publicado en Demus

 

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