QUIEN QUIERE SER JOHN MALKOVICH?

A propósito de The Dancer Upstairs

Malkovich es un gran actor. Un actor muy respetado. No hay que pensar demasiado para esgrimir este argumento. Basta con citar la estupenda película que lleva su nombre: Being John Malkovich? para apreciar su fama. JM acaba de exhibir su ópera prima en las salas norteamericanas. Claro, en un círculo restringido, mas no marginal (aunque, ¿qué puede ser “marginal” en USA?).

La película es una adaptación del libro de Nicholas Shakespeare "The Dancer Upstairs" y narra la captura de Ezequiel, líder de un grupo subversivo de filiación comunista, que obviamente nos remite a un contexto de violencia y represión extremas en nuestro país, y que, aparentemente, culmina con la captura de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso. En este caso, Javier Bardem es Agustín Rejas, un detective asignado para capturar al mítico cabecilla, quien se enamora de una profesora de baile (Laura Morante).

El primer problema que nos plantea la película es la descontextualización de esa violencia, que su mismo director ha manifestado en recientes entrevistas es totalmente intencional. Ok. Démosle el beneficio de la duda y aceptémoslo como propuesta de trabajo. Sin embargo, el segundo error que veo en la película es que en ese afán de descontextualizarla del momento político, y teniendo como desventaja el no haber podido ser rodada en el Perú (recordemos que no se le dio permiso a su director pues era la época fujimorista), se busca una locación “ambigua”. Sin embargo, de vez en cuando se nombran lugares y personas que nos remiten a hechos concretos: “Huanta”, “estudiantes de la católica”, entre otros. Siguiendo este mismo razonamiento se señala el lugar “ambiguo”como América Latina (es decir, que ya no es tan ambiguo), escrito en la pantalla en una de las primeras escenas del film.

Esto último es lo que más me molesta de la propuesta de Malkovich, pues todo lo que pretende tener una apariencia nebulosa se vuelve al mismo tiempo muy preciso. Es decir, América Latina se convierte, otra vez, en ese todo homogéneo y compacto, que evidentemente no somos, y que como consecuencia se lee como el lugar del peligro y de lo precario, donde SI son posibles las bombas y las muertes como elemento cotidiano. Otra vez, entonces, creo que la lectura del “otro” se impone, no importan todas las buenas intenciones que haya tenido su director. Malkovich ha adaptado una ficción y ha querido narrar la historia de la vida de un policía, pero a la vez ha pretendido poner 10 años de guerra en una película de dos horas, contando con un bajo presupuesto y con locaciones en Ecuador, España y Portugal (¿beautiful Lima?). Y para quitarle su fuerza política ha tenido que describir un lugar cualquiera, pero dejando en claro que se trata de América Latina. Es decir, un espacio donde la “barbarie” siempre es posible (aunque ya conocemos su revés: 9/11)

De otro lado, los personajes femeninos son bobos y totalmente chatos, sin ninguna complejidad. La historia de amor que se plantea es sosa y aburrida. El idioma es sumamente confuso. Los personajes hablan en inglés, los carteles con mensajes alusivos al conflicto están en español y se usa también el quechua como medio de comunicación. Aunque este último parece el más razonable.

Yo no soy ninguna crítica de cine ni lo pretendo. Reconozco mi ignorancia en el manejo del lenguaje cinematográfico y sus guiños -si los tuviese- a otras propuestas dentro de la tradición fílmica. Sin embargo, si algún mérito he encontrado en esta peli es que la violencia no ha sido representada en technicolor al estilo Schwarzenegger. Y ya que como conjunto no se logra, todavía algunas escenas me parecen rescatables. Aunque no sé si atribuirlo a cierta nostalgia peruana que de vez en cuando nos acontece.  

Publicado en la revista El Malhechor Exhausto

 

Inicio