otra carta (al amable carnicero)

 

El olor de la carne descompuesta me atrajo hacia el mercado.

Caminé bajo el condenado sol que no desaparece nunca. El amable carnicero permanecía al fondo. Su habitación quemaba como una antorcha iluminando un cuerpo. Yo lo vi venir desde lo hondo. En la esquina filosa brillaba el puñal en lo oscuro. El puñal era guía entre sus manos sudorosas y ensangrentadas. Cogió un cuerpo y lo horado hasta el fondo.

Yo permanecí sentada bajo el fuego del sol.

Afuera todos cuidaban las jugosas frutas de las manos extrañas. De su boca salía un lenguaje que no podía comprender exactamente. Hasta que una mañana pude entender lo que ellos decían: no comas ni bebas de nuestra mercancía.

Entonces añoré la casa del carnicero por su alma sangrante y me dirigí a ella como se dirige un niño hacia un río de agua pura. Tomé en mis manos extrañas aquel cuerpo desollado y lo metí en una bolsa transparente para que todos vieran la presa que iba dentro. Y la mostré como una prueba de amor.

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De El Mar, Ese Oscuro Porvenir (2002)

 

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