STEREOLAB

Boston, noviembre de 2001

Guardo mi boleto del concierto de Stereolab. Me costó $16.25, baratísimo, teniendo en cuenta que Boston es la segunda o tercera ciudad más cara de los Estados Unidos y también -ahora- la del aeropuerto más custodiado. Aquí cuando bajas del avión, después de septiembre 11, te reciben unos gigantes armados hasta los huesos para que no se te vaya a ocurrir la peregrina idea de estrellar otro avión de American Airlines. Paradojas de la vida, porque antes de la desaparición de las Twin Towers era el aeropuerto más relajado de USA, y ¿por qué?, bueno porque casi toda la población de Boston está compuesta por estudiantes.

Sin embargo, cuando compré emocionada mi entrada para el pub Avalon, pensé, estará repleto de gente, tengo que ir temprano y hasta compré mi entrada por internet para evitar cualquier problema. Pero a pesar de tener aquí mismo a la escuela de música de Berklee, una de las más famosas, y una cantidad fabulosa de universidades y colleges “in”, pues creo que el concierto en Lima hubiese tenido la misma cantidad de gente, lo que demuestra que Boston sigue siendo una ciudad tradicional, la mayoría de la intelectualidad joven de aquí no parece estar a la vanguardia, son, como llamaríamos nosotros, monses, pues, a excepción de unos cuantos loquitos underground que pululan por Harvard Square y alrededores.

Después del apoteósico concierto que hacía 15 días había dado Bjork, pues éste siguió demostrando que lo realmente bueno siempre es caleta aunque lo encuentres en la letra S de  algunas tiendas de discos. Sin embargo, creo que fue un concierto fallido. Sólo media hora o un poco más de ruido, claro, muy bien tocado por Tim Gane y Laetitia Sadier, que demostraron ser unos expertos en regodearse con el sonido sucio, con un buen registro vocal, para sacarse el sombrero. Pudimos escuchar “John Cage Bubblegum”, “Miss Modular” y “Laissez Faire”, entre otras. Sin embargo, al salir, una cierta desazón quedó dentro, no sabría decir si fue bueno o malo o qué cosa fue lo que pasó allí dentro entre los aplausos contenidos del público, que como yo, esperaba algo más. Me compré un 45 “Fre Witch and No-Bra Queen” para calmar el malestar y guardé mis boletos para decirles a mis amigos que había ido a un concierto de Stereolab, pero algo no encajaba ¿Dónde estaba ése no se qué, esas canciones pajísimas que mi amigo Ricardo Zavaleta me había hecho escuchar? Recuerdo que vendimos muchas copias del grupo en una feria de la Católica.

Regresé a mi casa más rápido de lo que esperaba como si hubiese salido a una matinée cuando era niña y mis padres me recogiesen porque tenía que acostarme temprano para ir al colegio al día siguiente. Días después conocí a un muchacho italiano que había ido a este mismo concierto, y me comentó su misma angustia, me dio la respuesta que yo intuía, faltaba el feeling, eso era, ese algo que esperamos encontrar en cierta música entrañable.

El concierto había terminado tan abruptamente que la gente no sabía si permanecer o irse. Yo estaba igual cuando salí de Lima limón -como dice mi amigo Miguel Ildefonso- permanecer o irme, ése era el gran dilema. Me fui, pues, y pude ver la nueva cara de la represión colgada de asfixiantes banderas americanas en casas, avenidas y autos, y maquillada con las mismas ideas que nos quisieron hacer creer desde muy jóvenes: no teníamos derecho a nada porque estábamos en guerra. Pero también pude ver a Stereolab, que a pesar de devolverme al vacío y a la eterna angustia de no pertenecer a ningún lugar, me trajo los recuerdos de Caleta (Percy) y Ricardo, amigos más allá de la música. Si algo nos dio Stereolab y el capitán Easychord fue esto.  

Publicado en la revista Caleta

 

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